Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 2 Wabi-sabi
7%

Capítulo 2 Wabi-sabi

WABI-SABI (japonés).

la belleza de lo imperfecto, lo incompleto y lo gastado. Lo contrario de una casa de revista.

Viñeta de mi cuaderno: un pasillo con patas y brazos, de pie, sosteniendo una bandeja con doce lápices alineados por tamaño. Pie de dibujo: «El pasillo ha ejercido sus derechos».

A las seis y cuarenta de la mañana alguien me escupió un trozo de pelo en la cara.

Abrí un ojo. Dos pupilas verdes, enormes, a cinco centímetros de mi nariz.

Ocho kilos de gato distribuidos con precisión militar sobre mi pecho.

Cuando intenté mover un brazo, Le Corbusier me puso una pata en la mejilla, sin garras, con delicadeza, igual que se pone un sello en un documento oficial.

—Son las seis y cuarenta —murmuré.

—Desayuno —dijo Ignasi, sin abrir los ojos, desde el otro lado de la cama—. Siempre a las seis y cuarenta. Es una constante física.

—¿Y por qué me lo cobra a mí?

—Porque tú eres nueva. Está comprobando si eres de fiar.

Le Corbusier maulló. Una vez. Grave, seco, sin ninguna súplica. Un gato que no pide, informa.

Me levanté como pude, en camiseta de tirantes y con el pelo como un nido de urracas, y fui a la cocina arrastrando los pies detrás de aquella cola gris que se alejaba con aire de capataz.

La cocina de Ignasi era blanca, larga y silenciosa.

Todo tenía su sitio, y además su etiqueta.

Harinas. Legumbres. Tés. Cosas que no son tés pero se parecen.

La última era una caja de infusiones de manzanilla que le había regalado una tía suya y que nunca se había atrevido a tirar.

Le llené el cuenco con exactamente cuarenta gramos de pienso (había una balanza, claro que había una balanza) y me quedé mirando cómo comía.

—Eres un gato muy raro, Corbu.

No contestó. Pero en un momento levantó la cabeza, me miró con un trocito de pienso en el bigote, y creo, aunque nunca lo reconoceré en público, que me sonrió.

* * *

He vivido en cuatro pisos desde que cumplí los dieciocho.

En ninguno de ellos he conseguido tener la mesa despejada más de dos horas seguidas.

Me gusta tener cerca lo que necesito: el lápiz, el otro lápiz, el sacapuntas, la goma que no es la goma buena, la goma buena, un vaso de té frío, una taza de té caliente que se ha enfriado y también una caja de galletas.

Las ilustradoras no somos desordenadas. Somos curadoras de un caos con sentido.

El estudio que Ignasi me había preparado tenía dos metros diez por tres sesenta y una ventana que daba al patio de manzana.

Había quitado la planta (la habíamos trasladado al balcón, con ceremonia), y en su lugar había dejado una mesa de dibujo inclinable, una lámpara de brazo articulado, una estantería baja de roble y un cartelito pegado con cinta en la puerta que decía, con su letra de arquitecto: Estudio de Marta. Se ruega llamar.

Me emocioné tanto al verlo que tuve que sentarme en el suelo.

A las nueve ya había colocado las tres cajas de lápices, el carboncillo, las acuarelas, los pinceles, la mesa de luz y el montoncito de dibujos viejos que siempre llevo encima por si me da un ataque de nostalgia.

A las diez ya había hecho un desastre magnífico: papeles en el suelo, cuatro tazas, una cinta de enmascarar enrollada en el pomo de la puerta y manchas de gouache rosa en la manga de la camiseta.

Estaba feliz.

A las once salté a por un vaso de agua, dejé un lápiz amarillo en el suelo del pasillo (se me cayó, lo juro) y cuando volví, dos minutos más tarde, el lápiz ya no estaba.

Estaba sobre mi mesa. Alineado. Con la punta hacia la izquierda, junto a otros once, por orden de tamaño, sobre una bandeja de madera que yo no había traído, y encima de la bandeja, un postit cuadrado, amarillo, con una letra metódica:

Devuelto por el pasillo.

Salí al rellano del salón con el postit en la mano.

—Ignasi.

Su voz llegaba desde el estudio del fondo, el suyo, el de los planos:

—¿Sí?

—¿Tú has tocado mis lápices?

—Yo no. Los ha tocado el pasillo.

—El pasillo no tiene manos.

—El pasillo tiene un hombre dentro, que sale de vez en cuando.

Me tapié la boca. No quería reírme. Aquello era una violación directa de la condición uno, y yo era una mujer de principios.

—Lo acordamos ayer. La enmienda decía que si un lápiz rueda hasta el pasillo. Este no rodó. Lo dejé yo.

Se oyó una silla, unos pasos y de pronto Ignasi apareció en el marco de la puerta, con gafas de pasta, una camisa gris abierta en el cuello y un lápiz mecánico detrás de la oreja. Se apoyó en el marco con los brazos cruzados.

—Marta. Dejar un lápiz en el suelo es, jurídicamente, rodarlo hasta el pasillo con intención.

—Eso no es verdad.

—Es una interpretación razonable.

—Eres un tirano.

—Soy un hombre al que se le cae el mundo cuando ve un lápiz en el suelo. —Lo dijo con tanta sencillez que me desarmó—. Es una cosa mía. Lo sé. No es racional.

Me acerqué hasta quedar a un paso. Le quité el lápiz de la oreja, lo miré, se lo volví a colocar.

—Te voy a pedir una cosa. Una sola.

—Dime.

