Capítulo 17 Hygge
HYGGE (danés).
el arte de estar a gusto con la gente que quieres, sin hacer nada especial y sin que nadie te pida que seas otra cosa; el contrario exacto de una reunión de trabajo.
Viñeta de mi cuaderno: tres mujeres en torno a una mesa pequeña, una botella vacía y otra a medias; sobre sus cabezas, un bocadillo con forma de interrogación. Pie de dibujo: «Interrogatorio amistoso (sin abogado)».
Hay dos tipos de silencio en la vida de una ilustradora: el de la hoja en blanco y el de esperar que te conteste una editora de Madrid.
Llevaba cuatro días en el segundo. Le había mandado a Carmen Ibáñez mi contrapropuesta un lunes por la mañana, redactada con tanto cuidado que parecía una carta de amor a un notario.
Tres libros, uno y medio de exclusividad, martes y miércoles.
Y desde entonces, nada. Ni un «recibido».
Ni un emoji. Me había pasado cuatro días mirando el móvil como quien mira una olla que no hierve, sabiendo perfectamente que el agua tarda más cuanto más la miras.
—Para —dijo Ignasi el jueves por la noche, quitándome el teléfono de la mano con suavidad—. Lo guardo yo. Lo tendrás cuando termine de cenar.
—Eso es secuestro.
—Es cuidado paliativo.
El viernes, Clara me escribió: Cena. Hoy. Lucía viene. No admito excusas. Lleva hambre y confesiones.
Lo segundo me dio miedo.
* * *
Quedamos en un restaurante pequeño de Gràcia, de esos con cuatro mesas, un camarero con delantal largo y una carta escrita a mano con faltas de ortografía que aumentan el encanto.
Clara ya estaba allí cuando llegué, con la melena recogida y esa expresión de felicidad tranquila que le había salido desde que no tenía que fingir ante nadie.
Lucía llegó diez minutos después, con un abrigo verde botella y una bolsa llena de algo que olía a canela.
—Galletas —anunció—. Para el postre, o para una emergencia.
—¿Qué clase de emergencia? —pregunté.
—La que va a ocurrir cuando te interroguemos.
Me senté. Pedí vino. Pedí pan. Pedí, en un arranque de lucidez, un segundo vino.
Durante veinte minutos hablamos de cosas normales.
Clara me contó que Julián había empezado a leer en voz alta mientras cocinaba, y que ya llevaba tres capítulos de un manual de carpintería, con acento dramático, «como si fuera Shakespeare».
Lucía me contó que Nils había intentado traducir al sueco el verbo «procrastinar» y había concluido que no existía ninguna palabra equivalente, porque en Suecia nadie procrastina, sólo aplaza con método.
Yo me reí mucho. Me sentía bien. Me sentía en casa.
Y entonces Clara dejó la copa sobre la mesa, la giró un cuarto de vuelta, y dijo:
—Bueno. ¿Cómo estás de verdad?
Las dos me miraron. Lucía incluso apartó el plato.
—Estoy bien.
—Marta.
—Estoy bien. Estoy contenta. Estoy… —busqué la palabra— en lista de espera.
—¿Lista de espera de qué?
—De todo. De Carmen. Del treinta de noviembre. De que Ignasi decida si firma lo de Sitges. De saber si dentro de un año voy a vivir en dos ciudades a la vez, con un gato que me desprecia y un hombre que me mira como si yo fuera un edificio protegido.
Lucía soltó una risa.
—Eso último es muy bonito.
—Es un problema. Es un problema muy bonito.
—¿Y se lo has dicho? —preguntó Clara.
—¿El qué?
—Lo que no te atreves a decirme a mí.
Me atraganté con el pan.
—No sé a qué te refieres.
—Sí lo sabes.
—Le Corbusier es testigo de que no.
Lucía se inclinó hacia mí con las manos entrelazadas, en una pose de juez de instrucción.
—Marta, te hemos visto la cara desde que entraste. Tienes la cara de alguien que ha dicho algo gordo y no sabe dónde guardarlo.
Tomé un trago largo de vino. Después otro.
—Le dije que le quería.
Silencio. Un silencio de los buenos. Luego Clara se llevó las manos a la boca, y Lucía dio una palmada tan fuerte que el camarero se giró.
—¡Lo sabía! —chilló Lucía—. ¡Lo sabía! ¡Clara, me debes diez euros!
—No te debo nada, apostamos sobre cuándo, no sobre si.
—Dijiste «en Navidad».
—Dije «a lo mejor en Navidad».
—¿Habéis apostado? —pregunté, escandalizada.
—Por supuesto —dijo Clara—. Julián apostó que antes de octubre. Nils, que no lo dirías hasta el verano.
—¿Nils?
—Nils cree que las mujeres de tu generación necesitan una evaluación de riesgos previa.
—Yo le voy a…
—Cuéntanoslo —cortó Lucía, que ya había pedido la tercera botella con una mirada al camarero—. Con detalles. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué cara puso?
Lo conté. Les conté lo de las veintiuna horas, la mochila en el portal, la puerta entornada, el lápiz amarillo.
Les conté el «Te quiero» dicho como se dice que hoy hace frío.
Les conté el «hoy hace un calor tremendo» y la «figura retórica» y la «cuenta doble».
A mitad del relato, Clara tenía los ojos húmedos y Lucía repetía «es que es precioso, es que es precioso», con una mano en el pecho.
Yo, que había empezado el relato con ironía, lo terminé con un nudo en la garganta que intenté disimular con pan.
—Marta —dijo Clara al fin, con esa voz suya que parece acostumbrada a ordenar manuscritos y corazones—. ¿Sabes lo que acabas de hacer?
