¿Dónde está Valentina? #2
»Cuando dio a luz estuvo varios meses muy bien, pero antes de que Valentina cumpliera un año, se largó sin más.
Al llegar a casa del trabajo, la mayoría de sus cosas no estaban y había dejado a Valentina sola en la cuna.
No paraba de llorar. Me hice a la idea de ser padre soltero, pero, cada cierto tiempo, Elisabeth regresaba reclamando su lugar.
La temporada que más estuvo presente fueron dos meses.
—¿Cuándo fue la última vez que volvió?
—Hace como un año. Las dos últimas veces, Valentina no la quería cerca y ella interpretaba el papel de la buena madre ofendida. Nunca quiso ser madre.
—¿Por qué vuelve? ¿Vive aquí?
—No creo que viva en un lugar por mucho tiempo. Sé que va saltando de hombre rico en hombre rico, dentro del continente, para seguir con su vida inestable de fiestas constantes… ¿Hay algo más que necesites saber? No me gustaría gastar más tiempo hablando de ella, no es que sea mi tema favorito.
—No. ¿Por dónde nos habíamos quedado antes de mi pregunta incómoda?
—Pues íbamos a…
Se inclina para besarme y antes de que sus labios rocen los míos, me muevo y le pongo la mejilla.
—A cenar.
Adrián se muerde el labio, contenido y divertido por la cobra que le acabo de hacer.
Acabamos de dar nuestro primer paso importante y me siento genial.
Si todas las conversaciones incómodas con él son así, quiero tener cientos más.
Es la primera vez que siento que puedo ser yo al cien por cien.
Él jamás me juzga y me comprende casi mejor que yo misma.
Todo el picoteo está delicioso, sobre todo lo que él ha preparado con sus propias manos. No sé cómo lo hace, o cuándo. Imagino que ser médico y padre a tiempo completo no deja mucho tiempo para todo lo demás. Debido a eso, aprecio y disfruto mucho de cada momento que decide pasar a mi lado.
—Felicidades, me has creado un nuevo vicio. Las minimagdalenas están increíbles —admiro, comiendo la última.
Siempre me regala la última unidad de la comida que sea; es muy atento y generoso. Es el hombre que más cerca está de la perfección, sin lugar a duda.
—No es la primera ni la última vez que diré esto; no quiero que te vayas.
—Yo no quiero irme tampoco —admito al instante.
Nos besamos. A los dos nos sale tan natural que parece que llevamos practicando años. Sus besos suelen arrancarme un suspiro y he aprendido que, cuando él lo escucha, se contiene. Siento que me desea tanto como lo deseo yo a él. Cuando logramos separarnos, me mira a los ojos y se me eriza la piel.
Decidimos ir a su casa a ver una película y a tomar la última, pero en cuanto iniciamos el viaje de vuelta, pregunto si puedo quedarme a dormir.
Adrián sonríe ampliamente y no tarda ni medio segundo en decirme que sí.
Le propongo hacer una pequeña parada en mi casa para no robarle más camisas, pero se niega.
Dice que le encanta que me ponga su ropa.
Me abre la puerta de su piso, enciende las luces y deja que entre.
Adrián es romántico y caballeroso sin llegar a ser excesivo, lo que lo hace más sexy .
Recoge mi abrigo y me acompaña hasta el salón.
Se disculpa para ir a por vino y me da un beso fugaz en los labios.
Me da la confianza de ponerme cómoda y me quito las botas para esperarlo sentada en el sofá.
Lo tiene todo demasiado ordenado y me doy cuenta de que intento rebuscar algo malo porque no puede ser tan perfecto.
—¿Por qué lo tienes todo tan…pulcro? —pregunto cuando vuelve con dos copas y una botella de vino tinto.
Mi pregunta le hace sonreír y hace una leve reverencia de agradecimiento.
—Aprovecho cualquier momento en el que no estoy con Valentina para ordenar, si no, sería un caos —explica mientras sirve el lambrusco en las copas.
Se sienta a mi lado y me ofrece una de las copas—.
¿Zombis, terror o prefieres otra cosa? —pregunta antes de inclinarse a por el mando a distancia y encender Netflix.
—Zombis.
—¿Has visto Vivo ?
Niego y le animo a ponerla.
—No me creo que no tengas defectos.
No pretendía que sonara a queja, pero su carcajada me dice que no lo interpreta de manera negativa.
—Me sorprende que mi trabajo no te parezca un defecto.
—Bueno… eres pediatra. Ayudas y salvas niños. Es doble virtud. Soy autónoma. No tengo tiempo para demandar tiempo a nadie.
—Eso es verdad. Soy un partidazo —dice con una sonrisa seductora y un exagerado guiño.
—Y superhumilde —bromeo.
