Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 9 Komorebi
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Capítulo 9 Komorebi

KOMOREBI (japonés).

la luz del sol que se filtra entre las hojas de los árboles. No se puede coger, pero se puede quedar a mirarla.

Ignasi

* * *

La primera firma fue la de la tarjeta del gimnasio.

No es una firma que alguien recuerde. Ignasi llevaba nueve meses pagando una cuota que no usaba, y el martes por la mañana decidió darse de baja, y para darse de baja había que rellenar un formulario con tres copias y un boli azul.

Firmó los tres papeles uno detrás de otro, sin pensar, mientras la recepcionista le hablaba del precio de las clases de pilates.

Salió a la calle con el boli todavía en la mano. Se quedó parado en la acera, mirando el cielo sin nubes.

—¿Está bien, señor? —preguntó un repartidor de bicicleta que pasó a su lado.

—Sí. —Ignasi miró al cielo—. Es que no se ha caído.

—¿Qué?

—Nada. Gracias.

Era una ridiculez, claro. Un hombre de cuarenta y tres años celebrando que no se había derrumbado un cielo por una baja de gimnasio. Pero Ignasi era un hombre de pruebas, de ensayos, de pruebas de carga. Y una prueba de carga empieza siempre con un peso pequeño.

* * *

Pasó la semana diseñando un plan.

Lo llamó, en su cabeza, Programa de Rehabilitación de la Firma, y lo dibujó en una hoja de papel milimetrado con una escala de menos a más: del cero (firmar un albarán de supermercado) al diez (poner su nombre en la liquidación de Sitges).

Había cuatro peldaños intermedios, con los números escritos a lápiz y una nota al margen: No saltar niveles.

El miércoles firmó un contrato de fibra óptica a su nombre y a nombre de Marta, como cotitular. Una cosa mecánica, de tres líneas. El comercial, un chico de veinticinco años con una corbata torcida, no entendió por qué aquel cliente le estrechó la mano con tanta emoción.

El jueves firmó una autorización para que ella pudiera recoger paquetes en su portal.

El viernes firmó dos veces su propio nombre, con la mano apoyada en la mesa de la cocina, en el reverso de una hoja de práctica donde llevaba veinte minutos entrenando su rúbrica.

Cuarenta y siete firmas. Las contó. Estaban ordenadas en cinco columnas: rectas, inclinadas a la derecha, con rabo, sin rabo, y una final de pura desesperación con un garabato enorme.

Le Corbusier se sentó encima de la hoja en el instante en que acababa.

—No —dijo Ignasi.

El gato lo miró con una calma de catedral. Bostezó. Dio dos vueltas sobre cuarenta y siete firmas, y se tumbó.

—Eres un crítico muy duro.

—Mrrp.

—Me parece justo.

* * *

Marta lo descubrió el sábado.

Llegó al fondo del pasillo con el pelo recogido en un lápiz y manchas de témpera verde hasta los codos, y se encontró a Ignasi sentado en la cocina, en calcetines, rodeado de hojas de papel milimetrado, con un boli en cada mano y una expresión de niño castigado.

—¿Qué es esto?

—Nada.

—Ignasi.

—Es… —Se aclaró la garganta—. Un ejercicio.

Marta cogió una hoja con dos dedos. La miró con atención. La escala de uno a diez, los peldaños, la nota al margen. Pasó al segundo folio. Y luego al tercero. Se tapó la boca con la mano.

—Programa de Rehabilitación de la Firma —leyó en voz alta, ahogando una risa—. Nivel cuatro: contrato de arrendamiento de plaza de garaje. —Levantó la vista—. ¿El garaje te parece un nivel cuatro?

—Es una plaza compartida. Con cláusula de penalización.

—Nivel siete: renovación del seguro de hogar con inclusión de nuevo residente. —Miró por encima de la hoja—. O sea que yo soy un nivel siete.

—Eres un nivel siete.

—¿Y cuál es el diez?

—Ya lo sabes.

Se quedó callada un momento. Dejó la hoja con mucho cuidado sobre la mesa, echó una mirada a las cuarenta y siete firmas bajo el gato, y se agachó hasta quedar a su altura.

—Quiero que firmes una cosa.

—¿Ahora?

—Ahora. Espera.

Salió de la cocina. Oyó sus pasos por el pasillo, el golpe de la puerta de su estudio, un cajón que se abría, un papel que se arrugaba. Cuando volvió, traía una carpeta de cartulina y una expresión de crítica seria, la de quien lleva una semana pensando un chiste.

Puso la carpeta delante de él.

—Ábrela.

Ignasi abrió.

Era un documento de una sola página, con membrete dibujado a mano (un gato gris con corbata, sentado en una balanza) y un texto escrito en letra de imprenta muy cuidada:

CONTRATO DE CUSTODIA COMPARTIDA DE LE CORBUSIER

Entre las partes: D. Ignasi Ferrer, propietario original, y Dña. Marta, usuaria por afecto. Se acuerda:

Primero. El gato duerme donde le dé la gana.

