Nada como tú (Serie Nada 1) Epílogo
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Epílogo

ADRIÁN

He vivido en esta casa los últimos ocho años de mi vida.

Una pequeña parte de mí no quiere irse. Mi cabeza y mi corazón, esta vez, se han alineado a mi favor.

No puedo seguir en esta casa ni un minuto más.

Incluso con los buenos recuerdos, pesan más los malos.

Quedarme significaría seguir con el infernal recuerdo de los años con Elisabeth.

Y la razón que más me pesa y no puedo arrancar de mi mente es ver a Naiara llorando, destrozada por mi culpa.

Jamás viviría tranquilo teniendo ese recuerdo.

—¿Estás seguro? —pregunta mi hermana con los ojos vidriosos.

—No he estado tan seguro de algo en toda mi vida. Necesito empezar de cero.

Mi madre no habla desde hace un rato porque está emocionada.

—¡Valentina! ¡Vamos o llegaremos tarde!

Si centro la atención en mi madre, sacará su dulce lado de madre dramática y orgullosa, y ahí sí que llegaremos tarde. Mi hija viene corriendo, casi derrapa al parar a mi lado. Para lo que le interesa, es puntual.

—Eres un cabrón, colega —se queja Fidel. Le lanzo una mirada de advertencia y él se encoge de hombros. No me gusta que diga malas palabras delante de la niña—. Faltan menos de dos semanas para que sea oficial tu soltería y no me dejas montar una fiesta.

—Quería hacerte despedida de casado infeliz… O algo así. No te lo perdonará fácilmente —añade Luis con diversión.

Valentina tira de mí, impaciente. Con el miedo que tenía de que le afectaran los cambios y está pletórica. A veces, los padres también aprendemos de los hijos.

Lo he retrasado hasta el último minuto. Cuando salimos del edificio, me fundo en un inevitable abrazo con mi madre. Mientras tanto, mi hermana y los chicos se encargan de las maletas y de meter en el taxi a Valentina.

Dicen que crear nuevos recuerdos ayuda, y para eso hay que dar un giro a la vida. Cambiar de casa, de trabajo y de actitud. Aunque duela alejarse de la mejor madre, hermana y amigos del mundo.

Después de todo, con ella siempre lo tuve claro desde que fingí tirarle la copa encima.