La explosión de Gia
NAIARA
Tras aquella noche, las cosas fueron a mejor.
Por nuestros complicados horarios, después de cenar hasta el desayuno me quedaba con Adrián en su piso.
Descubrí por primera vez cómo era su casa con Valentina: un caos.
Y, cuando tenía turno de noche, su hija y yo nos quedábamos solas.
Todavía no habíamos hablado con ella, pero parecía cómoda con mi presencia en su casa.
El día G no tarda en llegar. Por fin, Gia propone que quedemos las tres; debe contarnos algo importante. Al menos, a Ariadna, quiere confesarle la verdad sobre lo que siente por Isaac. Sin embargo, no deja de hablar de todo menos de eso. Necesita un empujoncito, y yo más paciencia.
—¿Se lo vas a contar o se lo cuento yo? —la interrumpo cuando comienza a hablar de las novedades que ha visto en Zara.
Gia me mira como si quisiera matarme y contengo una sonrisa. No soporto más sus rodeos. Al mismo tiempo, me parece superdulce que esté tan nerviosa. Abro la boca, amago con soltar su secreto y ella resopla, resignada.
—Estoy enamorada de Isaac.
¡Por fin! Siempre funciona.
Ariadna levanta las cejas y me mira a mí en una especie de confusión. Le sonrío y esperamos a que lo procese. Pasea su mirada de Gia a mí y viceversa.
—¿No le vas a decir nada? —pregunto.
—¿Qué tengo que decirle?
—Se supone que es un bombazo, algo tendrás que opinar, ¿no? —le ruega Gia, que sigue de los nervios.
—Bueno… Me sorprende que lo confieses, pero no me parece tan raro. Los dos sois parecidos y encajáis muy bien —responde Ariadna con una calma que a mi amiga le empieza a resultar irritante—. ¿Desde cuándo…?
—Desde siempre.
—Tiene sentido. Los dos novios que has tenido no te duraron ni un año.
—Ariadna se está ganando a pulso el puesto de la más coherente y comprensiva del grupo.
Da un lento sorbo a su gin-tonic y reflexiona.
Se toma su tiempo—. ¿Y él qué te ha dicho?
No se lo habrás confesado a mitad de un polvo, ¿no?
Gia suelta una carcajada con las erróneas suposiciones de Ariadna. Incluso a mí me saca una sonrisa su conversación.
—No lo sabe y no lo sabrá nunca —advierte, nos apunta con su dedo índice.
—¿Por qué no? —cuestiona Ari.
Se le cambia la cara y suspira con tristeza.
—Sé cuál será su respuesta y paso de que me mire con compasión por rechazarme.
Ni ella ni yo podemos con que alguien sienta compasión de nosotras, también soy consciente de que quien no arriesga no gana.
—Eso no lo sabes —decimos Ariadna y yo al unísono.
—Lo sé. Tengo mis razones para estar segura.
—Ah, ¿sí? Sorpréndenos —digo molesta. Me parece injusto que lo dé por hecho sin poner las cartas sobre la mesa con mi hermano.
—No me hagas ilusiones solo por quererme como cuñada. —Su tono habitual cambia a uno más bajo. Intenta sonar tan divertida como siempre, pero me percato de que le está afectando más de lo que creía—. Bastante duro es que…
Gia no logra terminar la frase. El labio inferior le empieza a temblar y termina por cubrirse la cara con las manos. Ari y yo nos miramos sorprendidas. Jamás la hemos visto tan sensible y, mucho menos, llorando. Las dos saltamos hasta ella para abrazarla y consolarla.
—Tranquila —susurra Ari, acariciando su espalda.
—No es justo —solloza—. Tatiana es la primera con la que quiere algo serio y la muy zorra le ha tratado fatal. En vez de sanar, ahora parece querer emparejarse con cualquiera. Ni siquiera conoce a Carla y la invita a todos los putos sitios a los que va. ¿Y yo qué?
—Tú deberías hablar con él y decirle lo que sientes —le susurro.
No puedo evitar emocionarme al saber que está sufriendo.
Comprendo sus razones. Verlo enrollándose con otras no le afectaba, otra cosa muy distinta es que lo vea en pareja.
Imagino a Gia sola en su casa después de enterarse de su relación con Tatiana y me siento culpable por no estar con ella.
Ninguna la soltamos, dejamos que se desahogue.
—Chicas… —La voz de mi hermano nos tensa a las tres.
¿Qué coño hace mi hermano aquí? Algunas casualidades son muy inoportunas. Ari y yo no soltamos a Gia para protegerla y que él no la vea llorando. Gia se limpia las lágrimas con rapidez y nos aprieta las manos, indicando que está bien.
—Tengo que irme —logra decir en un hilo de voz.
Mi hermano se queda paralizado. Es la primera vez que la ve así, que ella lo ignora y no le llama bombón con una de sus divertidas sonrisas.
—¿Por qué llora? ¿Qué le ha pasado? —consigue articular palabra cuando ella se levanta y emprende su camino.
No sé qué decir. No se me ocurre una mentira lo suficientemente buena. No quiero delatarla ni mentirle a él. Por suerte, no estoy sola.
—El amor —contesta Ari, con un gesto despreocupado para que no le dé la importancia que en realidad tiene.
—Si fuera amor, no estaría llorando —replica mi hermano, con el ceño fruncido y con la mirada clavada en Gia, que sigue alejándose. Cuando la pierde de vista, vuelve a mirarnos a nosotras—. ¿Quién ha sido el capullo que le ha hecho daño?
—No lo conoces —contesto nerviosa.
—No necesito conocerlo para romperle la cara —asegura, tenso.
Ariadna y yo nos miramos sorprendidas por la preocupación que demuestra tener por Gia. Me ilusiona pensar que, tal vez, ahora que empiezan a pasar tiempo juntos por el tema de su oposición, se dé cuenta de lo que tiene delante de sus narices.
—Déjalo estar. En caso de que sea necesario, lo haremos nosotras —zanja Ari.