Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 10 Ubuntu
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Capítulo 10 Ubuntu

UBUNTU (lenguas bantúes).

«yo soy porque nosotros somos»; la idea de que una persona solo es una persona a través de las demás. Se suele decir en las bodas y en las cenas largas.

Viñeta de mi cuaderno: seis personas alrededor de una mesa demasiado pequeña, cada una con una servilleta escrita, y dos gatos en el suelo mirándose como diplomáticos enemistados. Pie de dibujo: «Reglas, nueve. Excepciones, cuarenta».

La cena de Clara llevaba prometiéndose desde septiembre.

Se había aplazado dos veces. La primera, porque Julián cogió una gripe de las que le dejan mirando la pared con una expresión filosófica.

La segunda, porque a Clara le explotó una tubería del baño y pasó un fin de semana entero llamando a un fontanero que se llamaba Dariusz y que, según ella, había venido solo a mirar el desastre con las manos en la cintura.

Ya le pasó algo parecido una vez, me dijo. Hay hombres que solo vienen a mirar.

Ahora, por fin, el sábado a las nueve, subimos al tercero sin ascensor, yo con una botella de vino en una mano y el gato en la caja de transporte, porque Clara había dicho traedlo, y Ignasi con un tupper de tarta de manzana que había hecho él mismo a las siete de la tarde, entre dos reuniones, con la concentración de quien resuelve un problema de cálculo de estructuras.

—Respira —me dijo en el rellano.

—Eso lo digo yo.

—Estoy aprendiendo.

La puerta se abrió antes de que llamáramos.

—¡Marta! —Clara me envolvió en un abrazo de los de año y medio—. ¡Ignasi! ¡Y este debe de ser…! ¡Ay, por Dios! —Se arrodilló delante de la caja—. Pero qué ojos tiene.

—No le hagas fotos —dije yo.

—¿Por qué no?

—Es una condición.

—¿Tenéis condiciones? —Clara se levantó con los ojos como platos y se giró hacia el interior de la casa—. ¡Julián! ¡Tienen condiciones!

—¡Qué bien! —gritó una voz desde el fondo.

Entré. La casa de Clara y Julián es de esas que huelen siempre a algo recién hecho: café, pan, la lasaña de los domingos. Un piso viejo con vigas, el salón lleno de libros y una mesa de comedor donde cabe todo el mundo si nadie respira. Ya estaban sentados Nils y Lucía.

A Nils lo conocía de verlo de lejos, con su aspecto de haber nacido para escribir cheques en una sala de juntas.

Lucía era la que me interesaba. Tenía la sonrisa rápida y la mirada de quien se queda un segundo más de lo cortés observando a la gente.

Me dio dos besos y me susurró al oído, sin ningún preliminar:

—Me han dicho que tienes una lista enmarcada.

—¿Quién?

—Clara. —Sonrió—. Yo también tuve una regla. Te caeré bien.

En el suelo, junto a la ventana, estaba tumbado un gato negro de ojos amarillos, con un aire de huracán en reposo. Subjuntivo, el gato de Lucía. Al ver aparecer la caja de transporte, se incorporó despacio, la cola formando un signo de interrogación.

Abrimos la caja. Le Corbusier salió con las orejas hacia delante, las pupilas enormes, el pelo un poco erizado. Los dos gatos se miraron en silencio. Durante diez segundos, el aire de la sala se espesó.

—Dios mío —murmuró Julián—. Es como la cumbre de Yalta.

Subjuntivo bostezó. Le Corbusier, tras pensarlo un momento, se sentó. Y así quedó sellado, sin una palabra, el primer pacto bilateral entre dos gatos de dos casas.

* * *

Cenamos de maravilla. Clara había hecho una crema de calabaza y luego un asado de cordero con patatas que desaparecía por dentro de nuestras bocas sin dejar rastro.

Nils, que aguantaba bien la conversación pero perdía la batalla contra las patatas, repitió tres veces y se disculpó las tres con un seco «lagom» que provocó las risas de Lucía.

—¿Qué significa? —preguntó Ignasi.

—«Ni mucho ni poco» —dijo Nils—. Es una filosofía nacional. Se aplica a la comida, al trabajo y a los abrazos.

—Pero tú has repetido tres veces.

—Lagom es lo que a uno le parece suficiente. —Con la cara más seria del mundo—. A mí me parece suficiente seis.

Se oyó una carcajada general. Hasta Le Corbusier levantó la cabeza.

