Capítulo 3 Torschlusspanik
TORSCHLUSSPANIK (alemán).
el pánico a que se cierre la puerta; la prisa angustiada por decidir antes de que se acabe el tiempo.
Ignasi
* * *
Ignasi Ferrer había firmado, en su vida, once mil trescientos planos, cuarenta y dos contratos de obra, una hipoteca, un matrimonio y un divorcio. Estaba convencido de que no podía firmarse nada más sin perder una parte de uno mismo.
El miércoles a las once en punto estaba sentado frente a una mesa de cristal, en un despacho del Passeig de Gràcia, con una carpeta azul delante y un bolígrafo que no quería coger.
—Es la última página —dijo el abogado, Roger Planas, un hombre de sesenta años con pajarita y cara de haber visto el fin de muchas historias de amor—. Liquidación de la sociedad de gananciales. La vivienda de Sitges pasa a tu nombre, tú compensas a Berta en tres plazos, y ya está.
—Ya está —repitió Ignasi.
—Ya está.
—¿Y si no firmo?
Planas se quitó las gafas y las limpió despacio con un pañuelo.
—Entonces lo decide un juez. Y los jueces, Ignasi, no tienen ninguna sensibilidad con las casas diseñadas por sus propietarios. La suelen sacar a subasta.
Ignasi miró la carpeta. La casa de Sitges era el único proyecto que había dibujado para vivirlo, no para vender.
Una caja de cal y madera frente al mar, con un patio interior, una escalera que parecía flotar y un ventanal orientado al este para que el sol de la mañana le despertara sin permiso.
La había levantado con Berta durante cuatro años, un verano tras otro, pensando que era el prólogo de algo. Resultaba que era el epílogo.
Se abrió la puerta.
Berta entró con el abrigo en el brazo, el pelo recogido, el paso de siempre, ligero, como de quien nunca llega tarde a nada. Sonrió al verlo. Esa sonrisa que le había gustado tanto, la de ojos y no de boca, seguía siendo la misma.
—Hola, Ignasi.
—Hola, Berta.
Se sentó enfrente. Cruzó las manos sobre la mesa. Llevaba un anillo nuevo en la izquierda, discreto, de plata, y Ignasi lo vio, y se dio cuenta de que lo estaba mirando, y miró hacia otro lado.
—Me caso en marzo —dijo ella, sin rodeos—. No quería que te enteraras por Planas.
—Me alegro.
—¿Seguro?
—Sí. —Y era verdad, y le sorprendió que lo fuera—. Me alegro mucho, Berta.
Planas carraspeó, discreto, y se levantó con la excusa de ir a por un café. Los dejó a solas con la carpeta, que parecía respirar entre los dos.
—No tengo prisa por la casa —dijo Berta—. No la quiero. Quiero que la tengas tú. Pero quiero cerrar, Ignasi. Llevamos dos años en un limbo, y yo me caso en marzo, y no me apetece empezar una vida nueva con una firma colgando.
—Lo sé.
—¿Entonces?
Pensó en decir no es por ti. Pensó en decir es por mí. Eran frases de manual, las dos verdaderas y las dos inútiles.
—El domingo se vino a vivir conmigo una persona —dijo en cambio.
Berta lo miró sin moverse. Después sonrió de verdad, con toda la cara.
—¿La de las láminas?
—¿La de qué?
—Ignasi, me mandaste una foto del plano del estudio en abril. Ocultabas algo. Te pasaste un mes dibujándole una habitación a alguien que todavía no había dicho que sí. —Negó con la cabeza, divertida—. Te conozco. Tú solo dibujas lo que quieres que dure.
Ignasi sintió que se le calentaban las orejas. Tosió.
—Es ilustradora. Se llama Marta.
—Marta. —Lo dijo despacio, como probando un sabor—. Qué bien. ¿Y tiene miedo?
—¿De qué?
—De ti. De las firmas. De la casa. De todo esto.
—No sé si tiene miedo. —Pensó en la lista arrugada, en las condiciones, en la tercera, la de las veinticuatro horas—. Sé que ha escrito un documento de dos páginas para poder entrar por la puerta.
—Eso es miedo.
—Eso es Marta.
Berta se rió. Y luego, de pronto, se le apagó la risa y puso la mano sobre la carpeta, muy cerca de la de él, sin llegar a tocarla.
—Ignasi. Esto no es por la casa. Lo sabes, ¿verdad? Es por ti. Llevas cinco años sin firmar nada que no sea un plano. Te quedaste con la idea de que todo lo que firmas te lo pueden quitar.
No contestó.
—Y no es verdad. —La voz de Berta era suave, casi la de antes—. A veces sí, pero no siempre. Y si no firmas ahora esto, tampoco firmarás lo siguiente. Y lo siguiente va a ser mucho más bonito.
Ignasi miró por la ventana. Abajo, un autobús turístico daba la vuelta a la manzana con sus cuarenta cabezas apuntando al mismo lado.
En el bolsillo de la americana, sus dedos tocaron dos botones pequeños, de nácar.
Los había recogido del suelo del salón al día siguiente, sin decir nada, y los llevaba encima como un amuleto tonto.
Qué ridiculez. Un arquitecto de cuarenta y tres años con dos botones robados de su propia camisa.
—Dame un mes —dijo.
—Ignasi…
—Un mes. Hasta el treinta de noviembre. Te firmo antes de que te cases. Pero dame un mes.
—¿Para qué?
—Para aprender a hacerlo sin que se me caiga el techo.
Berta lo estudió un momento. Después asintió.
—Treinta de noviembre. Ni un día más. Si no, lo lleva el juez y yo no podré impedirlo. —Se levantó, recogió el abrigo y, al pasar a su lado, le apretó el hombro—. Y trae a la tal Marta a la boda. Quiero conocerla.
—No sé si es buena idea.
—Es la mejor idea que has tenido en cinco años.
Salió. Planas volvió con tres cafés, vio la carpeta sin abrir, vio la cara de Ignasi, y los dejó sobre la mesa uno por uno sin decir una palabra.
* * *
Volvió a casa andando. Cuarenta minutos por el Eixample, con la carpeta azul bajo el brazo, que no había firmado, sin mirar escaparates.
Al pasar por una floristería de la calle Aragó se detuvo.
Dentro, sobre un taburete de madera, había una planta de hojas grandes y oscuras, de esas que sobreviven al descuido, con una etiqueta que decía Zamioculcas.
Resistente. Perdona casi todo. Compró dos.
Una para la planta cansada del balcón, que ahora vivía con ceremonia y orgullo, y otra para el estudio de Marta, en la esquina donde estuvo la primera.
Tendría que contarle lo de la fecha. Y lo del trámite, y lo de la casa, y lo de la boda de Berta. Se lo contaría esa noche.
O mañana.
O el viernes, cuando ella terminara el encargo de los erizos y estuviera de buen humor.
En el portal, antes de subir, se quedó mirando el telefonillo. I. Ferrer, arquitecto. Y debajo, pegado con cinta por una mano que no era la suya, un papelito que alguien había actualizado esa misma mañana, con rotulador fino: y Le Corbusier. Y Marta (en prácticas).
Ignasi cerró los ojos un segundo. Un segundo de verdad, de los que no se anotan. Sonrió como un tonto delante de un portal, con dos plantas en una mano y la carpeta sin firmar en la otra.
Treinta de noviembre. Menos de dos meses.
Subió en el ascensor, cerrando la rejilla con las dos manos, y por primera vez en cinco años, le pareció que el piso de arriba tenía dos corazones en lugar de uno.