Capítulo 20 Heimat
HEIMAT (alemán).
el lugar al que perteneces, que no tiene por qué ser una casa ni un país; a veces es una mesa, un olor o una persona que te guarda el sitio.
Ignasi
La comida de los domingos en casa de sus padres era una institución con horarios, jerarquías y un menú que no admitía enmiendas.
A las dos en punto, canelones. A las dos y cuarto, un debate sobre si estaban demasiado gratinados.
A las tres, pollo asado con patatas y la primera discusión de Josep y Dolors sobre si la sal estaba bien.
A las cuatro, flan. A las cuatro y media, café de puchero y la frase, inevitable: «Pues ya que estáis aquí…
», seguida de cualquier petición imaginable, desde cambiar una bombilla hasta explicar por teléfono el funcionamiento de la declaración de la renta.
Ignasi llevaba cuarenta y tres años sobreviviendo a esa liturgia. Marta la afrontó como una antropóloga que acaba de descubrir una tribu.
—Están buenísimos —dijo, con la boca llena, al segundo canelón—. Pero buenísimos de verdad, no de cumplido.
—Es la bechamel —contestó Dolors, con una sonrisa de las que se guardan para ocasiones solemnes—. La hago como la hacía mi madre. Con nuez moscada recién rallada. Y paciencia.
—La paciencia es el ingrediente secreto —añadió Josep, desde la cabecera, sin levantar la vista del plato.
—Tú qué vas a saber de paciencia. —Dolors le sirvió un tercer canelón que él no había pedido—. Tú te pasas la vida exigiendo que la comida esté lista a las dos.
—Es que a las dos es la hora.
—Ya lo sé que es la hora.
Ignasi cruzó una mirada con Marta por encima del mantel. Ella tenía las mejillas ligeramente arreboladas y la expresión de quien está a punto de reírse en un funeral. Le tocó el pie con el suyo por debajo de la mesa. Un toque breve, como un código morse: esto es maravilloso.
Por la mañana, camino del piso de sus padres, ella le había preguntado en voz baja cómo iba la escala.
Ignasi, que llevaba meses actualizándola en su cabeza, contestó sin dudar: «Marta, nivel siete.
Mis padres, nivel doce». Y Marta, muy seria, había dicho: «Entonces hoy me toca bajarme del siete a un cuatro, para que no me salga competencia».
No había bajado ni medio punto. Se comportó desde el primer minuto con una naturalidad que dejó a Ignasi asombrado.
Elogió la bechamel, ofreció fregar, alabó una porcelana horrenda del aparador que Dolors guardaba como reliquia.
Y cuando Josep, a los postres, contó por quinta vez en la vida la historia del día que Ignasi, con seis años, dibujó la fachada del Ayuntamiento de Vilassar en una servilleta y se la regaló al alcalde, Marta se rió en los momentos justos y pidió detalles.
—¿Y el alcalde qué dijo?
—Dijo que tenía un futuro prometedor. —Josep levantó el dedo—. Tuvo razón.
—No la tuvo, papá. Dibujé una ventana de más.
—Fue una ventana de más con mucho estilo.
Dolors carraspeó y, de repente, cambió de tono, con esa precisión de general que sabe cuándo avanzar.
—Marta, hija. Ignasi nos ha dicho que te han ofrecido un trabajo en Madrid.
Ignasi sintió un pequeño vuelco. No porque temiera la pregunta, sino porque llevaba semanas imaginando cómo se la harían.
—Sí —respondió Marta, sin dudar—. Con un par de días a la semana allí. Lo estoy pensando. Todavía no he firmado.
—¿Y a ti te parece bien? —Dolors se volvió hacia su hijo con un movimiento de cuello casi imperceptible.
—Mamá…
—Es una pregunta.
—Me parece bien —dijo Ignasi, y tardó un segundo en notar que lo decía de verdad—. Me parece que es lo que tiene que hacer.
Hubo un silencio breve. Josep dejó la cuchara en el plato con cuidado.
—Eso es lo que decía yo cuando era joven —murmuró—. Y luego no lo hice.
—Josep —avisó Dolors.
—Nada, mujer. Nada.
* * *
Se quedaron a fregar. Es decir: Marta y Dolors se quedaron a fregar, dirigidas por la segunda con autoridad soviética, y Josep le hizo a Ignasi un gesto discreto con la cabeza hacia el balcón.
Salieron a la terraza estrecha, con vistas a un patio interior donde un vecino tendía sus calzoncillos sin pudor. Josep se apoyó en la barandilla. Tenía las manos ligeramente temblorosas, algo nuevo, o algo que Ignasi acababa de aprender a ver.
—Quería darte una cosa.
Sacó del bolsillo de la chaqueta un pañuelo de tela doblado en cuadrado. Lo abrió despacio. Dentro, sobre el algodón blanco, había una llave. Grande, oscura, con el ojo oxidado y los dientes gastados.
