Asuntos pendientes
ADRIÁN
No quiero perturbar su paz ni la rutina tan bonita que estamos construyendo, pero hay charlas que no puedo posponer más; Valentina ha empezado a hacer alguna que otra pregunta incómoda cuando Naiara no está. Por mucho que evitemos besarnos ni tocarnos delante de la niña, no es idiota.
El café me sienta mucho mejor desde que tengo esta imagen casi todas las mañanas. Naiara, Valentina y yo desayunamos en la cocina. No me hacen ni caso. Juegan a prepararse las tostadas la una a la otra con dibujos de mermelada que solo ellas entienden.
—Valentina, ¿qué te parece Naiara?
Noto su mirada clavada en mí, tensa. Tal vez me eche la bronca más tarde, con razón, ya que quedamos en hacerlo juntos. A pesar de su obsesión por organizar cada momento, me parece el instante perfecto.
—Es supermolona. Casi tanto como la profe Gia.
Nos miramos y me tranquiliza ver que no le parece mal que nombre a Gia. Lo último que quiero es que ella vuelva a compararse con su amiga, o que vuelva a sentirse insegura.
—¿Te gustaría que Naiara y yo fuéramos novios?
—¿No lo sois? —pregunta confundida y mira a Naiara.
La curiosidad de mi hija me fascina, excepto cuando me responde con otra pregunta y se desvía del camino que tenía trazado en mi mente.
—Me lo tiene que pedir delante de ti para serlo y no puede hacerlo sin tu permiso —explica Naiara a mi hija.
Valentina sonríe y se levanta de la silla. Pospone su desayuno para acercarse a mi dando saltitos por el camino. Me agarra del brazo y tira de mí.
—Vamos, papi. Pídeselo. ¡Pídeselo! ¡Vamos! ¡Pídeselo ya!
La emoción de mi pequeña aviva mis nervios. Aunque ella no lo entienda, es un momento importante para mí. No me suelta hasta que estoy al lado de Naiara, que me mira con diversión.
—¿Quieres ser…?
—¡No! ¡Así, nooo! Tienes que arrodillarte y pedírselo por favor —me regaña mi hija.
Levanto las manos para pedir clemencia, alucino con Valentina. Naiara contiene una risa y finge ponerse seria para darle el dramatismo que la niña necesita. Hinco la rodilla en el suelo y cojo su mano con delicadeza.
—¿Te gustaría ser mi novia… por favor?
Las dos sonríen ante mi petición y Naiara se mete en su juego de cabeza.
—¿Qué le digo? —le murmura, nerviosa.
—Dile que sí, Nai —responde Valentina con el mismo secretismo, aunque estén a menos de veinte centímetros de mí.
—Está bieeen. Acepto —responde de manera cantarina e infantil.
—Ahora tenéis que daros un beso —nos explica como si fuera la maestra de ceremonias.
Aprovecho sus instrucciones para normalizarlo lo antes posible y pego mis labios a los de Naiara antes de que pueda negarse u objetar algo al respecto. Valentina aplaude y la preciosidad que tengo delante se separa de mi boca.
—¿Vas a ser mi mamá?
Su mirada se sorprende ante la pregunta de la niña, pero se recompone al instante.
—Mejor. Voy a ser tu mejor amiga —dice emocionada.
—¡Qué pasada!
Su pequeña charla me ilusiona. Me pongo de pie como un resorte en cuanto veo la hora que es y doy una palmada para llamar su atención.
—Termina de desayunar, que vamos a llegar tarde al cole.
Vuelve a su silla tan veloz como un rayo.
Aprovecho que ya no tenemos que disimular delante de ella y estampo un beso en los labios de Naiara.
Sus dedos acarician mi nuca y vuelve a apartarme.
No por la niña, sino por sus ganas de continuar.
Acaba con el resto de su tostada y su zumo en menos de un minuto.
Naiara dice que se encarga ella de organizar para que no perdamos tiempo.
Valentina busca su mochila y se acerca a ella para darle un beso y un abrazo.
Es la primera vez que se despide de ella con tanto cariño e ilusión.
Ella se la come a besos, le pide que juegue mucho y se porte bien.
Le prometo volver lo antes posible. Hoy tengo turno de tarde y pienso aprovechar mi tiempo con ella.
Hay dos cosas pendientes que debo hablar con ella; una más complicada que otra.
Hace unos días, Naiara me contó cómo acabó la quedada entre Ariadna, Gia y ella. Por eso, cuando dejo a Valentina en el colegio, cruzo algunas palabras más con ella como amigos que somos. No quiero que lo pase mal.
En el camino de vuelta, mi impaciencia hace acto de presencia. A un par de minutos de llegar, me detengo en doble fila junto la floristería. Entro a toda prisa y me encuentro con la misma mujer que me atendió. Me mira y entrecierra los ojos.
