Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 8 Sitzfleisch
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Capítulo 8 Sitzfleisch

SITZFLEISCH (alemán).

literalmente, «carne de sentarse»; la capacidad de aguantar, sin moverse y sin quejarse, lo que haga falta hasta el final.

Viñeta de mi cuaderno: una mujer sentada en un banco de piedra con una taza de café en las dos manos, un hombre de rodillas en la tierra con una pala, un gato en equilibrio sobre un muro y, muy pequeño al fondo, un mar enorme. Pie de dibujo: «Aguantar no es lo mismo que quedarse».

Había planeado, en los cinco segundos que tardé en cruzar el salón, tres maneras de empezar la conversación.

La primera era dramática: Ignasi, he visto el sobre. La segunda era diplomática: ¿Podemos hablar de un par de cosas? La tercera era la más Marta de las tres: tirarle la taza de café a la cabeza.

Las descarté todas. Salí al jardín, descalza, con la camisa gris y la taza en las dos manos, y me senté en el banco de piedra junto al muro.

Ignasi levantó la vista desde el limonero, con la pala en la mano y tierra hasta los codos.

Estaba despeinado, sin afeitar, con ojeras.

Tuvo un instante de alegría al verme. Después me miró la camisa, la taza, la expresión, y comprendió todo.

Se quedó muy quieto.

—Has visto el sobre.

—He visto el sobre.

—No estaba escondido.

—Ya lo sé. Estaba en la mesa. Con membrete y un subrayado doble. —Bebí un sorbo—. Eres arquitecto. Si algo está en un sitio, es porque quieres que se vea.

Dejó la pala en el suelo. Se limpió las manos en los vaqueros, sin conseguir nada. Se sentó en la tierra, frente a mí, con las piernas cruzadas, igual que un niño al que han pillado haciendo algo muy serio.

Le Corbusier trepó al muro y se colocó en medio de los dos, con los ojos verdes entornados, como un juez de paz.

—Marta. —Tragó saliva—. Si en este momento quieres… Si necesitas usar la condición tres, las veinticuatro horas, te llevo yo a Barcelona. Ahora mismo. No hace falta que me expliques nada.

Lo dijo enseguida, como quien suelta un peso antes de que le caiga encima. Y yo, de pronto, entendí que llevaba toda la noche ensayándolo.

Tuve ganas de decir que sí. De verdad. Qué fácil.

Recoger la maleta, subirme al coche, ordenar en el camino de vuelta los pedazos, llamar a Clara desde el coche para que me dijera que tenía razón.

Ser la mujer que se va con dignidad. Que no discute.

Que no se queda para que luego le cierren la puerta en la cara.

Pero mi madre llevaba treinta y cinco años sirviendo arroz para dos.

—No —dije.

—¿No?

—No voy a usar la tres. —Dejé la taza en el banco—. Me quedo. Y vas a contarlo todo.

—Marta…

—Ahora. Aquí. Sin adornos. Sin una frase bonita que tapa otra. —Se me quebró un poco la voz—. Ya me mentiste una vez en un paso de peatones, y no me gustó.

Se encogió como si le hubiera dado una bofetada.

—Lo noté —murmuró.

—Claro que lo noté. Mi trabajo es mirar.

* * *

Me lo contó todo. En el orden exacto, con una precisión de plano. A veces mirando la tierra y a veces mirando el mar, pero casi nunca a mí, porque cuando me miraba perdía el hilo.

Me habló del divorcio, que fue limpio y silencioso, sin gritos ni abogados feroces.

Me habló de la liquidación de bienes, que llevaba dos años sin firmar.

De Berta, que se casaba en marzo con un compañero de la facultad y que le había dado hasta el treinta de noviembre.

De Planas y de la pajarita. Del juez y la subasta.

Y de cómo, el miércoles, sentado delante de aquel papel, había sentido que se le acababa el aire.

Me habló de su padre y del aval.

Ahora no era el arquitecto de las reuniones ni el hombre de la voz de aula magna.

Era un chico de catorce años sentado en el escalón de una casa vacía.

Y yo me di cuenta, mientras hablaba, de que había dejado de oler la sal y la tierra húmeda y de que lo único que me llegaba a la nariz era el aroma de una cocina con un calendario descolgado.

—Era un papel —dijo—. Solo era un papel. Eso repetía mi padre, en la cocina vacía. Y yo pensé que si alguna vez firmaba algo, yo iba a ser el único que supiera lo que vale.

—Y no has firmado nada desde entonces.

—He firmado cosas. —Sonrió con una amargura enorme—. Planos, contratos, facturas, un matrimonio. Cosas que no dolieran si salían mal. Pero lo importante… —Negó con la cabeza—. Llevo cinco años sin poder poner mi nombre debajo de nada que importe de verdad.

Guardé silencio. Me di cuenta de que tenía las manos cerradas sobre el borde del banco con tanta fuerza que se me habían dormido los dedos.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque me daba miedo que te fueras.

—¿Y ahora?

—Ahora me da miedo que te quedes. —Lo dijo de un tirón, sin respirar—. Que te quedes por pena. O por orgullo. O por tu madre. O por el gato.

—Por el gato sí me quedaría.

Se quedó callado. Y entonces, de golpe, se rió.

Una risa brusca, ahogada, de hombre al que le han quitado un peso del pecho.

Se tapó la cara con las dos manos manchadas de tierra y se rió un buen rato, y a mí me dio la risa también, aunque estaba furiosa, aunque tenía un nudo del tamaño de una pelota de tenis, aunque no quería reírme.

