Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 1 Condiciones
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Nada de promesas (Reglas rotas nº 3)

Nada de promesas (Reglas rotas nº 3)

Por Erik Soderstrom

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Capítulo 1 Condiciones

GEZELLIGHEID (neerlandés).

esa calidez de estar a gusto con alguien en un sitio pequeño, con luz baja y sin ningún motivo para marcharse.

Viñeta de mi cuaderno: una mujer con una caja en cada brazo y un gato sentado encima de la tercera. Pie de dibujo: «Primer día. El gato no me ha visto, pero ya me ha juzgado».

Hay mudanzas que se hacen con camión, con amigos y con pizza. La mía se hizo con un taxi, una maleta con una rueda rota y tres cajas de lápices que yo me negué a facturar a nadie más.

—Yo los subo —dijo el taxista, mirando las cajas con la compasión con que se mira a una mujer adulta que lleva toda su vida en cartón.

—No. Esos van conmigo. Son de punta fina.

—¿De qué?

—De punta fina. Si se rompen, se acabó la semana.

Se encogió de hombros, abrió el maletero y me dejó en la acera del Eixample, delante de un portal con un número en latón, una puerta de madera maciza y un telefonillo en el que ponía, en letra elegantísima, I.

Ferrer, arquitecto. Debajo, en un papelito pegado con cinta, alguien había añadido a boli: y Le Corbusier.

Me quedé mirando aquel papelito un buen rato.

Llevaba diez meses con Ignasi. Cuatro años con su gato, si contamos desde la primera tarde en que se me subió al regazo y ronroneó como un motor viejo.

Mi madre, que tiene una opinión sobre todo, dijo en cuanto se lo conté: «Nadie se muda a casa de un hombre por un gato, Marta».

Y yo le dije: «Mamá, tú no has visto el gato».

Subí en ascensor, de esos antiguos con puerta de rejilla que te obligan a cerrar con las dos manos y a sentirte, durante cuatro pisos, protagonista de una novela de Agatha Christie.

En el rellano, la puerta estaba entreabierta.

Olía a café, a madera y a ese perfume suyo que no sé describir sin ponerme tonta: cedro, jabón y algo caro que él jura que es solo crema de afeitar.

—¿Hola?

—En el salón —dijo su voz.

Empujé la puerta con la cadera. El pasillo era largo, blanco, con suelo de mosaico hidráulico y ni una sola cosa fuera de su sitio. Ni un zapato. Ni un abrigo. Ni una carta sin abrir. Me recordó a esas casas de revista que fotografían sin que viva nadie dentro, y sentí algo parecido al vértigo.

Ignasi estaba de pie en medio del salón, con una camisa remangada, unos vaqueros oscuros y una cinta métrica en la mano. A su lado, en el suelo, había una caja de cartón vacía, abierta, perfectamente plegada.

—¿Qué haces con eso? —pregunté.

—Medir.

—¿Medir qué?

—Tu estudio. —Levantó la cinta, con total seriedad—. Dos metros diez por tres sesenta. Cabe una mesa de dibujo de ciento veinte y una estantería baja. Si quitamos la planta.

—¿Qué planta?

—La que lleva tres años muriéndose en esa esquina.

Miré la esquina. Había, en efecto, una cosa verde, abatida, que habría podido llamarse planta en otro contexto, y a la que se le notaba la resignación.

—No quites la planta.

—Está muerta.

—Está cansada.

Ignasi me miró por encima de la cinta métrica con esa expresión suya a medio camino entre la paciencia y el desconcierto, la de un hombre que ha estudiado seis años de estructuras y aun así no sabe cómo sostener una conversación conmigo.

—Marta. Llevas cuatro minutos en mi casa y ya me estás defendiendo una planta.

—Nuestra casa.

Lo dije sin pensar, en el mismo tono con que se dice «salud» o «gracias». Y lo vi. Vi cómo le cambiaba la cara. No se asustó; fue peor. Se quedó muy quieto, con la cinta colgando de la mano, como un niño al que le dan por fin el regalo que llevaba semanas fingiendo no querer.

—Nuestra —repitió despacio.