—Buenos días. ¿Tulipanes morados?
Su saludo me hace sonreír y asiento. Sin duda, es buena en su trabajo y quedándose con las caras.
—Buenos días. Sí, por favor.
—Me alegro de que funcionaran.
—Han funcionado tan bien que ahora es mi novia —digo con un orgullo e ilusión imposibles de disimular.
La sonrisa de la dependienta se ensancha y asiente como si se sintiera parte de mi felicidad. De alguna manera, lo es. No tarda en preparar un ramo, es más bonito que el último. Vuelvo a dejar propina, le doy las gracias por cuarta vez y me apresuro para evitar multas.
El ascensor se me antoja lento. Con las llaves en la mano y el ramo de tulipanes en la otra, estoy impaciente por volver a verla. En cuanto cruzo la puerta, la veo salir del salón completamente desnuda.
—Te queda muy bien.
—¿El qué? —pregunta y me mira como si no me hubiera dado cuenta de su desnudez.
—Pasearte desnuda por casa.
Ella ve el ramo y se acerca con la ilusión de una niña.
—¿Son para mí? —pregunta, pero yo me quedo embobado con su cuerpo—. Ojos arriba, Doctor Sabiondo —me ordena.
—Eres una provocadora. Así no hay quien ponga las neuronas a funcionar.
—Voy a acostumbrarme a que me compres flores —me advierte—. ¿Por qué repites con los tulipanes morados?
Me coge la mano y me lleva a la cocina para ponerlas en agua. Tiene un culo precioso. La cocina está ordenada e impoluta, no me sorprende de la reina de la organización.
—Porque quiero tener algo que sea cien por cien nuestro y, por mucho que me guste acampar contigo o hacerte listas de jazz , sé que eso no me pertenece del todo.
—Yo no te he dicho nada del jazz .
—¿Me equivoco?
—No, Doctor Sabiondo. La música era cosa de mi madre. Desde pequeñita recuerdo que solo ponía ese género y, con el tiempo, me encanta y me tranquiliza en mis peores momentos.
—¿Sabes qué creo? —digo mientras me quita el abrigo con claras y prometedoras intenciones.
—¿Que eres muy avispado y eso resulta ser muy sexy ? ¿Que tienes demasiada ropa? —Su voz es sugerente, irresistible.
Naiara me hace perder la cabeza cuando empieza a besarme en el cuello. Mis manos van directas a su culo respingón para acariciarlo y las suyas no pierden el tiempo, desabrochando mi camisa. Quiero seguir y llevarla a la cama, pero recuerdo que tengo cosas pendientes y resoplo con resignación.
—Hablo en serio, reina. —La detengo, pero no quito las manos de su trasero—. Creo que deberías traer más cosas.
—¿Qué cosas?
—Ropa, cremas y esas cosas sin las que no podéis vivir las mujeres.
Ella me rodea con los brazos y se aparta lo justo para observarme. Me regala una sonrisa ladeada.
—Menos mal que no eres de los que hacen las cosas a medias, de serlo eso sonaría a petición cutre —me acusa en tono divertido.
— Touché . Lo que quería decir es… —Me aparto y me arrodillo delante de ella—. ¿Vivirías conmigo… por favor?
Su risa llena la casa en cuanto escucha mi imitación, justo como mi hija dijo que debía de hacer las preguntas importantes. Tener su sexo desnudo delante de mi cara me impide mirar a otro sitio. Mis manos acarician sus piernas de forma ascendente. Es la viva imagen de la perdición.
—¿Puedo pensármelo? —pregunta y alza mi barbilla para que la mire a los ojos. Con un gesto me pide que me levante y yo obedezco.
—Puedes hacer lo que quieras, eres la reina de la casa.
Gran parte de mi valentía para proponerlo es gracias a ella y lo claro que parece tenerlo todo, incluso cuando decide mostrarse vulnerable. Por eso sé que, si me pongo un poco intenso, ella no saldrá corriendo.
Con media camisa abierta, sus manos vuelven al ataque y antes de volver a caer en su sensualidad, la detengo.
—Tengo que hablar de algo importante contigo. Ponte algo encima, no puedo concentrarme —aviso sin rastro de diversión en mi voz.
No le gustará, pero tengo que intentarlo.
Nota mi inquietud y deja de ser tan juguetona para ser más precavida.
Emprende el camino a la habitación y vuelvo a abrocharme la camisa.
Decido esperarla en el salón. Estoy buscando en una de las puertas del armario lo que mi madre me entregó ayer, cuando decidió esperarme a las puertas del hospital para tener una charla rápida.
Una encerrona en toda regla. Ella aparece con su batín corto de seda rosa y tengo que echar mano de todo mi autocontrol para no volver a tenerla como antes… desnuda.