—¿Qué?
—Has dicho «te quiero» sin que fuera una promesa. Sin pedirle nada a cambio. Sin sacar un contrato de la manga. Eso es lo más difícil que existe. Yo tardé dos libros en aprenderlo.
—Tres —corrigió Lucía.
—Dos y medio.
—Yo creo que tuve que aprenderlo con un sueco, que son lentos.
Nos reímos las tres hasta que dolió. Después Lucía sacó las galletas de canela y las repartió con solemnidad, y Clara pidió tres cafés y una copa de orujo para cada una, y la sobremesa se alargó hasta que el camarero nos echó con tacto.
Salimos a la calle con las mejillas rojas, los abrigos mal abrochados, cogidas del brazo. Hacía fresco. Olía a otoño y a pan.
—Una cosa más —me dijo Clara en la esquina, cuando ya nos íbamos—. Cuando Carmen conteste, sea lo que sea, no se lo cuentes sola. Llámanos.
—Vale.
—Y Marta… —Me apretó el brazo—. Gracias por dejarnos ser tus amigas.
Hice una broma, claro. Siempre hago una broma cuando alguien dice algo bonito. Pero me la tragué a medias, y volví a casa andando, cuesta arriba, con las piernas contentas y el corazón en un compás raro.
* * *
La casa estaba a oscuras salvo por una lámpara en el salón.
Le Corbusier me recibió en el recibidor con una mirada de reproche profesional, del tipo llegas tarde y hueles a vino, y me siguió hasta el sofá. Ignasi no estaba allí. Había una nota sobre el cojín, escrita con su letra de arquitecto, esa letra recta que no admite dudas:
Dormitorio. Cuando quieras. No hay prisa. I.
Me quedé un momento mirando el papel. Después me quité los zapatos, me lavé las manos en la cocina porque no estaba tan serena como quería parecer, y avancé por el pasillo.
La puerta del dormitorio estaba abierta. Ignasi estaba sentado en el sillón de lectura, con una camisa blanca arremangada hasta los codos y los pies descalzos, y sobre la cama había un objeto.
Un cuaderno. Pequeño, de tapas duras, color azul petróleo. Y, encima, un lápiz amarillo, recién afilado.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Un regalo. —Se encogió de hombros—. O una propuesta.
Abrí la primera página. Estaba en blanco, salvo por un título escrito con tinta fina en la cabecera:
CONDICIONES NUEVAS (versión de Marta).
Me lo quedé mirando. Luego lo miré a él.
—No entiendo.
—Hemos pasado semanas negociando mis condiciones, tus condiciones, nuestras condiciones.
—Sonrió con esa sonrisa lenta, de lado, que era la única parte de él que no estaba perfectamente ordenada—.
Y he pensado que nunca te he dejado escribir unas sólo para ti.
Sin lista previa. Sin mí corrigiendo. Una noche en la que tú pones las reglas, y yo las cumplo.
Sentí que el calor me subía por el cuello, de golpe, desde la clavícula.
—¿Todas?
—Todas las que quieras. Dentro de lo que sabes que puedes pedir y de lo que sabes que puedo dar. —Hizo una pausa—. Y la palabra sigue en pie, para los dos.
—Le Corbusier.
—Le Corbusier.
Me senté en el borde de la cama. Cogí el lápiz. Me temblaba un poco la mano, y no era de miedo.
—¿Puedo escribir ya?
—Cuando quieras.
Escribí. Tardé un rato, no porque dudara sino porque disfrutaba tanto del acto de escribir que me daba pena acabarlo. Cuando terminé, arranqué la hoja con cuidado, la doblé una vez y se la tendí.
—Léelo en voz alta.
Él tomó el papel. Lo abrió. Se aclaró la garganta.
—«Condición uno —leyó, y la voz le salió algo más grave de lo normal—: Ignasi no se mueve del sillón hasta que Marta lo diga.»
—Es innegociable.
—Entendido. —La ceja izquierda, esa traidora, ya se había puesto en marcha.
—Sigue.
—«Condición dos: Ignasi puede hablar, pero sólo para contestar. Nada de órdenes, nada de consejos, nada de ser razonable.»
—Especialmente lo último.
—Me lo apunto. —Tragó saliva—. «Condición tres: Marta puede cambiar las condiciones cuando le dé la gana, sin explicarlo.»
—Es mi derecho.
—Está enmarcado en el pasillo. —Y levantó la mirada—. «Condición cuatro: cuando Marta diga la palabra “ahora”, Ignasi hace exactamente lo que ella le pida.»
Le quité el papel de las manos. Lo doblé y lo dejé en la mesilla, y me levanté.
—¿Te parece bien? —pregunté.
—Me parece… —respiró—, muy bien.
Me acerqué despacio. Era raro estar de pie frente a él, con él sentado, mirándome desde abajo, con las manos agarradas a los reposabrazos como quien se ata a un mástil. Sentí algo muy poderoso en el estómago: no era dominación, sino su contrario, una confianza tan enorme que me mareaba.
Me quité el jersey sin dejar de mirarlo. Lo dejé caer. Debajo llevaba una camiseta fina, negra, y noté que sus ojos bajaban, y volvían a subir, y se quedaban donde les había dicho que se quedaran: en los míos.
—Buen chico —dije, y él cerró los ojos un segundo, como si le hubiera dado un puñetazo suave.
Me desabroché los vaqueros. Me los quité, despacio, con una mano apoyada en su hombro para no perder el equilibrio, y su respiración cambió. Pude notar el esfuerzo que hacía por no moverse; el nudillo blanco, la vena del antebrazo, la mandíbula apretada.