Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 16 Qarrtsiluni
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Capítulo 16 Qarrtsiluni

QARRTSILUNI (inuktitut).

quedarse sentado en la oscuridad, esperando a que algo ocurra; la espera, a oscuras, de algo que está a punto de llegar.

Ignasi

Ignasi llevaba veintiuna horas y cuarenta minutos sin hacer nada útil.

Había intentado trabajar. Había abierto el plano de la reforma de Gràcia, había movido un tabique tres centímetros a la izquierda, lo había devuelto a su sitio y había cerrado el portátil con la delicadeza de quien cierra la tapa de una olla que no quiere que hierva.

Había fregado los platos del desayuno, que eran dos tazas.

Había alimentado a Le Corbusier a las 6:40, con puntualidad militar, porque el gato no entendía de crisis sentimentales y el hambre no negocia.

Lo que no había hecho era recoger el lápiz amarillo.

Seguía en el suelo del recibidor, junto al zapatero, donde había rodado cuando ella cerró la puerta. No lo había tocado. Pasaba a su lado, lo miraba, y le parecía que moverlo sería como firmar algo.

La condición tres decía, con la letra apretada de Marta, enmarcada en el pasillo: Derecho a irme veinticuatro horas sin dar explicaciones. Y debajo, con otra tinta y otro día: Y él no pregunta hasta que yo quiera contar.

No había preguntado. Le había costado más que la carrera entera.

A las siete y diez de la tarde se sentó en el sofá con el gato sobre las rodillas, ocho kilos de pelo gris y juicio severo, y miró el reloj de la pared. Faltaban tres horas y cincuenta minutos para que se cumpliera el plazo.

—Si no vuelve —dijo en voz alta—, tú te quedas conmigo.

Le Corbusier lo miró con un ojo medio abierto, bostezó y le clavó una uña en el muslo, lo que Ignasi decidió interpretar como un no digas tonterías.

Su móvil vibró a las ocho menos cuarto. Un único mensaje.

Vuelvo. Y no te digo «el domingo», porque yo no soy mi padre. Te lo digo sin fecha: vuelvo. M.

Lo leyó tres veces. A la tercera la ceja izquierda ya le temblaba sola, sin bolígrafo, sin contrato, sin nada que firmar.

Escribió: Aquí estoy. Lo borró. Escribió: Te espero. Lo borró también. Al final escribió lo único que no sonaba a petición:

La puerta está abierta.

Y fue hasta el recibidor y la dejó entornada, un palmo, lo justo para que entrara la luz de la escalera.

* * *

Llegó a las nueve y diez.

La oyó antes de verla: los pasos en el rellano, el tintineo de las llaves que no necesitaba, la pausa de quien está a punto de empujar algo que ya está abierto.

Ignasi estaba de pie en medio del pasillo, bajo la lista enmarcada, con las manos sin saber dónde ponerse.

Había pensado en decir algo, un discurso, tres frases ensayadas en la ducha. Se le borraron todas.

La puerta se abrió despacio.

Marta tenía los ojos hinchados y el pelo recogido con el lápiz que usaba de emergencia, un tres B, y sostenía la mochila con las dos manos, delante, como un escudo pequeño. Miró la puerta, luego a él, luego el suelo, y se agachó a recoger el lápiz amarillo.

—Lo has dejado ahí.

—Me pareció que no me correspondía a mí moverlo.

Ella se levantó con el lápiz en la mano y lo sostuvo un segundo, mirándolo como si fuera una prueba.

—Han pasado veintiuna horas y cincuenta y cinco minutos —dijo—. Me sobran dos horas. Las he gastado en el portal, ¿sabes? Sentada en el escalón de abajo, con la mochila. No sabía si subir.

—Podías haberte quedado más. Tenías derecho.

—Ya. —Sonrió de lado, rota—. Pero resulta que no quería ejercerlo.

Ignasi dio un paso. Se detuvo.

—Marta, no voy a preguntar.

—Lo sé.

—Pero si tú quieres que...

