Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 11 Lampenfieber
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Capítulo 11 Lampenfieber

LAMPENFIEBER (alemán).

literalmente, «fiebre de lámpara»; el nerviosismo previo a salir a escena, cuando las luces ya están encendidas y el público todavía no ha llegado.

Ignasi

* * *

La víspera del día veinte, Ignasi Ferrer pasó cuatro horas limpiando una casa que ya estaba limpia.

Limpió los cristales con papel de periódico, que es lo que hacía su madre.

Limpió el suelo del pasillo con un paño hecho para ese suelo, a favor de la veta del mosaico, de esquina a esquina.

Pasó un trapo por todos los marcos de las puertas, que es un gesto que nadie ha visto nunca en la historia de la humanidad.

Después se paró en medio del salón con el trapo colgando de la mano y comprendió que estaba haciendo algo muy extraño: estaba preparando la casa para que su padre la juzgara.

No recordaba haberse sentido así desde los catorce años, cuando entregó su primer proyecto de instituto y su padre, Josep Ferrer, lo miró una hora entera en silencio, con las gafas de leer en la punta de la nariz, y al final dijo solo: Le falta una puerta.

—Ignasi.

Se dio la vuelta. En el marco de la cocina estaba Marta, con un delantal puesto del revés, el pelo recogido en una cinta y una expresión de general antes de la batalla. Llevaba en la mano una lista. Una lista nueva, doblada en tres, con el membrete de un gato con corbata.

—Tenemos que ensayar.

—¿Ensayar qué?

—La visita. —Desplegó la hoja—. Lo he pensado. Yo soy tu madre y tú eres tú. Le Corbusier hace de tu padre.

—El gato no hace de mi padre.

—Es la única persona de la casa que va a tener el mismo grado de desconfianza.

Ignasi quiso protestar, pero Le Corbusier ya se había sentado en medio del salón con las patas delanteras muy juntas, mirando fijamente un punto indefinido por encima del hombro de Ignasi, con una expresión de ingeniero agrícola que evaluara una cosecha deficiente.

Ignasi se sentó en el sofá. Marta se plantó delante, echó los hombros hacia atrás, hinchó el pecho y, con una voz de contralto, un acento de pueblo del Maresme que nadie le había pedido, dijo:

—Hijo, qué delgado estás.

Se echó a reír tan fuerte que tuvo que apoyar la cabeza en el respaldo.

—No me rías, que es verdad. —Marta se llevó las manos a las caderas—. ¿Tú comes? ¿Esta chica te da de comer? ¿Te plancha las camisas?

—Mi madre no dice «las camisas».

—Las camisas, las sábanas, el alma.

—Eso lo has inventado.

—Lo he inventado, pero ella lo piensa. —Marta volvió a su voz—. Vamos, responde. ¿Qué le dices?

—Le digo… —Se aclaró la garganta—. Que Marta es ilustradora. Que ha publicado cuatro libros. Que es… —Se paró—. Que es la persona con la que quiero vivir.

Hubo un silencio. Marta, todavía de pie en medio del salón, dejó caer los hombros.

—No lo has dicho como se dice a una madre.

—¿Cómo lo he dicho?

—Como se lo dices a mí.

Se levantó. Se acercó. Se quedó delante de ella, tan cerca que oyó su respiración. Le sacó del pelo la cinta, despacio, y la dejó sobre el brazo del sofá.

—Es que es verdad.

—Ya lo sé, tonto. —Le tembló un poco el labio—. Pero hay que decirlo con otra cara. Con la de nivel doce.

—No tengo esa cara.

—La tienes. La pones cuando te hablo de los erizos.

Ignasi se rió otra vez, sin ganas de defenderse.

Al fondo, desde el centro de la alfombra, Le Corbusier soltó un bostezo de funcionario aburrido y se tumbó a dormir.

* * *

Se fueron a la cama temprano, sin haber cenado casi, con la luz de la mesilla encendida y una calma tensa de víspera de examen.

Marta se había dormido primero, de lado, con una mano agarrada a la camiseta de Ignasi como quien sujeta una cuerda.

Él se quedó mirando el techo, con la mente dando vueltas a ritmo de lavadora.

A las doce y cuarto cogió el móvil. Una llamada perdida de su madre. Un mensaje de Berta (¿Va todo bien? Respira, que se nota hasta desde aquí). Y un número que no tenía guardado en la agenda pero que conocía de memoria, el número fijo de la casa de sus padres, que no marcaba desde hacía tres años.

Salió al balcón de puntillas, cerró la puerta tras de sí, se apoyó en la barandilla de hierro y llamó.

Sonaron cuatro tonos. Cinco.

—¿Sí?

La voz de su padre. Más vieja que la última vez, algo más ronca, con ese final de frase abierto de los hombres que aprendieron a hablar sobre el ruido de las tractoras.

—Papá. Soy yo.

—Ya lo sé, hijo. Tu madre ha dicho que llamarías.

—Mi madre… —Ignasi respiró—. Me dijo que tenías algo que contarme.

