Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 18 Sehnsucht
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Capítulo 18 Sehnsucht

SEHNSUCHT (alemán).

el deseo intenso de algo que falta, hecho a partes iguales de nostalgia y de esperanza; la añoranza que ya contiene, escondido, el viaje de vuelta.

Ignasi

—Voy a hacer el ridículo —dijo en el andén, con el abrigo mal abrochado.

—Vas a hacer exactamente lo que haces siempre: entrar, mirar todo con cara de que te sobra el mundo, y dejar a la gente convencida de que tiene suerte de conocerte.

—Eso es una descripción muy generosa.

—Es un informe técnico.

La besó en la frente porque ella no le dejó otro sitio, ocupada como estaba en no llorar.

Quedaron en que volvería el miércoles por la noche: lunes de reconocimiento, martes de reunión con la persona misteriosa, y miércoles de papeles.

Dos noches de hotel. Cuarenta y ocho horas, que Ignasi calculó mientras veía alejarse el tren como quien calcula las cargas de un forjado: con seriedad, y sabiendo que el resultado no importa.

Volvió a casa en metro. Le Corbusier lo esperaba en el recibidor con cara de interrogatorio.

—No me mires así. Ha ido a trabajar.

El gato parpadeó lentamente, que en su idioma significaba eso dices tú.

* * *

Roger Planas llamó a las diez y cuarto.

Ignasi estaba en el estudio con el plano de Gràcia abierto y las ideas dispersas, así que contestó al segundo timbrazo, agradecido de que alguien le obligara a pensar en algo concreto.

—¿Estás sentado? —preguntó el abogado, que tenía la costumbre de empezar sus llamadas como un médico.

—Ahora sí.

—Berta ha confirmado la cifra. Quiere el treinta de noviembre, sin prórroga, con la escritura lista en notaría. Si no firmas la compra de su mitad, la casa de Sitges sale a subasta y ella cobra lo que le corresponde de todas formas. Tú pierdes la casa, y el precio, al ser venta forzosa, será peor.

—¿Cuánto peor?

—Un veinte por ciento. Quizá más.

Ignasi cerró los ojos.

—¿Y la hipoteca para comprar su parte?

—Tengo dos entidades dispuestas, con tu perfil. Es una cuota alta pero asumible. —Roger hizo una pausa que Ignasi conocía bien: la que precede a la frase importante—. Ignasi, te lo digo como amigo y no como abogado. ¿Estás seguro de que quieres esa casa?

La pregunta le cayó encima como una gota fría por la nuca.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque llevas dos meses diciendo «no puedo perderla» y ni una sola vez has dicho «la quiero». Son verbos distintos.

No contestó. Roger tampoco insistió; colgó con un «piénsalo» discreto y dejó en el aire una frase que Ignasi se quedó rumiando durante la media hora siguiente, mientras el plano de Gràcia seguía esperando.

No puedo perderla. La quiero. Son verbos distintos.

A las once se puso el abrigo, cogió las llaves del coche y decidió que, si iba a firmar o no firmar, lo haría sabiendo lo que firmaba.

* * *

Sitges, en octubre, era otra cosa.

Sin turistas ni sombrillas, el pueblo recuperaba su fondo de ciudad pequeña y marinera, con las persianas de las terrazas bajadas y los jubilados paseando por el paseo marítimo con el paso lento de quien tiene mucho tiempo y poco que contar.

El cielo era de un gris luminoso. Aparcó frente a la casa y se quedó un rato dentro del coche, con las manos en el volante, mirando la verja.

Había comprado aquella casa con Berta hacía nueve años, cuando todo era un plan.

La reforma, el huerto en la parte de atrás, el estudio con vistas al mar.

Cada decisión había sido suya: la piedra de la fachada, el ventanal del salón, la escalera.

Tenía dentro, grabadas en las paredes, todas sus ideas de lo que un hombre de treinta y cuatro años creía que debía ser un hogar.

Abrió la puerta. Olía a cerrado, a humedad ligera.

Caminó de habitación en habitación con las manos en los bolsillos.

En la cocina quedaba una taza de Berta en el escurridor, olvidada desde el verano anterior.

En el salón, la marca de un cuadro que ella se había llevado.

En el estudio de la planta alta, la mesa de dibujo, intacta, con una capa fina de polvo.

Se sentó en la silla. Miró por la ventana. El mar estaba allí, quieto, de un plomo precioso.

Pensó en su padre y en la llave vieja que guardaba en un cajón.

Pensó en el domingo en que Josep le había dicho la perdimos por callar, y en lo que significaba que un hombre de setenta años le entregara, por fin, la verdad que le debía a su hijo desde hacía tres décadas.