Ignasi la reconoció antes de pensarlo. La llave de la puerta de la casa de Vilassar. La que Josep había guardado veintinueve años en un cajón, bajo los dibujos.
—Papá…
—Llevo toda la vida creído que esta llave era mi castigo.
—Josep la miró sin tocarla—. Que si la guardaba, de alguna forma, la casa seguía siendo mía.
Y no es así. La casa tiene otro dueño, otra puerta, otra cerradura.
Esta llave no abre nada. Sólo abre lo que yo me inventaba cada vez que la miraba.
—Papá.
—Déjame acabar. —La voz le tembló un poco, pero siguió—.
Desde que te conté lo del aval, desde que dije en voz alta lo que me llevó tres décadas callar, he dormido mejor que en veintinueve años.
Y me he dado cuenta de que no guardaba la llave por la casa.
La guardaba por no tener que mirarte a la cara.
Ignasi sintió que algo se le desgarraba muy despacio por dentro.
—No tienes que…
—Sí tengo. —Le cogió la mano y puso la llave en ella, y cerró sus dedos con los suyos—. Te la doy para que sepas que se puede soltar una casa y conservar la llave. Que las dos cosas son posibles. Que una cosa es perder y otra cosa es ser un perdedor. Yo me confundí de verbo durante mucho tiempo.
Ignasi pensó en Roger. No puedo perderla. La quiero. Los verbos.
—Sé que tienes una fecha —siguió su padre, mirando el patio—. El treinta de noviembre, lo de Sitges. Me enteré sin querer: se lo oí a tu madre por teléfono con Berta, que la llama todavía de vez en cuando. No lo digo para meter las narices. Lo digo porque no quiero que firmes por mí.
—No firmaría por ti.
—Firmarías por el niño de catorce años que vio cómo se llevaban los muebles, y ese niño ya no manda.
Manda el hombre que tengo delante, que tiene a una mujer en mi cocina fregando platos con tu madre y que no ha dejado de sonreír en toda la comida.
—Josep le apretó la mano—. Firma lo que quieras firmar. O no firmes nada. Pero que sea tuyo.
Ignasi no dijo nada. Se limitó a abrazarlo, a abrazar a aquel hombre de setenta años, delgado y encorvado, que olía a colonia de siempre y a tabaco de pipa, y lo sintió temblar un instante, y después sujetarse a él con una fuerza sorprendente.
Desde el salón llegó la risa de Marta, mezclada con la de Dolors, y el sonido de los platos.
—Esa mujer —murmuró Josep contra su hombro—. Esa te la quedas.
—Eso intento.
—No es un intento. Es una orden de tu padre.
* * *
La tormenta llegó a las seis. Una de esas tormentas de otoño catalanas que empiezan con un cielo violeta y acaban con calles convertidas en ríos. Dolors, que lo había previsto con la intuición de quien lleva cuarenta y cinco años leyendo cielos, ordenó que nadie saliera de casa.
—Os quedáis a dormir.
—Mamá, vivimos a veinte minutos.
—Con este diluvio no iréis a ninguna parte. La habitación de Ignasi está lista.
—¿La de Ignasi? —repitió Marta, con una expresión de niña en una tienda de caramelos.
—La de Ignasi —confirmó Dolors—. Con su cama.
—¿Su cama de…?
—De soltero. Individual.
La mirada que le dedicó Marta fue la de una estudiante que acaba de descubrir que el examen final es de su asignatura favorita.
Hicieron la cena entre los cuatro, con las tazas de café y un calor de brasero.
Se acostaron a las once, después de que Dolors repartiera pijamas prestados, toallas gruesas y la advertencia de que «la pared del pasillo es fina, así que ya sabéis», dicha con la misma naturalidad con la que se dice que la sal está en el estante de arriba.
La habitación de Ignasi, en el piso de sus padres, era una versión museificada de su adolescencia en otra casa: estantería de contrachapado con maquetas de edificios, una lámpara de lectura, una cama individual con colcha a rayas, y en la pared, enmarcado, un dibujo que Ignasi, a los quince, había hecho de la casa de Vilassar.
Tres cuartos de perspectiva, con las ventanas torcidas.
Marta se quedó un buen rato delante del dibujo.
—Esta es la casa.
—Es la casa.
—Es preciosa. —Rozó el cristal con la yema del dedo—. Tiene las ventanas torcidas.
—Tenía quince años. Todavía no sabía usar la regla.
—Lo has hecho a propósito.
—¿El qué?
—Torcerlas. —Se volvió hacia él, con un brillo en los ojos—. Para que se notara que alguien vivía dentro.
Ignasi no contestó. Le era imposible. Tomó su rostro con las dos manos y la besó, despacio, con la lengua apenas rozando la suya, y sintió que ella se rendía contra él, que la camiseta prestada de Dolors le caía por un hombro, que el pijama de franela azul de Josep le quedaba tres tallas grande y le daba un aire de niña que se escapa de un cuento.