Un silencio largo. Se oyó un reloj, un televisor lejano, el ruido de una cuchara en una taza.

—Prefiero decirlo en persona.

—¿Es grave?

—No es lo que piensas. —Se oyó un carraspeo—. Es… Ignasi. Yo quise hacértelo saber antes, y no supe. Y tú tampoco quisiste escuchar, y eso lo entiendo. —Una pausa—. Pero ahora va a ser un buen momento. Tu madre dice que estás distinto.

—¿Distinto cómo?

—Como cuando eras pequeño y vivíamos en Vilassar y llegabas del colegio contento. Que se te nota en la voz.

Ignasi cerró los ojos. Era una frase sencilla y le dolía el pecho, y no hubiera sabido decir por qué.

—Papá. Mañana… —Dudó—. Voy a presentaros a una persona.

—Ya lo sabemos.

—Es importante.

—Ya lo sabemos, Ignasi. —La voz de su padre era muy suave—. Y yo también tengo algo que presentarte. Algo que debería haberte enseñado hace mucho. No te asustes. No es malo. Duerme.

—No puedo.

—Claro que no. —Casi pareció que sonreía—. Tú nunca podías, de pequeño, la víspera de nada. Te quedabas despierto dibujando casas. —Otra pausa—. Te he guardado unas cuantas.

Colgó.

Ignasi se quedó en el balcón mirando la calle vacía, el paso de un taxi, la luz anaranjada de las farolas.

No lo entendía. Su padre, que nunca había dicho más de cuatro frases seguidas, acababa de decirle una docena.

Su padre, que «no hablaba de eso», lo tenía guardado en algún sitio, con casas y todo.

Te he guardado unas cuantas.

* * *

Cuando volvió a la cama, Marta tenía los ojos abiertos.

—¿De qué hablabas?

—Con mi padre.

Se incorporó sobre un codo. A oscuras, sin gafas, sin nada de lo que usa ordinariamente para parecer segura, sólo los ojos y la voz.

—Condición trece.

—No es un secreto. —Se sentó en el borde de la cama—. Es una llamada. Me ha dicho que tiene algo que enseñarme. Que no es malo. Que ha guardado dibujos.

—¿Dibujos tuyos?

—Eso creo.

—¿Y tú qué sientes?

No supo contestar. Era una pregunta sencilla y se sintió absurdamente desarmado.

—Miedo —dijo al fin—. Del bueno, creo.

—¿Hay miedo bueno?

—Lo he descubierto este mes.

Marta se rió despacio. Estiró la mano y le tocó el pelo, la nuca, las orejas calientes.

—Ven aquí.

Se tumbó de lado. Ella lo abrazó por detrás, con la cara pegada a su espalda, la rodilla entre las suyas, la mano abierta sobre su corazón, que latía como un caballo.

No hicieron el amor. Hicieron algo más difícil: se quedaron quietos.

Dejaron pasar los minutos, uno detrás de otro, como piedras de un río.

—Ignasi.

—Dime.

—Mañana, cuando lleguen… no tengo ni idea de cómo se hace esto. No sé qué decir a tus padres. No sé si besar a tu madre o darle la mano. No sé si tu padre tiene miedo de mí o de ti. —Hizo una pausa—. Pero sé una cosa. Que estoy aquí. Y que no me voy a ir a la despensa.

—¿Seguro?

—Bueno, quizá un minuto. Como mucho.

Se rió. Se giró hacia ella. Le besó la frente, los párpados, la comisura de la boca.

—Duerme.

—No puedo.

—Claro que no. —Sonrió con la ceja izquierda—. No sabes lo que me hace falta ahora mismo ser como mi padre.

* * *

Amaneció lluvioso. A las ocho y media, Marta ya había desordenado, con mucho cuidado, una parte del salón, porque decía que «una casa demasiado limpia asusta».

Dejó tres lápices en el pasillo, un cuaderno abierto sobre el sofá y un jersey colgando de un sillón.

Ignasi miró los lápices durante un minuto entero. Respiró. No los recogió.

—Eso es amor —murmuró Marta, desde la cocina.

—Eso es un esfuerzo atroz.

—Es lo mismo, a veces.

A las nueve menos diez, cuando el café todavía estaba en la cafetera y el pan en el horno y Le Corbusier ocupaba el centro de la alfombra con aire de oficial de aduanas, sonaron dos golpes secos en la puerta.

No fue el timbre. Fueron nudillos. Nudillos de hombre que ha llamado a puertas durante cuarenta años.

Ignasi se quedó petrificado.

—Han llegado antes —susurró.

—Claro. —Marta se limpió las manos en el delantal, que seguía del revés—. Son tus padres. Siempre llegan antes. Es el requisito mínimo.

—No estoy listo.

—Nunca se está. —Le cogió la mano y se la apretó con fuerza—. Respira.

—Eso lo digo yo.

—Hoy lo digo yo.

Le Corbusier levantó la cabeza y miró la puerta con las orejas hacia delante. Por primera vez desde que Ignasi lo conocía, maulló bajito, una sola vez, como quien dice: adelante.

Ignasi abrió.