Nada como tú (Serie Nada 1) Epílogo
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Epílogo

NAIARA

El señor Vila me estrecha la mano como su nueva organizadora de conferencias médicas, cerrando un trato envidiable.

Los dos meses a prueba han merecido la pena para conseguir el trabajo de mis sueños.

Abandono mi época de autónoma y consigo un buen sueldo que me trae la estabilidad económica que necesito.

—Es un placer contar contigo en mi plantilla. Nos vemos el lunes para que firmes el contrato.

—El placer es mío, señor Vila. Muchas gracias por la oportunidad.

Cuando sale de mi piso, cierro la puerta y me sirvo una copa de vino.

Pongo Fly me to the moon de Sinatra en bucle.

Llevo seis meses escuchando la misma canción porque me recuerda a él.

Seis meses en los que no he parado de trabajar.

Solo he hecho un par de amigas y he encontrado a mi madre biológica.

He quedado con ella esta noche para conocerla.

Debería estar ilusionada, nerviosa, pero solo puedo sentir tristeza.

La misma tristeza y sensación de vació que me acompaña desde que me fui de Gijón.

El timbre suena y vuelvo a dibujar mi mejor sonrisa falsa, por si el señor Vila se ha olvidado de algo. Abro la puerta y lo veo con esa sonrisa, con un ramo de tulipanes morados en la mano y con una bolsa de Pikotas en la otra. No soy capaz de articular palabra.

—Buenas tardes. Soy Adrián Escribano, tu nuevo vecino.

—¿Qué? —logro hablar en un hilo de voz.

¿Estoy alucinando? Tengo que buscar en el Google si la tristeza y un corazón roto pueden ocasionar alucinaciones.

—Soy nuevo en la ciudad. Hace un mes que me he mudado y he creído conveniente presentarme a mi nueva vecina.

—No puede ser cierto. No es él. No da signos de estar borracho.

Huelo su perfume, debe ser un sueño—. Hace cuarenta días que estoy divorciado y vivo con mi hija Valentina, quien ahora mismo estará haciendo amigos en su primer día del nuevo colegio.

—¿Estás borracho? —pregunto. Me acerco para posar mi mano libre en su mejilla y en los rizos suaves de su pelo.

Me sonríe mostrándome los dientes. Es real. Las piernas empiezan a temblarme y tengo la sensación de que estoy a punto de desfallecer.

—¡Ah! Y el lunes empiezo a trabajar en el hospital infantil de Vall d’Hebron —añade y entra sin permiso. Tampoco lo necesita.

Deja la bolsa de Pikotas y el ramo de flores sobre la mesa del recibidor. Cierra la puerta y me arrebata la copa de vino para dejarla junto a sus regalos.

—¿Qué haces aquí?

—Ahora mismo, bailar contigo nuestra canción —dice, cogiendo mis manos y haciéndome girar.

Yo sigo en estado de shock . Cada vez se parece más a uno de mis sueños, pero hay algo diferente—.

Nina Simone decía que el jazz no es solo música, es una forma de vida, de ser y una forma de pensar. Tú eres mi jazz , Naiara.

Si es un sueño no quiero despertar. Llevo tanto tiempo extrañándolo… y ahora aparece ahí, como si nada, diciendo cosas que no tienen sentido. Lo único que me importa es bailar con él esta canción.

Lo malo de nuestra canción es que solo dura dos minutos y medio. Después, vuelve a sonar y él suelta una risa alegre. Olvidé que la tengo en bucle.

—¡Para! No entiendo nada. ¿Por qué estás aquí? No tiene gracia.

—Dijiste que lo nuestro no funcionaría porque te ibas a ochocientos kilómetros y estaba casado —me recuerda.

—Y lo mantengo —afirmo, dando un paso atrás.

—¿No me has escuchado? Me he mudado y, por fin, estoy divorciado. Por eso he tardado tanto en venir a por ti —repite. Lo repite dos veces, pero sigue pareciéndome increíble. Su rostro se tensa y hace una mueca—. Espera, el hombre que ha salido antes es…

—Un excliente y, el lunes, mi jefe —le corto.

—Perdona, debí empezar preguntando… ¿Estás saliendo con alguien? —me pregunta, tenso.

—Llevo seis meses con la misma canción. ¿Contesta eso a tu pregunta?

—¿Qué es más probable: que me des una segunda oportunidad, o que no me perdones? Antes de que contestes, debes de saber que me muero por ser tu nutria —dice con una sonrisa tan encantadora como alegre.

Su último aporte me hace soltar una carcajada al aire. Mi corazón lleva un buen rato bailando al sonido de Sinatra. El vacío de mi pecho empieza a ser cada vez más y más pequeño.

—Es más probable que te de una segunda oportunidad —admito antes de lanzarme a sus brazos y besarlo. Sentir sus labios acariciando los míos, su lengua invadiendo mi boca y sus manos acariciando mi trasero, me vuelven loca y feliz—. ¿Tienes algo más que confesarme? —murmuro.

—Sí, que no hay nada como tú.