El adiós
NAIARA
Sergio, Ariadna, Gia e Isaac están llorando y aún falta una hora para que salga mi vuelo. No se han tomado bien la noticia, o no esperaban que me fuera tan pronto. Todo está pasando tan rápido que es abrumador.
—Joder, Nai —dice Ari con la cara llena de lágrimas. Ha estado aguantando desde que les di la noticia. Pero ahora que estoy a punto de pasar el control de seguridad, se derrumba. Me abraza y no la quiero soltar—. ¿No puedo meterme en tu maleta? Yo te pago el recargo.
—Es físicamente imposible que quepas en la maleta —respondo con una risa emocionada.
—Es muy flexible —bromea Gia, metiéndose para reclamar su abrazo.
—Cuida de mi hermano. Pero si te hace daño, aléjate y avísame para darle una paliza —le susurro para que solo me escuche ella.
—Yo me ocupo del bombón policial —promete. Me aprieta un poco más para darme un último abrazo que me levanta del suelo unos centímetros.
Mi hermano, que no deja de llorar, sonríe por cómo se ha referido a él mi amiga. Sergio me abraza en cuanto Gia le abre paso.
—Os dejo de encargados a Ari y a ti para evitar que estos dos se acaben matando —le digo antes de devolverle el abrazo de despedida.
—Es demasiada responsabilidad controlar a dos salvajes —susurra.
—¡Naiiii!
Esa voz… No, no puede ser. Suelto a Sergio para girarme y veo a Adrián con Valentina.
La niña se suelta de la mano de su padre y echa a correr hacia mí.
Por inercia, me agacho y siento su pequeño cuerpo colisionar contra el mío en un abrazo.
Antes de que mi culo toque el suelo por la velocidad de la niña, las dos estamos llorando.
—Lo siento. En cuanto le he contado que te ibas, insistió en despedirse —dice Adrián, con las manos metidas en el bolsillo y cabizbajo.
Valentina no me suelta y yo tampoco quiero hacerlo. Si hay alguien en todo el aeropuerto que no debería estar sufriendo por nada ni nadie es ella. Logro ponerme en pie sin dejar de abrazarla. Se aferra a mí en modo koala, lo que me pone aún más sensible.
—Tengo que irme, princesa guerrera —le susurro.
—¿Vas a volver?
—Valentina, bájate —increpa él, pero las dos lo ignoramos.
Cuando me pregunta eso, siento que le duele que la abandonen. Entiendo mucho más por qué su padre no optó por métodos más directos y menos amistosos. El corazón me lo ha roto Adrián, pero el alma se me parte en dos al sentir el dolor de Valentina.
—En cuanto pueda, vendré y lo primero que voy a hacer es llevarte a pescar —le prometo.
Sustituye sus pucheros por una gran y maravillosa sonrisa. No entraba en mis planes, pero si tengo que ahorrar para que ella no sienta que la estoy abandonando, me esforzaré el doble.
—Eres mi mejor amiga —dice dándome un beso en la mejilla.
—Y tú la mía —logro decirle sin volver a romperme.
La niña se baja sin nuevos avisos y vuelve al lado de su padre. Miro a cada uno de nuevo y dejo a Adrián para el último. Quiero abrazarlo, pero no me atrevo a pedírselo. Me doy la vuelta para entrar en el control de seguridad y le enseño la tarjeta de embarque al hombre.
—¡Naiara, espera! —La voz de Adrián hace que el de seguridad y yo nos giremos.
Las lágrimas han inundado su rostro. Gia coge a Valentina de la mano y Adrián sale corriendo hacia mí.
Se detiene a escasos centímetros y, antes de que abra la boca para hablar, acorto la distancia para abrazarlo.
Sus manos sostienen mi cara, la acaricia y me besa.
Me aferro a él una última vez. Mis lágrimas se mezclan con las suyas. El de seguridad carraspea.
—Adiós, Doctor Sabiondo —murmuro a milímetros de su boca.
—Hasta pronto, reina.