Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 21 Verschlimmbessern
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Capítulo 21 Verschlimmbessern

VERSCHLIMMBESSERN (alemán).

empeorar una cosa al intentar mejorarla; arreglar con tanto empeño que acabas de romperlo del todo.

Viñeta de mi cuaderno: dos sillas enfrentadas en una cocina vacía; entre ellas, un contrato en el suelo y un gato sentado encima. Pie de dibujo: «El único que sabe leer la letra pequeña».

Hay una frase que todos los autores acabamos escribiendo en algún momento de nuestra carrera: la letra pequeña no se lee, se sufre.

La escribí en el margen de la página cuatro del contrato de Luciérnaga, con un lápiz rojo, a siete días del treinta de noviembre.

* * *

Clara llegó a mi casa un martes por la tarde con una carpeta, un termo de té y la expresión de quien se dispone a desactivar un explosivo.

Se quitó el abrigo, se sentó a la mesa de la cocina, y durante una hora y diez minutos no dijo nada.

Leyó. Subrayó. Hizo anotaciones en los márgenes con una letra minúscula, de correctora.

Yo me dediqué a ordenar la despensa con una dedicación febril, que es lo que hago cuando necesito no morderme las uñas.

Le Corbusier, sentado en la silla de enfrente, la observaba con las orejas hacia atrás. Tenía el aspecto de un notario ofendido.

—Vale —dijo Clara al fin, dejando el bolígrafo—. Tres cosas.

Me senté frente a ella con las manos juntas.

—Dispara.

—Una: casi todo está bien. Los plazos, los adelantos, los derechos de reproducción. Son razonables y mejores de lo que suelen ofrecer. Dos: la cláusula de exclusividad es la que tú negociaste, un año y medio, nada que objetar. —Hizo una pausa y ladeó la cabeza—. Tres: la cláusula nueve.

—La nueve.

—Disponibilidad presencial. Lee.

Me pasó el papel. La cláusula, redactada con esa prosa que parece escrita por una nevera, decía que durante los dieciocho meses de vigencia del contrato, la autora «establecería su residencia efectiva en el ámbito territorial de la Comunidad de Madrid, a efectos de coordinación editorial y disponibilidad para reuniones».

Leí la frase dos veces. Después la leyí una tercera, como quien relee una factura de la luz.

—Esto no es lo que hablamos.

—No.

—Carmen me dijo martes y miércoles. Núria me dijo martes y miércoles. Lo escribí en mi contrapropuesta. ¿Por qué pone residencia?

—Porque es una cláusula tipo de la asesoría jurídica de la editorial —dijo Clara con toda la calma del mundo—.

La habrán metido sin pensar, o a propósito para ver si colaba.

En cualquier caso, si firmas así, contractualmente te comprometes a vivir en Madrid.

Y no pueden obligarte, claro, pero si algún día quieren ponerse pesados, tienen dónde agarrarse.

Me quedé mirando el papel mientras algo frío me subía por el estómago.

Vivir en Madrid. Mi vida entera en una cláusula nueve.

—¿Tú qué harías? —pregunté.

—Llamar a Núria. Hoy. Y pedir que la modifiquen por escrito. Si es un error de plantilla, lo arreglan en una tarde. Si no… —Clara se encogió de hombros—. Entonces ya sabes qué clase de editorial es.

—No quiero pensar que Núria…

—No es Núria, es la asesoría. Pero Núria tiene que enterarse. Y, Marta… —Me miró por encima de las gafas—. Se lo vas a tener que contar a Ignasi.

Sentí que algo se me contraía.

—Ya lo sé. Condición trece.

—Nada de secretos con fecha límite. —Sonrió—. Te ha quedado muy bonita, esa condición.

—Es un incordio.

—Es lo que mantiene unida a una pareja. —Recogió sus papeles con un gesto más suave—. Y, ya que estoy: Bea me preguntó anoche tres veces por Óscar. Sin que nadie le hubiese preguntado nada. No digo nada, sólo lo apunto.

