Nada como tú (Serie Nada 1) Disyuntivas, listas y decisiones complicadas
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Disyuntivas, listas y decisiones complicadas

NAIARA

Han pasado dos días desde que me llevé el maletín a casa. No lo he tocado. Al principio fue más fácil fingir que solo era un maletín sin importancia, pero la última noche no pegué ojo. Las palabras de Adrián no se me borraban de la mente.

«Si no fuera relevante, no estaría teniendo esta conversación contigo».

No dudo de sus buenas intenciones. Lo que no me gustó es que usase la carta de que era lo que mis padres querían.

La única vez que mis padres me sacaron ese tema tenía diecisiete años. Tampoco los dejé terminar y fui igual de tajante que con Verónica.

Ese tema siempre me hace sentir culpable.

Tan solo pensar en si debería leer los documentos me hace sentir como si traicionara a mis padres.

Como si no los quisiera. O que tener el mínimo conocimiento de los biológicos fuera a ser considerado una traición imperdonable.

Lo cual no tiene ningún sentido porque ellos querían hablarme de mis padres biológicos.

—¿Qué tal vas con las oposiciones? —le pregunto a mi hermano mientras termino de fregar los platos sucios.

Necesito dejar de pensar.

—Bastante bien. Gia me está ayudando a estudiar. Y he cambiado el francés por el italiano, es mucho más fácil.

Ese tema sí me interesa. Gia y mi hermano pasando tiempo juntos y a solas.

Los primeros dos días me convertí en su sombra.

No quería que Isaac hurgase en la herida de mi amiga.

Al observarlos, me di cuenta de que tenía doble intención: recibir su ayuda y entretenerla.

Con las clases particulares gratis se aseguraba de que no estuviera tanto tiempo sola.

—Profe nativa de italiano y gratis. Tienes un morro…

—No se lo digas, pero explica bastante bien. Con las técnicas de estudio que me está enseñando estoy avanzando mucho más con el temario —explica ilusionado.

—¿Por qué no puedo decírselo? No es nada malo.

Isaac se rasca la nuca, inquieto.

—Porque es raro. Siempre nos hemos picado y eso. Mola. No somos de andar haciendo cumplidos.

No puedo negárselo. Siempre han tenido ese rollo raro de piques continuos.

—Lo que tu digas, pero cuando apruebes, tendrás que invitarla a cenar. Es lo mínimo por aguantarte como alumno —sugiero como si le debiera la mitad de su vida.

Se encoge de hombros, pero sé que está reflexionando sobre eso justo ahora.

—Lo más probable es que acabemos bebiéndonos hasta el agua de los floreros.

—Parece visualizar su futura borrachera con Gia.

Isaac tuerce la boca y frunce el ceño—. En caso de que consiga el puesto —puntualiza.

No quiere hacerse ilusiones antes de tiempo y lo entiendo—.

Y tú, ¿qué? ¿Cuándo piensas leer lo que hay en el maletín?

Llevo dos días esperando. No entiendo por qué no estás intrigada.

Al final, lo voy a leer yo. Con o sin tu permiso.

Que mi hermano lleve dos días sin tocar el tema me parece excesivo y preocupante. No me sorprende que lo saque ahora.

—Aún no lo tengo claro.

—¿Por qué? Leerlo no te obliga a que los conozcas.

—No quiero sustitutos —me sincero.

—¿Sustitutos? —interroga, incrédulo. Me hago la sorda para no responder mientras me seco las manos.

En vez de captar la indirecta, insiste y se acerca—.

¿Te crees que papá y mamá han guardado eso para que no lo tengas?

Ellos sabían muy bien lo mucho que los queríamos. Lo mucho que los queremos, estén o no.

Primero Verónica, luego Adrián y, ahora, mi propio hermano. No puedo más y estallo. Era cuestión de tiempo.

—Estoy harta de que todos uséis esa baza para manipularme —espeto, rabiosa y señalándolo con un dedo—. Los únicos padres que he tenido están muertos y ningún otro, por biológico que sea, va a reemplazarlos. ¡Na-die!

Isaac se acerca y me abraza a la fuerza.

Intento apartarme, removerme y empujarle, pero sus brazos me aprisionan con más fuerza.

Y, entonces, me rindo y rompo a llorar en su pecho.

Primero por rabia. Después, por no ser capaz de sentir el odio necesario para quemar ese maletín.

La realidad me hace comprender que jamás volveré a ver ni oír a mis padres.

No sé cuánto tiempo paso llorando, solo paro al notar lo mucho que me duelen los músculos de los brazos.

Ni siquiera me doy cuenta de por qué, hasta que me veo abrazada a Isaac.

Él no me suelta ni perturba mi desahogo, me consuela en silencio.

—Ya era hora, Nai. Pensé que no los volverías a llorar —murmura Isaac entre el alivio y la tristeza.