Fue entre el cordero y la tarta cuando Clara dejó el tenedor, juntó las manos y dijo, con una voz grave, de reunión del consejo:

—Marta. Cuéntanos tu regla.

—¿Mi qué?

—Tu regla. Todos tuvimos una. —Señaló a Julián—.

La mía era nada de repetir. La de este, nada de nada, pero no vale porque nunca la cumplió.

—Señaló a Lucía—. La de ella era nada de sentimientos.

Y la de Nils, que tiene su lógica, nada de ataduras.

Y tú, que te has plantado en el salón de mi casa con una lista de doce condiciones…

—Trece.

—…trece. Y que has enmarcado, creo.

—La enmarcó él.

Ignasi levantó la mano con humildad.

—Todo es cierto.

—Pues dinos tu regla.

Las cuatro caras me miraban. Seis, contando a los gatos, que de repente parecían muy interesados. Sentí un calor subirme por las mejillas.

—Nada de promesas —dije al fin.

—Ah… —Lucía asintió, despacio—. Esa es buena. Es de las que se rompen sin avisar.

—No se me ha roto.

—Marta. —Clara me miró con una dulzura tremenda—. En Sitges dijiste prometo.

—¿Cómo sabes eso?

—Me lo contó Ignasi por mensaje a las once de la noche del domingo. Con tres signos de exclamación.

—¡Ignasi!

—Estaba contento —dijo él, sin la menor vergüenza.

Hubo un momento de risas, golpes en la mesa, Nils limpiándose los ojos con la servilleta, Julián repitiendo «¡tres signos de exclamación!» como si fuese una fiesta mayor. Yo me tapé la cara con las manos. Me quería morir. Me quería quedar a vivir allí para siempre.

* * *

Fue Lucía quien, después de la tarta, propuso el juego.

—Todos escribimos una regla. En una servilleta. Una que hayamos roto, o que estemos a punto. Sin firmar. Y la mezclamos.

—¿Y después? —preguntó Julián.

—Después cada uno lee una en voz alta y los demás adivinan de quién es.

Le Corbusier y Subjuntivo observaron el reparto de servilletas con ojos de jurado. Nos pusimos todos a escribir en silencio, con el rumor de seis bolígrafos y los quejidos de Julián, que no encontraba el suyo. Cuando acabé, doblé la mía en cuatro, como se doblan las notas de clase.

Clara las barajó. Sacó una.

—Nada de decir «te quiero» antes que él. —La dejó sobre la mesa—. Mmm. Eso es de Lucía.

—No. —Lucía sacudió la cabeza—. Esa es de Julián.

—¿De mí?

—De antes. Del año pasado.

—Es mi… —Julián se quedó callado un momento, sonrió con una timidez inesperada—. Sí, es mía. La rompió ella, una noche en el balcón.

Clara apoyó la cabeza en su hombro, sin una palabra.

Salió otra.

—Nada de quedarme.

Silencio. Los ojos de todos fueron hacia Nils.

—Es mía —dijo él, sencillamente—. La rompí en un balcón de Lund. Sin saber, hasta entonces, qué era un balcón con alguien dentro.

Lucía le puso la mano sobre la rodilla, por debajo de la mesa, en un gesto tan discreto que me dolió.

Llegó la tercera.

—Nada de firmar.

Nadie dijo nada. Ignasi se quedó inmóvil, con el vaso a medio camino de la boca. Levantó la vista despacio, la miró y dejó el vaso.

—Esa es mía.

—¿La has roto? —preguntó Julián, con una gravedad suave.

—La estoy rompiendo. —Lo dijo a la mesa entera, y a mí—. Despacio. Con ayuda de un gato.

Nils asintió, lentamente, como quien reconoce un idioma. Miró a Ignasi, luego a mí, y luego otra vez a Ignasi.

—En Suecia, firmamos todo —dijo—. Contratos de convivencia, repartos de gastos, hasta quién pone la lavadora. Se hace para no discutir después. Pero el día que me casé… —Se interrumpió—. No me he casado.

—Aún —dijo Lucía.

—Aún —concedió él—. Pero el día que firmé mi primera hipoteca conjunta, descubrí una cosa: que una firma no es una promesa. Es un permiso. Le das permiso al otro para que te tome por la palabra.

—Eso está muy bien dicho —murmuró Clara.

—Lo he sacado de un libro de Lucía.

—Es de un libro que leí hace tiempo —dijo ella, ya en voz baja—. Pero no importa.

