Nada como tú (Serie Nada 1) No sé de qué me hablas
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No sé de qué me hablas

NAIARA

—Papá, ¿sabías que las nutrias duermen en el agua cogidas de las manos para no separarse? —le pregunta la niña con un gesto de orgullo por su sabiduría.

Su pregunta me hace sentir orgullosa, aún se acuerda de nuestro encuentro inicial. Es la primera vez que tengo una cita que implique a tres personas: Adrián, Valentina y yo.

—¿Y tú como sabes eso? ¿Lo has estudiado en el cole?

—Me lo dijo Nai cuando vinimos con la tía Tati —responde con una chulería que es para comérsela.

Me mira y sonríe. Yo le guiño un ojo. Después, se adelanta unos pasos para llegar antes a la zona de las nutrias.

—¿Algún dato curioso sobre las nutrias que deba saber?

—Son muy inteligentes y juguetonas. Y son conocidas por sus fuertes vínculos.

—Quiero ser tu nutria y no separarme de ti nunca —me susurra al oído.

Aunque lo disimulo muy bien, hace que se me erice la piel.

Suelto una risilla por su facilidad de convertir algo educativo en un momento sensual solo con el tono de su voz.

Aprovecha que Valentina está hipnotizada con esos adorables animales marinos para acariciar y apretar mi trasero con su mano.

Adrián sabe cómo excitarme, a pesar de no ser el mejor momento.

—Contrólese, Doctor Sabiondo —susurro. Le doy un beso en la comisura de los labios y él responde acariciando el interior de mi muslo, por debajo de mi falda.

La yema de sus dedos provoca un ardor dulce en la parte baja de mi vientre.

Reposo mi barbilla en su hombro y suspiro—.

Deja de acariciarme así, ya sabes lo mucho que me gusta. No seas cruel.

—Créeme, lo hago. Conozco ese tono de voz y lo excitada que estás ahora mismo. Si no estuviera Valentina, te llevaría a los baños más cercanos. Te follaría con la lengua ese precioso coñito, hasta que no pudieras caminar —promete.

Jo-der. No suele tener ese tipo de arranque pasional, pero no voy a coartar su creatividad en el plano íntimo.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con Adrián? —susurro excitada y con el autocontrol flaqueando.

Bajo esa luz azul e íntima del acuario, apaciguamos nuestras ganas con un dulce y pausado beso. El sexo que tenemos es tan bueno que, a pesar de que esa misma mañana nos saciamos, volvemos a tener ganas de más.

La mano de Adrián se retira lenta y sutil cuando Valentina vuelve a nuestro lado y pide ver los pingüinos. La niña se pone en medio y nos coge de la mano.

—¿Sabes lo que molaría? Ir a pescar y acampar algún fin de semana.

—No sé pescar —dice la pequeña con una mueca de tristeza.

—Yo tampoco. Me enseñó Nai —añade Adrián.

—Mentira, sé que has ido varias veces con los titos.

Llama titos a Fidel y Luis. Son los más cercanos a su padre y siempre le traen algún detalle.

—No es mentira. Los titos y tu padre creían que pescaban, pero no tenían ni idea de lo que hacían —digo en tono divertido. Ella ríe burlona al saber la verdad—. Yo te enseño. Seguro que aprendes más rápido que ellos. Eres más lista que los tres juntos.

Alza su mentón con orgullo y pone una sonrisa que podría salírsele del rostro. Después, se gira y lo mira a él, dudosa.

—¿Podemos ir este finde, papi? Porfa, porfa, porfa… —le ruega.

—Lo intentaré, pero no prometo nada —responde.

No es la respuesta que espera Valentina, pero me gusta que no le ponga las cosas de color de rosa.

Admiro su forma de hacerle entender que tiene una responsabilidad con su trabajo y no puede estar disponible todo el tiempo.

Valentina es dulce, fuerte, inteligente, divertida y alegre.

A veces, caprichosa. Como ahora, que pone morritos.

Es obvio que le gustaría que su padre no echara tantas horas en el hospital.

—Si él no puede, podemos ir nosotras solas —propongo.

Su cara se ilumina y las dos le pedimos permiso a Adrián con la mirada.

Si yo puedo hacer que sonría para que no se sienta sola o triste, lo haré.

Él me mira dubitativo y yo asiento para que le de permiso.

Al final, se encoge de hombros y claudica a nuestra salida de chicas.

La niña se acerca más a los pingüinos y él vuelve a entrelazar su mano con la mía.

—Gracias —musita con ternura.

—Somos un equipo —respondo junto a un guiño cómplice—. Por cierto, ¿qué tal va Tatiana?

—Mejor. Centrada en su negocio y en sí misma; sin nadie más.

—¿Y la recepcionista?

—Sigue teniendo a Lucía, pero su relación es profesional. No quiere mezclar las cosas. Desde lo que pasó con tu hermano está poniendo límites. Aún necesita sanar y poner en orden el caos mental que tiene.

—El tiempo lo cura casi todo.

El hecho de que su hermana haya hecho trizas a Isaac no significa que tenga que odiarla y desearle lo peor. Por muy cabrona que haya sido, sigue siendo una persona que siente y se equivoca.

Al salir del acuario, Adrián hace una parada para dejar a Valentina con su abuela, con quien no me atrevo a tener una charla distendida desde nuestro último encuentro.

