¿Dónde está Valentina?
NAIARA
Ariadna, Gia, Isaac, Valentina y Adrián me acompañaron hasta que dejé de estar triste.
Al día siguiente, mi hermano me contó lo que pasó con Tatiana.
Me sentí mal cuando dijo que quiso animarme antes de contármelo.
Una vez lo supe, tuve más claro que no le conviene.
No quiero que Tatiana siga haciéndole sufrir.
Adrián me manda un mensaje tres horas antes de la cita. Especifica que no lleve tacones y que, bajo ningún concepto, salga a la calle. Se empeña en recogerme en la puerta de casa. Me resigno, al igual que él cuando me empeñé en ir en taxi hasta su casa en la primera cita.
Un minuto antes de las cinco de la tarde, suena el timbre. Su habitual puntualidad borra el recuerdo de la tardanza de la primera noche que quedamos.
—Buenas tardes, reina. Estás más guapa que ayer, pero menos que mañana.
—Eres un zalamero —respondo antes de darle un abrazo.
Solo han pasado un par de días desde la última vez que lo vi, y ya lo echaba de menos.
Coge mi mano para besarme el dorso de esta. Río ante su teatralidad mientras entramos en el ascensor.
—¿Qué es más probable que te apuntes a una experiencia de campamento o a una actividad aérea?
Las acampadas me recuerdan a mi padre, por lo que no dudo.
—Campamento, por supuesto.
—Pues hoy no —replica con una sonrisa—. Te toca cita aérea.
—Eso es muy general —me quejo—. ¿Qué vamos a hacer?, ¿paracaidismo, parapente…?
—Ya lo verás —dice sin querer darme más pistas, y me abraza por detrás—. No puedes tener todo controlado, reina —murmura en mi oído.
Cada vez que me susurra de esa manera tan íntima, aviva mi deseo.
Las puertas del ascensor se abren y entrelaza su mano con la mía para caminar juntos hasta su coche, donde me suelta para abrirme la puerta.
No pongo pegas a que me llame reina, así me hace sentir.
En el coche, pone la lista de jazz que hizo para mí.
Se lo agradezco acariciando sus rizos durante el viaje.
Sé que nos acercamos cuando su mirada y sonrisa se asimilan a las de un niño que quiere llamar la atención.
Estoy intrigada.
Nunca he estado tan a las afueras de la ciudad, no se me ocurre qué puede haber preparado. No hasta que veo un coche con un logo reconocible.
A-lu-ci-no.
—¡¿Vamos a volar en globo?! No es broma, ¿no?
Su risa al notar mi emoción inunda mi mente. ¡Cómo me gusta ese sonido!
—¿Prefieres otra cosa?
—¿Qué? ¡No! ¡Me encanta! —Intento no ponerme a saltar de la ilusión que me hace—. Pero no me sueltes, a ver si hay algún torpe en el resto de los grupos y me tira sin querer —bromeo.
—No es vuelo compartido, es privado.
—¿Te has vuelto loco?
Los individuales son carísimos. Un lujo que muy poca gente puede permitirse.
—Pensaba que ya sabías que estoy loco; sobre todo por ti.
—No me hagas la pelota. Te has pasado. Déjame pagar parte del viaje. Es demasiado —le pido.
Literalmente, lo miro con la boca más abierta y casi sin pestañear. Adrián va directo al maletero y lo sigo. Saca una mochila y una cesta de pícnic.
—No te hago la pelota. Solo intento tratarte como te mereces, reina —dice con una seguridad que impresiona.
—¿Un pícnic? —indago, señalando con la cabeza lo que ha sacado del maletero.
—Sí, cenaremos al aterrizar. Cena picoteo. A menos que prefieras un restaurante o que te cocine en casa.
—Un pícnic es perfecto —respondo con una sonrisa.
Le arrebato la cesta para llevarla yo hasta el automóvil de la empresa de los viajes en globo.
Es lo mínimo que puedo hacer, o lo que él me deja hacer.
Durante los cinco minutos de trayecto, sigo alucinada, y él no deja de sonreír por mi estado de shock .
Las vistas del camino son verdes y preciosas.
Al llegar, el globo —enorme e impresionante— ya está preparado para nosotros.
El conductor y Adrián hablan sobre dejar su mochila y la canastilla en el maletero. Lo llevarán al lugar donde aterricemos.
No se separa de mí y vamos de la mano hasta el globo, donde nos espera el piloto. Es Adrián quien lleva la cita y me gusta. Disfruto mucho de no ser la que organiza.
Está algo nublado, espero que las nubes se vayan y poder ver el atardecer desde las alturas. Seguro que es precioso.
En cuanto subimos, él se coloca a mi lado sin soltarme la mano.
El piloto nos informa del despegue y, con mi mano libre, me agarro al borde de la cesta.
Vemos el puerto, la playa de San Lorenzo y la de Poniente, el campus.
Las vistas que mezclan el azul y el verde son más vívidas desde el aire.
Pasamos por toda la costa y cuando, a petición de Adrián, el piloto nos acerca al claro más cercano, veo que saca el móvil.
—¿Te importa si nos sacamos un par de fotos? —pregunta.
Me acerco a él como respuesta, sonriendo.