Salió la cuarta. La quinta. La sexta. Una de ellas era nada de dejarme querer por quien no me lo pregunta antes, y era de Clara.

Otra, nada de hablar con mi madre los domingos, y fue de Julián, y se oyó un coro de «MENTIRA».

La última, la que quedaba, era la mía. Cogí el papel con dos dedos, lo abrí y lo leí en voz alta.

—Nada de pedir ayuda.

No hubo risas. Me miró toda la mesa.

—No es la que escribí yo —dije, sintiéndome idiota—. Yo puse otra.

—¿Cuál?

—Nada de promesas. Me la han cambiado.

De pronto lo comprendí. Miré a Lucía, que miró hacia el techo. Miré a Clara, que empezó a doblar con una dedicación absurda una servilleta imaginaria. Miré a Ignasi, que bajó los ojos.

—Me parecía más verdad —dijo él, muy bajito—. Perdona. La cambié yo mientras Clara repartía el café.

—Eres un mal hombre.

—Soy un arquitecto.

—Es lo mismo.

—Es casi lo mismo.

Me levanté. Me fui a la cocina con las manos en las caderas, sintiendo cuatro pares de ojos en la espalda. Me apoyé en la encimera de Clara, mirando por la ventana un patio interior donde alguien tendía unas camisetas con la mayor naturalidad del mundo. Contuve el aire.

No estaba enfadada. Era peor: me sentía vista.

* * *

Clara entró detrás de mí, sin hacer ruido, con la botella de vino. Llenó dos vasos, me dio uno y se apoyó a mi lado.

—Perdona. Hemos sido unos cabrones.

—Sí.

—Pero te queremos.

—Eso lo hace peor.

Bebimos en silencio. Desde el salón llegaban voces, la risa seca de Nils, un fragmento de canción de Julián, que tenía una voz horrible y la usaba con orgullo.

—Escucha —dijo Clara al fin—. Yo tenía una regla. Nada de repetir. Y la rompí de la manera más estúpida y más bonita que he podido. ¿Sabes lo que he aprendido?

—Dime.

—Que las reglas no se rompen. Se renegocian. —Sonrió—. Las que se rompen son las que te hacen daño. Las demás se quedan, pero cambian de sitio.

—¿Y la mía?

—La tuya no te hacía daño. Te protegía. —Me colocó un mechón detrás de la oreja, igual que Ignasi el día de la comida con mi madre—. Pero cuando algo te protege demasiado, te empieza a quitar la luz.

Me dio un vuelco el corazón. Dejé el vaso.

—Tengo miedo de que me pase lo que a mi madre. Que me ponga a esperar y no venga nadie.

—Ignasi no se va a ir.

—No es eso lo que me da miedo. —Tragé saliva—. Me da miedo que se quede y que el que se vaya sea yo. Que me acostumbre a ser feliz y que un día me dé cuenta de que no sé hacerlo.

Clara me abrazó. Fuerte, con ese olor a pan y a perfume viejo. Y por primera vez en la noche, en vez de cuatro pares de ojos, sentí encima de mí el peso tibio de cuatro manos.

Porque, claro, habían entrado los otros. Lucía, Julián y Nils, de pie en la puerta de la cocina como unos niños pillados con la mano en la nevera, y detrás, medio escondido, Ignasi.

—¿Se puede? —preguntó Lucía.

—No —dije.

—Perfecto. —Entró igual—. Venimos a pedir perdón.

—Todos juntos. Es una gran estrategia.

—Es una estrategia sueca —dijo Nils—. Si somos muchos, la culpa se divide.

Me reí, llorando. Era imposible no hacerlo.

Me abrazaron todos a la vez, un nudo de brazos y ropa y manos de gente que quería poco y bien, y alguien me puso un vaso de vino en la mano, y alguien dijo «por Marta», y alguien dijo «por las reglas rotas», y alguien, creo que Julián, a gritos, «¡y por los gatos! ».

Ubuntu, pensé. Yo soy porque nosotros somos.

Fue entonces cuando sentí una mano sobre la mía, por detrás, tibia, y una voz en mi oído:

—Perdón. No era mi servilleta.

—No —susurré—. Era la mía.

—¿Entonces?

—Entonces nada. —Me di la vuelta, entre brazos ajenos, y le miré a los ojos grises—. Ya me has pedido perdón. Pero me debes una cosa.

—La que quieras.

—Que me presentes a tu padre sin que se te caiga el techo.

Ignasi sonrió con la ceja izquierda. La de verdad, la que le temblaba.

—Trato hecho.