Capítulo 19 Retrouvailles
RETROUVAILLES (francés).
la alegría particular de reencontrarse con alguien después de mucho tiempo, cuando los dos descubren que el tiempo no había borrado nada, sólo había guardado.
Viñeta de mi cuaderno: dos mujeres frente a frente en una sala de reuniones, cada una con un café; sus sombras en la pared, sin embargo, se están dando la mano. Pie de dibujo: «Las sombras llegaron antes».
Pasé la noche del lunes sin dormir, y no por lo que se imagina. Bueno, no sólo por lo que se imagina.
Después de la videollamada, me quedé un buen rato mirando el techo del hotel, con la camiseta de Ignasi todavía puesta y el corazón haciendo el ruido de una lavadora a punto de centrifugar.
Pensé en Sitges, en el papel doblado, en su manera de decir no he decidido nada como quien confiesa un tesoro.
Pensé en Cervantes, el perro de recepción.
Pensé en las diez de la mañana y en la persona misteriosa, y cada vez que me imaginaba una cara le ponía la de un señor severo con gafas de pasta y una lámina de erizos en la mano diciendo: esto no tiene profundidad.
A las siete me rendí y pedí un café al servicio de habitaciones. A las ocho me duché. A las nueve y media estaba en el vestíbulo de la editorial con tres lápices en el bolso, un cuaderno de apuntes y las rodillas haciendo una danza independiente.
Cervantes me recibió con un movimiento de cola aprobatorio. Era mala señal: los animales siempre aprueban a las personas que van a ser humilladas.
* * *
Carmen me llevó hasta una sala de reuniones del segundo piso con una mesa larga de madera clara, una pared de ventanales y una cafetera de diseño italiano que me dio ganas de pedirle matrimonio.
—Se retrasa cinco minutos —dijo—. Siempre se retrasa cinco minutos. Dice que llegar a la hora es de gente nerviosa.
—¿Quién?
—Ya lo verás.
Me sirvió un café. Me senté ante el ventanal.
Abajo, la calle de Madrid pasaba con su ruido de mediodía antes de tiempo, y yo intenté respirar al ritmo de la ciudad.
Contuve el impulso de sacar el cuaderno.
Contuve otro impulso, el de hacer una broma.
Quería estar serena, y la serenidad me estaba saliendo a trozos, como un dibujo con demasiadas gomas.
A las diez y seis, la puerta se abrió.
Entró una mujer de mi edad, delgada, con el pelo corto entrecano y unas gafas redondas de montura fina. Llevaba un jersey de cuello alto color mostaza, vaqueros, botines gastados, una carpeta bajo el brazo. Se detuvo en el umbral. Me miró.
Y algo en el aire de la sala cambió de presión.
—Hola, Marta —dijo.
Tardé tres segundos en reconocer la voz. Luego reconocí los ojos. Después las manos, esas manos largas, de dedos manchados de tinta incluso cuando no había tinta, que cogí una vez en el pasillo de la Massana, en el invierno de dos mil seis, para ayudarla a levantarse del suelo.
—Núria —dije, y me levanté tan deprisa que tiré el café.
* * *
Veinte años es mucho tiempo, pero no tanto como para olvidar una cara.
Núria Casals fue mi compañera de pupitre durante tres cursos.
La mejor dibujante de la promoción, con diferencia.
Yo lo sabía, ella lo sabía, y todo el claustro lo sabía aunque se cuidara mucho de decirlo.
Tenía un trazo seguro, casi violento, que parecía no dudar nunca.
Yo, que dudaba de todo, la miraba trabajar como quien mira a un pianista tocar un nocturno de memoria.
Salió de la escuela en el tercer año. Sin despedirse.
Sin avisar. Un lunes su pupitre estaba vacío, y el martes también.
Pregunté por ella durante semanas; alguien dijo que se había ido a vivir fuera, alguien dijo que había dejado de dibujar.
Escribí a la dirección que tenía. La carta volvió sin abrir.
Y ahora estaba allí, en una sala de reuniones de Madrid, con las gafas redondas y una carpeta, mirando cómo el café me goteaba del borde de la mesa.
—Te presento el desastre —dije, reaccionando—. Soy yo.
Se rió. Era la misma risa corta de veinte años atrás.
—Se te ha caído el café.
—Se me ha caído el café.
—Siempre fuiste de las que reaccionan con la ropa. —Cogió una servilleta del dispensador y la puso en la mesa sin mirarme—. Siéntate.
Me senté. Carmen, con una discreción admirable, recogió su bloc y dijo que tenía una llamada pendiente. Cerró la puerta tras de sí con el cuidado de quien cierra la puerta de una iglesia.
Quedamos las dos solas. Núria se sentó frente a mí, dejó la carpeta sobre la mesa y la empujó un par de centímetros hacia mi lado, sin abrirla.
—Imagino que tienes preguntas.
—Tengo una lista.
—Empieza por la primera.
—¿Por qué te fuiste?
Núria se quitó las gafas y las dejó sobre la servilleta. Sin ellas, parecía más joven y más cansada a la vez.
—Porque tenía miedo —dijo—. Mi padre acababa de enfermar.
Estaba en la escuela de arte contra su voluntad, y él, con su manera de callar, había dejado de pagarme los gastos.
Yo trabajaba por las noches. Estaba agotada, y un día uno de los profesores, que no diré cuál, me dijo delante de toda la clase que mi trazo era «demasiado seguro para ser sincero».
