Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 7 Yaaburnee
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Capítulo 7 Yaaburnee

YA'ABURNEE (árabe).

literalmente, «tú me entierras»; el deseo de morirse antes que la persona amada, porque vivir sin ella sería insoportable. Es la declaración de amor más exagerada del mundo.

Viñeta de mi cuaderno: una casa blanca sobre un acantilado, una escalera que parece de papel, una mujer asomada a una ventana enorme y, en la esquina, el diminuto perfil de un hombre que la mira sin que ella lo sepa. Pie de dibujo: «Lo que se ve cuando uno no mira».

—Cierra los ojos.

—No.

—Marta.

—Es un coche, Ignasi. Llevo un gato en el regazo, una bolsa de lona con tres jerseys que no sé por qué llevo y llevamos cuarenta minutos de carretera. Si cierro los ojos me mareo.

—Llevamos treinta y ocho.

—Los he contado.

Se rió. Conducía con una sola mano, la otra apoyada en mi rodilla, con esa tranquilidad suya de hombre que se sabe la carretera de memoria.

Le Corbusier, en una caja de transporte forrada de franela que él había preparado con un mimo que casi me dio vergüenza, protestaba a ratos con un maullido ronco desde el asiento de atrás.

Ese sábado me había despertado a las siete con una nota sobre la almohada.

Una nota normal, no un postit, y con una frase sola: Maleta pequeña.

Cosas de abrigo. El gato también. Nada más.

Ni una explicación. Y yo, que odio las sorpresas y las he odiado siempre desde que mi padre se fue «de viaje», me quedé un buen rato mirando la nota, esperando a que se me encogiera el estómago.

Se me quedó caliente. Fue raro.

Supongo que depende de quién te las da.

—Vale. —Cerré los ojos—. Pero me debes un cruasán.

—Te debo dos.

El coche tomó una curva. Noté que dejaba la autopista y entraba en una carretera más estrecha, con el perfume cambiando por la ventanilla: pino, sal, algo de tierra húmeda y, al fondo, de pronto, eso que huele a mar incluso antes de verse. Abrí la ventanilla un poco. El aire era frío y limpio.

—Ya puedes mirar.

La casa estaba al final de un camino de grava, detrás de un muro bajo de piedra seca y un olivo viejo, medio tumbado hacia el mar.

Era blanca. No blanca de revista: blanca de cal, con las paredes un poco irregulares, de esas que se ven mejor cuando les da el sol del mediodía.

Dos plantas, muy sencillas. Una puerta de madera sin pintar.

Y, en el lado este, un ventanal enorme, desde el suelo hasta el techo, que devolvía el cielo entero como un espejo.

Me bajé del coche sin darme cuenta. Me quedé de pie sobre la grava, con el viento revolviendo el pelo, mirando.

—¿De quién es?

—Mía.

Lo dijo muy bajo. Con una cautela extraña, como quien pisa el primer peldaño de una escalera que no sabe si aguanta.

—¿La has diseñado tú?

—Y construido. Con las manos, la mitad. Cuatro veranos.

Me di la vuelta. Estaba apoyado en el coche con la caja del gato a los pies, mirándome a mí, no a la casa. Me miró igual que miraba los planos cuando algo le salía bien: con una mezcla de orgullo y de miedo a que lo viera otra persona.

—Marta. Quiero enseñártela. Entera. —Respiró—. Y luego te cuento un par de cosas. Pero primero quiero que la veas.

Un par de cosas.

Me lo apunté en la cabeza, como un lápiz que se cae al suelo y uno no recoge. Después dije que sí.

* * *

Por dentro era todavía más bonita.

Muy pocos muebles, todos de madera clara.

Una cocina abierta con encimera de piedra.

Un salón con chimenea de obra y dos sillones tapizados en lino azul gastado.

