Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 12 Nóstos
41%

Capítulo 12 Nóstos

NÓSTOS (griego antiguo).

el regreso a casa. De ahí viene la palabra «nostalgia», que es el dolor de ese regreso cuando todavía no ha pasado.

Viñeta de mi cuaderno: una puerta abierta de par en par, tres figuras en el umbral con maletas, bolsas y un táper, y un gato gris sentado en medio como un portero. Pie de dibujo: «Llegan antes. Siempre llegan antes».

La madre de Ignasi entró en casa con una bolsa de tela en cada mano, un abrigo verde botella y un táper apilado sobre otro táper, y lo primero que dijo fue:

—Hijo, qué delgado estás.

Me dio un golpe de tos tan fuerte que tuve que agarrarme al marco de la puerta. Ignasi me miró de reojo, con los ojos entornados y una mueca que empezaba a ser sonrisa. Yo me tapé la boca con la mano. Le asentí muy despacio, como una actriz que acaba de recibir la primera frase de la obra.

Dolors Ferrer era una mujer pequeña, de setenta años, con el pelo corto y blanco, los ojos de su hijo (grises, algo asimétricos) y una forma de mirarlo todo que consistía en leer la casa de la entrada a la cocina, como el que repasa una receta.

Detrás de ella, apoyado en el rellano con las manos a la espalda, esperaba Josep: alto, ancho de hombros, con una gorra gris, una chaqueta de pana y la expresión de un hombre que ha aprendido, a fuerza de los años, a decir lo mínimo imprescindible con la mayor dignidad posible.

—Mamá, papá. Esta es Marta.

—Encantada. —Le tendí la mano. Dolors la miró, la apartó con un gesto leve y me dio dos besos fuertes, de los que dejan colonia—. Pasad, pasad. No os quedéis en la puerta.

—No tenías que cocinar —dijo Ignasi, mirando los tápers.

—No he cocinado. He traído cosas. —Dolors ya había cruzado el pasillo y tenía la nariz levantada, olisqueando—. ¿Eso es pan recién hecho?

—Marta lo ha puesto en el horno.

—¿Eres tú quien cocina? —Se volvió hacia mí con los ojos como platos—. Pero qué chica. Ignasi no sabe ni hervir un huevo.

—Mamá, sé hervir un huevo.

—Lo hierves siete minutos. Hay que hervirlo cuatro. —Dejó las bolsas sobre la mesa y me miró con una benevolencia terrible—. ¿Te plancha las camisas, Marta?

Miré a Ignasi. Ignasi miró al techo.

—Eh… no. No, se las plancha él.

—¿Y tú qué haces?

—Dibujo.

—¿Eso es un trabajo?

—Es un trabajo, mamá —dijo Ignasi, con un tono muy suave—. Ha publicado cuatro libros.

—Ah. —Dolors levantó las cejas, ya medio conquistada—. Qué bien. Los libros son buenos. Los libros no se pasan de moda.

Entonces entró Josep.

* * *

No dijo nada. Entró despacio, se quitó la gorra y la colocó en el colgador del recibidor sin que nadie se lo indicara, como si hubiera estado en esa casa mil veces.

Miró el techo. Miró las paredes. Se agachó para examinar el marco de una puerta con la mano abierta, y luego se incorporó, abrió su bolsa de herramientas (porque, claro, Josep Ferrer venía con una bolsa de herramientas) y sacó de ella, con todo cuidado, un nivel de burbuja.

—Josep —suspiró Dolors.

—Solo miro.

Pasó el nivel por el marco de la puerta del salón. Lo colocó sobre el aparador. Sobre el alféizar. Sobre el rodapié del pasillo. Y fue entonces, de rodillas, cuando vio los tres lápices tirados en el suelo.

Se quedó mirando los lápices un momento largo. Yo contuve la respiración. Ignasi también.

Josep recogió el amarillo. Lo observó con atención. Lo dejó de nuevo, con mucho cuidado, exactamente en el mismo sitio, con la punta mirando hacia la ventana.

—Buen pasillo —dijo.

Ignasi cerró los ojos. Hubo un largo temblor en sus hombros, casi imperceptible, de risa o de otra cosa. Yo, a su lado, le agarré el codo.

* * *

Tomamos café en el salón, los cuatro, con la mesa pegada al sofá y el gato subido a la rodilla de Josep sin que nadie supiera cómo.

Le Corbusier, que desconfiaba de la humanidad entera, se había dejado caer sobre la pana de la chaqueta con un ronroneo sordo que recordaba a una moto vieja.

Josep no decía nada. Le rascaba detrás de la oreja, con dos dedos enormes, con delicadeza de relojero.

—Nunca ha hecho eso —murmuró Ignasi.

—¿El qué? —dijo Josep.

—Subirse a una rodilla que no es la de Marta.

