Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 6 Gökotta
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Capítulo 6 Gökotta

GÖKOTTA (sueco).

levantarse de madrugada, antes del alba, para oír cantar a los primeros pájaros. A veces se hace por gusto. A veces por insomnio.

Ignasi

* * *

A las cuatro y diez de la madrugada, Ignasi Ferrer descubrió que el techo de su dormitorio tenía una fisura de menos de un milímetro en la esquina del este. La llevaba mirando veinte minutos. Era, desde cualquier punto de vista técnico, un defecto irrelevante.

Marta dormía de lado, con el brazo estirado y la mano abierta sobre su almohada, como quien suelta un lápiz en mitad de una frase.

Respiraba despacio. Tenía un trozo de pelo pegado a la mejilla y una pequeña mancha de gouache rosa en la muñeca que no se había quitado en el baño.

Ignasi no se atrevió a apartarle el pelo.

Le dio miedo que se despertara. Le dio miedo que no.

Se levantó sin hacer ruido. Pasó de puntillas junto a Le Corbusier, que dormía en el pie de la cama como una gran bola de ceniza, y saltó la tabla del pasillo que cruje desde 2019. Se metió en la cocina. Encendió solo la luz de la campana extractora.

Bebió un vaso de agua. Después otro.

Había mentido. Esa tarde, en un paso de peatones, con un táper de croquetas en la mano, había mirado a la mujer que quería y había elegido una frase hermosa en lugar de una verdadera.

Ella lo había notado. Claro que lo había notado: Marta vive de ver lo que los demás no dibujan.

Y él no había dicho nada. Se había quedado agarrado a su mano, como quien se agarra a una barandilla.

Se sentó a la mesa de la cocina. Abrió el cajón de abajo, el de los papeles que no se tiran. Encontró, sin buscar, una carpeta gris con una goma elástica rota.

* * *

Tenía catorce años cuando su padre firmó un aval.

Un aval es un papel de una sola página. Dos firmas, un sello, unas líneas en letra pequeña.

Su padre, Josep Ferrer, que vendía maquinaria agrícola y creía en la palabra dada como otros creen en Dios, avalaba un préstamo de su mejor amigo para abrir un taller en Mataró.

El amigo cerró el taller a los once meses.

Desapareció en Navidad. El banco, en febrero, empezó a llamar a casa.

Perdieron la casa de Vilassar en marzo.

Ignasi recordaba, mejor que cualquier plano que hubiera dibujado en su vida, el último día.

El camión de la mudanza en la puerta. Su madre, sentada en el escalón del jardín con un cesto de ropa en el regazo.

Su padre, en la cocina vacía, con la mano apoyada en la pared, mirando la mancha clara donde había estado el calendario de la cooperativa.

No lloraba. Solo repetía, muy bajo, una frase: Era un papel. Solo era un papel.

De ese día salió su carrera. Estudió arquitectura convencido de que las casas se podían dibujar de manera que nadie se las quitara. Con cimientos que no dependieran de ninguna firma. Con muros que no tuvieran precio.

Salió de ese día, también, su regla personal, la que nunca le había contado a nadie, ni a Berta cuando se casaron, ni a su psicólogo cuando fue tres meses, ni a Marta en diez meses de camas compartidas: Nada de firmar a ciegas.

Y, cuando la vida se complicó, la regla fue mutándose hasta convertirse en otra, más pequeña y más fea: Mejor no firmar nada.

Por eso había dilatado la liquidación dos años. No porque no quisiera a Berta ni porque amase la casa de Sitges. Por una razón ridiculamente infantil: porque al firmar sentía que el suelo se le abría bajo los pies.

Y por eso, al ver la lista de Marta, doce condiciones escritas con una mano temblorosa para poder cruzar su puerta, había comprendido, con un vuelco de ternura y de culpa, que ella tenía el mismo miedo que él, solo que llevado a la inversa.

Ella ponía reglas para no depender. Él no firmaba para no perder. Eran dos formas de decir lo mismo.

Dos obreros distintos construyendo, sin saberlo, la misma pared.

* * *

Sacó el móvil. Eran las cuatro y cuarenta. Escribió un mensaje, lo borró, volvió a escribirlo.