Pensó en Marta, sentada en el suelo de su cocina, con un lápiz amarillo detrás de la oreja, diciendo nada de promesas.

Y comprendió, con una claridad que no tenía nada de dramática, sino de mecánica pura, que llevaba meses tratando de salvar una casa que ya había dejado de ser suya.

No es que fuera mala casa. Era preciosa. Pero era la casa de un hombre que se había propuesto no volver a perder nada, y por eso, desesperadamente, se aferraba a todo. La casa de un hombre asustado.

No firmó nada. No tomó ninguna decisión aquella mañana. Pero guardó en el bolsillo del abrigo un trozo de papel donde apuntó, con su letra recta, una sola pregunta:

¿Qué casa quiero yo?

Luego cerró la verja y se fue a comer pescado frito al puerto, solo, en una mesa junto a la ventana. Un camarero de cejas blancas le sirvió una copa de albariño sin que la pidiera. «Cara de necesitarla», dijo, y se marchó.

* * *

Volvió a Barcelona de noche, cansado de una manera nueva, ligera, como después de cargar una mudanza en la que se hubieran quedado atrás los muebles feos.

Le Corbusier lo recibió con un maullido corto que Ignasi traducía, tras meses de convivencia, como te has retrasado y te perdono.

Le sirvió la cena. Se preparó él una tortilla francesa con una discutible ensalada.

Estaba lavando el plato cuando el portátil, abierto sobre la encimera, emitió el sonido de una videollamada entrante.

Marta.

Contestó con las manos todavía mojadas.

Ella apareció en la pantalla con el pelo suelto, en una habitación de hotel de luz cálida y colcha beis, con una camiseta vieja que él reconoció como suya y que le quedaba enorme. Sonreía con ese cansancio dulce de quien lleva trece horas siendo educada con desconocidos.

—Hola, arquitecto.

—Hola, ilustradora.

—He sobrevivido.

—Nunca lo dudé.

—Mentiroso. —Se echó hacia atrás en la almohada—.

Me han enseñado las oficinas, la sala de reuniones, un archivo con todos los libros de la editorial desde 1987 y un perro que vive en recepción y se llama Cervantes.

Cervantes me ha mirado con el mismo desprecio que Le Corbusier. He sentido que me ha adoptado.

—¿Y la persona misteriosa?

—Mañana a las diez. Me han dicho que prefiere «empezar el día con calma». Me da muy mala espina, ¿sabes? Las personas que prefieren empezar el día con calma son las que luego te hacen repetir cuarenta veces la misma lámina.

—O las que cuidan lo que hacen.

—También puede ser. —Hizo una pausa—. ¿Y tú? ¿Cómo ha ido?

Él dudó un instante, y se oyó a sí mismo contestar con una franqueza que le sorprendió:

—He estado en Sitges.

La sonrisa de Marta se quedó quieta.

—¿Y?

—Y nada. No he decidido nada. Pero me he hecho una pregunta que llevaba semanas esquivando. —Le contó lo de Roger, el verbo querer y el verbo poder, la taza de Berta en el escurridor, el papel en el bolsillo. Ella no le interrumpió ni una vez. Cuando terminó, tenía los ojos brillantes.

—Eso es muy hermoso, Ignasi.

—Es muy asustador.

—También. —Se mordió el labio—. ¿Sabes qué quiero ahora mismo?

—¿Qué?

—Que estés aquí.

—Estoy ahí. —Levantó una mano hacia la pantalla—. Un poco pixelado, pero ahí.

Ella soltó una risa suave, y de pronto dejó de reírse. Lo miró con una expresión distinta, un poco más baja, un poco más lenta.

—Quiero que estés aquí de otra manera.

Ignasi sintió el pulso en la nuca.

—¿De qué manera?

—Condición uno —dijo ella—. Ve a la cama. Con el portátil.

—Marta, hay un gato.

—Cierra la puerta.

—Es un gato que sabe abrir las puertas.

—Ignasi.

—Voy.

Cerró la puerta del dormitorio con el pie y dejó el portátil en la almohada, de cara a él, apoyado contra el cabecero. Se tumbó en la cama, vestido todavía, con la camisa abierta hasta la mitad. Al otro lado de la pantalla, ella lo observaba con atención de dibujante.

—Esto es rar —admitió él.

—Es un poco rar. Pero me gusta. —Inclinó la cabeza—. ¿Estás cómodo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque estoy a quinientos kilómetros de lo que quiero.

Ahora fue ella quien tragó saliva.

