Capítulo 19 Retrouvailles #2
—Eso es lo que quería oír —dijo Núria, y por primera vez en toda la mañana se le dibujó una sonrisa llena—. Te lo digo en serio: el peor contrato es el que se firma deprisa por miedo a perder algo. No me prometas nada, Marta. Firma lo que puedas cumplir.
Guardé el contrato en la mochila, junto al cuaderno de Núria, que ella me había dejado «prestado, hasta el próximo martes».
* * *
Tomé el tren de vuelta el miércoles a las seis y diez. Mi plan era fingir que estaba tranquila. Mi plan fracasó en la primera hora de viaje, cuando abrí el cuaderno de Núria en las rodillas y me di cuenta de que llevaba cuarenta minutos mirando la misma página con la sonrisa de una boba.
Ignasi estaba en el andén de Sants.
Lo vi desde la ventanilla, antes de que el tren parara del todo: de pie junto a una columna, con el abrigo abierto y las manos en los bolsillos. Cuando me vio buscar el número del vagón, se le iluminó la cara de una forma tan obvia que me dieron ganas de bajarme en marcha.
Bajé con la maleta. Él me quitó el asa de las manos y me besó sin mediar palabra, en medio del andén, delante de un señor con un perro y una pareja de estudiantes que aplaudieron a medias, y sabía a menta, a invierno y a alivio.
—Hola —murmuró contra mi boca.
—Hola.
—¿Quién era?
—Núria. —Me aparté lo justo para mirarlo—. Núria Casals. Mi compañera de pupitre de la Massana. Te lo cuento todo. Pero no aquí.
—¿Por qué no aquí?
—Porque aquí tengo ganas de otra cosa.
Su ceja izquierda se movió un milímetro.
—Tenemos coche.
—Perfecto.
Hicimos el trayecto en silencio, con la mano de él sobre mi rodilla y la maía sobre la suya, y una tensión dúlce en el aire que hacía que cada semáforo en rojo durara tres años.
Cuando por fin entramos en el portal, él me cogió de la mano en el ascensor y yo le mordí el cuello a la altura del tercer piso, y él soltó un sonido ronco que casi nos cuesta una denuncia de los vecinos.
La puerta de casa se cerró a nuestra espalda. La maleta se quedó en el recibidor. Le Corbusier, que dormía en el sofá, levantó la cabeza, calculó la situación en un abrir y cerrar de ojos felinos, y se marchó a la despensa con un portazo de cola.
—Nos da intimidad —dije.
—Nos da su desprecio.
—Es lo mismo.
Ignasi me levantó por la cintura y me sentó sobre la encimera de la cocina, y me besaba el cuello y la clavícula mientras me desabrochaba el abrigo, y yo le agarraba el pelo y pensaba: dos noches, dos noches nada más, y mira lo que me hace.
Sus manos subieron por mis muslos, bajo la falda, con una lentitud que era una tortura, y se detuvo a un centímetro de lo que yo quería.
—¿Sí? —preguntó.
—Sí. —Le miré a los ojos—. Ahora.
No necesitó más. Me quitó la ropa interior con una mano, arrodillándose en las baldosas frías, y mi espalda se arqueó contra los armarios cuando su boca me encontró.
Mis dedos se enredaron en su pelo. Sus manos me sujetaban con una firmeza tierna.
Había algo absolutamente desvergonzado en estar así, vestida a medias, con el abrigo todavía a los hombros, sentada en la cocina que usaba para hacer café por las mañanas.
Y no me importó. Me corrí en menos de cinco minutos, con un grito que recorrió el piso entero y que Le Corbusier, desde la despensa, encajó con un maullido de reproche.
Él se incorporó, con los labios brillantes y la mirada oscura. Le agarré la corbata y tiré de ella.
—Ahora tú.
—Aquí no, hay…
—Aquí. Ahora.
Le desabroché el cinturón con dedos torpes y le bajé la cremallera, y él cerró los ojos con un jadeo cuando lo tomé en la mano.
Me guardé aquel gesto en la memoria: la cabeza caída, los hombros tensos, la ceja traicionera marcando el pulso.
Lo guié hacia mí, y entró despacio, con una exhalación larga contra mi cuello, y los dos nos quedamos quietos, abrazados, respirando.
—Te he echado de menos —dijo.
—Dos días.
—Dos días. —Se movió, y yo cogí aire—. Un siglo.
—Figura retórica.
—Cuenta triple.
Me reí contra su hombro, y la risa se me convirtió en un gemido en cuanto él encontró el ritmo.
Fue rápido, esta vez, y urgente, y húmedo.
La encimera crujió. Una taza cayó al fregadero y no la dejamos acabar de romperse.
Yo temía, dentro de la neblina, que los vecinos de abajo estuvieran tomando nota, pero la verdad es que no podía importarme menos.
Me aferré a él con las piernas y los brazos, mordí su hombro, grité su nombre, y cuando llegó el segundo estallido, él me siguió con un gemido ronco, hundiendo la cara en mi pelo y diciendo mi nombre una y otra vez.
Pasaron unos minutos hasta que los dos recuperamos la capacidad de hablar.
—Voy a necesitar una taza nueva —dijo Ignasi, con la frente contra mi hombro.
—Compraremos una. Una que nos guste de verdad. Para los dos.
Levantó la cara. Sus ojos se habían vuelto de una suavidad enorme.
—Para los dos.
—Y ahora, arquitecto —le acaricié la mejilla—, voy a contarte quién es Núria. Pero antes… —Miré a mi alrededor, la cocina patas arriba, la ropa dispersa, el abrigo hecho una bola en el suelo—. Hay que hacer algo con tanto desorden.
—Mañana.
—Mañana.
De la despensa salió, con el rabo bajo y el aire de un mayordomo ofendido, Le Corbusier. Se sentó delante de nosotros. Nos miró, uno por uno. Y bostezó, en un gesto que, por primera vez desde que lo conocía, me pareció menos de desprecio que de alivio.