No es que no los llorase, es que lo hacía en la soledad e intimidad de mi dormitorio, o en el cementerio. Llevo mucho tiempo haciéndome la fuerte ante el mundo. Es la primera vez que me desahogo de esta forma y me alegro de que sea con mi hermano. Es el único que puede entenderme.

—No es justo —sollozo, menos alterada y sin querer soltarlo todavía—. Ni siquiera pudimos darles un último abrazo ni un último beso.

Padres adoptivos o hermano adoptivo no está en mi vocabulario. Isaac siempre ha sido mi hermano de sangre y siempre lo será, aunque no compartamos la misma. Al igual que mis padres. No concibo otra forma de verlos.

—Ya lo sé. Las pandemias son una gran putada para los que perdemos seres queridos. Pero el tiempo que hemos pasado con ellos hemos sido felices —me recuerda.

—Los más felices —puntualizo con una sonrisa melancólica—. ¿Te acuerdas cuando perdiste tu camiseta favorita y mamá te dijo que la había donado por error? En realidad, tuvo que tirarla porque me puse a dibujar sobre ella.

—¡Qué cabronas! —dice riéndose—. Pues que sepas que papá me daba Pikotas a escondidas para hacerte creer que no había tantas.

—Eso es un golpe bajo, pero justo. ¿Por qué crees que me hago la tonta cuando sé que, hoy en día, me las robas? Sé que te hacen recordarlos.

—Te pusiste como una fiera cuando te dijeron que eras adoptada.

—Porque era como si me estuvieran dando la opción de irme con otra familia, como si creyeran que no iba a quererlos. La biología o la genética no te convierten en padre o madre, lo hacen los hechos y unos papeles no van a cambiar eso.

Llevo tanto tiempo dándole vueltas a qué podría haber hecho para evitar que mis padres fueran afectados por el COVID que olvidé recordar la felicidad en la que nos criaron. Sé que es tópico, pero eran los mejores padres del mundo.

—Espero que el miedo a otra pandemia no sea el motivo por el que no te vas a vivir con Adrián.

—¿Qué? ¿Y tú cómo sabes que…?

El papel de cocina entra en mi campo visual y cojo un trozo para limpiar los efectos de mi reciente llanto.

—Me lo ha contado —me interrumpe—. En realidad, antes de proponértelo, me preguntó si me parecía demasiado pronto o intenso.

No puedo evitar sonreír por la confianza que se tienen a pesar de que su hermana le haya roto el corazón por primera vez.

—Solo han pasado dos días y, aunque duerma con él cada noche, no me está presionando. Pero, para tú información, le voy a dar una respuesta esta noche.

—No he visto ninguna maleta o caja preparada. Como le digas que no, yo mismo te obligaré a irte. —Casi suena a amenaza.

No voy a mentir, me hace ilusión que mi hermano no tenga pegas en cuanto a mi relación con Adrián.

No necesito la aprobación de nadie, pero sí es importante para mí que él lo acepte.

Es la primera vez que pienso en convivir con alguien que no sea mi propio hermano.

Es un paso importante y no quiero precipitarme.

—He preparado una bolsa de deporte con cosas básicas —le informo—. Es más prudente probar un mes antes de que sea algo definitivo.

—¿Un periodo de prueba de convivencia? —indaga.

—Más o menos, sí. A nosotros nos ha costado compartir piso y llevamos toda la vida juntos. A Adrián lo conozco de hace menos de cinco meses.

Isaac me mira y asiente ante mi racionamiento. No puede objetar nada. Sabe tan bien como yo que los periodos de adaptación son importantes. El timbre suena y me mira, extrañado.

—¿Esperas a alguien?

—A Sergio, pero podemos salir. Así no te molesta.

—No, que se quede. Tenías razón, me equivoque con él. Mi reticencia tenía más que ver con el hecho de que un hombre y una mujer no pueden ser amigos, pero empiezo a creer que sí —admite.

¿Mi hermano admitiendo que comete errores? Creo que está empezando a madurar. Es él quien se adelanta para abrir. La primera vez que va corriendo a abrirle la puerta a Sergio. Es irreal.

Desde la cocina percibo que están hablando y, cuando me parece que Sergio tarda más de la cuenta en aparecer, salgo en su búsqueda por miedo a que discutan.

Están sonriéndose y no hay mal rollo ni tensión en el ambiente.

Nunca creí en los milagros, pero, con lo que estoy viendo, empezaré a creer.

Al final, se dan un abrazo amistoso que me deja alucinada.

—Os dejo que os pongáis al día. Si necesitáis algo, estaré en mi cuarto empollando —se despide mi hermano.

—¿Tan fácil? —pregunto incrédula cuando Isaac se mete en su cuarto.

—Los tíos somos más simples y menos rencorosos. A los dos nos han roto el corazón y eso une —explica Sergio medio orgulloso, medio chulesco.