—Que no me lo ordenes. Que si no soporto el lápiz en el suelo, lo recoja yo, y me lo guarde en el bolsillo, y me lo ponga en la mesa cuando me dé la gana. Pero no me lo devuelvas con una nota. Porque me hace sentir que soy una invitada.

Se quedó callado. Miró la bandeja, el postit y, finalmente, me miró a mí.

—No quiero que te sientas una invitada.

—Pues entonces.

—Es que no sé hacerlo de otra manera —dijo en voz baja—. Llevo cinco años viviendo solo. Cuando alguien entra en mi casa, instintivamente, empiezo a recoger.

—No soy alguien.

—No. —Sonrió un poco—. Tú eres Marta.

Le di un beso en la mejilla, corto, con gouache en los dedos, y me fui al estudio con la bandeja bajo el brazo. Detrás de mí oí:

—El postit lo guardo yo, ¿vale?

—Haz lo que quieras con el postit.

—Lo voy a enmarcar.

* * *

Esa tarde, Le Corbusier entró en mi estudio sin llamar.

No me enfadé. El cartelito decía Se ruega llamar y no especificaba que los gatos estuvieran obligados. Se subió a la mesa de dibujo, paseó con aire de inspector entre las tazas y los papeles, hizo un par de reconocimientos olfativos y se acomodó exactamente encima del dibujo que estaba entintando.

—Corbu. Ahí no.

No se movió.

—Corbu. Que es por encargo. Es un libro infantil sobre una familia de erizos que se muda de bosque.

Me miró con un desprecio compasivo, como diciéndome que los erizos le importaban un bledo, y se echó de lado, con la barriga al aire y las patas estiradas. Entonces cometió el error fatal: mostró la barriga.

Le acaricié la barriga.

Segundos después me estaba clavando los dientes en la muñeca, suavemente, sin hacer daño, con esa cara de gato traicionero que sabe que te gusta, y yo me deshacía de ternura sobre una mesa de dibujo con tinta china, gato de ocho kilos y un erizo a medio pintar.

Es lo más parecido a la felicidad que conozco.

Pasé dos horas así, dibujando con una mano y acariciando con la otra. Entintando un erizo con bufanda, y luego otro, y luego uno con una bolsa de la compra en la cabeza. Cuando levanté la vista, la luz del patio se había vuelto naranja. En la cocina, Ignasi hablaba por teléfono en voz baja.

No solía hablar bajo. Ignasi, cuando habla por teléfono con clientes, tiene una voz de aula magna que se oye desde la escalera. Esta era otra voz. Una voz sin aristas. Una voz que recuerdo haber oído solo una vez, cuando me contó por qué se había divorciado.

Me levanté. Dejé a Le Corbusier dormido sobre mis erizos y salí al pasillo sin hacer ruido, con los pies descalzos sobre el mosaico hidráulico.

—No, no —decía Ignasi—. Te dije que lo iba a mirar. Pero no es el momento.

Una pausa.

—Ya lo sé. Ya lo sé, Berta.

Me quedé inmóvil.

—No es tan sencillo. No, no está aquí. Está trabajando. —Otra pausa, más larga—. Escucha, el miércoles. El miércoles lo hablamos con calma, ¿vale? Con el abogado. Pero no me presiones.

Colgó. Se quedó un momento de espaldas, con las dos manos apoyadas en la encimera, los hombros caídos, mirando la ventana de la cocina como si en el patio de enfrente estuviera escrita la respuesta.

Había dejado el móvil bocabajo, junto a la balanza de precisión y una tabla con una cebolla a medio cortar.

Yo tenía dos opciones. Podría haber entrado, con una sonrisa, y preguntarle qué pasaba. Podría haber vuelto al estudio y hecho como si nada.

Hice una tercera cosa, que es la que siempre hago: me puse nerviosa y me metí en la despensa.

Estuve allí, entre las legumbres y las cosas que no son tés pero se parecen, durante un minuto y medio. Después salí con un bote de garbanzos en la mano como si hubiera tenido una misión.

—Ah, hola —dijo Ignasi, dándose la vuelta. Tenía los ojos un poco brillantes, o quizá era la cebolla—. ¿Estabas ahí?

—Garbanzos.

—Ah.

—Necesitaba garbanzos.

—Claro. —Sonrió, y tuve que reconocerle el esfuerzo—. Hoy hacemos cocido, entonces.

—Hoy hacemos cocido.

Me acerqué, dejé el bote en la encimera, le pasé un brazo por la cintura y apoyé la mejilla contra su espalda. No dije nada. Estuve así un rato, notando cómo se le iba aflojando la respiración, mientras la cebolla seguiría ahí, sin cortar, y el patio se oscurecía del todo.

Se lo pregunté después, mucho después, en la cama, a oscuras, con Le Corbusier ronroneando a mis pies.

—¿Qué es lo del miércoles?

Tardó un buen rato en contestar.

—Una reunión. Con el abogado. Es por la casa de Sitges. Todo lo del divorcio. —Se giró hacia mí—. Pero es una tontería. Una firma más. No te preocupes.

Asentí. Dije «vale». Dije «claro». Dije incluso «no me preocupo», con una convicción que habría convencido a cualquiera.

He tenido tres novios en mi vida que decidieron, un buen día, que una firma más no era nada.

Cuando Ignasi se durmió, yo seguí mirando el techo. A mi lado, en la oscuridad, un par de ojos verdes se abrieron de golpe, me estudiaron un momento sin parpadear, y volvieron a cerrarse.

Le Corbusier tampoco se lo había creído.