Capítulo 15 Kilig
KILIG (tagalo).
ese cosquilleo en el estómago que se siente cuando algo o alguien te gusta tanto que casi duele. Se parece a un mareo, pero con ganas de seguir.
Viñeta de mi cuaderno: una cama de invitados con una mujer encima, boca abajo, con el móvil en la mano y la cara escondida en una almohada. Del otro lado de la pared, dibujadas con tres líneas, dos sombras abrazadas. Pie de dibujo: «La pared es fina. La nostalgia, más».
Llegué a casa de Clara a las siete menos veinte con una bolsa de lona, una caja de pinceles y los ojos de un conejo albino.
Julián abrió la puerta en calzoncillos y bata, con el pelo de punta, y una taza de café en la mano. Me miró un segundo. Dejó la taza en el recibidor. Y sin decir una palabra, me abrazó, con aquellos brazos largos y cuadrados de hombre que sabe abrazar, y me dijo al oído:
—Tu habitación está hecha.
—No sabías que veniría.
—Clara lleva hablando de ti desde las cinco. —Me soltó, con una sonrisa torcida—. Hay sopa. Hay vino. Hay un sofá que te sabe el nombre.
—Qué bonito.
—Es un sofá muy cursi —admitió.
Clara apareció por el pasillo con un jersey de lana enorme, descalza, y se me echó encima sin preguntar nada. Me abrazó durante tanto tiempo que acabé llorando en su hombro, un llanto limpio, sin ruido, de los que no cuestan.
—Ya está —me decía, dándome golpecitos en la espalda—. Ya está. Ya está.
La vida, a veces, es una sucesión de personas que dicen ya está.
* * *
Pasé el día entero en el sofá.
No recuerdo haber hecho otra cosa. Me trajó Clara una manta y una sopa y un libro que no leí.
Me trajo Julián una bolsa de agua caliente y una galleta con forma de gato que había comprado en la panadería de abajo («por Le Corbusier», dijo, y se me volvió a llenar la cara de lágrimas).
Dibujé un poco. Dormí otro poco. A las cuatro de la tarde, mientras Julián y Clara discutían en la cocina sobre si la bechamel lleva nuez moscada, entró por la puerta, sin avisar, con una bolsa de pastelería, Lucía.
—Me han llamado —dijo—. Me han dicho que tienes una crisis con contrato.
—No tengo una crisis.
—Tienes una crisis muy bonita —concedió, y se sentó a mi lado en el sofá, abrió la bolsa y sacó dos napolitanas de chocolate—. Yo tuve una peor.
Nos comimos las napolitanas en silencio, un buen rato. Tenía una manera de callar muy cómoda, la de las personas que han hablado mucho de sí mismas y han aprendido a no hacerlo.
—Te voy a contar una cosa —dijo al fin—. Yo también tengo mi palabra. La he usado una sola vez fuera de la cama.
—¿Y qué pasó?
—Que paró. De verdad. Sin preguntas. Sin reproches. Sin una sola cara rara. —Sonrió un poco—. Y fue entonces cuando entendí que estaba enamorada. No cuando me dijo que me quería, ni cuando me tomó la mano delante de su familia. Cuando paró.
—Ignasi paró.
—Claro que paró. —Se limpió el chocolate de los dedos—. Los buenos paran, Marta. Es lo único que importa.
* * *
Después de cenar nos quedamos los cuatro en el salón.
Lucía se fue a las diez, con un beso en la frente y una frase que me dejó pensando: «No decidas con la cabeza lo que ya ha decidido el cuerpo».
Julián se puso a lavar los platos. Clara me acompañó hasta la habitación de invitados, una habitación pequeña con una cama de matrimonio, una estantería de libros y una ventana al patio.
—Descansa —me dijo—. Mañana hablamos.
—Gracias.
—No me des las gracias. —Me besó el pelo—. Y si necesitas algo… la pared es fina. Pero no demasiado.
Se marchó riendo.
Me senté en la cama. Me quité los zapatos. Me puse una camiseta de Julián que Clara me había dejado sobre la almohada, con el logo descolorido de una empresa de la que no quise preguntar. Apagué la luz. Me tumbé de lado.