Adrián se acerca en busca de mi boca y mis labios no se demoran en degustar los suyos.
Quiero más. Mi lengua choca con la suya y me enciende al instante.
Adoro la forma en que me acaricia los labios.
Él deja mi copa en la mesa y me percato de que los dos tenemos las manos libres.
Acaricio su nuca. Adrián aprieta mi muslo y, en un hábil movimiento, me coloca sobre su regazo.
Entierro mis manos en sus rizos. Pasamos de un inocente beso a uno más intenso y pasional.
Siento arder los costados de mi cuerpo cuando sus manos los recorren, se cuelan bajo mi camiseta.
El ambiente empieza a caldearse y mis nervios aumentan.
Su forma de tocarme me indica que desea lo mismo que yo, pero él parece más determinado y seguro de sí mismo.
Se aparta de mi boca para bajar hasta mi cuello y me arranca un jadeo.
—¿Y Valentina? —pregunto nerviosa.
—Se ha quedado con mi hermana hasta mañana —murmura, roza sus dientes cerca de mi clavícula, avivando más el deseo que siento por él.
Va a ser nuestra primera vez. Ninguno lo hemos planeado. Estoy acojonada.
—¿Seguro? ¿Y estará bien?
Adrián para en seco y me clava la mirada. Contempla unos segundos mi rostro y saca sus manos del interior de mi camiseta térmica para entrelazarlas con las mías.
—¿Estás bien? —pregunta. Asiento, pero evito su mirada en una mezcla de nervios, excitación y vergüenza. Hace que lo vuelva a mirar a los ojos—. Necesito que te comuniques conmigo, reina. No puedo leerte la mente, todavía. Si no te apetece seguir, no insistiré —promete.
—Me apetece. Estoy un poco nerviosa. No tengo… ropa apropiada —admito con vergüenza.
Su sonrisa al escucharme es tranquila. Lleva una de mis manos a su pecho y entiendo al instante su razón; su corazón late desbocado, al igual que el mío.
—No eres la única que está nerviosa. Me da igual que no te combine el sujetador con las braguitas. Pero no voy a forzar que pase si tú no estás segura.
A pesar de que me gustaría tener puesto uno de esos conjuntos que me compré con Gia, suelto sus manos y me quito la camiseta como respuesta. En ese momento, comprendo que la primera vez juntos no tiene que ser perfecta, pero sí real.
—Quiero seguir —murmuro con seguridad.
Su mirada deja mis ojos para emprender un camino descendente.
Me excita que me mire como si estuviera a punto de devorarme.
No quiero quedarme atrás y le quito la camiseta.
El torso desnudo de Adrián se mueve de forma tentadora.
Lo acaricio con lentitud, dejando que mi deseo y mi cuerpo hable por mí.
Sus manos acarician mi espalda, hombros y cuello con una lentitud que saca la diosa que llevo dentro.
Cada centímetro de su piel arde y el azul de su mirada parece oscurecerse por el deseo.
Mis dedos exploran la piel descubierta, justo encima del borde de sus pantalones.
Sonrío con cada gesto de placer que reconozco en su cara.
Quiero provocarlo y voy a cámara lenta con los botones.
Adoro su mirada de expectación, de impaciencia y cómo busca en mis ojos una pizca de compasión.
Me quedo sin botones y me pongo en pie para quitarme los jeans .
No aparta la mirada de mí. Aprovecha para quitarse los pantalones, tan rápido que no puedo evitar soltar una risilla.
Es la primera vez que lo veo impaciente.
Me ofrece la mano para que vuelva a él. Los ojos se me van hacia su bóxer cuando vuelvo a estar en su regazo, imposible obviar su excitación oculta.
Volvemos a besarnos, más impacientes. Su mano descansa sobre mi espalda y la otra se entierra en mi melena.
Se aparta de mi boca y me repasa con la mirada antes de volver a mis ojos.
—Qué horror de combinación —dice con un tono exagerado que me hace reír. Con maestría, desabrocha mi sujetador—. Lo mejor será deshacerse de esto.
Su voz se tiñe de sensualidad y deseo. Sus dedos acarician mis hombros, llevando los finos tirantes de mi sujetador y dejando que caiga a nuestros pies. El fuego y el deseo en su ojos contemplan mis pechos, ahora expuestos para él.
—Tócame —murmuro excitada.
Necesito sentir su tacto en mi piel.
—Sus deseos son los míos, reina.
Me vuelve loca que me llame así justo en ese instante.
Su voz se vuelve más profunda y sexy . Las yemas de sus dedos rozan, entre suaves caricias, los bordes de mi pecho.
Un jadeo sale del fondo de mi garganta. Se inclina y usa su lengua para trazar una húmeda línea recta de mi ombligo hasta mi garganta.