—Es que huelo a gasoil —respondió Josep, con un ligero encogimiento de hombros—. A los gatos les gusta.

Dolors me miró por encima de la taza.

—Marta. Cuéntame. ¿Te está tratando bien mi hijo?

—Mamá…

—No te he preguntado a ti. —Ni siquiera lo miró—. Me lo ha dicho Berta.

—¿El qué?

—Que te ha enmarcado una lista.

Tosió alguien. Fui yo. Fue Ignasi. Fue el gato, que bostezó.

—Condiciones —dije—. Tengo trece.

—Trece. —Dolors asintió con gravedad—. Es un buen número. Yo tuve nueve cuando me casé con este. —Señaló a Josep con el mentón—. No cumplió ninguna.

—Cumplí dos.

—¿Cuáles?

—La del domingo y la del café. —Pensativo—. Las otras eran tonterías.

—¿Lo ves? —Dolors se volvió hacia mí, victoriosa—. Treinta y ocho años. Siempre está de acuerdo contigo y luego hace lo que quiere.

—Nunca he hecho lo que quiero.

—Josep.

—Siempre lo que has querido tú.

La risa me salió como un hipo. No pude evitarlo. Y Josep, sin mirarme, con la mano abierta sobre el lomo del gato, pareció sonreír por debajo del bigote.

* * *

Fue Dolors quien propuso que los hombres salieran a «mirar la persiana».

—¿Qué persiana? —preguntó Ignasi.

—La que no cierra bien. Josep, te llevas la bolsa.

—Esta casa no tiene persianas.

—Pues mírala igual. —Me guiñó un ojo, apenas, con una complicidad inmensa—. Marta y yo vamos a lavar la taza.

Ignasi me miró. Yo asentí con un gesto casi imperceptible: Vete. Estoy bien. Él no se fue enseguida. Miró a su padre, que ya se había levantado, dejando al gato con delicadeza en el sofá y recogiendo su bolsa de herramientas. Y entonces Josep, sin mirar a nadie, dijo en voz baja:

—Ven, Ignasi.

Salieron al pasillo. Oí la puerta del estudio de Ignasi, el de los planos. Después el silencio.

Dolors y yo nos quedamos en la cocina. Ella lavó la taza con mucho más ahinco de lo necesario, y yo la sequé con un paño, sin atreverme a decir nada.

—Es un hombre difícil —dijo al fin, mirando el grifo—. Mi marido.

—Parece… bueno.

—Es bueno. Es lo más bueno que he visto en mi vida. —Cerró el grifo—. Pero es de los que no saben decir las cosas. Y cuando no saben decirlas, las guardan. Y cuando las guardan mucho tiempo…

No terminó la frase. No hizo falta.

—Ignasi me contó lo del aval —dije yo.

Se giró despacio.

—¿Te lo contó?

—En un jardín. Con tierra hasta los codos.

Se quedó callada. Luego se secó las manos en el delantal, se sentó en una de las sillas de la cocina y me hizo un gesto para que me sentara delante. Su cara se aflojó de repente. De pronto tuvo los ojos de una niña.

—Ese chico tardó casi treinta años en contarlo a alguien. —Me miró con una especie de asombro—. A ti te lo ha contado en menos de un año.

—No lo contó por mí. Lo contó porque…

—Lo contó porque te quiere. —Lo dijo muy llano, como quien menciona el tiempo—. Los hombres de mi casa solo cuentan lo importante a quien quieren. Y lo hacen mal, y tarde, pero lo hacen.

Me temblaron las manos. Dejé el paño sobre la mesa.

—Gracias —dije, y no supe por qué.

—No me las des. —Alargó la mano sobre la mesa y cubrió la mía con una palma callosa y tibia—. Lo que quiero es que le abras la puerta. Que se la dejes abierta un poco. Que no se la cierres de golpe, aunque tengas miedo.

—Tengo miedo.

—Ya lo sé. —Sonrió—. Se te nota en la manera de secar la taza.

* * *

Los hombres tardaron casi una hora.

Cuando salieron del estudio, Josep llevaba en las manos una caja de zapatos vieja, de cartón gris, con una goma elástica desgastada. Se la tendió a su hijo sin ceremonia. Ignasi la cogió con las dos manos y no la abrió. Estaba muy pálido y tenía los ojos rojos.

—Marta —dijo Josep. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre—. ¿Puedes venir?

Me levanté. Dolors me cogió la mano y me la apretó una vez, fuerte, y la soltó.

Nos sentamos los cuatro en el salón, en silencio. Ignasi, en el sofá, con la caja sobre las rodillas. Yo a su lado. Josep, de pie, de espaldas a la ventana. Dolors, en la silla de la cocina, con las manos en el regazo.

—Ábrela —dijo Josep.