—Ignasi. —Dejó la mochila en el suelo, con cuidado, y puso el lápiz amarillo en la repisa, junto a las llaves, donde vivía—. Ahora mismo no quiero hablar. Quiero otra cosa. Llevo veintiuna horas pensando en ella y creo que me estoy volviendo loca.

Él sintió que algo se le deshacía en el pecho, y a la vez que algo mucho más abajo se encendía.

—Dime qué cosa.

—Dime tú qué sigue vigente. —Ella levantó la barbilla—. La condición tres ha terminado. Estoy de vuelta. ¿Qué reglas rigen ahora?

Ignasi respiró hondo. En su cabeza, la lista entera pasó como un tren.

—Todas —dijo—. Y la palabra, por encima de todas. Si dices «Le Corbusier», todo se para y no pregunto nada.

—Todo se para —repitió ella, saboreándolo, y por primera vez en un día entero se le iluminó la cara—. Qué sexy eres cuando recitas la normativa.

—Es el único idioma que domino.

—Mentiroso.

Dio los dos pasos que los separaban y le agarró la camisa con las dos manos, a la altura del pecho, y tiró hacia abajo hasta que sus bocas quedaron a un aliento.

—Bésame como si hubieran pasado veintiuna horas.

—Veintidós, con los cincuenta y cinco minutos de ventaja.

—Pues como si fueran veintidós.

Lo besó ella primero, o lo besó él, ya no hubo manera de saberlo después. Fue un beso con hambre, sin gracia, de dientes y respiración rota, y cuando se separaron un instante para tomar aire, Ignasi notó que le temblaban las manos. Le temblaban de verdad, igual que la ceja.

—Estás temblando —susurró ella.

—Ha sido un día largo.

—Estás temblando por mí.

—Siempre.

Ella empujó con el pie la puerta, que se cerró con un golpe suave, y el pasillo se quedó en penumbra, con la luz amarilla de la lámpara del salón dibujando una franja sobre el suelo de madera.

* * *

No llegaron al dormitorio.

Llegaron a la pared del pasillo, justo debajo del marco con la lista, y Ignasi pensó, con la parte de su cerebro que seguía en pie, que sería irónico acabar desordenando las condiciones a base de golpearlas con la espalda de ella.

La sujetó por la nuca, protegiéndole la cabeza, y se apartó medio palmo del marco.

—Cuidado con la lista —murmuró.

—Que se joda la lista —respondió Marta contra su boca, y lo atrajo de nuevo.

Le quitó la camisa con tanta prisa que saltó un botón y rodó por el suelo hasta perderse.

Ignasi se rió, bajito, y ella le mordió el labio inferior por reírse.

Después las manos de Marta le recorrieron el torso como si llevaran un día entero dibujando de memoria y quisieran comprobar los errores: el hombro, la clavícula, la cicatriz pequeña de las costillas, la línea de vello que bajaba.

Ella lo miraba mientras lo hacía. Esa era la parte que lo deshacía, que lo mirara.

—Ven —dijo él, y le desabrochó los vaqueros sin soltarle los ojos, preguntando con el gesto antes que con las manos. Ella asintió. Siempre asentía, y siempre él esperaba el asentimiento. Eso también era un idioma entre los dos.

La levantó. Marta le rodeó la cintura con las piernas, pesada y ligera a la vez, y él sintió el calor de ella a través de la tela, y un gemido bajo, de garganta, se le escapó sin permiso.

La llevó hasta el dormitorio con la espalda de ella contra su pecho a ratos, contra la pared a ratos, y con una torpeza deliciosa de cuerpos que no quieren soltarse para caminar.

La dejó caer sobre la cama y se quedó de pie, mirándola.

Estaba despeinada. El lápiz tres B había desaparecido en algún momento del pasillo y el pelo le caía sobre la almohada en una maraña oscura. Tenía la camiseta subida hasta el ombligo, los labios rojos, las mejillas encendidas, los ojos todavía húmedos y completamente despiertos.

—Me estás mirando como si fuera una fachada —dijo ella.

—Una fachada del siglo diecinueve, protegida.

—Qué romántico.

—Es lo mejor que tengo.

—Cállate y desnúdame, arquitecto.

