Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 14 Mono no aware
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Capítulo 14 Mono no aware

MONO NO AWARE (japonés).

la tristeza dulce ante la fugacidad de las cosas; la conciencia de que lo hermoso pasa, y de que pasa precisamente por eso.

Ignasi

* * *

Ignasi Ferrer hizo café.

Era lo único que se le ocurrió. Eran las cinco y diez de la mañana, había encontrado a Marta sentada en el suelo del salón con el móvil en la mano y una cara que no olvidaría en su vida, y de entre todas las cosas que un hombre puede hacer en un momento así (gritar, preguntar, exigir, derrumbarse, volver a la cama a fingir), eligió moler café y poner agua a calentar.

Marta lo observó desde la mesa de la cocina, con las rodillas contra el pecho y el pelo en la cara, sin decir una palabra. La cafetera silbó. Ignasi llenó dos tazas. Puso una delante de ella, se sentó enfrente, y sólo entonces dijo:

—Cuando quieras.

—Ignasi…

—No tengas prisa.

Pero tenía prisa. Por dentro, la tenía toda.

Le martilleaba el corazón contra las costillas y notaba el sabor metálico que le sube a uno a la boca cuando acaba de oír una puerta cerrándose en otra habitación.

Con el gato. Había dicho con el gato. Ignasi no era tonto: sabía perfectamente que no hay mentira pequeña cuando alguien miente a las cuatro de la madrugada, en la oscuridad, a un hombre al que acaba de pedir que espere.

Marta bebió un sorbo. Dejó la taza. Se miró las manos.

—Me han ofrecido un contrato.

Lo contó todo, en el orden que se cuentan estas cosas: primero la editora, luego los seis libros, luego los dos años, luego las tres jornadas en Madrid, luego la fecha. Treinta de noviembre. Al llegar ahí, Marta alzó los ojos y vio cómo se le movía a él la ceja izquierda.

—El mismo día —murmuró Ignasi.

—El mismo día.

—Tiene gracia.

—No tiene ninguna gracia.

—No —concedió él—. Pero tiene.

Se quedó callado. Dejó que el café se enfriara un minuto en la taza. Fuera, en el patio, amanecía con esa mala voluntad gris de los días de noviembre. Un mirlo, no el de la otra vez, cantaba a medias, sin demasiada convicción.

—¿Cuánto hace que lo sabes?

—Desde el martes.

—¿El martes pasado?

—Sí.

Cuatro días. Cuatro noches. Cuatro cenas. Una escapada a casa de Clara y Julián, otra comida con sus padres por teléfono, dos duchas compartidas, tres veces que se habían dormido abrazados, y ella con aquello dentro, como una piedra en el bolsillo.

Ignasi lo calculó con una frialdad que no le gustó nada. Se sentía herido, y tenía derecho. Pero había algo más, algo mucho menos digno, algo que le ardía en la garganta como una brasa: no soy yo quien te asusta. Es lo que me diría si lo dijeras.

—Lo siento —dijo Marta, y se le quebró la voz—. Lo siento mucho. Rompo la trece. La tuya, la mía. Me lo prometiste en Sitges, y yo…

—Tú me lo prometiste a mí.

—Y yo a ti.

—Entonces estamos empatados. —Ignasi consiguió sonreír, apenas—. Yo también tuve mi semana de callar, antes de Sitges.

—No es lo mismo.

—No —dijo él, despacio—. No es lo mismo. Yo me callaba por miedo a perderte. Tú te has callado…

Se detuvo. No sabía cómo acabar la frase.

—¿Por qué te has callado, Marta?

Ella tardó en responder. Se llevó las manos a la cara. Cuando las bajó, tenía la nariz roja y los ojos enormes.

—Porque me da miedo lo que vas a decir.

—¿Y qué voy a decir?

—No lo sé. Eso es lo que me da miedo.

* * *

Se levantó. Fue hasta la ventana. Puso las dos manos en el alféizar frío, miró el patio, y se oyó hablar con una voz tranquila que no era la de un hombre tranquilo.