No por enfado o rencor. Desde que estoy en periodo de prueba de convivencia, la veo más, pero no hemos cruzado más de un par de frases.

—Podría haberme quedado con ella —comento cuando emprende el viaje en coche hasta mi piso.

—Lo sé, pero tiene abuela y una tía con quien estar. Además, te voy a llevar al cine.

—Mi propuesta de última hora te gustará más que ir al cine.

—¿Por qué? ¿Qué propuesta? —La impaciencia y curiosidad le pueden.

Es la primera vez que le hago una invitación así; sin pensar y sin organizar. Aunque puede que, a raíz de eso, se me esté pasando por la mente una idea para complementar la proposición. Me hago la interesante mientras espero que aparque en el único sitio que hay en mi calle.

—¿Quieres que juguemos a los médicos esta noche? —pregunto, clavando mi mirada en el azul de sus ojos.

Él sonríe como un niño ilusionado y se inclina para darme un beso. Lo detengo a milímetros de mi boca, dejándolo con las ganas.

—¿No has tenido suficiente, reina? —replica en modo conquistador, rozando sus labios contra los míos.

—Suficiente es muy relativo —respondo con actuada inocencia.

—No me provoques —me advierte—. La idea de llegar unos minutos tarde al trabajo por regalarte un orgasmo de despedida es demasiado tentadora.

Me pone a mil cuando me habla así. Está tan cerca que sus labios hacen cosquillas a los míos, y su aliento me incita a no salir del coche. Su mano acaricia mi muslo y, por maravilloso que sea montármelo con él ahora mismo, me obligo a mí misma a poner algo de cordura.

—Será mejor que me vaya —digo tras carraspear e imponer una distancia más que necesaria—. No quiero ser el motivo de que tus pacientes sufran más de la cuenta. No los hagas esperar.

Él resopla con resignación, aprieta mi muslo y me roba un beso fugaz como despedida.

Promete venir después de cenar y no echar tantas horas de más como la última noche, que llegó a la una de la mañana.

Salgo del coche a toda prisa, antes de que las ganas me consuman.

Adrián no se va hasta que entro al portal y cierro la puerta.

Paso la tarde trabajando en el segundo cumpleaños infantil que llevo en el año. Y, aunque debería estar en el piso de Adrián por el periodo de prueba, echo de menos a mi hermano.

Gia e Isaac tienen una sesión de estudio.

No les interrumpo, pero, de vez en cuando, los observo.

Es curioso lo parecidos que son. Tienen gestos y expresiones similares, y eso me hace fantasear con que terminen juntos.

Al acabar, Isaac la invita a quedarse a cenar y yo me hago la tonta.

Por si mi hermano se incomoda y deja ese nuevo hábito de pasar tiempo extra con ella.

Justo cuando terminamos de cenar, me llega un mensaje de Adrián.

En menos de 40 minutos, estaré en tu portal. Tengo muchas ganas de verte, reina.

Gia e Isaac se burlan de la sonrisilla que se me pone cada vez que recibo un mensaje de él.

—Por listillos, vais a recoger vosotros. Me voy a la ducha —digo antes de levantarme de la mesa.

No me molestan lo más mínimo. Cualquier excusa es buena para dejarlos solos. Ignoro la mirada de mi mejor amiga, le guiño un ojo y me encierro en el cuarto de baño. Se las arreglará.

Escojo mi vestido blanco favorito de invierno; corto y de manga larga.

Sé con exactitud la ropa interior que me pondré.

El conjunto de lencería rojo que compré con Gia, el que le envié por error y, lo más importante, su favorito.

No me aliso ni me recojo el pelo. Sé lo mucho que le gustan mis rizos.

No es objetivo, ninguno lo somos. De eso se trata el amor, de disfrutar la subjetividad que hay en él.

—¡Nai! ¡Ya está aquí tu Romeo! —grita Gia desde el salón.

Justo a tiempo. Me echo perfume y salgo. Adrián está entretenido comentando algún partido con mi hermano, y Gia está recogiendo sus cosas. Cuando me ve, enmudece y no disimula, me echa un buen vistazo.

—Joder. Estás… Qué fantasía —ronronea.

—Córtate un poco; sigo siendo su hermano. Díselo cuando estéis solos.

—Tu hermana pequeña está buena y folla. Asúmelo —lo encara Gia, sonriente.

Mi hermano se tapa los oídos y tararea. No quiere escuchar a Gia hablar de mi vida sexual. Los tres nos reímos por su reacción infantil. Adrián me agarra de la mano y, mientras nos dirigimos a la puerta, escucho la voz de mi hermano.

—¿Una cerveza antes de irte?

—Solo una —advierte mi mejor amiga—. Soy una profesora respetada y no quiero que los alumnos crean que soy una borracha.

—No les mientas más —bromea Isaac.

Antes de cerrar la puerta, le lanzo un beso al aire a Gia. Él no dice nada hasta que llegamos al ascensor.

—Esos dos deberían follar.

Teniendo en cuenta que su hermana es la ex de Isaac, me sorprende su comentario.

—Ojalá. Pero ella no le va a confesar nada, y él… Bueno, los tíos no os enteráis de nada.

No pretendo atacar a la población masculina, mis estadísticas lo demuestran.

—No puedo discutirte eso —dice resignado.