Y, al fondo, la escalera. Esa escalera que él había mencionado una vez, de pasada, con una media sonrisa, y que yo no había imaginado ni por asomo: un solo tramo de peldaños de roble sin barandilla ni contrahuella, que parecían flotar en el aire, subiendo hacia la luz de una claraboya.

Subí despacio, con una mano en la pared. Cada peldaño crujía un poco. Arriba había un solo dormitorio, un baño con una bañera de cobre, y el gran ventanal que, desde fuera, parecía de cristal, y que desde dentro era simplemente el mar.

Me quedé sin decir nada.

Se acercó por detrás, sin tocarme. Cuando mi respiración cambió un poco, supo que era el momento.

—¿Te gusta?

—Ignasi… —Se me atascó la voz—. Esto no es una casa.

—¿No?

—Es un dibujo que alguien se ha atrevido a vivir.

Se quedó callado. Pasado un rato, noté su frente apoyada en mi pelo, sus manos en mi cintura, su respiración sin ritmo.

—Nunca he traído a nadie —dijo—. Después de… No he vuelto desde hace dos años. Venía el contratista a abrir las ventanas una vez al mes. Y ya.

Después de.

No pregunté. Noté el peso de la pregunta, claro, como se nota el de una moneda en un bolsillo, pero entonces el sol se movió un poco sobre el mar y el ventanal se llenó de oro, y pensé: ahora no.

Pensé: tengo derecho a dos horas de felicidad antes de saber.

Y pensé, con la máxima lógica de la que soy capaz: mi madre no estaba aquí.

* * *

Comimos en la terraza de abajo, con las piernas estiradas sobre una silla de madera, pan con tomate y jamón y una botella de blanco frío del Garraf que él había traído en una nevera portátil.

Le Corbusier, liberado de su caja, inspeccionaba el jardín con andares de propietario de provincias.

Subió al limonero que había junto al muro, se quedó colgado de una rama con aire dudoso, y volvió a bajar, indignado.

—Es la primera vez que ve un árbol —dijo Ignasi.

—¿Cómo que la primera vez?

—Es un gato urbano. Nunca ha pisado hierba. Cuando lo adopté, había pasado sus dos primeros años en un tercero sin ascensor.

—Pobre.

—Mira lo bien que lo lleva.

Miramos al gato, que acababa de descubrir un escarabajo y lo observaba con un respeto casi filosófico, la pata levantada, sin atreverse a ningún juicio.

Luego pasé la tarde dibujando. Saqué el cuaderno y me senté en la escalera, que era lo único donde no molestaba a nadie, y dibujé la casa desde ahí arriba: la luz entrando en diagonal, los peldaños flotantes, las sombras alargándose en el suelo de roble, el gato dormido en un rayo de sol, y Ignasi al fondo, en el salón, subido a una escalera de mano para arreglar una persiana que no cerraba bien.

No dijo que lo dibujase. No me dijo que parara.

Cuando levanté la vista, había dejado el destornillador a medio camino y me miraba desde abajo, con los ojos entornados, inmóvil, igual que cuando yo le miro a él los planos.

—Estoy aprendiendo algo —dijo—. Es la primera vez que me miras como yo miré esta casa.

—¿Y cómo la mirabas?

—Como si ya me la hubiese perdido.

Se me encogió el corazón. Le sonreí. Dejé el lápiz.

* * *

Anocheció con una velocidad de cuento. Cenamos en el salón, delante de la chimenea, que él encendió con tres troncos y una paciencia infinita, y yo, enrollada en una manta de lana, mirándole la espalda mientras mantenía el fuego vivo.

Se me ocurrió que no había visto nunca a un hombre cuidar un fuego como cuida uno una conversación.

No recuerdo exactamente quién empezó.

Se sentó en el suelo, a mi lado, con la espalda contra el sillón.

Yo me deslizé hasta quedar entre sus piernas, apoyada en su pecho, con la manta sobre los dos.

Su mano, en mi cuello. Mi mano, sobre la suya.