Que dibujaba como quien sabe que tiene razón.
«Y el arte», dijo, «empieza donde acaba la razón».
—Eso es una estupidez.
—Lo es. Pero yo tenía veintiséis años y el alma de un colador. Aquella noche me quedé mirándome las manos y pensé que no iba a poder soportar volver a enseñar un dibujo. Así que dejé de enseñarlos. Y como no los enseñaba, dejé de hacerlos. Y como no los hacía… —Abrió las manos—. Veinte años.
Me quedé callada. Pensé en todas las cartas que le escribí en mi cabeza. Pensé en la única que le escribí en papel.
—Yo te busqué.
—Lo sé. —Asintió—. Me llegó la carta, a los seis meses, en casa de mi tía de Valencia. No la abrí. No podía. Cuando por fin lo hice, ya eran pasados tres años, y pensé que era tarde para contestar.
—Nunca es tarde para contestar.
—Eso es lo que me ha enseñado tu último libro.
Levanté la cabeza.
—¿Mi…?
—Los erizos de la calle Montseny. —Ahora sonrió de verdad—.
Lo compré en una librería de Valencia. Mi hija, que tiene siete años, se enamoró del erizo grande.
Dice que es igual que su madre, «muy pinchudo pero que se lo piensa dos veces antes de pincharte».
Y yo, que llevaba veinte años sin dibujar, abrí el libro una noche para leerlo en voz alta y llegué a la página del erizo encerrado en el cobertizo, el que no sabe si salir.
Y vi tu trazo. Ese trazo tuyo, tembloroso, con tantas dudas, tan lleno de verdad.
Y pensé: esto es lo que el profesor quería decir.
No pude hablar.
—Esa noche cogí un lápiz —siguió—. El primero en veinte años. Dibujé a mi hija durmiendo. Salió fatal. Pero lo dibujé.
Abrió la carpeta y deslizó sobre la mesa un cuaderno pequeño, de tapas negras, con las esquinas gastadas.
Pasé las páginas con cuidado. Había dibujos de una niña: durmiendo, comiendo, enfadada, rodeada de gatos.
Había paisajes. Había un bosque entero hecho de líneas finas y seguras, con un trazo que reconocí en el acto, ese trazo de hace veinte años, que ahora no era seguro porque tuviera razón, sino porque había aprendido a dudar.
—Núria —dije, y se me quebró la voz—. Esto es precioso.
—Es mejor de lo que sería sin esos veinte años. —Se encogió de hombros—. Eso es lo que me digo para consolarme.
Nos miramos. Y entonces, sin que ninguna de las dos lo planeara, nos echamos a llorar a la vez. Con ese llanto tonto de las mujeres de cuarenta y tantos que se encuentran después de media vida y se descubren iguales. Me levanté, rodeé la mesa, y la abracé. Olía a té verde y a tinta.
—Perdona —dije contra su hombro—. Tendría que haber insistido más.
—Tendría que haber contestado antes.
—Estamos igual.
—Estamos igual.
Nos separamos, nos secamos la cara con la misma servilleta y nos reímos. Fue una risa liberada, de cosas guardadas durante dos décadas, de las que se olvidan sin decirlas.
* * *
Hablamos de trabajo hasta las tres. Aquel era el motivo de la cita, claro, y Núria, que era la directora de la nueva colección infantil de Luciérnaga desde hacía un año, tenía las ideas tan claras como un plano de arquitecto.
Quería tres libros, no seis, ni siquiera ella estaba de acuerdo con aquella cifra: «seis es lo que pide el consejo, tres es lo que se puede hacer bien».
Quería que fueran tres libros de animales pequeños, de espacios cerrados y puertas que se abren.
Quería uno sobre un erizo, otro sobre una despensa, otro sobre una casa.
—¿Una despensa? —pregunté, y casi me ahogo.
—Una despensa. Es la palabra que usaste en la entrevista de hace dos años, cuando te preguntaron dónde te escondías de niña.
—No sabía que te habías leído esa entrevista.
—Me las he leído todas. —Se rió—. Soy una acosadora profesional.
Trabajamos. Pintamos en servilletas y en el reverso de contratos, discutimos la paleta, el formato, los tiempos.
Ella insistió en que los martes y miércoles que yo había pedido eran un acierto: «quien tiene un lugar al que volver, dibuja mejor».
No me atreví a preguntarle si hablaba por experiencia.
A las tres y diez, con un contrato impreso en la mesa y un bolígrafo al lado, Núria miró el documento y luego me miró a mí.
—Puedes firmar hoy si quieres.
Miré el papel. Cinco páginas. Cláusulas ordenadas, un pie de página con el logo de una luciérnaga, el espacio en blanco para mi nombre.
Pensé en Ignasi y su ceja, y en la manera en que se le ponía la mano cuando le acercaban un bolígrafo.
Pensé en lo fácil que sería firmar. Y en lo fácil que sería, también, arrepentirme.
—No hoy.
Núria no se alteró.
—¿Por qué?
—Porque quiero firmar sabiendo por qué. —Me oí repetir las palabras de Ignasi y sonreí sin querer—.
Me llevo el contrato. Lo leo con calma, con mi mejor amiga, que lee contratos como otros leen novelas, y con un editor de mi vida, que es…
—dudé— alguien que firma muy mal. Tengo hasta el treinta de noviembre.