—Eso es muy interesante.

—Es lo que hay.

Se marchó a las seis con un abrazo largo y la promesa de llamarme a las diez para saber cómo había ido. Yo me quedé sola con el contrato abierto en la mesa y el gato mirándome desde la silla.

—Tengo que contarlo —le dije.

Le Corbusier bostezó. No era un consejo. Era una opinión sobre el desayuno.

* * *

Ignasi llegó a las ocho, con el abrigo mojado y una cara que no me gustó nada.

No era la cara de siempre, ni siquiera la cara cansada que se le ponía al final de un día de obra. Era una cara gris, de contornos duros. La cara de un hombre que lleva todo el día mirando un papel que no quiere leer.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada. Roger. —Dejó las llaves en el cuenco y colgó el abrigo en el perchero con demasiado cuidado—. Berta ha adelantado la escritura. Quiere firmar el veinticinco, no el treinta. Dice que su boda es en marzo y que necesita tenerlo todo cerrado antes de Navidad.

—¿El veinticinco? Eso es…

—Pasado mañana.

Me quedé de pie en la cocina, con las manos en el delantal, sin poder decir nada.

—¿Puede hacer eso?

—No. El plazo del convenio es hasta el treinta. Roger se lo ha dejado claro. Pero el hecho es que ha presionado, y me ha dejado… —Se frotó la cara con las dos manos—. Ha sido un día largo.

—Lo siento.

—No es culpa tuya.

Tenía que decirlo. Ahora, antes de que se me durmiera la lengua. Respiré hondo.

—Ignasi, tengo que contarte una cosa del contrato.

Él me miró. Y lo vi: esa mínima tensión alrededor de los ojos, la ceja a punto de moverse.

—Dime.

Se lo conté. La cláusula nueve, la palabra residencia, la sensación de que alguien había metido una trampa en una puerta abierta. Se lo conté con calma, con orden, como lo hubiera hecho él. Y él escuchó sin interrumpir, de pie, apoyado en el marco de la cocina, con la mandíbula tensa.

Cuando terminé, hubo un silencio de esos que se pueden cortar con un cuchillo.

—Pues no firmes —dijo.

—¿Qué?

—Que no firmes. Si te lo ponen así, déjalo. No vale la pena.

Sentí que me subió un calor por la nuca, de golpe.

—No es así de sencillo.

—Sí lo es. Si la cláusula te obliga a irte a Madrid, recázala y ya está. Hay otros editores.

—No me has entendido. Voy a pedir que la quiten.

—Y si no la quitan, no firmas.

—No sé lo que haré si no la quitan.

—Marta. —Dio un paso hacia mí, con un tono que yo no le conocía, entre cansado y severo—. Te lo digo porque no quiero que te metas en algo que te encierre. Es lo que yo habría hecho hace diez años: firmar, dejarlo todo, creer que era un buen negocio. Y mira dónde estoy.

—No te he pedido consejo.

—Pero me lo cuentas.

—Te lo cuento porque se supone que no tenemos secretos.

—Y yo te lo agradezco, pero…

—Pero nada. —Me quité el delantal con un tirón—. No te he contado esto para que me mandes. Te lo he contado para que me escuches. Hay una diferencia.

—Es que no puedo ser objetivo. —Alzó la voz, un poco, la primera vez en meses—.

Tengo a Berta encima, a Roger llamándome cada dos horas, un plazo que se me adelanta, una casa que no sé si quiero y una mujer que se puede ir a Madrid con una cláusula que no entiendo.

¿Sabes qué es lo único que tengo claro hoy?

Que no quiero perder nada más. Y tú me hablas de contratos.

La palabra perder quedó flotando entre los dos, como un plato roto.

—No me vas a perder por un contrato —dije, con la voz más baja—. Pero si me dices que no firme por ti, sí.

Se calló. Noté que se daba cuenta de lo que había dicho, y que le dolía.

