Nada como tú (Serie Nada 1) Quiero estar contigo
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Quiero estar contigo

ADRIÁN

Seis días sin poder quedar con Naiara es demasiado tiempo. Esta semana me han tocado los peores turnos y apenas puedo permitirme pasar un par de horas al día con mi hija.

Estoy agobiado. No es solo por del trabajo. Naiara lleva rara conmigo desde la última noche en que nos vimos. Aquella noche no esperaba que se durmiera tan pronto. Lo que más me preocupa es que, al despertar, me encontré con un hueco vacío. Se había ido en mitad de la noche; sola y sin despedidas.

El lunes y el martes le propuse varias veces pasarme por su piso cinco minutos, solo para verla.

Pero decía estar ocupada y yo la creí. Al menos, hasta mi tercer intento del miércoles, cuando dijo no poder quedar porque estaba con Ariadna y Gia.

Algo complicado de creer, ya que yo estaba con la italoespañola tomando un café.

No me gustó que me mintiera. Lo hablé con Gia y, al percibir mi desilusión, decidió ayudarme.

En menos de diez minutos, organizó un plan que implicaba una casualidad forzada.

Consistía en encontrarnos en la misma discoteca con nuestros respectivos grupos de amigos.

Confío en Gia. Es la mejor opción que tengo para poder verla y entender qué pasa.

A situaciones desesperadas, medidas desesperadas.

Y aquí estoy yo, custodiando la puerta de entrada con la mirada desde hace una media hora.

Fidel, Luis y Paula están conmigo, cerca de la barra.

Luis no quería venir, no le gustan estos juegos.

Pero Paula lo convenció. Ella quiere saber si saldrá bien el plan.

No la culpo, necesito que el plan salga bien.

Y Fidel… bueno, creo que aceptó como tabla de salvación; por si el plan falla.

—Tranquilízate, llegará —dice Fidel, dándome una palmada en el hombro para infundirme ánimos.

Miro la hora por vigésima vez. Las once de la noche. Me quedo embobado con mi fondo de pantalla, es la única forma que tengo de verla desde el último sábado.

—Ahí la tienes.

La voz de Luis me hace levantar la vista del móvil y la veo entrar junto a Ariadna, Isaac, Gia, Sergio y otra mujer que no conozco. Naiara es la mujer más guapa y atractiva del planeta. Le sonríe a Ariadna y deseo ser el causante de su sonrisa.

—¿Quién es? —pregunta Paula.

—La que se parece a Zendaya —responde Fidel. Su comparación no me molesta, pero Naiara es única—. Voy a por otra ronda.

—Voy yo.

Me adelanto a él y tomo rumbo a la barra. Gia me dijo que fingiríamos un encuentro casual en la barra y pienso seguir el plan, punto por punto. No suelo hacer este tipo de cosas, pero por ella haría cualquier cosa.

—¡¿Adrián?!

Gia empieza su show . Me giro y me hago el sorprendido al verlas.

—Qué casualidad —finjo lo mejor que puedo.

Los latidos de mi corazón rebotan con fuerza.

Saludo a Gia y Ariadna y noto que ella ya no sonríe.

Estoy de los nervios. Me acerco a ella y la saludo con un beso en la mejilla.

No sé si le hace ilusión verme o está incomoda—.

Estás preciosa —murmuro al oído antes de separarme de ella.

—¿Has venido solo? —pregunta Gia.

—No, he venido con unos amigos.

Isaac, Sergio y la chica desconocida se unen a ellas. Supongo que es Laura, ya que va de la mano de Sergio.

—Podríamos juntarnos todos —sugiere Gia.

Ariadna y Naiara miran a Gia, creo que ninguna quería esa propuesta.

El camarero me sirve la ronda que pedí hace un par de minutos.

—¿Me echas una mano? —le pregunto a Naiara—. Estoy con Fidel, Luis y su novia. Así te la presento.

—Yo te ayudo —interfiere Ariadna—. Gia, pídenos un par de mojitos de fresa.

Naiara no dice nada. Me queda claro que no quiere acercarse a mí. No saber la razón me inquieta y no me parece justo que no me lo diga. Asiento en silencio y le paso a Ariadna la copa de Fidel.

—¿Sabes por qué está así conmigo? —susurro en el oído a Gia, que se encoge de hombros como respuesta.

El camino de vuelta con ellas es silencioso.

Por la actitud de Ariadna, puede que sepa qué le pasa a Naiara.

Hago las presentaciones oficiales y noto que Paula me mira con compasión.

Fidel escanea a Ariadna con un disimulo impropio en él.

Gia, Isaac, Sergio y su acompañante se unen.

Gia se presenta sola y, acto seguido, incluye al resto.

La energía de Gia hace que Fidel la mire con su descaro innato.

Pero al ver a Laura, su mirada es diferente, casi analítica.

Todos se ponen a bailar. Luis intenta animarme y me arrastra a la pista. Sin embargo, Ariadna sigue siendo un muro humano. No deja que me acerque a Naiara. Cada segundo que paso sin poder tenerla cerca, mi frustración y desilusión crecen.

En la cuarta ronda y con más de ocho intentos fallidos de acercamiento, me entra el bajón y me voy solo a la barra. Un familiar picor detrás de los ojos me pone en alerta.

«No vas a llorar en una puta discoteca. Aguanta».

Me duele que les sonría a sus amigas, a los míos… a Sergio. A todos, excepto a mí. Estoy celoso y desesperado por no ser la razón de ni una sola de sus sonrisas esta noche.

