Capítulo 5 Kummerspeck
KUMMERSPECK (alemán).
literalmente, «tocino de pena»; los kilos que se ganan comiendo para consolarse. Y, por extensión, cualquier cosa que una madre te sirve cuando no sabe cómo preguntarte si eres feliz.
Viñeta de mi cuaderno: una mesa para cuatro con seis platos, una mujer pequeña con cucharón como cetro y un hombre alto, rodeado de croquetas, que levanta las manos en son de paz. Pie de dibujo: «No es un interrogatorio. Es un domingo».
Mi madre se llama Roser, tiene sesenta y ocho años, un metro cincuenta y dos de estatura y una autoridad moral que no cabe en ningún ascensor.
Vive en un piso de Gràcia con un balcón lleno de geranios, un recibidor lleno de fotografías y una cocina que ha tenido el mismo fogón desde 1987. Hace tres cosas muy bien en la vida: croquetas, juicios sumarísimos y silencios. Las tres las ha perfeccionado conmigo.
—Respira —me dijo Ignasi en el rellano del tercero, con un ramo de peonías en una mano y una caja de pastelería en la otra.
—Estoy respirando.
—Estás conteniendo el aire desde el portal.
—Es una técnica.
—Marta. —Se acercó, me colocó un mechón detrás de la oreja con una ternura que me dejó sin palabras—. Es tu madre. No es un comité de urbanismo.
—Peor.
Llamé al timbre. Se oyeron unos pasos rápidos, una cadena, un cerrojo y otro cerrojo, y la puerta se abrió sobre una mujer con delantal de cuadros, el pelo gris recogido en un moño impecable y los ojos de quien lleva noventa minutos de ventaja.
—Llegas tarde.
—Son las dos menos cinco.
—Te dije a las dos menos diez. —Me dio dos besos secos, rápidos, y me limpió una mancha invisible de la mejilla con el pulgar—. Y tú debes de ser el arquitecto.
—Ignasi Ferrer. —Le tendió las peonías con una pequeña inclinación de cabeza—. Encantado, señora Roser.
—Roser a secas. —Cogió las flores y las olisqueó, con una cara de juez que ha encontrado la prueba definitiva—. Son bonitas. Demasiado bonitas. ¿Te las ha recomendado alguien?
—La florista.
—Ah. Bien. Me gusta un hombre que sabe delegar. —Me miró un segundo, de reojo—. Pasad. Se enfría el pollo.
* * *
El comedor de mi madre es una cápsula del tiempo.
Aparador de nogal con vajilla de domingo.
Un reloj de pared que atrasa cuatro minutos, a propósito, «para que nadie llegue nunca tarde a mi casa».
Tres sillas con respaldo de rejilla y una cuarta, la de madera oscura, que nadie ha usado jamás y en la que, por supuesto, mi madre sentó a Ignasi.
—Es la silla de tu padre —dijo, con naturalidad—. Pero no pasa nada, ¿verdad, Marta?
Ignasi se quedó de pie, a medio sentarse, mirando la silla como si fuese una trampa.
—Mamá.
—Es una silla.
—Mamá, ese hombre se fue hace treinta y cinco años.
—Y la silla sigue ahí. Es resistente. No es culpa de la silla. —Sirvió el pollo con ciruelas y piñones, con un gesto de directora de orquesta—. Siéntate, hijo. No muerde.
Ignasi se sentó, muy recto, con las manos sobre las rodillas. Yo miré al techo. Pensé que si podía sobrevivir a los primeros veinte minutos, el resto era cuesta abajo.
No lo era.
—Y dime, Ignasi. ¿A qué te dedicas?
—Soy arquitecto.
—Eso ya lo sé. Quiero saber si te dedicas a algo más.
—Eh… ¿qué tipo de algo?
—Algo que no sean planos —dijo mi madre, cortando una ciruela con precisión quirúrgica—. Para tener de qué hablar los domingos.
—Tengo un gato.
Me atraganté con el agua.
—Ya, el gato. —Mi madre asintió con la cabeza—. Marta me ha hablado mucho del gato. Mucho. Mañana, tarde y noche. Hasta he pensado que no hablaba de un gato, sino de un único hijo que me había traído de casa de un pretendiente.
—Mamá…
—Es un gato precioso, por cierto. —Cogió el móvil de la mesa y, antes de que yo pudiera hacer nada, desbloqueó la pantalla con el pulgar y se lo enseñó a Ignasi—. Esa foto me la mandó ella la semana pasada. ¿Lo ves? Duerme sobre un cuaderno de dibujo. Un gato con vocación.
Ignasi la miró. Me miró a mí. Luego miró a mi madre otra vez, con los ojos muy abiertos.
—Te mandó una foto del gato.
—A mí, sí. A ti te las tiene prohibidas.
—Y yo… —Se le torció la boca—. Yo he mandado exactamente cuarenta y siete fotos de ese gato en mi vida y a ella le parecieron una barbaridad.
—Las conté —dije yo, tapiándome la cara—. Las conté.
—Es una condición —explicó Ignasi—. Nada de fotos.
Mi madre dejó el tenedor.
—¿Tenéis condiciones?
Silencio absoluto. De pronto el reloj de pared que atrasa cuatro minutos se oyó como una bomba. Yo habría dado un brazo por una despensa.
—Una lista —confesó Ignasi, con una naturalidad devastadora—. La escribió Marta antes de mudarse. Tiene doce puntos. La he enmarcado.
—Enmarcado.
—Está en el pasillo.