Y entonces la oí.
Una risa. Pequeña, ahogada, de mujer que se tapa la boca con la mano. Luego un susurro grave, de hombre. Luego el crujido inconfundible de un somier que se mueve sin querer ser oído.
Me incorporé de golpe.
La habitación de Clara y Julián estaba justo al otro lado de la pared. Y la pared, qué duda cabía, era fina.
—Chist… —decía la voz de Clara, entre risas—. Que está Marta.
—Ya lo sé. —La voz de Julián era un murmullo tibio, ronco—. Por eso.
—¿Cómo que por eso?
—Porque si hacemos ruido…
—¡Julián!
—…se nos oye.
—¡Julián!
Se oyó algo que no supe identificar. Un golpe sordo, como el de una almohada. Un jadeo. El tono de Clara, bajando, de pronto serio, deshecho: Ah… No… Quédate así. Y luego, apenas un hilo de voz:
—Croqueta.
Silencio total.
—¿Es de verdad? —preguntó Julián, grave, con una voz distinta.
—No. —Clara se rió—. Era broma. Para ver si te acordabas.
—Eres una mala mujer.
—Soy una mujer feliz.
Me tapé la cara con la almohada. Me estaba muriendo de risa, y de vergüenza, y de otra cosa, sobre todo de otra cosa, porque el cuerpo es un traidor sin dos dedos de frente: lo que mi cabeza intentaba convertir en una ocurrencia graciosa lo estaba traduciendo él, el cuerpo, a su manera, a una lengua mucho más antigua.
Noté el calor subir por el cuello. Noté cómo se me apretaban los muslos.
Del otro lado, el ritmo se hizo más lento.
Más profundo. Los susurros de Julián, ese murmullo de gato satisfecho.
Los suspiros de Clara. Una palabra que no entendí.
Otra que sí: mi nombre. Marta. No dicho por ellos.
Dicho por mí, en mi cabeza, con una voz distinta, la de otro hombre, a trescientos metros de distancia, sentado en una cocina con un gato en las rodillas.
Cogí el móvil.
* * *
Estoy bien, escribí. Lo he dicho para que lo sepas. No es una vuelta. Es un mensaje.
La respuesta llegó en menos de cinco segundos.
Gracias. Yo también estoy bien. Le Corbusier ha comido. El lápiz sigue en el suelo.
Me reí, sola, a oscuras.
¿El amarillo?
El amarillo.
Orgullosa de ti.
Es un esfuerzo atroz.
Lo sé.
Un silencio de seis puntos suspensivos. Luego, despacio:
¿Puedo llamarte? No para hablar de nada. Solo para oírte.
Me quedé mirando la pantalla. El corazón me latía en la garganta. Al otro lado de la pared, un gemido muy bajo, mudo, seguido de una risa entrecortada.
Estoy en casa de Clara, escribí. La pared es muy fina.
Entonces habla bajo.
Me tumbé de espaldas. Me metí bajo la sábana, y miré el techo, y apreté el botón.
Sonó una vez. No llegó a sonar la segunda.
—Hola.
Su voz. Dios mío, su voz. Más grave por el teléfono, más lenta, con un fondo suave de silencio de casa. Se me aflojaron los hombros de golpe, como si llevase un día entero sosteniendo un piano.
—Hola.
—¿Dónde estás?
—En la cama de invitados. Con una camiseta de Julián.
—Qué envidia de camiseta.
Me eché a reír bajito.
—¿Y tú?
—En el sofá. —Hizo una pausa—. En tu lado. Con tu manta.
—¿La de cuadros?
—Esa. Huele a ti.
No dije nada. Cerré los ojos. Escuché su respiración, esa respiración tranquila que me conocía de memoria, y por primera vez en todo el día sentí que el aire me llegaba hasta el fondo de los pulmones.
—Marta.
—Dime.
—No quiero hablar de la oferta. No quiero hablar de nada. —La voz le bajó medio tono—. Solo quiero saber una cosa. ¿Te puedo preguntar si te acuerdas de la noche de la chimenea?
Me puse coloradísima en la oscuridad.