Pero ya era tarde para los dos. Nos quedamos mirándonos, cada uno en su orilla de la cocina, con ese silencio tenso que no necesita palabras: yo esperando que él dijera perdón, él esperando que yo dijera entiendo, y ninguno dispuesto a ser el primero.

—Voy a la despensa —dije.

—Marta.

—No me voy. Estoy a tres metros. Necesito… —Busqué la palabra—. Espacio. Pequeño.

Entré en la despensa, cerré la puerta tras de mí y me senté en el suelo, entre las latas de tomate y los sacos de arroz, con la espalda contra la pared y las rodillas contra el pecho.

Era el sitio donde me escondía de niña, el sitio de la entrevista que Núria había leído.

Olía a lentejas, a detergente y a pan duro.

Me sentí estupidamente pequeña, estupidamente furiosa, estupidamente enamorada.

Treinta segundos. Un minuto. Dos.

Entonces oí cómo él se sentaba en el suelo, al otro lado de la puerta. El roce del abrigo contra las baldosas, el suspiro hondo, la cabeza apoyándose en la madera.

—No voy a abrir —dijo, desde el otro lado—. Condición tres, aunque no hayan pasado veinticuatro horas. Quería que supieras que estoy aquí.

No contesté.

—He sido un idiota.

Seguí sin contestar.

—Me asusté —siguió—. Cuando dijiste «residencia», me imaginé el tren, el hotel, el piso en Madrid, una vida de la que yo no formara parte.

Y en lugar de decirlo, me puse a dar órdenes.

Es lo que hago cuando tengo miedo. Es lo que hacía mi padre.

Cuando se asustaba, daba instrucciones. Cuando se quedó sin casa, daba instrucciones.

Apreté la frente contra las rodillas.

—No quiero que firmes por mí —dijo—. No quiero que no firmes por mí. Quiero… —Se interrumpió—. Quiero estar a tu lado mientras decides. Y se me ha olvidado cómo se hace, porque nadie me lo había enseñado.

Abrí la puerta.

No fue un gesto limpio. Se me enredó el pie con una bolsa de patatas, tiré un tarro de garbanzos, y la puerta golpeó a Ignasi en el hombro.

Pero allí estaba él, sentado en el suelo de la cocina con las piernas estiradas y los ojos enrojecidos, mirándome desde abajo como un perro mojado. Me entró una risa de pura tensión.

—Perdona —dije—. Perdona. También yo me puse a la defensiva.

—No tienes que…

—Sí tengo. —Me arrodillé frente a él—. Esto es lo que quería: no que me dijeras qué hacer, sino que me dijeras que estabas conmigo. Aunque no supieras qué hacer. Aunque tuvieras miedo.

—Estoy contigo.

—Ya lo sé.

—Tengo miedo.

—Ya lo sé, también.

Nos miramos. Y ahí estuvo, exacta, la mirada que no necesita palabras: la de dos personas que desean lo mismo, que sólo hace falta que una de las dos se atreva. Fui yo quien tiró de su camisa.

* * *

El beso fue lo contrario de una disculpa.

Fue una rendición compartida, hambrienta, con sabor a lágrimas.

Ignasi me atrajo hacia sus rodillas y yo me senté a horcajadas sobre él, en el suelo de la cocina, con los garbanzos esparcidos a nuestro alrededor, y nos quedamos pegados un buen rato, sin hacer nada más que respirar el uno al otro.

—Condición uno —susurré contra su boca.

—¿Cuál es?

—Quiero que no vuelvas a decir «no quiero perder nada más». —Le mordí el labio—. Di «quiero conservar esto».

—Quiero conservar esto —repitió, y la ceja izquierda, entonces, no tembló. Simplemente dejó de estar tensa.

Me desabrochó la blusa con dedos temblorosos.

Yo le quité el jersey por encima de la cabeza, y dejé caer la boca sobre su pecho, sobre ese corazón que latía como un animal asustado y contento.