Mi madre me miró despacio. Primero con asombro, luego con algo más parecido a la ternura, que en su cara se confunde a veces con el reproche. Tomó un sorbo de vino. Lo dejó. Se limpió la boca con la servilleta.
—Tu padre también me dejó una lista, una vez.
—Mamá.
—Era una lista de la compra. —Sonrió, sin alegría—. Pan, leche, huevos, tabaco. Y debajo, escrito con su letra: Vuelvo el domingo.
No dije nada. Ignasi tampoco. Hay momentos en los que el reloj de pared hace demasiado ruido y lo único que se puede hacer es dejarlo sonar.
* * *
Tengo un recuerdo muy claro de aquel domingo de 1991.
Tenía once años. Mi padre se había ido el jueves con una bolsa de viaje y un beso a mi madre en la frente.
El domingo estoy aquí, dijo. Para comer.
Haz arroz. Mi madre hizo arroz. El domingo a las dos puso la mesa para tres.
A las tres sirvió el arroz en dos platos. A las cuatro tiró el tercero.
Nunca más volvió. Mandó tres postales en diez años. Una de Lisboa, otra de Tarifa, otra de un lugar que se llamaba Fuerteventura y que yo busqué en el atlas del colegio. Mi madre guardó las tres en una caja de galletas. Alguna vez la he encontrado abierta en el fondo del armario.
De ahí vienen mis normas. De ahí viene mi lista. De ahí viene mi nada de promesas. No porque no crea en las personas, sino porque creí una vez en una, con todas mis fuerzas, y aprendí que las palabras que se dan a plazo fijo son deudas con intereses.
Mi madre, en cambio, lo dice con otras palabras. Cuando me ve ponerme dura, suspira y repite lo mismo: «Tu padre no era malo, Marta. Solo era de los que prometen para no tener que quedarse».
* * *
Tomamos el café en la cocina. Ignasi, que se había ganado la confianza de mi madre en dos horas largas con un solo gesto (se ofreció a fregar los platos), estaba de espaldas, frente al fregadero, con las mangas remangadas, lavando con un cuidado de cirujano la fuente del pollo.
Mi madre y yo éramos dos testigos mudos en la mesa de formica.
—Tiene buenas manos —dijo ella en voz baja, en catalán.
—Mamá.
—No lo digo por lo que tú piensas.
—Eso es exactamente lo que pensaba.
—Lo digo porque lava la fuente en el sentido de la veta de la loza. —Entrecerró los ojos—. Eso se aprende en casa. O no se aprende nunca.
Guardé silencio. Ignasi, de espaldas, había empezado a tararear algo, muy bajo, un trozo de bolero. Mi madre le observó un rato.
—Ese hombre te mira como yo miraba a tu padre antes de que mintiera —dijo.
Me dio un vuelco el corazón.
—No es lo mismo.
—No he dicho que sea lo mismo. —Posó la mano sobre la mía, seca y cálida—. Lo que digo es que no te estoy pidiendo que te vayas ni que te quedes. Solo que preguntes. Que no te calles. Tu padre y yo éramos dos personas que no sabían preguntar.
—¿Preguntar qué?
—Lo que no te quiere contar.
Se me quedó la taza a medio camino de la boca.
—Mamá, ¿por qué dices eso?
—Porque lleva todo el almuerzo con la cabeza en otro sitio. Cada vez que le hablabas, decía que sí antes de oírte. Y porque ha mirado el móvil tres veces debajo de la mesa, como un adolescente. —Se encogió de hombros—. Soy vieja, hija. No soy tonta.
Le Corbusier no estaba allí, pero la sensación de tener un par de ojos verdes mirándome desde el fondo de la cabeza fue instantánea.
* * *
Volvimos andando, por Gràcia y luego por la Diagonal, con la caja de pastelería vacía y un táper de croquetas que mi madre nos había endosado en la puerta, «por si os da hambre en el camino» (llevábamos tres minutos de camino).
Ignasi iba a mi lado, con las manos en los bolsillos, mirando las aceras. Yo iba mirando de reojo su perfil. Había algo diferente en él. Una especie de ligereza tensa, como quien sostiene un bol de agua demasiado lleno.
—Tu madre me ha dado el visto bueno —dijo al fin.
—No te lo ha dado.
—Me ha dado un táper.
—Eso es un visto bueno. En su lengua, un táper es una promesa de boda.
Se rió, y el sonido se le quedó en el aire un segundo más de lo que debía. Nos paramos en un paso de peatones. Un autobús pasó con una publicidad enorme de una marca de colchones.
—Ignasi.
—Dime.
—El viernes. Cuando ibas a decirme algo.
Se puso tenso. No mucho. Un poco. Lo justo para que yo lo notara y para que él notara que lo notaba.
—Ah. Eso.
—¿Qué era?
Tardó cuatro segundos. Los conté, como conté las fotos. El semáforo cambió a verde y nadie cruzó.
—Que me alegro de que hayas venido a vivir conmigo.
Era una frase preciosa. Era una frase perfecta. Y era la frase de un hombre que acaba de elegir, delante de mis ojos, una frase en lugar de otra.
—Eso ya me lo has dicho.
—Pues te lo repito. —Me cogió la mano, la apretó con fuerza—. Es lo que quería contarte.
Asentí. Cruzamos. Noté su pulgar acariciando el mío, mecánicamente, con una especie de gratitud desesperada.
Mi madre me había dicho que preguntara. Yo acababa de hacerlo.
Y él, delante de la acera, a media tarde de domingo, con un táper de croquetas en la otra mano, me había mentido.
Poco. Con cariño. Con la mejor de sus sonrisas.
Pero me había mentido.