Capítulo 4 Mamihlapinatapai
MAMIHLAPINATAPAI (yagán, lengua de la Tierra del Fuego).
la mirada compartida entre dos personas que desean lo mismo y ninguna se atreve a dar el primer paso.
Viñeta de mi cuaderno: dos siluetas sentadas a los extremos de un sofá enorme, mirándose de reojo, y en el centro, un gato con cara de árbitro. Pie de dibujo: «Empate técnico».
Entregué los erizos el viernes a las siete de la tarde, por correo electrónico, con un adjetivo en el asunto (Definitivos) que ningún ilustrador del mundo ha usado jamás con sinceridad.
La editora respondió a los cuatro minutos: Qué maravilla. Pagamos el día 30. Besos a los erizos. Me quedé mirando la pantalla con las manos en la cabeza, y después salí al pasillo gritando que había terminado, que era libre, que los erizos ya se habían mudado de bosque, que alguien trajera cava.
Ignasi salió de su estudio con el lápiz detrás de la oreja y una sonrisa de las que se le ponen cuando está muy contento y no quiere que se note.
—Cava no tengo.
—¿Cómo que no tienes?
—Tengo un vino blanco del Penedès que me regaló un cliente y que lleva ahí desde 2021. —Se rascó la ceja—. Y una botella de ginebra que no sé de dónde ha salido.
—La ginebra me vale.
—La ginebra no tiene más de dos dedos.
—Pues dos dedos de celebración.
Le Corbusier, que había salido de debajo del sofá al oír el ruido, nos miró a los dos con mucha seriedad y se fue otra vez. Los gatos, como los arquitectos, desconfían de la fiesta improvisada.
Terminamos tirados en el sofá, cada uno en un extremo, con dos vasos de ginebra tibia con hielo y un cuenco de aceitunas que Ignasi había sacado con cuchara y servilleta, como en una cena de embajada.
Yo tenía los pies sobre sus rodillas. Él tenía una mano en mi tobillo, sin apretar.
Fuera estaba oscureciendo, con ese azul de viernes que parece pedir que pase algo.
No pasaba nada.
Quiero decir que pasaba todo, pero en silencio.
Su pulgar dibujaba un círculo pequeño en mi tobillo.
Yo miraba su boca y fingía mirar el techo.
Él miraba la mía y fingía mirar la pared.
Era la cosa más absurda del mundo: dos adultos de cuarenta y tantos, con una cama a veinte pasos, sentados a un metro de distancia como en un baile del instituto.
—Marta.
—Dime.
—Tengo que preguntarte una cosa.
Me incorporé un poco, con el corazón a mil. Por la voz, por el tono, por la manera en que dejó el vaso en la mesa, pensé: ya está, me va a contar lo del miércoles. Me preparé para ello. Me puse en guardia. Hasta pensé en la despensa.
—Es sobre la condición número seis.
—¿La seis?
Saqué la lista, que ahora vivía enmarcada en el pasillo, junto al telefonillo, por orden exclusiva de Ignasi.
Lo había hecho él la noche del martes, con un marco de madera clara y un cristal antirreflejos.
«Es un documento histórico», dijo. Yo no contesté, porque me había dado un vuelco el estómago.
La condición seis decía, con mi letra: Nada de sorpresas en la cama. Se habla antes. Se habla después. Y se puede parar.
—Es una condición muy buena.
—Es una condición que escribiste con la mano temblando. —Lo dijo muy bajo—. Se nota en la ese.
—Estaba nerviosa.
—Lo sé. —Retiró la mano de mi tobillo y se frotó la nuca—.
Quiero que me cuentes qué es lo que te gusta, Marta.
Y qué es lo que no. Y qué es lo que te da miedo, si hay algo que te da miedo.
Porque llevamos diez meses y sé cuánto azúcar te pones en el café, pero no sé si…
—Se interrumpió, carraspeó—. Si hay algo que te gustaría probar y no te has atrevido a pedir.
Me quedé muy quieta.
Hay un tipo de conversación que no se puede tener con los pies en el regazo del otro. Hay que sentarse derecha, ordenar el cerebro y mirar la ginebra. Pedí un momento. Me bebí un dedo entero. Y luego, con la sinceridad brutal que da la ginebra tibia, lo solté:
—Me gustaría que mandaras.
Ignasi levantó las cejas.
—¿Que mande?
—Un poco. A ratos. En la cama. —Mi cara estaba ardiendo.
Podría haber calentado la ginebra—. Me paso el día decidiendo.
Qué dibujo, qué plazo, qué color, qué contestar a mi madre, qué hacer con mi vida.
Y a veces… a veces me gustaría que alguien me dijera lo que tengo que hacer.
Pero que fuera alguien de fiar. Que supiera parar.
—Marta.
—Ya sé que es raro.
—No es raro. —Se acercó un poco—. Es una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca.
—¿Bonita?
—Me estás dando un permiso enorme. Y no pienso hacerlo mal.
Hubo un momento largo en el que no dijimos nada. Yo mirando mi vaso. Él, a un palmo, mirando cómo me temblaba el labio. Quedó flotando en el aire del salón la palabra que nos faltaba, esa que no se dice nunca en voz alta porque suena a contrato.
—Necesitamos una palabra —dijo él.
—Ya lo sé.
—Que no sea «para», porque «para» se dice en la cama sin querer decirlo.
—Y que no sea «no», por lo mismo.
—Algo imposible de confundir. —Pensó un momento—. Algo que no se diga jamás, salvo que de verdad haya que parar.