—Entonces la condición dos: tú sólo contestas. Yo hablo. —Se pasó la lengua por los labios—. Y si en algún momento algo no te gusta, dices la palabra.

—Y tú.

—Y yo. —Sonrió—. Desabróchate la camisa.

Lo hizo. Despacio, observando cómo ella lo observaba. Marta apoyó la barbilla en la rodilla y respiró hondo.

—Ahora cuéntame dónde están tus manos.

—En mi pecho.

—Baja una.

El aire de la habitación pareció espesarse.

Ignasi sintió el calor de la pantalla en la cara, y también otro calor, más antiguo, que le recorría el vientre.

Bajo la mano. Se oyó respirar. Ella lo miraba sin pestañear, con las mejillas encendidas, mientras con la mano libre se subió despacio el borde de la camiseta, la de él, hasta mostrar la curva del estómago, la línea de las costillas.

—Yo también —murmuró—. Te lo cuento, para que me veas.

Se dijeron cosas. No muchas, pero cada una cargada.

Ella le contó en voz baja lo que le habría hecho si hubiera estado allí, con los labios, con las manos; él respondía con monosílabos, con «sí» jadeados, con su nombre a medias.

La voz de ella le llegaba por los auriculares con una intimidad que le erizaba la piel, y en la pantalla la veía moverse, respirar, cerrar los ojos un segundo y abrirlos otra vez para encontrarlo.

Algo en esa distancia, en aquella imposibilidad de tocarse, le pareció la cosa más erótica del mundo: la prueba de que el deseo no dependía de la proximidad, sino de la atención.

—Marta, voy a…

—Todavía no.

—No sé si puedo…

—Puedes. Aguanta un poco. —Se inclinó hacia la cámara, con los ojos oscuros, vidriosos—. Mirándome.

Lo miró. Cada segundo era una cuerda tensa.

Cuando ella dejó escapar un gemido hondo, quebrado, lleno de su nombre, él supo que no había nada más que esperar, y se dejó ir a la vez, con el pulso desbocado y la frente empapada, repitiendo su nombre como una plegaria.

Después se quedó sin aliento, mirando el techo, con una risa floja e incrédula que le sacudía el pecho.

—Dios mío —dijo.

—Eso mismo he pensado yo.

Se miraron a través de la pantalla, despeinados, sudorosos, absurdamente felices.

Entonces algo golpeó la puerta del dormitorio. Un golpe seco, deliberado. Y después, un maullido largo, grave, indignado.

—¿Es…? —empezó Marta.

—Es él.

—¿Se ha enterado?

—Se entera de todo. —Ignasi se tapó la cara con la mano—. Tiene el don de la oportunidad.

Ella estalló en una carcajada que le dobló la espalda, y él se contagió, y durante un buen minuto ninguno de los dos pudo decir una palabra. En el pasillo, Le Corbusier arañó la madera con la dignidad de un crítico que ha sido ignorado.

—Abre —dijo Marta, secando una lágrima—. Antes de que te denuncie.

Él abrió. El gato entró con el rabo en alto, miró a Ignasi, miró el portátil, y de un salto se instaló delante de la pantalla, ocupando todo el encuadre con su cara gris y solemne.

—Hola, jefe —dijo Marta—. Te lo cuido, ¿eh?

Le Corbusier parpadeó despacio. Ignasi creyó ver, aunque nunca lo juraría ante un tribunal, que su cola dibujaba una curva de aprobación.

* * *

Se despidieron pasada la una. Marta bostezaba, con los ojos entrecerrados y la mejilla aplastada contra la almohada del hotel.

—Mañana te cuento quién es.

—Cuando quieras.

—Condición tres.

—Condición tres.

—Ignasi.

—Dime.

—Esta casa. Sitges. La que quieras. —Hizo una pausa larga—. Sea cual sea, déjame entrar en ella. No para mandar, no para ser dueña de nada. Sólo para estar.

La ceja izquierda le tembló de golpe.

—Marta, eso…

—No es una promesa. —Sonrió con los ojos casi cerrados—. Es una petición.

—Concedida.

Colgaron. La pantalla se apagó. El dormitorio quedó en silencio, con el gato hecho una bola gris a sus pies y la ventana entreabierta dejando pasar un trozo de ciudad dormida.

Ignasi sacó del bolsillo del abrigo, que colgaba de la silla, el trozo de papel doblado. Lo desdobló. Leyó otra vez su propia letra, tan recta, tan segura de sí misma:

¿Qué casa quiero yo?

Debajo, con el lápiz amarillo que Marta le había dejado en la mesilla, escribió una sola palabra. La miró un buen rato. Después apagó la luz sin tachar nada.

Una con ella.