—Estamos en casa de tus padres —susurró ella contra su boca.
—Lo sé.
—La pared es fina.
—Lo sé.
—Tenemos que hacer silencio.
—Tendrás que hacerlo tú. —Sonrió en la penumbra—. Yo ya no soy el que más ruido hace.
—Eso es una infamia.
—Es un informe técnico.
Ella le mordió el labio por castigo y lo empujó hacia la cama individual, donde cayeron los dos con un crujido de muelles que les arrancó una carcajada ahogada. Se quedaron inmóviles, escuchando. Del otro lado de la pared llegó el ronquido regular de Josep. Dolors no había dicho una palabra.
—Silencio —murmuró Marta.
—Silencio.
Se desnudaron con la lentitud de quien desactiva una bomba.
Cada prenda deslizada sobre la piel era un acontecimiento.
La cama era tan estrecha que apenas cabían, y cada movimiento era una negociación: una rodilla, un codo, el hombro de ella apoyado contra el pecho de él.
Ignasi la besó en el cuello, en la clavícula, en la curva de los pechos, y notó que ella se mordía el labio para no gemir.
La vio cerrar los ojos. Notó sus manos aferrándose a las sábanas. Le encantó.
Bajó despacio, besando su vientre, y ella le agarró el pelo con un gesto casi violento y negó con la cabeza, y se lo dijo moviendo los labios sin voz: no podré.
Puedes, contestó él, igual de mudo.
Me van a oír.
Entonces tendrás que morderte.
Ella cogió la almohada, se la apretó contra la cara, y asintió.
Ignasi la tomó con la boca, con una lentitud torturante, y sintió cómo ella se arqueaba en el colchón, cómo sus muslos temblaban contra sus hombros, cómo un gemido ronco, ahogado en la almohada, le vibraba por todo el cuerpo.
Cada vez que el sonido amenazaba con escaparse, él se detenía, esperaba, la dejaba respirar, y volvía a empezar.
Aquello era un juego exquisito de equilibrio: la tensión de no hacer ruido multiplicaba cada sensación por diez.
Cuando ella llegó al clímax, lo hizo con el cuerpo entero estremeciéndose y un sonido apagado, casi un sollozo, en la tela de algodón.
Subió por su cuerpo. Ella tiró la almohada a un lado y lo miró con los ojos brillantes, aturdida, jadeando bajito.
—Eres un monstruo —susurró.
—Y tú has sido muy silenciosa.
—Casi me muerdo la lengua.
—Quedan cosas por morder.
Entró en ella despacio, sin prisa, con las frentes juntas y las respiraciones mezcladas. La cama crujió una vez, un lamento tenue de madera vieja, y los dos se quedaron paralizados, conteniendo la risa. Esperaron. Josep roncó con renovado vigor al otro lado.
—Poco a poco —musitó ella.
—Poco a poco.
Se movieron lentamente, con una precisión de relojeros, aprendiendo cuánto podía soportar el somier.
Cada embestida suave era un secreto. Ella le clavó las uñas en la espalda, le mordió el hombro para no gritar, y él hundió la cara en su cuello con un gemido contenido que casi le partió la garganta.
La intimidad de aquel silencio, del esfuerzo compartido, de saber que no podían dejarse llevar del todo, tenía algo de ternura infinita.
Fueron lentos. Fueron infinitamente lentos.
Y cuando por fin ella tembló por segunda vez, y él la siguió casi a la vez, enterrado en su pelo, tuvieron que taparse mutuamente la boca con las manos, riendo y llorando a la vez, rotos de placer y de silencio.
Se quedaron abrazados, hechos un nudo sobre una cama de niño.
—Nunca he hecho esto —susurró Marta, con la voz casi inaudible—. Ni a los diecisiete.
—Yo tampoco. A los diecisiete no me dejaban tener novias en casa.
—Pues hoy lo has recuperado todo. —Le besó la barbilla—. Con intereses.
Fuera seguía lloviendo. El agua golpeaba contra los cristales con un ritmo de tambor lento.
En la pared, el dibujo de la casa de las ventanas torcidas parecía mirarlos desde el marco, y Ignasi pensó, con una calma que no recordaba, que quizá la casa que quería no estaba en Sitges ni en Vilassar, sino en aquella cama estrecha, con una mujer que huía del silencio y que, sin embargo, había aprendido a guardarlo para él.
Sacó la llave vieja del bolsillo del pantalón, que colgaba de la silla, y la dejó sobre la mesilla, junto a la lámpara.
—¿Es la de Vilassar? —preguntó Marta, adormilada.
—Sí. Me la ha dado mi padre.
—¿Para qué?
—Para recordarme que puedo soltar la casa y quedarme con la llave.
Ella abrió un ojo. Sonrió.
—Qué buen padre tienes.
—Nivel doce.
—Nivel trece, entonces. —Y se quedó dormida con la mano abierta sobre su pecho, justo encima del corazón, mientras la tormenta se alejaba hacia el mar.