Corazón roto
NAIARA
Me he enamorado de un hombre casado. Y, aunque solo lo esté en el papel, ha tenido tiempo y opciones de contármelo. El vacío que siento en el pecho no desaparece. Arde, duele. Apenas puedo abrir los ojos de los hinchados que los tengo. Tres golpes suenan tras la puerta de mi habitación.
—Nai, abre. Te traigo la comida —me informa mi hermano.
—No tengo hambre.
—Tienes dos opciones. O abres la puerta o voy a buscarlo para romperle los dientes.
Por tentador que sea la segunda opción en ese momento, no puedo dejar que lo haga.
Me deslizo fuera de las sábanas, aparto algunos pañuelos usados y, tras una eternidad, llego a la puerta.
Me duele el alma y la cabeza. Todo el cuerpo me pesa y el corazón lo tengo hecho trizas.
Veo a Gia, Ariadna y Sergio detrás de mi hermano.
Quiero gritarles que se vayan, pero no soy capaz.
Rehago el camino a la seguridad de mi cama y me escondo bajo las sábanas para romper a llorar, otra vez.
Mis mejores amigos intentan reconfortarme, pero ni siquiera escucho sus palabras.
Solo algunas, en las que me informan que han hablado con él.
Dicen que tengo que escuchar su versión.
Pero mi mente solo piensa en una cosa: Adrián está casado.
Adrián está casado. Adrián está casado. En bucle.
Estoy enamorada hasta los huesos de un hombre casado, y eso no está bien.
12 horas con el corazón roto
No puedo seguir llorando. Me niego. Tenía la esperanza de quedarme sin lágrimas, pero son infinitas. Los ojos me arden. En mi campo de visión veo el maletín. Sigue en el mismo sitio. Tal vez sea una señal. Es hora de leer los documentos. Pero cuando voy a cogerlo, Isaac irrumpe en mi habitación.
—Fidel y Luis han venido —me informa antes de que yo pueda abrir la boca para quejarme de su intromisión.
Ah no. Eso sí que no.
—Pues que se larguen.
—Y una mierda. No me voy sin que me escuches —dice Fidel, entrando en mi habitación sin permiso.
—Como no salgas de mi habitación ahora mismo, te tiro la lámpara a la cabeza —advierto.
Isaac no hace nada por echarlo y me jode.
Fidel mira la lámpara y noto su sonrisa contenida.
Puede que amenazar a alguien con una lamparita de plástico no sea muy buena idea.
Le advierto con la mirada y él retrocede, quedándose tras la línea que separa mi habitación del pasillo. Luis se pone a su lado.
—Adrián lleva cinco años hundido por culpa de esa zorra y no voy a dejar que ella siga ganándole la partida —asegura Fidel, rabioso.
Luis pone su mano sobre el hombro de su amigo y hace que se calle. Miro a mi hermano y recibo una mirada compasiva para que no los eche sin escucharlos.
—¡Está bien! Soltad el discurso de lo bueno que es vuestro amigo y, luego, largaos —acepto resignada y cruzándome de brazos.
—Desde que nació Valentina, estuvo tres años seguidos intentando que Elisabeth firmase el divorcio, pero ella nunca se presentaba —explica Luis, menos agresivo que Fidel.
—¿Y? Pudo divorciarse de otras maneras menos amistosas —recrimino.
Cualquiera vería lo mala persona que es con solo tratarla diez minutos. Pero eso no es excusa para tener que enterarme por ella.
—¿Por qué crees que no fue más allá? Tú no has visto como esa loca aparecía con la promesa de ser la madre que Valentina necesita.
»La niña se ilusionaba y luego lloraba, una vez tras otra.
Hasta que se dio cuenta de que esa mujer nunca será una madre para ella.
¡Joder! Tú mejor que nadie deberías entenderlo.
Adrián no iba a permitir que el desastre y la toxicidad de Elisabeth siguieran haciéndole daño a Valen, y eso implicaba rendirse con los temas legales.
¿Te haces una idea de los trámites por los que tendría que pasar la niña?
Es la primera vez que veo a Fidel emocionado y es extraño.
—Nai, abre los ojos. Lo ha permitido por la niña. Adrián me ha enseñado todos los documentos.
Gia aparece al lado de ellos. Su presencia me pilla desprevenida. Creía que se había ido con Ari y Sergio hace horas.
—No me importa ningún documento. ¡Está casado, joder! Y me he tenido que enterar por esa mujer. Y para colmo os manda a vosotros. Pensaba que era más maduro.
