Nada como tú (Serie Nada 1) Sorpresas desagradables
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Sorpresas desagradables

ADRIÁN

Hacer el amor con Naiara es como estar en el paraíso. Nos dormimos cerca de las tres de la mañana por sobredosis de orgasmos. La conversación no se produjo tras el primer orgasmo, tampoco tras segundo. No volví a sacar el tema por obvias razones.

Me despierto antes que ella para prepararle un buen desayuno y llevárselo a la cama. Quiero hacerla feliz antes de la bomba. Temo que todo cambie. Me aterra. Soy egoísta por querer estirar el momento, pero no puedo esperar mucho más. Las voces de Fidel y Luis en mi cabeza me torturan.

—No puedo comer más. Me estás mal acostumbrando.

—A mí me queda sitio para el postre —le aseguro después de dejar la bandeja sobre la mesilla de noche.

Solo lleva las braguitas rojas y una de mis camisas. Joder. Es perfecta. Aparto las sábanas y tiro de sus tobillos con delicadeza. Un orgasmo más y se lo cuento.

—Doctor Sabiondo, eres insaciable. —Su voz ya está teñida por el deseo.

—Sigue siendo mi favorito —informo, jugando con la tela de sus braguitas. Huelo su excitación; mi olor favorito—. Pero ahora, me está molestando.

Acaricio sus muslos, le bajo la prenda con lentitud. Sus ojos brillan por el deseo. Me hago un hueco entre sus piernas, las recorro entre besos y sutiles lametones.

—Adrián… —jadea. Estoy demasiado entretenido con el interior de sus muslos. Pretendo que se vuelva loca antes de que alcance mi dulce objetivo—. Están llamando a la puerta.

Ni siquiera escucho el timbre, pero después de su aviso, vuelve a sonar.

—Ya se cansarán —murmuro.

No me detengo. La punta de mi lengua se encuentra con su humedad, gime y se aparta de mi boca.

—Iré a ver —dice, resoplando. Se abrocha un par de botones de la camisa y se vuelve a poner las braguitas—. Mira tu móvil, por si ha pasado algo con Valentina. Puede que sea importante.

Sale de la habitación, gruño y miro el móvil.

Nada. Me pongo los pantalones del pijama y una camiseta.

Si mi madre se presenta sin avisar con Valentina es motivo suficiente para no recibirlas medio desnudo.

Mi hermana no madruga tanto y, si fuera urgente, me llamaría.

Voy al encuentro de Naiara para saber quién llama con tanta insistencia.

Al ver en el recibidor de quién se trata, cada músculo de mi cuerpo se congela.

No me jodas.

—¿Elisabeth? ¿Qué haces aquí? —Quiero sonar más enfadado, pero me pilla por sorpresa.

Hace más de un año que no la veo. Tenía la esperanza de no volver a verla. Nunca.

—¡Ya era hora! ¿Dónde está mi hija? ¿La has dejado tirada para follarte a tu amante?

Miro a Naiara, tiene los ojos muy abiertos y no deja de observarnos.

—No es mi amante, es mi…

—¿Novia? —se burla Elisabeth. Suelta una de sus frías y falsas carcajadas—. No creo que lo sea. Sigues casado conmigo. Podría denunciarte y pedir la custodia total de la mocosa.

Cada vez que aparece, un intenso dolor de cabeza se apodera de mí. No la soporto.

—¿Estás… casado? —El hilo de voz que sale de la boca de Naiara me pone en alerta y me recuerda lo que acaba de escuchar.

No. Mierda. No, no ,no.

—Solo en el papel. Nunca se ha presentado a firmar los…

No me da tiempo de explicárselo cuando veo sus grandes y preciosos ojos llenándose de lágrimas.

Enmudezco. Asiente de manera mecánica. No tenía que enterarse así, joder.

Sin mirarme ni hablar, pone rumbo a la habitación.

Un nudo de impotencia se instala en mi garganta.

Ni siquiera escucho las absurdas recriminaciones de Elisabeth.

—¡Lárgate de aquí! Esta vez no te servirá con escapar —exploto—. ¡Te juro que es la última vez que te sales con la tuya!

—No te engañes, Adri. Sé que me sigues queriendo.

No está bien de la cabeza. Es una jodida manipuladora.

—¡Basta, Elisabeth! Tienes problemas psicológicos y deberías tratarlos. Si no tomé medidas fue por Valentina, para no joderle más la vida de lo que tú se la has jodido con tus idas y venidas —espeto con rabia y dolor.

—Yo la he parido. Tú no eres nadie para robármela.

—Nunca has sido su madre —acuso. Naiara aparece con su bolsa de deporte, en la que adivino que lleva gran parte de sus cosas. No, joder. No puedo dejarla ir así. Ignoro las mentiras de Elisabeth y me pongo delante de ella, impidiéndole el paso—. No te vayas, te lo ruego. Deja que te lo explique.

La risa de aquella serpiente venenosa con forma humana me saca de quicio. La odio con cada molécula de mi cuerpo.

—No —advierte tajante y con los ojos llenos de lágrimas contenidas. Mis manos van directas a tomar las de ella, pero da un paso atrás—. No te atrevas a tocarme. No quiero volver a verte en la vida —murmura tan dolida como enfadada.

Busco en sus ojos algo de comprensión, de perdón, pero solo encuentro dolor.

Un dolor que yo he provocado y que está haciendo trizas mi corazón.

Naiara hace un gesto, pide en silencio que me aparte.

Quiero retenerla, pero no me mira. Tiene los labios apretados y el ceño fruncido, y un par de lágrimas recorren su mejilla.

Me obligo a mirarlas, es mi culpa que esté así.

Doy un paso al lado para dejarla pasar y, al verla cruzar la puerta, sé que la he perdido para siempre.

Elisabeth sigue escupiendo veneno. Naiara cierra la puerta y todo se vuelve silencio.

Me dejo caer en el suelo, derrotado, y lloro. Grito para que Elisabeth se calle y me deje en paz. Mi mujer sobre el papel ha prendido un fuego, pero el único culpable de que todo arda soy yo. Soy el que ha hecho sufrir a la mujer de mi vida.

Naiara se ha ido. Me duele el pecho.

Naiara no se merecía enterarse así. Necesito calmarme y respirar con normalidad. Naiara merece a alguien mejor que yo, debí imaginarlo desde el principio.

Y duele, duele mucho.