Ignasi quitó la goma. Levantó la tapa.

Dentro había dibujos.

Docenas. Papeles de todos los tamaños, doblados, con las esquinas gastadas, algunos con la tinta ya amarilla.

Casas. Casas con tejados a dos aguas y a cuatro aguas, casas con torres, con terrazas, con escaleras de caracol.

Casas en un árbol, casas en una colina, casas flotando sobre una charca con patos.

Todas con una firma infantil, tosca, en la esquina inferior derecha: Ignasi Ferrer, 9 años.

Ignasi Ferrer, 11 años. Ignasi Ferrer, 12.

Y debajo, sueltos, más recientes, tres dibujos hechos a lápiz con mano ya firme, de adolescente: una casa de dos plantas con un jardín delante, un porche, una cocina de ventana grande.

La casa de Vilassar. Dibujada de memoria.

Con cada detalle. Con cada grieta. Un día de marzo, supe de golpe, un chico de catorce años se había sentado en la habitación de un piso alquilado y la había dibujado entera para no perderla.

—Los encontré en un cajón cuando nos mudamos —dijo Josep. Su voz era muy baja, ronca—. Los recogí. Los he guardado veintinueve años.

Ignasi no podía hablar.

—Hay otra cosa. —Josep se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un objeto pequeño, de metal, sujeto con un cordel. Una llave. Larga, vieja, de las que ya no se hacen—. Es de la puerta de Vilassar. No abre nada. La casa tiene ahora otras cerraduras. Pero la guardé.

Se la puso en la mano. Ignasi la miró como se mira un animal vivo.

—Papá…

—Escucha —dijo Josep—. Yo no te he dicho nunca lo que tengo que decirte.

Lo he intentado cien veces. Lo he pensado en el tractor, en la cama, delante del plato.

Y siempre me falla la voz. Así que lo he escrito en la cabeza y lo repito.

—Tragó saliva—. Perdimos la casa. Eso es verdad.

Pero tú has creído durante veintinueve años que la perdimos por un papel. Y no es cierto.

Ignasi levantó la cabeza.

—La perdimos por callar. —Josep le sostuvo la mirada—.

Yo firmé ese aval en septiembre. Y hasta marzo no le dije a tu madre ni una palabra.

Ni a ti. Ni al banco, hasta que llamó el banco.

Seis meses. Seis meses guardando un papel que habría podido arreglar en una tarde, hablando con la gente a tiempo.

Con un abogado. Con un amigo. Con tu madre, que es la persona más lista que conozco.

—Se le quebró la voz—. El papel no hizo nada. Lo que hizo daño fue el silencio.

Nadie dijo nada. Dolors tenía los ojos cerrados. Yo no me di cuenta de que lloraba hasta que Ignasi me apretó la mano, con la suya helada, y me preguntó bajito si estaba bien.

—Estoy bien —susurré—. Sigue tú.

Josep dio un paso.

—Hijo. Cuando me enseñaste aquel proyecto del instituto, te dije que le faltaba una puerta. ¿Te acuerdas?

—Sí.

—Has pasado veintinueve años pensando que te dije una cosa fea.

Que era una crítica. —Negó con la cabeza—.

No lo era. Todas tus casas, todas, eran casas hechas para quedarse.

Muy bonitas. Cerradas. Y una casa necesita también una puerta por donde salir.

No para irse, Ignasi. Para poder volver.

Una casa que no se puede dejar no se puede amar.

No recuerdo cuánto duró el silencio. Recuerdo que el gato, que dormía en el sofá, se levantó con mucha parsimonia, saltó a las rodillas de Ignasi, se sentó encima de la caja de dibujos, y se quedó allí, quieto, inmóvil, con las orejas hacia delante.

Ignasi se echó a llorar.

No como llora un hombre en una película.

Lloró mal, con ruido, con la cara hundida en las manos y los hombros temblando, igual que un niño de catorce años.

Su padre cruzó la habitación en tres zancadas.

Se agachó delante de él. Y lo abrazó, con aquellos brazos inmensos que olían a gasoil y a pana, y lo estrechó contra su pecho, y lo meció, y le dijo muy bajito, con la barbilla en su pelo, las únicas palabras que le oiría decir en todo el día:

—Ya está. Ya está, hijo. Ya está.

Me levanté. Me fui con Dolors a la cocina y cerré la puerta con mucho cuidado. Nos sentamos en silencio, las dos, a escuchar el ruido sordo del agua del grifo que alguien no había cerrado bien. Dolors me cogió la mano. La tuvo así largo rato.

—Nostos —dije al fin, sin saber por qué.

—¿Qué?

—Es griego. Significa volver a casa.

Dolors se quedó callada un momento. Después sonrió, con los ojos mojados, y asintió despacio.

—Pues eso ha hecho —dijo—. Hoy ha vuelto.