Lo hizo despacio. Fue un acto casi de reverencia, quitar cada prenda con la lentitud de quien desmonta un andamio para ver, por fin, lo que hay debajo.

La camiseta, el sujetador, los vaqueros doblados sobre sus caderas.

Besó la piel que iba apareciendo, el esternón, la curva de los pechos, el hueco bajo el ombligo, y Marta arqueó la espalda y enredó los dedos en su pelo, y cuando él llegó al borde de la última prenda y levantó la vista, ella lo estaba mirando con la boca entreabierta.

—¿Sí? —preguntó él.

—Sí. Por favor.

La palabra por favor en su voz era un arma.

Le quitó la última tela y se arrodilló en el borde de la cama, y ella soltó un sonido hondo, casi un sollozo, cuando su boca la encontró.

Ignasi la sujetó por los muslos y se tomó su tiempo, porque tenía veintidós horas de retraso y ninguna intención de ahorrar.

Aprendió otra vez el ritmo que le gustaba, lento y luego más firme, y la dejó guiarlo con el temblor de las piernas, con las manos que le tiraban del pelo, con aquel "ahí, ahí, no pares" que iba perdiendo sílabas.

Cuando llegó, lo hizo con su nombre medio roto en los labios, y él sintió el espasmo de ella contra su boca y se le encogió el corazón de pura ternura.

Subió despacio por su cuerpo, besándola, y ella lo atrajo con una fuerza sorprendente y lo giró de un empujón, hasta quedar encima.

—Ahora yo —dijo, jadeando.

—Marta...

—Ahora yo. Hoy me toca quedarme.

Lo desnudó del todo con manos que habían dejado de ser torpes. Se sentó a horcajadas sobre él y, durante un segundo largo, no hizo nada, sólo lo miró, con las palmas planas en su pecho, sintiéndole el corazón. Ignasi tenía la ceja izquierda temblando y ya no se molestaba en disimularlo.

—Dime que estás aquí —susurró ella.

—Estoy aquí.

—Dímelo otra vez.

—Estoy aquí. No me voy a ninguna parte.

Entonces bajó sobre él, despacio, y los dos cerraron los ojos y contuvieron el aire a la vez.

Se movieron juntos sin prisa al principio, con la frente apoyada una en la otra, compartiendo la respiración, y después con una urgencia creciente, ella llevando el compás, él sujetándola por las caderas, una mano subiendo a su espalda, a su nuca, a su rostro.

Se besaban entre jadeos. Se decían cosas que no recordarían luego: nombres, tonterías, una confesión murmurada contra el cuello que él guardó para siempre.

—Te he echado de menos —dijo ella, y no era una frase ligera.

—Yo a ti, cada minuto.

—Veintidós horas.

—Tres años, me han parecido.

—Exagerado.

—Figura retórica.

Ella soltó una carcajada a mitad de un gemido, y fue lo más hermoso que él había oído nunca: reírse así, dentro de ella, con los cuerpos conectados.

Después la risa se le volvió otra cosa, algo que le subía desde el vientre, y Marta se aferró a sus hombros, y él notó cómo se tensaba, y la sostuvo, y la acompañó hasta el final, el suyo llegando casi a la vez, un estremecimiento largo que le recorrió la espalda entera y lo dejó sin palabras, sin nombre, sin ningún nivel de ninguna escala.

Se quedaron quietos. Ella se derrumbó sobre su pecho, y él le acarició el pelo húmedo, la espalda, la columna con un dedo, vértebra a vértebra.

Le Corbusier apareció en la puerta, los observó con desprecio absoluto, saltó a los pies de la cama y se enroscó sobre las piernas de ambos.

—Nos aprueba —dijo Marta contra su pecho.

—Nos tolera.

—Es lo mismo.

* * *

Tardaron un rato en volver a hablar.

Fue ella quien rompió el silencio, con la voz ronca, la mejilla todavía apoyada en su pecho.

—He tomado una decisión.

Él no se movió. La mano que le acariciaba la espalda se quedó quieta, y luego siguió.

—¿Quieres que te escuche ahora o mañana?

