Nada como tú (Serie Nada 1) En otra vida
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En otra vida

ADRIÁN

Ojalá pudiera tener una sola razón para odiarla y hacer que no duela tanto.

Pero Naiara siempre me ha parecido perfecta.

Y seguirá siéndolo. Dicen que el primer amor no se olvida.

Ella no ha sido mi primer amor y, sin embargo, duele más.

Desde que la vi por primera vez, siempre ha sido más. Odio hablar de ella en pasado.

Tengo miedo de no poder sin ella. No lleva ni un año en mi vida y, sin embargo, no logro visualizar lo que me espera cuando ella no esté.

«No, Adrián. Sigues estando casado y yo me voy a Barcelona, no funcionaría».

Desde que se despidió de mí en la consulta, sus palabras no dejan de dar vueltas en mi cabeza.

Me duele el pecho desde que salió por la puerta.

No parece real. Lo peor es que, en todas las versiones ficticias que mi mente creó, no hay ninguna en la que no se vaya.

La conozco y no se va ni por mí, ni por su madre biológica.

Puede que solo seamos excusas o detonantes.

Ama su trabajo y no podría avanzar en un lugar que se le queda pequeño, donde no hay demanda.

Disfruta del estrés de los eventos elegantes.

Organizar fiestas de cumpleaños o cenas de pequeñas y medianas empresas no la hacía feliz, solo conformista.

No tengo tiempo para hundirme en mi propio dolor. Hoy no. Al salir del hospital, paso por el colegio a recoger a mi hija, y Gia me evita. No la culpo. Supongo que ella también estará sufriendo; una de sus mejores amigas se muda en menos de veinticuatro horas.

Al llegar a casa, dejo que Valentina meriende tranquila antes de darle la noticia. Me cuesta no venirme abajo cuando le explico que Naiara se va mañana.

—¿No va a volver más? —pregunta mi hija con la mirada perdida.

—No, cariño. Tiene trabajo en Barcelona.

—¿Y de vacaciones?

—No lo sé. Supongo que algún día vendrá a ver a sus amigas y a su hermano.

—Entonces, me vendrá a ver a mí.

Ni confirmo ni desmiento. No quiero mentir ni desilusionarla.

Puede que sí. Lo que sí sé es que no vendrá a verme a mí.

Valentina no llora y se pone a hacer los deberes sin que tenga que pedírselo.

Está triste y demasiado callada. Tengo miedo de que vuelva a encerrarse en sí misma, como las primeras veces que su madre venía y se iba a su antojo.

¿Y si Elisabeth se sale con la suya? ¿Y si Valentina vuelve a sufrir? ¿Y si no puedo sin ella?

Lamentarme no servirá de nada. Podría… ¡Tengo una idea! No sé si buena o mala, quizás demasiado fantasiosa y peliculera. Debo llamar a Fidel y preguntarle si lo que tengo en mente afectaría a Valentina de manera negativa. Lo necesito como amigo, y como profesional.

No suelo ser del tipo que saca lo positivo de todo, excepto ahora que tengo una frase instalada en mi cerebro:

«¿Y si… sale bien?».