—Te voy a echar una mano. —Ariadna aparece a mi lado y pide dos mojitos de fresa al camarero.

—¿Por qué? Llevas media noche impidiendo que me acerque a ella.

—He visto cómo la miras y Gia no te va a contar lo que le pasa porque solo me lo ha dicho a mí.

—Necesito saber qué pasa para arreglarlo. Sea lo que sea —ruego.

—Está insegura. No ha parado de compararse con Gia toda la semana.

—¿Qué? ¿Y por qué es culpa mía?

No quiero quitarme responsabilidad, pero necesito entender cómo su inseguridad tiene que ver conmigo para arreglarlo.

—Me ha contado que después del sexo te fuiste directo al baño. Sin hablar, sin un beso. Tú no tienes la culpa de su inseguridad, pero entiendo que eso la haya llevado a protegerse a su manera.

Es por mi culpa.

—Eso no… No es lo que cree, joder.

—Mi lado cotilla quiere saber la razón detrás de tu pésima escena postcoital, pero ella merece escucharlo en primicia.

El camarero le trae las copas. Ariadna me pasa la de Naiara para que se la lleve yo mismo. Con mi Negroni a medio terminar y su mojito de fresa, voy directo a ella. Está hablando con Sergio y Laura, pero no me importa interrumpirlos para reclamar su atención.

—¿Podemos hablar? —pregunto. Los tres se callan y ella se gira para mirarme. Laura tira de la mano de Sergio y nos dejan solos. ¡Ya era hora! Su mirada cae en el mojito y se acerca para cogerlo. Interpreto que quiere seguir escuchándome y decido ser directo—. ¿Por qué te alejas de mí?

—No estoy alej…

—No me mientas más, por favor —la corto en un ruego—. Los dos sabemos que llevas una semana evitándome.

—Tienes razón —admite, derrotada—. No se me da bien iniciar conversaciones incómodas.

—Vamos fuera. Quiero escucharte sin música alta ni distracciones. —Le ofrezco mi mano y, aunque tarda unos segundos eternos y angustiosos, acaba entrelazándola con la mía.

Solo me ha cogido la mano y mi corazón amenaza con salírseme del pecho.

Mi ilusión quiere ver eso como un avance, pero mi cabeza me dice que no me precipite.

Todo mi ser quiere parar y besarla, pero no es el momento.

Quiero arreglar las cosas y que sea ella la que decida si quiere volver a lo que teníamos.

El aire frío de la calle me cala hasta los huesos y ella está sin chaqueta. Le pongo la mía para que no se congele.

—¿Tengo que decirlo? Te he visto hablar con Ariadna y apuesto a que se ha ido de la lengua.

—Sí, pero creo que merezco que seas tú quien me lo diga —respondo. Ella frunce los labios y aparta la mirada con reparo—. ¿Sería más fácil si no me ves? —indago. Ella hace una mueca y asiente con vergüenza—. Dame tu copa.

Naiara me la entrega sin dudar y la dejo junto a la mía, sobre un pequeño muro. Me coloco a su espalda y observo cómo se cobija en mi chaqueta. Ojalá me permitiera abrazarla. Aun así, parece no atreverse y cubro sus ojos con mis manos.

—Cuando te fuiste directo al baño, pensé… —se detiene y resopla, nerviosa. El roce de sus pestañas en las palmas de mis manos me anuncia que cierra los ojos—. Sé que no soy Gia. Entiendo que no fuera como esperabas.

—No tienes que imitar ni compararte con nadie. Eres Naiara, joder. Eres perfecta. Y fue mil veces mejor de lo que esperaba —le susurro al oído.

—¿Y por qué actuaste tan raro? —pregunta. Acto seguido, aparto mis manos de sus ojos. Se da la vuelta para mirarme—. Parecías tan… frío.

—No te asustes —le advierto—. ¿Preparada?

—Adelante —dice, luchando con sus nervios.

—Me fui para controlarme. Necesitaba esos minutos para seguir el consejo de Fidel y no asustarte con lo que quería decirte.

—¿Qué ibas a decirme? —pregunta con exasperación.

—Te quiero. Eso es lo que iba a decirte y por eso hui al baño —confieso.

Una parte de mí siente que he tardado demasiado en decírselo.

Naiara se paraliza, con sus preciosos ojos clavados en mí—.

Te quería esa noche, te he querido toda la semana que has pasado de mí y te quiero ahora, joder. Ya está, ahora huye o quédate.

Naiara me mira con los ojos muy abiertos.

No habla. Un nudo se instala en mi garganta.

Parpadeo y se me escapa un par de lágrimas.

Las limpio con rabia, rapidez. Tengo el corazón al borde de un precipicio.

No hay reacción por su parte y estoy a punto de dar el primer paso para irme.

Entonces, su mano se posa en mi antebrazo.

Se acerca y lleva sus manos hasta la tela de mi camisa, a la altura de mi abdomen.

—Perdóname, Adrián —susurra. Se le llenan los ojos de lágrimas contenidas—. No supe gestionarlo. Tenía miedo de que me comparases con Gia y me he autosaboteado. No quiero… No puedo perderte.

—No hay nada ni nadie como tú. Eres mi reina, ¿recuerdas? —murmuro. El nudo en mi garganta se aligera—. No quiero ir a medias contigo. Quiero estar contigo con todo lo que eso conlleva, pero no vuelvas a huir de mí.