Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 13 Fernweh
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Capítulo 13 Fernweh

FERNWEH (alemán).

literalmente, «dolor de lejanía»; la nostalgia de un lugar al que todavía no has ido. Es lo contrario de la morriña, y a veces se parece mucho.

Viñeta de mi cuaderno: una maleta abierta sobre una cama, medio llena, y un gato sentado dentro, mirando a la dueña con una expresión de agravio. Pie de dibujo: «Nadie ha dicho que me voy».

La editora me llamó un martes a las once y diez de la mañana, cuando yo tenía las manos manchadas de añil hasta las muñecas y un erizo a medio entintar bajo la lámpara.

—Marta, cariño. Soy Carmen. ¿Tienes cinco minutos?

—Tengo dos. Estoy con el tercer erizo.

—Deja el erizo. Esto es más importante que el erizo.

Nada es más importante que un erizo en mitad de una línea, pero dejé el pincel en el vaso de agua y puse el móvil en altavoz.

Carmen Ibáñez dirige una editorial infantil de Madrid que se llama Luciérnaga.

Tiene sesenta años, fuma como un carretero y habla como quien dicta sentencias.

Me ha publicado cuatro libros. Me ha pagado, con retraso, tres.

Es la persona que más me ha ayudado profesionalmente en mi vida y que más me ha hecho dudar de mi capacidad para sumar.

—Te cuento —dijo—. Hemos cerrado una colección. Seis libros ilustrados, un personaje fijo, un mundo propio. Una serie larga. La quiero para Navidad del año que viene, los dos primeros, y los cuatro restantes escalonados durante dos años. Y la quiero contigo.

Me senté en el suelo, porque a veces los suelos son lo único que no se mueve.

—¿Seis?

—Seis. Exclusiva por dos años, anticipo a la firma, capítulos de arte y, para que veas que esto va en serio… —Y dijo una cifra. Una cifra con una coma en un sitio donde yo no estaba acostumbrada a ver comas.

Tuve que repetir la cifra mentalmente tres veces para asegurarme de que no la había dibujado yo.

—Carmen…

—Hay una condición. —Carraspeó, y oí el clic de un mechero—. Los seis primeros meses, el equipo de diseño necesita tenerte en Madrid. Tres días por semana. Reuniones, bocetos, la biblia de la colección. Después puedes trabajar desde donde quieras. Pero los seis primeros, quiero cuerpo presente.

Cuerpo presente.

La frase se me clavó como una chincheta en el pie.

—¿Y cuándo habría que firmar?

—Querría tener el contrato firmado antes del treinta de noviembre. Para entrar en la planificación del año que viene.

Treinta de noviembre.

No le dije nada. Me quedé mirando una mancha de añil en la manga. Era ridículo, pero sentí un escalofrío por la espalda: el universo, que tiene un sentido del humor pobre pero constante, había decidido ponernos a los dos la misma fecha.

—Marta. ¿Sigues ahí?

—Sigo. —Aclaré la voz—. Me lo pienso, Carmen. Te llamo mañana.

—Piensa rápido, cariño. Estas oportunidades se enfrían.

Colgó. Me quedé un largo rato sentada en el suelo, en medio de un estudio de dos metros diez por tres sesenta, con una lámpara de brazo articulado encendida sobre un erizo a medio hacer.

Entonces entró Le Corbusier. Se sentó delante de mí. Me miró.

—No me mires así —le dije—. No me voy.

No contestó. No me creía.

* * *

Hay una condición en mi lista que dice, con letra clara: Nada de secretos con fecha límite. La escribí yo. En una cama, delante de un hombre desnudo, con el tono de voz de una notaria. La redacté con tanto orgullo que casi la enmarco.

He de admitir que durante cuatro días fui incapaz de cumplirla.

No es que no quisiera contarle a Ignasi lo de Madrid.

Es que cada vez que me imaginaba diciendo la frase, veía su cara.

La misma cara que puso en el jardín de Sitges cuando comprendió que había visto el sobre.

Esa cara que no se enfada: se encoge. Se recoge hacia dentro como un caracol al que han tocado.