Es vergonzoso lo húmedos que siento mis muslos.
El corazón palpita en el centro de mi excitación, y en cada parte recorrida por el hombre que tengo delante.
—Adrián… —exhalo su nombre.
—Paciencia —murmura. Sin soltarme, se pone en pie para tumbarme sobre el sofá.
Como por arte de magia, se deshace de mis braguitas.
Soy una mezcla de humedad y fuego en sus manos.
Clava sus dedos en mi cintura, pero estoy demasiado ocupada y perdida dentro del azul de su mirada.
Recorre mi cuerpo desnudo con lentitud, como un león acechando a su presa—. Eres tan hermosa…
Acaricia mis muslos e intento bajarle el bóxer con los pies. Adrián coloca las piernas alrededor de su cintura, me abraza y se incorpora, llevándome con él.
—¿A dónde me llevas? —pregunto agarrándome a sus hombros.
—A mi habitación —responde. Al emprender el camino, lame y besa la piel de mi cuello—. No pienso separarme de ti ni un centímetro ni para buscar los condones, joder.
—Deberías estar desnudo —murmuro en su oído cuando atravesamos la puerta de su habitación.
No me suelta, nos sienta en el borde de la cama y abre el último cajón de su mesilla de noche. Rebusca a tientas, sin dejar de atender mi cuello.
—No voy a desaparecer —prometo entre risas ahogadas y jadeos.
—No me arriesgaré —replica, divertido.
Siento el ruido del cajón cerrándose. De reojo, localizo el condón en su mano. Se lo arrebato sin permiso ni paciencia.
—Quítatelos —susurro en una mezcla de petición y orden. No pierde el tiempo en responder y se pone en pie casi en un salto—. Despacio —exijo.
Ralentiza su movimiento y clava la mirada en la mía mientras yo jugueteo con el condón entre mis dedos.
Bajo la mirada para observar su sexo, tan despierto que siento una pequeña descarga de placer en el mío.
Me recreo en su desnudez, pero puedo sentir sus ojos clavados en mi rostro.
Rasgo con los dientes el envoltorio del condón y lo saco.
Doy un paso más cerca de Adrián y se lo pongo con movimientos lentos y suaves.
—Naiara. —Ahora es él quien susurra mi nombre.
—¿Sí, Doctor Sabiondo? —respondo despreocupada y finjo una inocencia extrema.
Sostiene mi rostro entre sus manos y sus labios entreabren los míos.
Abre las sábanas y me agarra la cintura para girarnos.
Estoy en el borde, entre su cuerpo y la cama, donde me dejo caer.
Adrián cuela una mano tras mi espalda y me mueve hasta el centro.
Le hago hueco entre mis piernas y él se cierne sobre mí para besarme.
Aunque no me sacio de sus labios, bajo hasta su cuello con la necesidad de probar más de su piel.
Su sexo roza el mío. Es excitante. La habitación se llena con la música de nuestros jadeos, besos y suspiros, que claman más fuego e intimidad.
Se detiene y me agarra con determinación la barbilla.
Reclama mi mirada y sé, por la forma en que me mira, que no quiere esperar más.
Bajo mi mano hasta el final de su espalda y presiono con suavidad para que entienda que deseo lo mismo.
Su sexo se acopla al mío en una perfecta primera penetración.
Ardo, arqueo mi espalda y bebemos directamente de nuestros labios los gemidos.
Hacer el amor con Adrián es a-lu-ci-nan-te.
Sus besos, caricias, lametones y embistes me hacen perderme en un mar de sensaciones que sus ojos azules vigilan.
Me convierte en un volcán y consigue que entre en erupción un par de veces.
Y, después de la segunda, al sentir cómo él entra en erupción, ni siquiera parpadeo.
No quiero perdérmelo. Acaricio su espalda, muevo más rápido las caderas y pego mi boca a la suya, guardando los roncos gemidos que lo llevan al éxtasis.
Adrián, llegando al clímax, es lo más sexy que he visto en mi vida.
Al recobrar un poco el aliento, se tumba a mi lado.
Cuando voy a girarme para acurrucarme en su pecho, sale de la cama en silencio, como si tuviera prisa.
No le doy importancia. Supongo que quiere quitarse el condón.
Sin embargo, poco después, escucho el ruido que hace el agua de la ducha y no puedo evitar hacerme preguntas.
¿Por qué se ha ido así? ¿Y si no le ha gustado?
¿Y si cree que el sexo que tuvo con Gia es mejor?
Podría haberme invitado a la ducha, a menos que sea su forma de decirme que me vaya.
A lo mejor está acostumbrado a dormir solo.
En cuanto mi mente empieza a compararme con Gia, decido hacerme la dormida hasta que los pensamientos y preguntas desaparecen.