La incredulidad se apodera de mí y entorno los ojos. Hace menos de diez segundos que son amigos y ya presume de llevarse bien con Isaac.

—¿Has hablado con ella? —evito decir su nombre por si le hace daño.

—Sí y lo hemos dejado.

¿En plural? Me sorprende después de verla salir tras él la noche de la última fiesta.

—Salió detrás de ti en la fiesta. No creo que ella quiera dejarte.

—Cierto —parece envalentonarse—. ¿Qué cojones? No le debo nada. ¡La he dejado yo!

Si esa es su forma de pasar por el duelo, no voy a ser yo quien le baje de su nube de prepotencia. La necesita para no hundirse. Cojo unas cuantas Pikotas del cajón de la cocina y luego llevo a Sergio hasta el salón.

—¿Quieres que hablemos de tu… soltería?

—No —dice tajante—. Me ha puesto los cuernos con varios hombres. No es un error, es una elección. ¿Qué más quieres que te diga? No es algo que perdone. Duele, sí. Pero no me voy a hundir en un pozo de rencor y tristeza. No se lo merece.

A veces, da miedo lo frío que puede llegar a ser. Pero creo que es lo mejor; aceptar el dolor sin llegar a dejar que te domine.

—Tienes razón, perdona.

—¿Este es el famoso maletín? —pregunta cuando coge el mando de la televisión.

—Sí —respondo sin ganas.

—¿Por qué no has llamado a Gia y Ariadna?

—Si decido no abrirlo, lo harían por mí. No quiero que me fuercen a tomar una decisión.

—Las tías sois muy cotillas —se burla con cariño.

—¿Tú qué harías?

—¿Ahora mismo? Abrir la cremallera para que solo tengas que meter la mano —propone con una sonrisa.

Suelto una carcajada con su practicidad.

—¿Tu nueva soltería viene con el sentido del humor en el culo? —acuso con cariño.

—Da igual a quién pidas opinión. Creo que todos te vamos a decir lo mismo. Al final, la que tiene la última palabra eres tú.

Tiene razón. Este sí es Sergio. Lo echaba de menos.

—No es fácil cuando todos me decís que lo lea.

—Olvídate de todos nosotros. ¿Sabes lo que podrías hacer? Una lista de pros y contras.

Por eso lo he llamado a él y no a las chicas. Necesito a alguien con la mente fría para poder tomar la mejor decisión. Y, sin duda, una lista es la mejor opción hasta el momento.

—Antes de hacer la lista, tengo algo que contarte.

No le doy muchas vueltas y le cuento la propuesta que me hizo Adrián hace un par de días. En realidad, le relato gran parte de ese día. Desde su petición de ser novios delante de su hija hasta la propuesta de mudanza. También el periodo de prueba que le quiero proponer esta noche.

—Creo que el periodo de prueba está bien.

Vivir con alguien no es fácil, pero me alegro de que lo hagas con Adrián.

—Tras su clara y concisa respuesta, se pone en pie y rebusca en uno de los cajones del mueble del salón.

Saca una hoja de papel y un bolígrafo y vuelve a sentarse a mi lado—.

No te escaquees. Ponte a hacer la lista ahora —me ordena.

Contras:

Mis padres biológicos nunca se han preocupado por conocerme.

Miedo/angustia por lo que hay dentro del maletín.

No tiene sentido saber de ellos ahora.

Sentiría que soy desleal a mis padres.

Si me hubiesen querido, no me habrían dado en adopción.

Pros:

Mis padres querían que tuviera todo lo que hay en el maletín.

Me tomo muy en serio la lista. Sergio se pone a ver una serie en Netflix para dejarme a mi aire. Estoy esforzándome por encontrar más pros, pero por mucho que piense, no hay ninguno más. Cuando Sergio está casi a final del capítulo, me rindo y dejo de escribir.

—Ganan los contras. No lo abriré —decido y le muestro mi lista.

—¿Segura? —pregunta Sergio. Pone en pausa el capítulo, me arrebata la lista de las manos y señala la única frase positiva—. Sé honesta, Nai. ¿Esto te importa más que la lista de contras?

Repaso la lista punto por punto e intento ser tan fría y objetiva como lo es Sergio.

¿Y si dentro del maletín hay algo que demuestre que estoy equivocada? Mi miedo a lo que pueda llegar a encontrar empieza a ser mayor que mi convicción de negarme a saber. No quiero seguir revisando los contras; acabaría cabreándome conmigo misma.

—Odio que tengáis razón; tengo que abrirlo —admito y me dejo caer hacia atrás en el sofá.

—¿A qué esperas? Vamos —me invita a abrirlo.

—Ahora vamos a ver otro capítulo de esa serie. Abriré el maletín, pero debo hacerlo sola.

La decisión está tomada; lo leeré. Pero necesito tomarme mi tiempo para aunar toda mi valentía para enfrentarme a ello.