Segundo. Ningún miembro de la pareja podrá enviar más de tres fotos al día sin notificación por escrito.

Tercero. En caso de ruptura, la custodia se decidirá mediante pulso chino. El gato podrá votar.

Cuarto. Este contrato no vale nada fuera de esta casa. Es un juego. Pero firma.

Abajo, dos líneas para las firmas. Y una huellita de pata, dibujada en gouache gris, esperando.

Ignasi levantó la vista.

—Marta.

—Es un ejercicio. Un nivel dos. —Se encogió de hombros, un poco colorada—. No hay valor legal. No hay consecuencias. No hay aval. Solo un gato.

—Has escrito Es un juego.

—Para que veas que no te engaño.

El boli le pesaba en la mano como si fuera de plomo. Lo miró. Miró la línea. Una línea fina, del ancho de un dedo, sobre un papel cualquiera. Pensó en un escalón de piedra, en un cesto de ropa, en una mancha clara en una pared donde había estado un calendario.

Le temblaba un poco la mano. No lo suficiente para que se notara, pero sí para que él lo supiera.

—No tienes que…

—Calla.

Firmó.

Despacio, en una sola línea, la I y la F con un rasgo largo de arquitecto. Nada de rabos. Nada de garabatos. Un nombre sencillo, derecho, como el de una casa.

Marta cogió el boli de su mano. Firmó debajo con un trazo rápido, redondo, lleno de pasión, con una M enorme en forma de dos montañas.

Después, sin pedir permiso, cogió la pata de Le Corbusier con dos dedos, la hundió con suavidad en un poco de gouache gris que tenía preparado en un plato y la apoyó en el papel, entre las dos firmas, con una dulzura de notario.

Le Corbusier no protestó. Bañado de dignidad, selló el documento y se lamió la pata.

—Ya está —dijo Marta.

Ignasi miró la hoja. Miró el techo. Miró, por si acaso, la ventana.

No pasó nada. En el patio, un vecino regaba unas macetas.

Dos pisos más arriba sonaba una radio con un bolero.

La luz de la tarde entraba en diagonal por la cocina, filtrándose entre las hojas de la planta cansada que Marta había recuperado del balcón y devuelto a su esquina, y dibujaba sobre la mesa una mancha de oro temblorosa.

Se quedó mirando esa luz. Komorebi.

—¿Sabes qué? —dijo Marta, sentada de golpe en su regazo—. Hay una cosa que nunca te he dicho. Cuando firmas, la mano no te tiembla. Te tiembla la ceja.

—¿La ceja?

—La izquierda. Se te mueve así… —Se la tocó con la yema del dedo—. Como si tuvieras un tic. Es lo más bonito del mundo.

Le besó la ceja. Luego la sien. Luego la boca. Ignasi cerró los ojos y pensó, con una claridad de niño, que el nivel diez de su escala ya no estaba tan lejos como el martes.

Treinta y ocho días, calculó, sin querer.

* * *

El móvil sonó a las nueve y diez de la noche, mientras Marta, en el sofá, dibujaba una pata de gato en el margen de un cuaderno, y Ignasi ponía la mesa con una torpeza feliz.

Era su madre.

—Hijo. —La voz de Dolors Ferrer, a trescientos kilómetros, sonaba clara y animada, con un acento que a él siempre le subía el corazón a la garganta—. Tengo una noticia. Tu padre y yo vamos a bajar a Barcelona el día veinte, por unas revisiones. Y hemos pensado…

—Mamá.

—…que sería bonito conocer a esa chica de la que no nos has contado nada. —Pausa—. Porque me lo ha dicho Berta.

—¿Berta?

—Me llamó ayer. Para darme las gracias por los diez años. Y me contó que habéis tenido una conversación muy bonita en el despacho del abogado.

Ignasi miró al techo. No pasó nada. El techo seguía en su sitio, indiferente y blanco.

—Mamá, vamos a hablar de esto después.

—Tu padre quiere verte. Dice que tiene algo que decirte. De hace mucho. —La voz de su madre cambió un poco, se hizo más lenta—. Algo de la casa.

Un escalofrío le recorrió la nuca.

—¿Qué casa?

—La de Vilassar, hijo. —Hubo un silencio largo al otro lado—. Ya lo oirás de él.

Colgó. Se quedó un momento con el aparato en la mano, y luego se giró despacio hacia el sofá.

Marta le estaba mirando, sin pestañear, con el lápiz suspendido en el aire.

—Condición trece —dijo—. Secretos con fecha límite.

—No es un secreto. —Se frotó la nuca—. Es… mis padres vienen el día veinte.

—¿Y?

—Y quieren conocerte.

Marta dejó el lápiz. Se quedó un buen rato mirando la mesa a medio poner, los dos platos, las dos copas, el gato dormido encima del papel milimetrado de cuarenta y siete firmas. Después, con una voz muy suave, preguntó:

—¿Es un nivel ocho o un nivel nueve?

Ignasi se echó a reír.

—Es un nivel doce.

—Perfecto. —Cogió el cuaderno otra vez—. Me gustan los retos.