—Es una forma de hablar.

—Claro.

—No significa nada. Es una figura retórica.

—Evidentemente.

—Para eso están las condiciones.

Saqué la lista del bolsillo trasero del pantalón. Estaba doblada en cuatro, arrugada, manchada de lo que juraría que era acuarela rosa. La alisé contra el pecho, la desplegué y la sostuve delante de mí como un diploma.

Ignasi dejó la cinta métrica sobre el brazo del sofá. Se cruzó de brazos. Se apoyó en la pared. Sonrió.

—Te escucho.

* * *

—Condición número uno —leí—. El estudio es mío. Mi puerta, mi llave y mi desorden. Nadie entra sin llamar. Nadie ordena nada.

—Aceptada. Con una enmienda.

—No hay enmiendas.

—Hay enmiendas. Lo he leído en tu propia lista. En la cabecera pone: «Documento sujeto a revisión».

Me quedé con la boca abierta.

—¿Me has leído la lista?

—Me la enseñaste hace un mes. En el restaurante. Con el postre. Te dio por sacarla de la carpeta.

—Estaba borracha.

—Estabas contenta. —Sonrió más—. Fotografié la página, por si acaso.

—Eres un monstruo.

—Soy arquitecto. Es casi lo mismo.

Tuve que respirar hondo. Me alegro de haberlo hecho, porque lo que vino después me habría tumbado.

—Mi enmienda es la siguiente —dijo, enderezándose, y por un momento fue el hombre del traje, el de las reuniones con clientes, el que sabe cuándo callar para que el otro se ponga nervioso—.

Nadie ordena nada en el estudio. Pero si un lápiz rueda hasta el pasillo, el pasillo tiene derecho a devolverlo.

—¿El pasillo tiene derechos?

—El pasillo ha sufrido mucho en esta casa.

Me reí. No quería, pero me reí. Era la clase de risa que se escapa cuando alguien muy serio dice una tontería con una cara perfecta.

—Condición número dos —seguí, para recuperar el control—. Nada de fotos del gato.

Se hizo un silencio denso, como el de un tribunal.

—Marta.

—Es por mi salud mental.

—Dijiste que te enamoraste del gato.

—Del gato en persona. No de cuarenta y siete fotografías de gato en el móvil.

—Fueron cuarenta y siete, sí. —Bajó la mirada. Estaba a punto de sonreír otra vez—. Las contaste.

—Las conté.

—Tienes memoria de elefante.

—Tengo rencor de elefante. Es distinto.

Ignasi asintió, grave, como si estuviera firmando una hipoteca.

—Aceptada. Pero entonces quiero saber qué pasa si el gato hace algo extraordinario.

—¿Como qué?

—Como sentarse en la lista de condiciones.

—Entonces lo describes con palabras. Como una persona adulta.

—Trato hecho.

—Condición número tres —respiré—. Tengo derecho a irme veinticuatro horas, sin dar explicaciones, cuando quiera. No es por ti. Es por mí. Si me ahogo, necesito poder salir sin que parezca que me estoy yendo del todo.

Se quedó callado. Era la condición más seria de la lista, la que había escrito dos veces porque la primera se me emborronó con una lágrima absurda, y ahora, leyéndola en voz alta en un salón con suelo de madera y luz de media tarde, noté que me temblaba la voz.

Ignasi dio dos pasos, despacio. No me tocó. Se quedó a un palmo de mí, mirándome a la cara.

—Aceptada sin enmiendas —dijo.

—¿Sin enmiendas?

—Marta. Estoy divorciado. Sé muy bien lo que es que alguien te cierre la puerta de golpe. Prefiero mil veces que me la dejes entornada.

No supe qué contestar. Me ardían las orejas. Doblé la lista, la desdoblé, volví a doblarla.

—Quedan nueve más —murmuré.

—Nueve —asintió.

—Son largas.

—No tengo prisa.

Se acercó otro paso. Notaba el calor de su cuerpo a través de la camisa, ese olor a cedro, la respiración tranquila de un hombre que ha decidido esperar.

