Capítulo 17 Hygge #2
—Marta —murmuró.
—Sólo contestas.
—Perdona.
Me senté a horcajadas sobre sus muslos, de cara a él, con las rodillas a ambos lados del sillón.
Su calor atravesaba la tela. Le recorrí la cara con las yemas de los dedos: las cejas, la nariz, la línea de la mandíbula con la barba de dos días, los labios.
Los entreabrió. Le metí el pulgar un instante en la boca, y él lo besó sin dudar, con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.
—¿Te gusta? —pregunté.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Mucho. Más de lo que puedo decir sin romper la condición dos.
Rocé mi boca con la suya, apenas, sin darle el beso. Él inclinó la cabeza hacia mí, y me aparté. Sonreí.
—Todavía no.
—Cruel —susurró.
—Arquitecta.
Le desabroché la camisa, botón a botón, besándole cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. El pecho, el esternón, el vientre. Se estremeció cuando llegué a la cintura, y yo me detuve, y lo miré.
—Condición cinco.
—No la he leído.
—Todavía no existe. —Cogí el lápiz de la mesilla, abrí una página nueva y escribí con un trazo seguro: Condición cinco: Ignasi me mira mientras yo me toco.
Él leyó el papel por encima de mi hombro. Cuando levantó la cabeza, tenía las pupilas dilatadas.
—Marta…
—¿Sí o no?
—Sí. Dios. Sí.
Me levanté, volví a la cama, me tumbé en el borde con las piernas medio abiertas y la mirada fija en la suya.
Me quité la camiseta. Y por un instante tuve vergüenza, la vergüenza antigua de una mujer de cuarenta y seis años que ha aprendido a esconderse, pero él me miraba con una reverencia tan limpia que se me disolvió sola.
Me acaricié despacio, primero los pechos, luego el vientre, luego más abajo, con la lentitud de quien dibuja a mano alzada una curva que conoce de memoria.
Cerré los ojos y los abrí. Él no se movía.
Pero respiraba como si hubiese corrido, y tenía los nudillos blancos de apretar el sillón, y la camisa abierta, y la mirada de un hombre que ha prometido no tocar y cumple la promesa a un precio altísimo.
—Dime lo que ves —le pedí, con la voz ronca.
—A ti —dijo él—. Entera. —Se le quebró la voz—. Eres lo más hermoso que he visto nunca.
—Figura retórica.
—Hecho.
Soltó una exhalación temblorosa, y yo me reí, y la risa se me convirtió en un gemido, y el gemido en su nombre.
Me tomé mi tiempo. Me tomé más del que pensaba.
Lo vi sufrir y disfrutar en el sillón, con la ceja temblando como una aguja de sismógrafo, y cuando ya no pude aguantar más, cuando sentía el calor en la espalda y las piernas me temblaban, dije:
—Ahora.
Él se movió como si llevara un año quieto.
Cruzó el espacio entre el sillón y la cama en un par de pasos, se arrodilló en el borde, me tomó por los muslos y me atrajo hacia su boca, y yo grité, no de dolor, no de miedo, sino de pura liberación.
Sus manos me sostuvieron, firmes, y su lengua encontró un ritmo que era exactamente el mío, porque me conocía, porque había aprendido cada trazo de mi mapa, y lo recorrió con una devoción que me llevó al límite en segundos.
Me corrí con su nombre pegado a los labios, arqueada, con los dedos enredados en su pelo, y él no se apartó hasta que el último temblor se hubo desvanecido.
Subió por mi cuerpo, besándome el vientre, las costillas, el cuello, y se quedó encima, apoyado en los antebrazos, con la frente contra la mía. Yo todavía respiraba a bocanadas.
—Condición seis —dije, y apenas me salió la voz.
—¿Cuál es?
—Entra. Despacio.
Lo hizo. Despacio, como le pedí, mirándome a los ojos todo el tiempo, con una ternura que me cortó el aliento.
Me llenó entera, lentamente, y yo le clavé las uñas en la espalda y le susurré cosas sin sentido, y él me contestó con sonidos graves, rotos, que eran a la vez disculpa y gratitud.
Nos movimos juntos, sin prisa al principio, con mis piernas rodeándole la cintura, su mano bajo mi nuca, su boca en mi garganta.
Después la prisa llegó sola, como llega la marea, y fue más intensa, más húmeda, más nuestra.
Sentí que me tensaba otra vez, que subía otra ola, y le agarré la cara con las dos manos.
—Mírame.
—Te miro.
—No cierres los ojos.
—No los cierro.
Llegamos casi a la vez, él con un gemido hondo que le vibró en todo el pecho, yo con un temblor largo, silencioso, abrazada a su cuello como a un salvavidas. Se desplomó a mi lado, y los dos nos quedamos mirando el techo, jadeando, con las manos entrelazadas.
—Condición siete —murmuré, pasados unos minutos.
—Dime.
—Te quedas a dormir.
—Vivo aquí.
—Pues eso. Te quedas.
Se giró de lado y me besó la sien.
—Cumplo.
* * *
El móvil sonó a las nueve y diez de la mañana.
Lo sé porque estaba dormida con la cara pegada al hombro de Ignasi, y el timbre me atravesó el cráneo como un taladro. Palpé la mesilla con los ojos cerrados. Él gruñó.
—No lo cojas.
—Es un número de Madrid.
Nos incorporamos los dos a la vez. Ignasi me pasó el teléfono como quien pasa una granada con el seguro quitado.
—¿Sí?
—Marta, buenos días. —La voz de Carmen Ibáñez sonó clara, enérgica, de mujer que ya ha hecho dos reuniones antes del desayuno—. Perdona la hora. He tardado en contestar porque he tenido que pelearme con el consejo.
—No pasa nada.
—Pues te cuento. Tres libros con opción a tres más: aceptado. Un año y medio de exclusividad: aceptado, con dolor de corazón. Martes y miércoles en Madrid: aceptado.
Me tapé la boca con la mano. Ignasi, a mi lado, contenía la respiración. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, de golpe, tontas, felices.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero tengo una condición mía.
Tragué saliva.
—Dime.
—Tienes que venir el lunes. Esta semana que viene. —Hizo una pausa deliberada, de vendedora de ultramarinos—. Quiero que conozcas al equipo, que veas la sede, y sobre todo que hables con la persona que va a dirigir tu colección. Y es alguien con quien creo que vas a tener muchísimo que contar.
—¿Quién es?
—Prefiero que lo descubras en persona. —Y noté la sonrisa en su voz—. Pero te adelanto que ya conoce tu trabajo mejor que tú misma.
Colgó con una despedida rápida y un «te mando el billete por mail». Me quedé con el teléfono en la mano, mirando a Ignasi, y él me miraba a mí con una sonrisa inmensa, un poco vidriosa, la ceja inmóvil, por una vez.
—Han dicho que sí —dije.
—Lo he oído.
—Han dicho que sí a todo.
—Casi todo. —Me apartó el pelo de la cara—. Falta el lunes.
—Falta el lunes —repetí—. ¿Y quién será esa persona?
—No lo sé.
—Ya. —Me dejé caer sobre su pecho—. Pero cuando lo averigüe, no te lo cuento hasta que yo quiera.
—Condición tres —murmuró Ignasi, y cerró los brazos a mi alrededor, y por la ventana entró un rayo de sol de octubre que cayó exactamente sobre el lápiz amarillo, olvidado en la mesilla, con la punta todavía fina.