—Tengo entendido que le has dicho que no querías verlo. —La calma con la que Luis se dirige a mí empieza a resultarme irritante. No puedo rebatir ese argumento—. Casado sobre el papel o no, él te quiere.
—Casado sobre el papel o no, debió contármelo él. Hablamos de ella, me lo contó todo, menos lo más importante —acuso, volcando la culpa que tiene Adrián en todos ellos.
—Es padre soltero y pediatra. Y súmale lo feliz y atolondrado que está desde que te conoce —añade Fidel, y Luis asiente por primera vez, dando la razón a las palabras de su amigo.
—No le queda mucho tiempo para acordarse de que esa mujer sigue en su vida de una manera retorcida —dice Gia, con los ojos clavados en mí.
Sé lo que pretenden y que son sinceros, pero el daño sigue muy presente. Y sí, puede que hayan conseguido ablandarme un poco. Pero eso no les da derecho a imponer sus tiempos.
—Ahora quiero estar sola.
14 horas con el corazón roto
He cenado. Me moría de hambre. Recurro a un par de hielos para bajar la hinchazón de mis ojos.
No he dejado de pensar en él y necesito un respiro.
En la soledad de mi habitación, con la certeza de no volver a ser interrumpida, cojo el maletín.
Tomo una bocanada de aire y lo suelto con lentitud. Voy a hacerlo.
Lo primero que cae en mis manos son los documentos en los que aparece el nombre de mis padres biológicos.
Solo está la ficha de mi madre: Nare Dallakyan.
Leo que nació en el hospital de Yerevan, Armenia.
A los cinco años, se mudó con sus padres a Huelva.
A los quince años pasó un par de meses en Gijón y, luego, se mudó a Barcelona.
Dentro del mismo sobre hay una carta escrita por ella.
Amada Naiara,
Esta es la primera carta que te escribo con la esperanza de que llegues a leerla.
Justo en este momento, se cumplen dos días desde que te entregué a Javier y Mónica.
Creo que es la primera vez que tengo suerte en mucho tiempo.
Tus nuevos padres son perfectos; amables, educados y, lo más importante, te darán una vida que yo jamás podría darte.
Tendrás un hermano mayor muy guapo. No estarás sola.
Confío en que, cuando esta carta llegue a ti, serás lo suficiente madura para comprender las razones que me llevaron a darte en adopción. No quiero ser como mi madre, no te endulzaré un mundo que está lleno de dolor y violencia.
Habrás notado que no hay ningún tipo de información sobre tu padre.
Estoy huyendo de él. Se llama Dimitar, tiene ocho años más que yo, es búlgaro y un monstruo.
Lo conocí en Huelva hace más de un año. Estuve saliendo con él durante varios meses, pero cuando me di cuenta de cómo era en realidad, fue demasiado tarde.
Al principio creía que solo eran celos, que me quería o que era su forma de protegerme.
Empezó a poner pegas por todo; no le gustaban mis amigas, la ropa que me ponía para salir, ni mi risa escandalosa.
Consiguió que me quedara sin mis amistades, que vistiera como a él le gustaba y que dejara de reír.
Una semana después, empezó a gritarme y, luego, a pegarme.
Decía que era una puta por no querer acostarme con él y hacerlo esperar tanto.
Me comparaba con otras, asegurando que podría tener a quien quisiera.
Una tarde, se presentó borracho en casa de una amiga del instituto con la que estaba haciendo un trabajo de clase.
Me sacó de allí a la fuerza y me llevó en su coche a un descampado.
Da igual lo mucho que gritase, nadie podía oírme ni ayudarme.
Subió el volumen de la radio y me violó.
Cuando terminó, sintió tanta culpa que me llevó al hospital y me dejó tirada en la entrada.
Se lo conté a mis padres y, pese a su cultura, me creyeron. ¿Cómo no hacerlo si los médicos les informaron de todo? Yo quería que mi primera vez fuera bonita, no una violación.
A los pocos días, Dimitar se presentó en casa a buscarme como si no hubiera pasado nada.
Mis padres no le abrieron la puerta. Los cinco días siguientes, intentó acercarse a mí de maneras más agresivas.
Hasta que mis padres, a mitad de curso, decidieron mudarse a la otra punta del país.
Es irónico que algo tan aterrador traiga consigo lo más bonito de este mundo.
Eres preciosa Naiara y jamás me arrepentiré de tenerte.
Me voy a Barcelona con mis padres en unas horas.
Quiero quedarme en Gijón, tenerte cerca, pero ellos tienen razón.
Si Dimitar aparece aquí y se entera de que tiene una hija, te hará daño.
