La despedida
NAIARA
Verónica me está ayudando mucho a acelerar mi marcha.
No pienso quedarme más de dos semanas en casa de su amiga.
Ya hemos encontrado un par de pisos para mudarme y ella se ha ofrecido a mandarme las cajas de la mudanza más adelante.
Solo voy a llevar lo básico para centrarme en empadronarme, cambiar documentos oficiales, la tarjeta sanitaria y demás papeleo.
Por eso, antes de marcharme, no puedo dejar pasar el momento y me planto en el hospital. De las chicas que hay en la entrada de urgencias, solo conozco a Mercedes. Ella me reconoce y se acerca a mí.
—Está en consulta. Acompáñame.
Por lo que dice y cómo lo dice, intuyo que sabe que si estoy ahí es por algo importante. La sigo en silencio. El corazón me late con fuerza en los oídos. ¿Sabrá que me mudo?
—Doctor Escribano, tiene una paciente urgente —dice Mercedes, asomando la cabeza en su consulta.
—Cuando acabe con la señorita Denia, que pase.
Mercedes cierra y espera conmigo. No sé si por empatía o porque teme que alguien se cuele. Dos minutos después, la puerta se abre y sale una mujer con su hija. Mi aliada sostiene la puerta y me hace un gesto para que pase.
—Buenas tardes, siéntese por… —Su saludo en automático se corta en cuanto me ve. Tiene ojeras. Supongo que, por mucho corrector que lleve, a mí también se me notan—. Naiara — pronuncia mi nombre al borde del llanto y se pone en pie como un resorte.
Reconozco su olor cuando se acerca y se queda quieto frente a mí. A pesar de todo, me muero por abrazarlo y no soltarlo nunca. Pero sé que, si lo hago, mi convicción de irme a Barcelona flaqueará.
—Adrián, yo… He venido a… —No soy capaz de mirarlo a los ojos, me cuesta pronunciar las palabras.
—A despedirte. Lo sé. Mi madre me lo ha contado. —Me ahorra verbalizarlo. No sé si por acortar la conversación o porque sabe que me cuesta—. Nunca quise hacerte daño. Siento tanto cómo han acabado las cosas…
—Me han dado el mensaje. Varias veces —le corto.
—Lo siento. Necesitaba que me escucharas de alguna manera.
—Lo entiendo. No has querido guerras para que no afecten a Valentina —admito.
—¿De verdad? —pregunta entre sorprendido e incrédulo.
Da un paso más cerca, pero retrocedo. No puedo dejar que me toque, sería incapaz de soltarlo.
—No cambia el hecho que debiste contármelo antes de que me enamorase de ti —recuerdo. Adrián da un par de pasos más cerca y me coge las manos para que no huya de él—. No, Adrián. Sigues estando casado y yo me voy a Barcelona, no funcionaría.
No quiero llorar, pero un par de lágrimas rebeldes huyen de mis ojos para rodar por mis mejillas. La puerta se abre de golpe y una señora asoma medio cuerpo.
—Oiga, que es mi turno y tengo prisa —se queja la señora.
Aparto la mirada para que no me vea llorar una desconocida y Adrián me aprieta las manos para que no me vaya.
—Deme un momento, señora Gómez, por favor. La mujer de mi vida se muda mañana a setecientos kilómetros de mí y necesito despedirme.
Su ruego hace que la señora se disculpe y cierre la puerta avergonzada. Me atrevo a mirarlo por primera vez. El azul de sus ojos se mezcla con el agua de sus lágrimas, creando el mar más bello del mundo.
—Cuando no duela, vendré un fin de semana para cumplir la promesa que le hice a Valentina —le juro. Necesito respirar un par de veces más antes de coger fuerzas para irme—. Gracias por quererme y por animarme a abrir el maletín.
—Te voy a echar tanto de menos... Gracias por aparecer en mi vida. Siempre serás mi reina.
Adrián levanta mis manos a la altura de su rostro y deja un suave beso en el dorso de estas. Suspira y me suelta para dejarme ir.