—Voy a decirte lo que siento. Todo. Sin ordenarlo. ¿Vale?

—Vale.

—Estoy orgulloso de ti. Mucho. Tanto que me duele.

Seis libros, Marta. Una serie. Una editora que te ha llamado a las once de la mañana para decirte que ya no tienes que preocuparte por ningún alquiler.

—Respiró—. Quiero que lo firmes. Quiero que lo hagas mañana mismo.

Quiero verte en un tren a Madrid con los bocetos bajo el brazo, discutiendo con gente que sabe lo que vales.

A su espalda oyó un sollozo contenido.

—Y a la vez estoy aterrado. —Ignasi se volvió.

Tuvo que sujetarse al borde de la mesa—.

Tres días a la semana. Medio año. Después dos años de exclusiva, de libros, de giras, de ferias.

Y tengo cuarenta y tres años y una casa con una escalera que flota y un gato y una plaza de garaje compartida con cláusula de penalización, y estoy aprendiendo a firmar, y no sé si…

—Se le atrancaron las palabras—. No sé si queda sitio para lo que yo te puedo ofrecer.

—No digas eso.

—Es verdad.

—Es una gilipollez.

—Es verdad —repitió él, suave—. Es la verdad de las cuatro de la madrugada. No pasa nada. Las verdades de esa hora no son menos verdad por ser feas.

Marta se levantó. Cruzó la cocina en tres pasos y se paró delante de él, tan cerca que pudo ver cada pestaña mojada.

—Dime que me quede.

—¿Qué?

—Dime que me quede, o dime que me vaya. Dime algo. —Le temblaba todo el cuerpo—. Necesito que lo decidas tú.

Ignasi la miró. En esos ojos, enormes y húmedos, vio con una claridad dolorosa lo que Clara le había dicho a Marta por teléfono sin saber que él estaba en el pasillo, escuchando, con el corazón en los dedos de los pies: Lo que te asusta es que Ignasi te diga vete.

O que te diga quédate, y que tú lo hagas.

Había oído eso. Lo había oído entero. Y en ese momento comprendió con total nitidez cuál era el único acto de amor que le quedaba por hacer.

—No —dijo.

—¿No?

—No voy a decirte ni lo uno ni lo otro. —Le cogió la cara con las dos manos, sin apretar—. Es tuyo, Marta. Tu libro. Tu firma. Tu vida. No soy tu padre ni soy tu madre. No voy a quedarme con la parte de elegir por ti.

—Eso es… —Se le rompió la voz—. Eso es muy injusto.

—Lo sé.

—Eres un cabrón.

—Lo sé.

—Es que yo… —Se apartó de golpe, con las manos en alto—. Yo había pensado que quizá me dirías que no, y entonces sabría que me quieres de verdad. O que me dirías que sí, y entonces… —Se tapó la boca con la mano—. Dios. Soy un desastre. Soy una persona horrible.

—No lo eres.

—Quería que me retuvieras.

—Ya lo sé.

—Y no te lo merezco, porque tú me has dado un estuche de pinceles y yo…

Ignasi dio un paso. Marta retrocedió. El aire de la cocina se espesó.

—Marta. Respira.

—No puedo respirar.

—Sí puedes.

—No me des órdenes.

—No es una orden.

—Es una orden. —Alzó la voz, por primera vez en toda la mañana—. Todo lo que dices es una orden, aunque lo digas con esa voz de arquitecto bueno. Y necesito… necesito…

La vio cerrar los ojos. La vio apretar las manos contra el pecho. Y lo oyó, un susurro, apenas, una palabra de cuatro sílabas y un nombre propio que en cualquier otro momento del mundo habría sonado a risa:

—Le Corbusier.

Ignasi se quedó inmóvil.

No era la cama. No era el momento. Era la cocina, la luz gris, el café frío.

Era una mujer con los ojos cerrados que acababa de decir la única palabra que habían pactado para parar.