Y yo, que me creía una mujer capaz de gestionar cualquier verdad, descubrí que no era capaz de ser yo la que provocara esa cara.

Así que practiqué.

El miércoles, delante del espejo del baño, con la puerta cerrada y el cepillo de dientes en la mano:

—Ignasi, he recibido una oferta.

Bien. Demasiado seca. Parece una oferta de empleo para el banco.

—Ignasi, me han propuesto una cosa y no sé qué sentir.

No. Eso es una consulta terapéutica.

—Ignasi, si te digo que voy a trabajar en Madrid tres días a la semana durante medio año, ¿te desmayarías?

Eso era una pregunta tonta. Los hombres no se desmayan. Se encogen.

El jueves ensayé en la cocina con Le Corbusier de público. El gato se sentó en una silla, con los ojos entornados, como un crítico teatral que lleva tres horas de función y todavía no ha comido.

—Hay una cosa que tengo que contarte, Ignasi. —Respiré—. No es nada grave. Pero tiene fecha. Y como tiene fecha, y tú y yo tenemos una condición…

El gato bostezó. Se lamió una pata. Saltó de la silla y se fue, con la cola recta, a dormir debajo de la mesa del salón.

—Gracias —le grité—. Eres un gran apoyo.

* * *

El viernes por la noche Ignasi volvió pronto del estudio.

Lo oí entrar en el recibidor, dejar las llaves en el plato, quitarse los zapatos (en el orden de siempre: primero el izquierdo), colgar la chaqueta.

Después lo oí caminar por el pasillo con ese paso tranquilo, a medias entre el paso de un hombre feliz y el de un hombre que quiere parecerlo.

Se detuvo delante de la puerta de mi estudio. Llamó con los nudillos.

—¿Se puede?

—Se puede.

Abrió. Se quedó apoyado en el marco con una sonrisa muy dulce y un paquete envuelto en papel de seda en las manos.

—Es para ti.

—¿Es mi cumpleaños?

—No. Es el tercer viernes consecutivo en que has estado rara.

Me quedé inmóvil con el pincel en la mano.

—No estoy rara.

—Marta. —Se encogió de hombros—. Soy arquitecto. Veo una grieta a ocho metros.

—Es la humedad.

—Es la humedad. —Asintió muy serio—. Abre el paquete.

Lo abrí. Dentro había un estuche de madera de nogal, pequeño, pulido, con una tapa que se deslizaba.

Dentro del estuche, doce pinceles de marta cibelina, ordenados por tamaño en una cama de terciopelo verde.

Pinceles caros. Pinceles que no me habría comprado jamás, porque una ilustradora autónoma no se compra cosas así.

Pinceles que decían, sin decir nada: te quedas.

Me puse a llorar.

No suavemente. A moco tendido, con los pinceles en el regazo, sobre un estuche de nogal, delante de un hombre que tenía la boca abierta y las manos levantadas, como quien ve a una persona caerse de un caballo.

—Marta. —Se arrodilló delante de mí—. Dios. No quería… Es un regalo. Era una tontería. Si no te gustan…

—Me encantan.

—Entonces, ¿por qué…?

—Porque tengo que contarte una cosa. —Me secé la cara con la manga, manchándome de añil hasta las orejas—. Y no quiero.

Se quedó de rodillas, inmóvil. Entonces vi pasar por su cara, muy rápido, una cadena de pensamientos que yo conocía muy bien.

Se va. Se arrepiente. Es el padre. Soy yo.

Es la casa. Es Berta. Es Sitges. Vi cómo los apartaba uno a uno, con un esfuerzo visible, hasta quedarse solo con el rostro de un hombre dispuesto a escuchar.

—Cuéntamelo cuando quieras.

Y esa frase, tan generosa, tan limpia, me partió por la mitad.

—No —dije—. Ahora no. Esta noche no. Dame hasta mañana. —Cogí su mano—. Te lo cuento mañana. Te lo prometo.

—Has dicho prometo.

—Lo sé.

—Cuenta doble.

—Cuenta triple.

Se rió. Me besó en la frente. Pero antes de levantarse, con voz muy baja, añadió una cosa que no he podido olvidar:

—No tienes que ponerte nerviosa, Marta. Yo ya sé que es algo bueno.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tienes la ceja de cuando estás orgullosa.