Javier y Mónica lo saben. He tenido tanta suerte con ellos…
Me han prometido que me mantendrán al tanto de todo, y me he puesto a llorar.
Los dos estuvieron de acuerdo cuando les pregunté si podía escribirte cartas.
Aunque hemos acordado que esperaríamos a que cumplieras dieciocho años para entregártelas.
Te amo, Naiara.
Cada segundo de cada día, para siempre.
Empapo la última hoja de la carta con lágrimas.
Me siento como una niñata. Mis padres, Verónica y Adrián tenían razón.
Me arrepiento de no haberlo leído antes.
La he odiado durante tanto tiempo sin razón que solo puedo sentir culpa.
El maletín está lleno de cartas. Demasiadas para leer en un solo día.
Reviso los documentos y leo su última dirección: El Raval, Barcelona.
—¡Isaac! —lo llamo entre lágrimas, quiero que él lea esta carta.
25 horas con el corazón roto
Apenas he dormido. Me he pasado la noche leyendo cartas, llorando y soñando con Adrián.
Pero al abrir los ojos lo he visto claro, aunque duela.
He citado a Verónica en una cafetería cerca de mi casa y le he especificado que solo quería verla a ella.
Después de darme una ducha rápida, echarme una tonelada de corrector y vestirme, me apresuro a llegar a la cafetería.
—Me alegro de verte. Me gustaría…
—Sé lo que me vas a decir, pero no quiero más gente opinando —la corto—. Tu hijo está casado y yo no voy a salir con un casado.
Por mucho que lo quiera o lo pueda llegar a comprender, es más fácil odiarlo que asimilar toda la verdad. Ni siquiera puedo sentir rencor porque Verónica, Fidel o Luis no hayan insinuado nada sobre el estado civil de Adrián.
—Si no es por mi hijo, ¿por qué quieres verme? —pregunta con obvia confusión.
—Necesito tu ayuda. Necesito trabajo, contactos…
—No sé si te sigo —interrumpe.
—No puedo vivir organizando cenas de empresas y cumpleaños infantiles. Necesito trabajos como el que tú me ofreciste y aquí no los voy a encontrar —digo de carrerilla, con el miedo al cambio recorriendo mi cuerpo.
—¿Te vas? ¿Lo sabe Adrián?
—Depende. ¿Tienes contactos en Barcelona?
—¿Tan lejos?
Sé que sus respuestas están relacionadas con su hijo, pero tengo que pensar en mí. Mi sueño siempre ha sido trabajar en grandes eventos y poder costearme mi propia vida. Si me quedo, nunca lo cumpliré. Saco la carta que lo ha cambiado todo del bolsillo de mi abrigo y la pongo sobre la mesa.
—Me lo debes. Tú y Adrián —le recuerdo. Sus ojos se pasean rápidos por las líneas que escribió mi madre biológica hace más de veinticinco años—. Yo no quería saber nada de mi madre biológica y, ahora, necesito conocerla —espeto con rabia y conteniendo las lágrimas.
—¿Estás segura? —pregunta sorprendida—. Puedo conseguirte los contactos, pero…
—Estoy enamorada de Adrián, pero eso no cambia nada. Sigue casado y yo no puedo seguir aquí, haciendo cuentas y malabares para llegar a fin de mes.
—Lo vas a destrozar.
—Verónica, por favor… —ruego, sin contener las lágrimas.
No puedo más. Me rompo delante de ella. Sé que pedirle algo así podría hacerme ver fría, pero ella no es tonta y sabe lo mucho que me duele separarme de su hijo.
—Está bien. ¿Cuándo te vas?
Aparta la mirada, está a punto de emocionarse. Busco en el móvil los vuelos disponibles a Barcelona y calculo mentalmente lo que necesitaré.
—En dos días —respondo, enseñándole el vuelo de ida que estoy a punto de pagar.
—Es muy pronto. Te voy a apuntar la dirección de una amiga para que te quedes con ella mientras buscas piso —dice, sacando un bolígrafo de su bolso y apuntando en una servilleta—. Esta misma tarde hablaré con algunos amigos de Barcelona para que te contraten en los próximos meses.
—Gracias —digo antes de ponerme en pie. Sin embargo, no puedo irme sin decirle una cosa más, y vuelvo a la mesa, temblando—. Me voy a Barcelona para tener estabilidad laboral, no por él ni por mi madre biológica. Casado o no, jamás quise tanto a nadie como quiero a tu hijo.
—Merece que te despidas de él. —No llega a ser una petición, pero la lágrima que le cae por la mejilla me hace entender que tiene razón.
Asiento como respuesta y me voy.