Yo, que había ensayado esta escena delante del espejo del baño durante tres semanas, con voz de abogada, descubrí que había olvidado cómo se mantiene una voz de abogada cuando alguien te mira la boca.

—Condición número cuatro —dije, sin aire.

—Dime.

—Ninguna condición se discute de pie.

El silencio duró dos segundos. Luego Ignasi me quitó la lista de las manos con mucha suavidad, la dejó encima de la caja de cartón y me puso la mano en la nuca.

—Esa me la apunto como urgente —dijo.

Y me besó.

No fue un beso de película. Fue un beso largo, con sabor a café y a paciencia, de esos que empiezan despacio y a los treinta segundos ya no recuerdas en qué idioma hablabas.

Me apoyó contra el respaldo del sofá. Se me cayó una caja de lápices al suelo (la de punta fina; lo noté, pero no pude hacer nada).

Sus manos me subieron por la espalda, bajo la camiseta, y la piel se me puso en pie, entera, de golpe.

—Nuestra casa —murmuró contra mi cuello.

—Figura retórica.

—Claro.

Me levantó con un movimiento que no le había visto nunca, como si llevara toda la tarde esperando permiso para hacerlo, y me sentó en el borde de la mesa del salón, que era de roble macizo y, según él, «del siglo pasado y diseñada por un genio».

Me desabrochó el pantalón sin dejar de besarme.

Yo le tiré de la camisa. Dos botones salieron disparados y rodaron por el suelo.

—Eso es de la casa —jadeó él.

—Es de la casa. Pasillo, lápiz, botón.

—El pasillo tendrá que devolver el botón.

—Cállate, Ignasi.

—Me callo, me callo.

Y se calló. Se arrodilló delante de mí, con las manos en mis caderas, y levantó la vista un momento, una sola vez, con esos ojos grises que se le ponen oscuros cuando no está pensando en ninguna estructura.

Lo que vino después no lo cuento con detalle porque mi madre podría leer esto.

Diré solo que el suelo de madera crujió, que yo me agarré al borde de la mesa con las dos manos hasta dejar las uñas marcadas, y que la palabra nuestra se me escapó una vez más, entre dientes, sin ninguna figura retórica.

* * *

Más tarde, mucho más tarde, estábamos tumbados en el sofá, desnudos a medias, con una manta de cuadros encima y los dos botones perdidos sobre mi estómago, como medallas.

—Todavía quedan nueve condiciones —dije al techo.

—Ocho —corrigió él—. Hemos cumplido la cuatro con matrícula.

—No cuenta si la rompimos nosotros.

—Cuenta doble.

Me reí contra su pecho. Sentía su corazón, lento y firme. Me dije que era la cosa más tranquila que me había pasado en años y que, precisamente por eso, debía ponerme en guardia.

Entonces algo se movió al otro lado del sofá.

Primero fue una oreja. Gris, puntiaguda, con el borde un poco rasgado. Después apareció la cabeza, ancha, de gato que se sabe el dueño del territorio, y dos ojos verdes y redondos que nos observaron sin parpadear, uno a cada lado de la manta.

—Hola, Corbu —susurré.

Le Corbusier no se inmutó. Se sentó, muy digno, en el reposabrazos, nos miró a ambos, bajó la vista a la mesa del salón, donde seguía la lista de condiciones arrugada encima de la caja de cartón, y con la delicadeza de un funcionario que cumple su trabajo, subió de un salto, caminó sobre el papel, dio dos vueltas, y se sentó en el centro.

Ignasi se tapó la boca con la mano.

—Ni se te ocurra —le advertí.

—No he dicho nada.

—Condición número dos.

—Lo estoy describiendo con palabras. —Se le quebraba la voz de la risa—. Un gato gris, de ocho kilos, ha decidido sentarse encima del punto cinco, que es el del presupuesto compartido, y lo mira como diciendo: aquí mando yo.

Miré el papel. Miré al gato. El gato me miró a mí con una calma absoluta, el culo exactamente sobre la palabra presupuesto.

Y pensé, con una claridad que me dio miedo: esto va a salir muy bien o muy mal. Y no hay ninguna lista del mundo que me vaya a salvar.