Le Corbusier saltó del muro y se fue hacia el limonero, indignado, con la cola recta, a investigar lo que fuera que estuviera plantado.

—Es romero —dijo Ignasi cuando se calmó—. Lo estaba plantando. Es… —Se aclaró la garganta—. Berta plantó el limonero hace cuatro años. Ese sí da limones. Yo quería plantar algo propio. Algo que no se muera aunque me olvide de regarlo.

—El romero se muere si lo riegas demasiado.

—¿Seguro?

—Lo sé por experiencia. He matado cuatro. —Le sostuve la mirada—. Es lo que pasa cuando quieres mucho una cosa.

Pasó un buen rato. El mar sonaba, abajo, con su compás de siempre. Una gaviota cruzó el cielo gritando algo grosero. Dentro de mí, el nudo empezaba a aflojarse, despacio, sin permiso.

* * *

—Tengo tres preguntas —dije al fin.

Ignasi se irguió como un alumno en el examen oral.

—Dispara.

—Una. ¿El día treinta vas a firmar?

—Sí. —Lo dijo sin dudar—. No sé cómo, pero sí. No por ti. Por mí. Porque estoy harto de vivir con una puerta entornada.

—Dos. ¿Te has acostado con ella estos dos años?

Se puso rojo. Rojo de verdad, de la camisa a las orejas.

—Marta. No. Dios. Ni de broma. Nos separamos como… como dos colegas de piso que descubren que no se soportan el desayuno. —Negó con la cabeza—. Es la mujer más buena que conozco y nunca la he querido de la manera en que…

Se cortó. Yo esperé.

—¿Y la tres?

—La tres es la más difícil.

—Dispara.

Me miró por fin a la cara, con una especie de calma desnuda.

—¿Qué te gustaría que hiciera yo, para que esto salga bien?

Creí que era una pregunta fácil. La respuesta me salió de un sitio inesperado.

—Que no me lo ocultes. Aunque duela. Aunque sea poco. Aunque sea un lápiz en el suelo. —Respiré—. Que me lo digas a la cara y en el momento. Y yo te prometo…

Me paré. Había dicho prometo. Ignasi lo notó. El gato, a lo lejos, también.

—…te prometo —terminé, con un esfuerzo gigante— que si algo me asusta, lo diré yo antes de usar la puerta. Sin despensas.

Ignasi me miró un largo rato. Después dijo muy suave:

—Has dicho prometo.

—Es un lapsus.

—Claro.

—No cuenta.

—Evidentemente.

—Es una figura retórica.

—Marta. —Se le torció la boca en una sonrisa que llevaba semanas esperando—. Cuenta doble.

* * *

Entramos en la casa a mediodía. Nos duchamos por turnos, porque él tenía la tierra hasta el cuello y yo aún temía deshacerme si me tocaba.

No hicimos el amor. No nos hizo falta. Nos tumbamos en la cama, vestidos, con las ventanas abiertas, y a los diez minutos él dormía con la cabeza en mi hombro, sin soltarme la mano.

Yo no dormí.

Miré el techo de roble. Pensé en la fecha.

Pensé en lo que cuesta quedarse y en lo que cuesta irse.

En Sitzfleisch, que es una palabra alemana que leí en un libro de mi madre (ella estudió Filología Germánica antes de convertirse en un juzgado de guardia permanente) y que significa tener paciencia para quedarte sentada hasta el final de algo, aunque sea muy largo y muy absurdo.

No tenía claro si lo mío era valentía o terquedad. Casi siempre es lo mismo, con un buen vestuario.

A las cuatro se despertó. Me miró sin decir nada. Le acaricié la cara.

—Tengo una enmienda —dije.

—¿Ahora?

—Es urgente.

—Soy todo oídos.

—Condición trece. —Noté que me había salido un tono de voz de notaria—. Nada de secretos con fecha límite.

—¿Secretos con fecha límite?

—Los que sabes que vas a tener que contar antes de cierto día. Y los vas guardando.

Se incorporó sobre un codo.

—Aceptada.

—Sin enmiendas.

—Sin enmiendas. —Hizo una pausa—. Aunque…

—¿Aunque qué?

—Hay una cosa más que tengo que contarte. Y es una de esas con fecha límite. —Se frotó la nuca, incómodo, mirando el techo—. Berta me pidió que… te invitara.

—¿A qué?

—A su boda.

Me incorporé también. Nos quedamos los dos sentados en la cama, mirándonos con la solemnidad de dos generales.

—¿La ex de mi novio me invita a su boda?

—Sí.

—¿En marzo?

—Sí.

—¿Con cena y baile?

—Con cena, baile y— —Dudó—. Y quizá un micrófono.

Pasó un segundo. Dos. Y, cuando ya creía que iba a salir corriendo, solté la carcajada más grande de mi vida.

—Voy.

—¿En serio?

—En serio. —Me secé las lágrimas con el dorso de la mano—. Me compro un vestido. Llevo el cuaderno. Y le pido que me firme un dibujo.

—Marta, ¿por qué vas a…?

—Porque soy una mujer que aguanta. —Le sostuve la mirada—. Y porque quiero ver cómo es la persona que te dejó marchar.

Ignasi se quedó mirando mi cara un buen rato.

—Berta no me dejó marchar —dijo despacio—. Me soltó. Es distinto.

Lo pensé durante todo el camino de vuelta, con el gato dormido en la caja y la autopista encendiéndose de luces rojas. Era distinto. Eran dos verbos. Dos maneras de abrir la mano.

Y yo, por primera vez en mi vida, no sabía con cuál de las dos me daba más miedo que me trataran.