—Tiene que ser ridículo.
—Tiene que ser ridículo.
Nos mirábamos con la misma expresión de dos estudiantes en un examen. De pronto, desde el reposabrazos, una voz grave y ronca soltó un maullido largo, de esos que parecen una pregunta retórica.
Ignasi se giró. Yo me giré. Los dos miramos al gato. El gato nos miró a los dos.
—No —dije.
—Marta.
—Ni se te ocurra.
—¿Hay algo más ridículo en el mundo que decir Le Corbusier en mitad de…?
—Ignasi.
—…y nadie, jamás, lo diga por error.
Me tapé la cara con las dos manos. Me estaba riendo y llorando a la vez. Era perfecto. Era la palabra más estúpida del mundo y, precisamente por eso, la única que no podría decir en ningún otro contexto sin que se me parase el corazón.
—Vale. Aceptada —dije al final—. Pero con una cláusula.
—Las que quieras.
—Que si alguna vez digo Le Corbusier, y no es por la cama, sino por la vida…
Se puso serio. Muy serio. Me cogió la barbilla con la punta de los dedos y me levantó la cara.
—Entonces paramos las dos cosas. —Hizo una pausa—. Y no pregunto hasta que tú quieras contarlo.
No pude contestar. Asentí. Me dolieron de pronto los ojos.
—Una cosa más —añadió—. Lo digo yo también. Es de los dos.
—¿Te parece bien?
—Me parece lo mejor que he firmado en cinco años.
El verbo me pasó desapercibido, en ese momento. Tardaría semanas en volver sobre él.
* * *
No voy a contar demasiado. Soy ilustradora, no cronista de sucesos. Pero hay cosas que hay que decir.
Cuando entramos en el dormitorio, a oscuras, con la luz de la calle filtrándose por las lamas de la persiana, Ignasi era otro hombre.
No uno peor ni uno más duro: uno quieto.
Cerró la puerta tras de mí y se quedó apoyado en ella con los brazos cruzados, mirándome desde el otro extremo de la habitación con una calma que me puso los pelos de punta.
—Quita la camiseta —dijo.
No era una orden fuerte. Era una voz tranquila, llana, de arquitecto que da una instrucción a un obrero de confianza.
Y yo, que llevaba ocho horas sin soltar el lápiz, que llevaba cuarenta años decidiéndolo todo, sentí cómo algo dentro del pecho se desataba despacio, como un nudo que alguien lleva mucho tiempo tirando de un hilo.
Me quité la camiseta.
—Ahora ven.
Fui. Descalza sobre el parqué frío, con la piel de gallina. Él no se movió. Me dejó llegar hasta él, hasta rozarle el pecho. Me puso las manos en la cintura, subió despacio por las costillas, y yo cerré los ojos.
—Mírame.
Los abrí.
—Si en algún momento…
—Ya lo sé —susurré.
—Quiero oírtelo.
—Le Corbusier.
Se quedó un segundo inmóvil y luego sonrió muy despacio, con la comisura, y le brillaron los ojos en la oscuridad.
—Perfecto. Ahora ya sabemos que funciona.
Todo lo demás lo dejo para mi madre, que nunca leerá esto.
Diré solo que me ató las muñecas al cabecero con un cinturón suyo de cuero gris, con un nudo que cualquier marinero habría aprobado y que se deshacía con un tirón.
Diré que cada gesto suyo era una pregunta y que cada gesto mío era la misma respuesta.
Diré que la cinta métrica de arquitecto, esa que tenía en la mano el día de la mudanza, sirvió para algo más que medir estudios.
Y que en un punto, cuando ya no podía más, cuando cada nervio me gritaba su nombre, y él me dijo al oído, muy despacio, «no todavía, Marta, no todavía», descubrí una cosa que no había sabido en cuarenta años: que la obediencia, cuando te la ganas con alguien en quien confías, no es una derrota. Es el descanso más grande del mundo.
Cuando terminó todo, cuando el cinturón estaba en el suelo y mis muñecas tibias entre sus manos, él las besó una a una, como quien repasa una firma.
—¿Estás bien?
—Estoy… —Me faltó la voz—. Estoy bien.
—¿Seguro?
—Estoy muy bien, Ignasi.
Me abrazó contra su pecho. Me tapó con la sábana hasta la barbilla. Quedó un rato en silencio, acariciando mi pelo con la yema de los dedos, y yo me dejé hacer, escuchando su respiración.
—Marta —dijo al cabo.
—Mmm.
—Tengo que contarte una cosa.
Sentí cómo se me paraba el corazón. Y por segunda vez en tres días, en esa misma cama, en esa misma oscuridad, supe lo que venía detrás. Lo supe del mismo modo en que se sabe que hay tormenta antes de oír el trueno.
Entonces algo cayó al suelo en el salón. Un golpe seco, contundente, de cosa que se rompe sin ser muy cara. Seguido de un maullido de triunfo.
Ignasi cerró los ojos.
—El vaso de ginebra.
—La planta —dije yo—. Seguro que es la planta.
Nos quedamos mirando el techo. Y ninguno dijo nada. Ni «¿me lo cuentas?», ni «ya hablaremos», ni «tengo que». Esa noche, en esa cama, entre las sábanas todavía calientes y el sonido lejano de un gato destruyendo un bien de la comunidad, los dos decidimos callar a la vez.
Mamihlapinatapai. Dos personas que desean lo mismo y ninguna da el primer paso.
Solo que esta vez, lo que queríamos los dos era que nadie hablara.