Las llamas se reflejaban en el cristal oscuro, y el mar era un sonido, solo un sonido, grande y lento.

—Condición siete —murmuré.

—Dime.

—Cuando estemos bien, hay que decirlo.

—¿Eso pone?

—Es un añadido. —Me ardían las mejillas—. Lo escribí en el margen. En letra pequeña.

Sentí su sonrisa en mi pelo.

—Estamos bien, Marta.

—Ya.

—Estamos muy bien.

—Ya lo sé.

Me di la vuelta despacio entre sus brazos.

Le toqué la cara con las dos manos, las yemas de los dedos sobre la mandíbula, sobre las pestañas, sobre la comisura de su boca.

Estaba temblando un poco. Él, el hombre que afronta con calma a los inspectores municipales y a las ex mujeres.

Y yo, que decía haber perdido para siempre la capacidad de cualquier ternura sin cláusulas.

No hubo ninguna palabra. No hizo falta ninguna.

Hicimos el amor despacio, delante del fuego, con la manta resbalando de nuestros hombros y la luz del hogar dibujando sobre su piel unas sombras que yo habría dado la mano derecha por poder pintar.

Me desnudó como se despliega un plano, con atención y sin prisa, besando cada pliegue: la clavícula, el hombro, la cara interior del codo, el hueso de la cadera.

Cuando entró en mí, me miró a los ojos, y yo no aparté los míos.

No hubo cinturón ni orden. Hubo un ritmo lento que ambos conocíamos y que de pronto era distinto, porque los dos sabíamos, sin decirlo, que cada vez que él decía mi nombre estaba diciéndome otra cosa.

Cuando acabó, cuando me quedé temblando sobre su pecho, con los ojos llenos de agua y la boca pegada a su cuello, murmuré sin querer una frase en árabe que había leído una vez en un libro de palabras raras.

—Ya'aburnee.

—¿Qué es eso?

—Nada. Una palabra.

—¿Qué significa?

Me escondí en su hombro.

—Que tú me entierras. Que si alguno de los dos tiene que irse antes… prefiero ser yo. Para no tener que verlo.

Ignasi no dijo nada. Noté cómo cedía el pecho bajo mi mejilla y cómo, muy despacio, empezaba a temblar él. Lo abracé más fuerte, sin entender, y pensé: he dicho algo que no debí.

—Es una cosa ridícula —dije—. Perdón. Es un libro. Es una palabra…

—No. —Su voz era muy baja, y estaba rota—. Es la cosa más bonita que me han dicho nunca.

* * *

Desperté a las siete, con una luz blanca y un olor a café. La cama estaba vacía a mi lado. Desde abajo llegaba un sonido de cacharros, un silbido desafinado y el maullido grave de alguien que exige desayuno.

Me puse su camisa gris y bajé la escalera descalza, con la mano en la pared. En el salón, sobre la mesa, había una taza de café esperando, dos cruasanes (dos, como prometió) y, apilados junto a un teléfono de disco, varios sobres. Miraba la luz del ventanal cuando uno de ellos me llamó la atención.

Un sobre grande, abierto, con membrete. Planas & Associats – Advocats. En la esquina, con rotulador rojo, una fecha subrayada dos veces: 30 de novembre.

No toqué nada. Soy una mujer de principios y de condiciones. Pero la primera línea del folio asomaba lo suficiente: Liquidación de la sociedad de gananciales. Vivienda situada en…

La dirección era esta.

Me quedé de pie en la luz de la mañana, con una camisa que no era mía y una taza que se enfriaba. Fuera, en el jardín, Ignasi estaba de rodillas junto al limonero, con el gato a un metro y una pala pequeña en la mano, plantando algo.

Pensé en las palabras de mi madre. Pregúntale. No te calles.

Pensé en el pan con tomate. En la escalera que flotaba. En «un par de cosas».

Y, por primera vez en mi vida, no me metí en la despensa.

Cogí el café. Salí al jardín.