—Ahora. Si lo dejo para mañana me da tiempo a cambiarla.

—Te escucho.

Marta se incorporó apoyando un codo en la almohada, con la sábana enrollada en la cintura y el pelo hecho un desastre. Se pasó la lengua por los labios.

—Voy a decirle que sí a Carmen. —Lo miró a los ojos, sin pestañear—. Pero no a lo que me propuso.

Ignasi sintió que algo le apretaba el pecho, no de miedo, sino de reconocimiento. No era una frase de huida. Era una frase de negociadora.

—Explícamelo.

—Seis libros no. Tres, con opción a otros tres si el primero funciona. Dos años de exclusividad no, uno y medio. Y tres días a la semana en Madrid no. —Levantó dos dedos—. Dos. Martes y miércoles. Los jueves vuelvo en el primer tren.

—¿Te lo van a aceptar?

—No lo sé. —Se encogió de hombros, y sonrió, y esa sonrisa estaba cargada de miedo y de algo más grande—.

Pero ayer pasé veintiuna horas pensando qué quería yo, no qué querías tú, no qué querían Carmen o mi madre o el fantasma de mi padre.

Y descubrí que quiero el trabajo. Quiero ese libro.

Quiero ser la persona que se atreve a mudarse medio mes a Madrid con cuarenta y seis años y a hacer una cosa grande.

Pero también quiero volver aquí los jueves.

—¿Volver a mí?

—Volver a la casa. A ti. Al gato. A la despensa.

—Se mordió el labio—. A todo el paquete.

Quiero las dos cosas y creo que, si soy clara, puedo tenerlas.

Y si Carmen dice que no, sufriré, lo lloraré una semana, y me quedaré aquí, y habré elegido yo.

Eso es lo que necesito, Ignasi. Que el sí o el no sean míos.

Él se quedó callado, y se le empañaron los ojos, y no lo escondió.

—Entonces es una buena decisión.

—¿Lo piensas de verdad? ¿O lo dices porque acabamos de...?

—Lo pienso de verdad. —Le apartó un mechón de la cara—.

Yo no quiero que renuncies por mí. Eso sería un contrato leonino.

Quiero que elijas con los ojos abiertos y que, si vuelves, vuelvas porque quieres, no por culpa ni por deuda.

Los jueves por la tarde me tendrás con la puerta abierta.

Y si algún jueves no vuelves, lo hablamos sin que ninguno firme nada a la fuerza.

—Nada de promesas —murmuró Marta.

—Nada de promesas —confirmó él—. Sólo presencia.

Ella apoyó la frente en la suya.

—Te quiero. —Fue casi un susurro, como quien lo dice y se asusta—. No es una promesa. Es un hecho. Lo digo como se dice que hoy hace frío.

—Hoy no hace frío —respondió Ignasi, con la voz quebrada de sonrisa—. Hoy hace un calor tremendo.

—Figura retórica.

—Cuenta doble.

Se besaron otra vez, más despacio, y entonces ella le pasó el pulgar por la ceja izquierda, que seguía temblando, y la acalló.

—Una cosa más —dijo.

—Dime.

—Tu fecha. El treinta de noviembre. No te pido que firmes lo de Sitges. —Hizo una pausa—. Pero te pido que, si firmas, firmes por ti. No por tu padre, ni por Berta, ni por mí. Que lo hagas sabiendo por qué.

Ignasi tragó saliva. El tren de la lista volvió a pasar por su cabeza, y esta vez no le dio miedo.

—Lo intentaré.

—No es una promesa.

—No. —Sonrió—. Es un nivel ocho.

—Sube, sube. —Marta le dio un beso breve en la nariz y se dejó caer otra vez sobre su hombro—. Y ahora cállate, que quiero dormirme así, con el gato encima y sin ninguna fecha cerca.

Por el pasillo, en el marco de la pared, la lista de condiciones se quedó oscura en la penumbra. Nadie la oyó, pero si alguien hubiera estado allí, habría jurado que, justo debajo de la condición tres, alguien había añadido con lápiz amarillo, muy pequeña, una sola palabra:

Vuelve.