No sé de qué me hablas #2
El coche de Adrián está aparcado al final de la calle y aprovecho esa pequeña caminata para saber qué tal le fue el día en el hospital. A pesar del frío, disfruto de ir caminando de su mano por la calle. Al llegar, me recreo en su manera de abrirme la puerta para que entre al asiento del copiloto.
—¿Dejamos el cine para mañana? Tengo algo que quiero que veas —pregunto cuando enciende el motor.
—Como me digas que no llevas nada debajo del vestido, te juro que me meto en el primer callejón oscuro en el que quepa el coche. No llegaré a nuestra cama —advierte.
Suelto una carcajada por su respuesta. Cada vez que dice nuestra cama no puedo evitar morderme el labio para no emocionarme demasiado con la idea. El plural es la clave. A menos que no quieras nada serio. En ese caso, mejor usar el singular y evitar disgustos.
—Muy caliente, pero no ardiendo —murmuro antes de separarme del todo.
—Ardiendo ya me has puesto cuando te he visto con ese vestido —susurra—. Sea lo que sea, me lo enseñas en casa. El cine; mañana —zanja con una sonrisa entre la ilusión y la picardía.
En el ascensor de su edificio, sus manos van directas a mis caderas para aproximarme a su cuerpo.
Sus ojos azules se quedan clavados en los míos y sonríe de lado.
Baja una mano para acariciarme el trasero.
Lo desafío, dejando mi boca a escasos centímetros de la suya.
Sus dedos hacen lentos círculos en la piel del interior de mi muslo.
Suspiro y avanza, pero cuando se acerca a mi centro, las puertas se abren.
Casi se le caen las llaves intentando abrir la entrada lo más rápido posible, y tengo que ocultar una risilla. Logramos entrar y, al cerrar la puerta, parece infundirse calma con un par de respiraciones que intenta disimular sin éxito.
—¿Quieres un copa de vino?
—Está bien, pero solo una.
Adrián nervioso es lo más sexy y dulce del mundo. No tarda en aparecer con dos copas de vino. Se sienta en silencio a mi lado y me ofrece una de ellas. Damos el primer sorbo en absoluto silencio.
—¿Por qué estás tan nervioso? —pregunto.
—Estás tan preciosa... Me gusta mucho el vestido que llevas —confiesa.
Creo que va a besarme, pero se inclina para posar su copa en la mesa y la mía se me resbala de la mano.
Varias gotitas de vino tinto caen por mi regazo, manchando el vestido.
Chasqueo la lengua y él se pone en pie, arrebatándome la copa—.
No te muevas, tengo un truco para quitar esa mancha.
Está rarísimo, pero tengo la idea perfecta para relajarlo.
Me quito el vestido y, con la parte manchada entre mis manos, espero a Adrián de pie en medio del salón.
Solo llevo el conjunto de lencería y los tacones.
Aparece con agua oxigenada y detergente, para en seco y enmudece.
Me acerco a él y le enseño la mancha para que reaccione.
—¿Estás seguro de que se quitará?
Necesito romper ese silencio, que vuelva a ser él.
Asiente y aplica la mezcla sin levantar la vista de la mancha.
Quiero que no aparte la mirada de mí, provocarlo hasta que no pueda más.
Decido esperar a que termine con el vestido.
Antes de poder abrir la boca, se lo lleva y sale del salón.
Me asomo al pasillo y logro ver que entra en el cuarto de la lavadora.
En el salón no funcionó, así que voy directa a su habitación.
Lo espero al lado de la cama, con las sábanas abiertas para que no tenga dudas de lo que quiero.
—Naiara, tenemos que hablar de algo importante sobre la madre de Valentina —dice cuando me busca.
Me contoneo hasta él con una sonrisa y lo abrazo.
—¿Tiene que ser ahora? —pregunto con mimo e inocencia, acaricio su nuca y me inclino—. ¿Puede ser después del primer orgasmo? —susurro en su oído.
—Tú ganas, reina. Me has puesto a mil. —Se rinde y sus manos acarician mi trasero, justo como a mí me gusta. Sus ojos recorren mi cuerpo poco a poco. Luego, busca mi mirada—. Este es el conjuntito que me mandaste por equivocación, ¿verdad?
¡Sí! Después de meses, aún se acuerda.
—No sé de qué mensaje me hablas —respondo, juguetona.
—¿Lo tenías en tu piso? —Asiento y sonrío cuando noto que quiere aprendérselo de memoria—. ¿Por qué no lo has traído al empezar el periodo de prueba? ¿Tenías miedo a que te obligase a andar siempre por casa con esta preciosidad?
—No me cabe duda de que lo intentarías.
Me coge de la mano y me hace girar sobre mí misma. A media vuelta, me detiene. Sus manos se posan en mi vientre y pega mi espada a su pecho. Aparta mi cabello hacia un lado y empieza a besarme el hombro y el cuello.
—La foto no hacía justicia. Estás mucho más impresionante así; con el conjuntito sexy y pegada a mí —susurra.
Sigue dejando todo tipo de besos por mi cuello, baja su mano libre a mi vientre y desciende.
Altera los latidos de mi corazón con la expectación.
La yema de sus dedos recorre el borde de mis braguitas.
Estoy al límite—. Voy a recrearme tanto que mañana todo el edificio sabrá mi nombre —susurra en forma de promesa, deslizando un par de dedos por debajo de la tela de la lencería.
—Adrián… —gimo y abro un poco más las piernas.
—Eso es. No dejes de gemir mi nombre —me ordena hundiendo dos dedos dentro de mi húmedo y caliente sexo, donde me roba un nuevo gemido—. Olvídate de dormir, reina. Voy a follarte toda la noche.
Me derrito ante sus caricias, promesas y atenciones. A su forma de amarme. A los orgasmos que me roba. Hasta que apenas puedo mantener los ojos abiertos, saciada y destrozada.