No tengo ceja de nada. Pero me quedé mirando el estuche, con los pinceles de marta, y en ese momento comprendí cuánto le iba a doler.

* * *

Pasé la noche en blanco. A las cuatro, con Ignasi dormido, el brazo sobre mi cintura y el gato acurrucado en el hueco de mis rodillas, me deslizé de la cama sin hacer ruido, cogí el móvil y salí al salón.

El salón a esas horas es un lugar extraño.

Todo lo que de día es una cosa por la noche se convierte en la sombra de otra cosa.

La mesa de roble, el sillón, el aparador.

El marco del pasillo con mi lista, ahora iluminada por un solo rayo de luz de farola.

Doce condiciones. Más una. Más una escrita por mí en una cama de Sitges, con una letra firme.

Marqué el número de Clara.

Sonó cuatro veces. Cinco. A la sexta:

—¿…Marta? —Voz de sueño, ronca, a medio enterrar—. ¿Está bien? ¿Ha pasado algo?

—Me han ofrecido un contrato.

—¿Qué?

—Seis libros. Dos años. Mucha pasta. Madrid, tres días por semana, seis meses. Y firmar antes del treinta de noviembre.

Silencio. Luego un crujido de sábanas, un susurro lejano (¿Qué pasa? —Marta—¿Está bien?—Sí, creo), y la voz de Clara, ya despejada:

—Enhorabuena.

—No es una enhorabuena.

—Es una enhorabuena y es un problema. Pueden ser las dos cosas. —Hizo una pausa—. ¿Se lo has dicho?

—No.

—Condición trece.

—Lo sé.

—Marta, ¿desde cuándo?

—Desde el martes.

—¡Ha pasado una semana!

—Cuatro días.

—¿Y qué estás esperando? ¿Que se lo diga el gato?

—Estoy esperando… —Me apoyé en la pared, resbalé hasta sentarme en el suelo—. No sé lo que estoy esperando, Clara. Lo que quiero es que se acabe, que alguien lo decida por mí. Que venga una voz del cielo y me diga vete o quédate. Y que no sea culpa mía.

—Nadie te lo va a decir.

—Ya lo sé.

—Y lo que más te asusta no es irte. —Clara bajó la voz—. Lo que te asusta es que Ignasi te diga vete.

No contesté. Me escocían los ojos.

—O que te diga quédate —añadió después, con la misma voz—. Que te pida que renuncies a todo esto. Y que tú lo hagas.

Algo se rompió dentro de mí. Despacio. Sin ruido.

—Clara…

—Dime.

—Tengo miedo de ser mi madre. O mi padre. Ya no sé cuál.

—Marta. —Escuché un suspiro largo, un susurro de sábanas—. No eres ninguno de los dos. Eres la mujer que, ante la oferta de su vida, ha llamado a su mejor amiga a las cuatro de la madrugada en lugar de irse sin decir nada. Es la prueba de lo contrario.

Me reí, llorando, tapiándome la boca con la mano.

Fue entonces cuando oí el crujido.

Un crujido pequeño, de madera vieja, de esos que hace la tabla del pasillo cuando alguien pisa justo en el centro. La que siempre cruje. Me quedé petrificada.

—¿Marta? —La voz de Ignasi, muy suave, desde la oscuridad—. ¿Con quién hablas?

Apreté el móvil contra el pecho. Cerré los ojos. Pensé en la despensa, y pensé en mi madre, y pensé en las reglas que se renegocian, y pensé en un hombre que acababa de regalarme doce pinceles de marta y me miraba, desde un pasillo, sin acusación alguna.

—Con el gato —dije.

Hubo un silencio.

—El gato está en la cama, Marta.

—…Ah.

—Dormido encima de tu almohada.

—Ah.

Ignasi dio un paso. La tabla crujió. Su silueta se recortó contra la luz de la farola, alta, inmóvil. No dijo nada más. Y yo, sentada en el suelo, con el teléfono ya mudo en la mano, comprendí que acababa de romper mi propia regla por segunda vez en una semana.

La primera fue decir prometo.

La segunda, mentir.