—Me acuerdo.
—¿De todo?
—De todo.
—¿De mi mano aquí? —Hizo una pausa, lo imaginé con la palma abierta contra mi cadera—. ¿De mi boca aquí?
Sentí un escalofrío que subió desde la nuca hasta las plantas de los pies.
—Ignasi…
—Si prefieres que pare…
—No.
—¿Seguro?
—No. —Se me escapó casi un gemido—. No pares.
Oyó mi respiración cambiar. Lo supe porque su silencio cambió con ella.
—Vale. Entonces te voy a pedir una cosa. Una sola. —La voz, tranquila, firme, esa voz de arquitecto que da instrucciones a un obrero de confianza—. Cierra los ojos.
Los cerré.
—Imagina que estoy ahí. Encima de ti. Sin tocarte.
Me temblaron las rodillas bajo la sábana.
—Tengo las manos a los lados de tu cabeza. Muy cerca. Puedo oler tu pelo. —Una pausa—. Tú tienes las tuyas libres. Las vas a poner donde yo te diga. Ni un centímetro más.
—Sí.
—Primero en tu cuello.
Puse la mano.
—Más abajo.
La bajé despacio. La clavícula. El escándalo del pulso bajo la piel. Mis pechos bajo la tela fina de una camiseta que no era mía, y los pezones ya duros, y la respiración ya hecha trizas.
—Así —murmuró él—. Despacio. Lo mismo que haría yo.
Al otro lado de la pared se había hecho el silencio, uno que pesaba. Por un instante creí que Clara y Julián nos estaban escuchando. Después, el crujido de somier regresó lento, discreto, como un acuerdo tácito de vecindad: yo no escucho lo tuyo, tú no escuchas lo mío, y a las dos nos va bien.
—Marta.
—Sí.
—Dime dónde estás.
—En… —Tragé saliva. Me ardía la cara—. En el vientre.
—¿Muy abajo?
—No tanto.
—Baja.
Lo hice. Abrí las piernas bajo la sábana, con el móvil pegado a la oreja y una mano que ya no reconocía como mía.
Su voz seguía llegando, cada vez más grave, sin prisa, diciendo lo que haría con la boca, con las manos, con el peso del cuerpo, paso a paso, como quien dicta un plano.
«Aquí. Con la lengua. Muy despacio. Hasta que me pidas que pare.
Y entonces no paro.» Y yo me mordí el labio para no gritar, para no despertar a nadie, para no romper la tregua de aquella casa donde todo el mundo hacía el amor en voz baja.
—Ignasi…
—Dime.
—Estoy… —Se me cortó la voz—. Estoy muy cerca.
—Lo sé. Te oigo.
—Tú…
—Yo también. —Su respiración se partió por la mitad—. Con tu manta. Con tu olor. Pensando solo en ti.
Eso fue todo lo que necesité.
Acabé con un gemido ahogado en la almohada, con el cuerpo arqueado, con una ola larga y lenta que me recorrió de arriba abajo y me dejó temblando. Casi al mismo tiempo, desde el teléfono, llegó su voz rota, un sonido breve y ronco, mi nombre pronunciado sin aire, y un silencio.
Nos quedamos así, los dos, respirando.
—Hola —dije al cabo de un rato, con una vocecita ridícula.
—Hola.
—Eso… no estaba en las veinticuatro horas.
—Estaba en la letra pequeña.
Me reí, con las lágrimas rodándome por las sienes hasta las orejas.
—Ignasi.
—Dime.
—Mañana vuelvo.
—No tienes por qué.
—Vuelvo. —Cerré los ojos—. Ya no es por el contrato. Ni por la fecha. Ni por mi padre. Es que me di cuenta de una cosa en el sofá de Clara, mientras Julián me traía una galleta con forma de gato.
—¿Qué?
—Que la despensa no existe. Que me he pasado cuarenta y tantos años escondiéndome en un sitio que no tiene puerta.
Hubo un silencio muy dulce al otro lado.
—Marta…
—Duerme —dije—. Te quiero.
Colgué antes de oír la respuesta.
No porque tuviera miedo. Porque esta vez, por primera vez, no hacía falta.