—Siéntate —le pido mientras saco el maletín—. Naiara…
—No —dice tajante, interrumpiéndome.
—Aún no te he dicho nada —digo confuso.
—Es el maletín de tu madre. —Apunta con el dedo al maletín y frunce el ceño. No lo quiere cerca, pero lo dejo sobre la mesita que hay delante del sofá—. ¿Te ha usado de mensajero del diablo?
Es tan preciosa como inteligente.
—Más o menos, pero…
Con solo una mirada hace que me calle. Suspira y se levanta para esquivar la presencia del maletín.
—No me interesa saber quiénes son los biológicos. Han tenido veinticinco años para preocuparse por mí y no lo han hecho.
—En eso te equivocas —aseguro.
—¿Perdona?
Está empezando a enfadarse, pero no puedo dejar pasar este tema. No después de lo que leí y lo que me contó mi madre.
—No pretendo que conozcas a nadie que no te apetezca —aclaro—. Tienes que leer lo que hay en el maletín, Naiara.
—¿Lo has leído? —Noto la molestia en su voz y, por si fuera poco, se cruza de brazos dejándome claro que no le gusta nada tener que hablar de esto.
—Sí, y te pido disculpas por invadir tu privacidad —comienzo, y le rodeo la cintura para que no se aleje de mí—. Tenía que hacerlo antes de decidir si ayudar o no a mi madre. Te aseguro que, si no fuera relevante, no estaría teniendo esta conversación contigo.
Conozco su bondad y noto que el tema le resquema más de lo que pretende hacerme ver, por eso deseo que lea los documentos. Estoy seguro de que, cuando sepa lo que hay dentro, lo verá con otros ojos.
—¿Por qué no podéis respetar mi decisión?
—No soy tu enemigo, Naiara —le recuerdo.
Tomo sus manos y deshago el nudo de sus brazos para poder llevarme sus dedos a mis labios.
Los beso con mimo, intento demostrar que estamos en el mismo equipo—.
No voy a insistir si sigues tan segura de que no quieres saber nada, pero, si tus padres querían que los documentos llegasen a ti, es por algo.
No me gusta recurrir a sus padres para explicarle que es importante, pero sé que considerará sus voluntades.
Ni la charla de mi madre ni lo que yo pueda decirle llegarán a ablandarla.
Aguanto su silencio, le doy tiempo para que mastique lo que le acabo de decir y acaricio sus manos con delicadeza.
Apresurarla en un tema tan delicado no sirve de ninguna ayuda.
—¿Te vale si prometo pensármelo? —pregunta con más resignación que determinación.
—A quien le tiene que valer es a ti. Yo aceptaré cualquiera decisión que tomes. Solo prométeme que no te enfadarás conmigo por esto.
—Te lo prometo —sonríe, con hoyuelos incluidos, prueba de que ya no está enfadada conmigo—. ¿Nos vemos esta noche?
—¿Ya te vas? Tenemos una cosa pendiente —digo, jugando con el lazo de su batín.
—Haberlo pensado antes de pararme para hablarme del maletín.
Mientras sale del salón, hace énfasis en la palabra maletín como si fuera algún absurdo tesoro del que prefiere burlarse. De paso, me recuerda que he desaprovechado una oportunidad de hacer el amor con ella. Aunque, si es para cumplir con el deseo de sus difuntos padres, vale la pena.
—¿Te vas por estar molesta conmigo? —pregunto sin poder evitar seguirla hasta la habitación.
—No. Me voy porque el portátil para trabajar lo tengo en casa —aclara y empieza a ponerse la ropa interior.
—¿Ves? Eso no pasaría si vivieras aquí. Una razón más para mudarte.
No desaprovecho la ocasión para recordarle mi propuesta, por intenso que pueda parecer.
—En eso también pensaré —promete, divertida.
Intento esconder lo que le queda de ropa, pero ella es más rápida y hábil.
Finge un acercamiento para robarme su blusa y sus pantalones, que escondo de forma penosa tras mi espalda.
Aprovecho para besarla hasta que logra hacerse con ellos.
Disfruto de su risa y de que me devuelva cada beso.
En la puerta, la detengo para darle un largo e intenso beso en los labios.
Naiara se encamina al ascensor y apuro el paso para darle el maletín.
Lo coge a regañadientes y pone los ojos en blanco.
—Cuando acabe de trabajar, te paso a buscar. Necesitarás ayuda para la mudanza. —Un último intento para que no lo olvide.
Su respuesta viene en forma de sonora y feliz carcajada.
Con ella me siento como un adolescente enamorado. Tengo la esperanza de que diga que sí a mis dos propuestas: vivir juntos y que lea los documentos.