Y recordaba cada sílaba de la cláusula que él mismo había aceptado: Entonces paramos las dos cosas.

Y no pregunto hasta que tú quieras contarlo.

Retrocedió. Un paso. Dos. Hasta que su espalda tocó la nevera. Bajó las manos.

—Vale —dijo.

Marta abrió los ojos. Lo miró, sorprendida.

—¿Vale?

—Vale. —Se oyó su voz, firme, casi irreal—. Paramos.

—No quería… —Se llevó la mano a la boca—. No quería decirla. Se me ha escapado.

—Eso es lo que significa una palabra de seguridad, Marta.

—Ya lo sé. —Un sollozo—. Pero no pensaba que… No pensaba que iba a necesitarla fuera de…

—No tienes que explicarme nada.

—Necesito… —Respiró—. Necesito veinticuatro horas.

La condición tres. La que él había aceptado sin enmiendas, de pie, en medio de un salón con la luz de la tarde.

Prefiero mil veces que me la dejes entornada.

Y ahora, en una cocina gris, con los pies helados sobre el mosaico y el corazón hecho trizas, Ignasi comprendió con una nitidez absoluta que era exactamente el momento para el que había ensayado aquella frase.

—Vale.

—No es por ti.

—Lo sé.

—Es por mí. Necesito… ver cómo suena cuando no hay nadie que me… —Se interrumpió—. Voy a casa de Clara. Hasta mañana. Solo hasta mañana.

—Te llevo.

—No. —Negó con la cabeza—. Voy yo sola. Necesito ir sola.

—Vale.

—Deja de decir vale.

—No sé qué más decir. —Sonrió de lado, y tuvo que apretar el puño contra el muslo para no llorar—. Es lo único que se me ocurre que no te haga daño.

Marta lo miró largo rato. Después se acercó despacio, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla, en la comisura, pegando la boca tibia a la piel mojada, y le susurró al oído:

—Vuelvo.

—Lo sé.

—Te lo prometo.

Ignasi cerró los ojos. Esta vez no dijo cuenta doble.

* * *

La vio hacer la bolsa en cuatro minutos. Un jersey, un cuaderno, la caja de los pinceles de marta cibelina (la llevó con las dos manos, como un bebé), el cargador. Le dio un beso a Le Corbusier en la cabeza. Se puso el abrigo en el recibidor. Se detuvo delante del marco con la lista y no lo miró.

Abrió la puerta.

Se quedó un segundo en el umbral, de espaldas, con la bolsa colgada del hombro. Después salió. Sus pasos bajaron por la escalera, muy rápidos al principio y después cada vez más lentos.

Ignasi se acercó a la puerta. Posó la mano en el pomo.

Pensó en cerrarla. Era el gesto más natural del mundo. Un hombre al que se le va la mujer a las seis de la mañana cierra la puerta, echa el cerrojo, se sienta en el suelo y se pregunta qué ha hecho mal.

La dejó entornada.

Un dedo, no más. Un hueco de una mano de ancho, por el que entraba la luz del rellano y el olor a escalera, a piedra vieja y a cera.

Una casa necesita también una puerta por donde salir.

Se fue a la cocina. Se sirvió el café frío.

Se sentó en la silla de ella, con las dos manos alrededor de la taza, y a los cinco minutos notó el peso suave de un gato en la rodilla.

Le Corbusier se acomodó sin pedir permiso.

Miraba hacia el pasillo, hacia la rendija de luz, con las orejas hacia delante.

—Ya lo sé —le dijo Ignasi—. Yo también.

El gato no se movió. Y así pasaron la mañana, los dos, mirando un hueco de luz en una puerta, mientras en el patio el mirlo, por fin, encontraba el tono.

A las doce y cuarto, Ignasi se levantó. Fue al pasillo. Se agachó.

Había un lápiz en el suelo. Amarillo. Con la punta hacia la puerta.

Lo miró un largo rato.

Lo dejó donde estaba.