Berta, perdona la hora. Si le cuento todo a Marta, ¿se queda?

Lo miró un rato. Se arrepintió de haberlo escrito. No lo mandó. Lo mandó.

La respuesta llegó en veinte segundos. Berta también estaba despierta. Siempre dormía mal los días previos a algo grande.

No lo sé, Ignasi. Pero si no se lo cuentas, seguro que no se queda del todo.

Y, un momento después:

Cuéntaselo antes de que lo haga el juez. O antes de que lo haga yo en mi boda, borracha, con micrófono. Te quiero. (De la manera buena.)

Ignasi se rió sin ruido, tapiándose la boca con la mano, mientras los ojos se le humedecían de repente. Dejó el móvil bocabajo, como se deja un animalito dormido.

Tendría que decirlo. Eso estaba claro. Cada hora que pasaba era un ladrillo más en la pared.

Pero no podía hacerlo en esa cocina, entre las etiquetas y la balanza de precisión y las tazas alineadas.

No en su sitio. Marta estaba en su sitio dentro de una casa que no era la suya, haciendo todo lo posible por parecerlo.

No iba a pedirle, además, que se pusiera a ordenar los trozos del pasado de otro.

Entonces tuvo una idea.

Iba a llevarla a Sitges.

No para hablar, de entrada. Para enseñársela.

La casa. La escalera que flotaba, el ventanal al este, el patio con el limonero que Berta plantó y que dio tres limones en cuatro años.

Que viera el sitio donde estaba atascado su miedo, con sus ojos de ilustradora, antes de oír nada.

Que se hiciera su propia idea. Que decidiera ella, con la casa delante, si el hombre que firmaba valía la pena o si el hombre que no firmaba ya la había perdido.

Así dibuja Marta: primero mira, luego explica. Él, que era un hombre de planos, de pronto lo entendió.

Saldrían el sábado. Sin avisar. «Escapada de pareja», le diría.

Una sorpresa. Compró mentalmente la barra de pan, la ginebra buena, la sal de las salinas.

Se acordó de la condición seis: Nada de sorpresas en la cama.

Se habla antes. Se acordó de que la cama no era el problema.

Pensó si una sorpresa de fin de semana contaba como sorpresa de cama. Decidió que, a efectos jurídicos, no.

Era una ridiculez. Una argucia de hombre acorralado. Lo sabía.

A las cinco y veinte empezaron a cantar, fuera, los primeros pájaros del patio. Un mirlo primero, solo, y luego dos gorriones discutiendo en el alféizar. Ignasi apoyó la frente en las manos y los escuchó un buen rato, sin pensar en nada.

Detrás de él, unos pasos descalzos sobre el mosaico hidráulico. Una sombra en la puerta.

—¿Ignasi?

Alzó la cabeza. Marta estaba allí, en camiseta de tirantes, con el pelo en todas direcciones y los ojos hinchados de sueño.

Llevaba en brazos a Le Corbusier, que había dejado de ser una bola de ceniza para convertirse en una especie de estola colgada de su hombro.

Tenía cara de haberse despertado por un presentimiento.

—¿Qué haces aquí?

—Gökotta —dijo él.

—¿Eso es un taburete?

—Es sueco. Levantarse para oír a los pájaros.

—Ah. —Ladeó la cabeza, procesando—. Es una palabra muy larga para decir que no puedes dormir.

—Es una palabra muy bonita para decir que no puedo dormir.

Marta sonrió, con esa sonrisa lenta de las seis menos veinte de la mañana. Se sentó en su regazo, sin pedir permiso, con gato y todo, y apoyó la frente en su hombro.

—Escuchemos a los pájaros, entonces —murmuró.

Y escucharon.

Se quedó inmóvil, con los brazos alrededor de ella, oliendo su pelo, notando el peso de un gato y de una mujer y de todo lo que aún no había dicho. Sitges, pensó. El sábado. Con la casa delante.

Era un plan. Era un mal plan, un plan de cobarde con buenas intenciones. Pero era el único que tenía.

En el alféizar, uno de los gorriones ganó la discusión y se fue volando.