Había algo en el suelo duro, en la luz fría de la campana extractora, en el desorden de latas, que convertía cada gesto en algo más verdadero, más torpe, más nuestro.

Me tumbó con cuidado sobre la alfombrilla de la cocina.

Me quitó los vaqueros con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.

Cuando su boca bajó por mi vientre me sujeté a sus hombros, y él me miró un instante.

—¿Sí?

—Sí.

Me tomó con una dulzura devastadora. Sentí su lengua trazar mi nombre, letra a letra, en un idioma que sólo él conocía, y la espalda se me arqueó contra el suelo, y un gemido largo, hondo, se me escapó de la garganta.

Le agarré el pelo. Le dije su nombre, no sé cuántas veces.

Me dejé ir, poco a poco, entre jadeos y risas rotas, con la cabeza dando vueltas y el cuerpo entero hecho una ola.

Lo atraje hacia mí. Lo desnudé. Nos movimos juntos, sobre el suelo, con una urgencia sin prisa, y yo le miraba la cara, la ceja inmóvil, los ojos abiertos de par en par, y pensaba que nunca había visto a un hombre tan desnudo, y no por la ropa.

Cuando por fin se hundió en mí, ambos dejamos escapar el aire a la vez, un suspiro de alivio que casi parecía una oración.

—Aquí —murmuré—. Estoy aquí.

—Yo también.

—Esto es lo que quiero firmar.

—Esto no se firma.

—Ya lo sé. —Sonreí, con los ojos húmedos—. Figura retórica.

Se movió despacio, profundo, tomando mi cara entre las manos, y yo me aferré a su espalda, y los dos nos fuimos acelerando como se acelera la lluvia, sin pensarlo, sin planearlo.

Gemí contra su cuello. Me corrí otra vez con un temblor largo que me recorrió las piernas, y él me siguió con un gemido ronco, hundido en mi hombro, repitiendo mi nombre.

Nos quedamos así, abrazados en el suelo de la cocina, con el corazón a mil, entre garbanzos y arroz.

Le Corbusier hizo su aparición triunfal. Caminó hasta nosotros con andar de rey, olisqueó un garbanzo, lo golpeó con la pata, y lo mandó rodando bajo la nevera.

—Tendremos que barrer —dijo Ignasi, con la frente contra mi cuello.

—Mañana.

—Mañana.

Se me escapó una risa floja.

—Mira lo que hemos hecho con la cláusula nueve.

—Para mí ha sido muy provechosa.

* * *

Aquella noche, ya en la cama, hice la llamada.

A Núria, a las once menos diez. Respondió al segundo timbre, con voz de estar leyendo.

—Marta. ¿Todo bien?

—Hay una cláusula nueve en mi contrato —dije— que dice que debo fijar mi residencia en Madrid.

Silencio. Después, un taco que no repetiré aquí, aunque era elegante.

—Esa cláusula no estaba en la versión que revisé yo —dijo—. Ya me enteraré de cómo ha llegado. Te mando un contrato nuevo en dos horas. Sin esa cláusula. Con una enmienda explícita que diga martes y miércoles, con tren y alojamiento pagados. —Hizo una pausa—. Perdona. Te prometo…

—No me prometas nada.

—Tienes razón. —Me pareció oírla sonreír—. Te lo mando firmado por mí. Lo que yo pueda cumplir, lo cumplo.

Colgué. A mi lado, Ignasi había escuchado toda la conversación con los ojos cerrados, pero se le notaba la sonrisa.

—Nivel nueve —murmuró.

—¿El contrato?

—No. Tú. —Abrió un ojo—. Hoy has subido dos niveles de golpe.

Me acurruqué contra él y apagué la luz. El contrato nuevo llegó a las doce y cuarto, con una sola cláusula distinta y una nota manuscrita escaneada en el margen, con una letra segura y temblorosa a la vez, que decía:

Firma cuando quieras. O no firmes. Pero que sea tuyo. N.