Eso es una de las nuevas cosas que me encanta de él, lo hace todo mucho más sencillo.
No tiene nada que ver con el resto de los hombres que he conocido.
Adrián no juega con nadie, ni usa estrategias retorcidas.
No es complicado para parecer interesante, lo es siendo él mismo.
Nos hacemos varias fotos y descubro que es como Ariadna; no para de hacerlas hasta que los dos estamos contentos con el resultado.
Antes de sacar la última, lo sorprendo con un beso y noto que se centra solo en mí y en mi boca.
Después, nos separamos para revisar el resultado.
La foto es perfecta, con la luz del atardecer al fondo.
Contemplo cómo la pone de fondo de pantalla sin importarle que lo vea.
Me giro para apreciar el atardecer que aparece ante nosotros.
—Mira, Adrián… Es alucinante —le aviso, abrumada por las preciosas vistas que tenemos en ese momento.
Él guarda el móvil, se coloca a mi espalda y me abraza. Nos quedamos mirando el atardecer desde las alturas. Jamás he visto algo tan bonito.
—Tú eres más alucinante que cualquier atardecer —susurra en el oído, arrancándome un suspiro.
—Puede que te deje organizar todas nuestras citas.
—No seas impaciente, aún nos queda el pícnic —responde casi cantarín.
El piloto nos informa de que, en cinco minutos, descenderemos.
Es la hora más rápida, bonita e inolvidable de mi vida.
Cuando estamos más cerca del suelo, dejo de mirar el cielo.
Me fijo en la tierra, a unos doscientos metros del lugar en el que aterrizamos.
El pícnic está preparado. Hay una manta roja de cuadros, varios cojines y unas luces doradas que iluminan alrededor de la manta.
Lo han cubierto con una pequeña carpa casera, le da un toque más íntimo. Es muy romántico.
—¿Cada cita que tengamos va a ser mejor que la anterior? Estás poniendo el listón demasiado alto —comento, impresionada.
—Lo intentaré —asegura, y a mí no me cabe duda de que lo dice en serio.
A medida que nos acercamos, distingo una botella de vino espumoso que espera en una cubeta con hielo.
Un par de copas al lado y la cesta de pícnic en el centro.
Me ayuda a sentarme sobre uno de los mullidos cojines y, después, toma asiento a mi lado.
Abre la botella como un experto metre y sirve las copas.
Luego, coloca lo que hay en la cesta: una tabla de quesos variados; humus con palitos de apio y zanahoria; uvas y fresas; y unas minimagdalenas con pepitas de chocolate y arándanos.
—¿Eso lo has hecho tú? —pregunto, señalando el humus y las minimagdalenas.
—Sí, prefiero hacerlo yo que comprarlo. Es más sano.
—Una respuesta digna del Doctor Sabiondo —bromeo, contemplando su sonrisa—. Por tu talento culinario —digo, alzando mi copa.
Divertido, choca su copa de forma suave con la mía para brindar y damos el primer sorbo a la vez. Deja la suya bien apoyada en el mantel de cuadros, me coge la mano y me mira a los ojos.
—He hecho trampas. Te he traído aquí para que disfrutaras, pero también para tener una de esas charlas incómodas y necesarias —admite en un tono divertido.
En sus gestos distingo cierto nerviosismo.
—Adelante —lo animo, sea lo que sea, lo podremos hablar.
—Me gustas mucho, Naiara, pero no quiero hacerme ilusiones si tu no lo tienes claro. No solo por mí. Valentina te está cogiendo cariño y no tardará mucho en hacerse preguntas. Quiero poder responderlas y, en caso de que no estés en mí misma página, alejarla un poco para que no vuelva a pasarlo mal.
En la primera frase contengo una sonrisa y una respuesta para dejarlo hablar.
Las palabras de Verónica y la charla con Sergio me vienen a la mente en ese mismo instante.
Sobre todo, las de mi mejor amigo. Me gusta la forma que tiene Adrián de expresarme lo que necesita para poder incluir a su hija.
Sergio resultó agobiante, insistiendo en que me lo tome con calma.
Siento que Adrián no quiere esa lentitud, lo tiene tan claro como yo.
—Estoy en la misma página que tú —digo sincera, y él besa el dorso de mi mano con elegancia y suavidad—. Me gustaría saber qué le dirás a Valentina cuando lo creas oportuno. No quiero que crea que voy a quitarle tiempo con su padre, pretendo ser su amiga. Si a ti te parece bien.
—Decidiremos juntos cómo lo hacemos, pero ahora… —dice en su versión más sensual y encantadora.
Necesito preguntar ahora, o nunca me atreveré.
—Ahora me toca a mí hacerte una pregunta incómoda —anuncio. No me permito darle más vueltas—. No me has contado nada de la madre de Valentina.
—¿Qué quieres saber?
—Todo. Principalmente, ¿por qué nunca está con ella? Y, ¿qué opina la niña de su madre?
—Elisabeth y yo tuvimos una relación muy tóxica y caótica.
Por aquel entonces solo queríamos divertirnos.
Ninguno esperábamos tener a Valentina, pero eso nos cambió a los dos de maneras totalmente opuestas.
Ella pasó el embarazo amargada, reprochándome que le había jodido la vida.
Y yo estaba emocionadísimo con la idea de ser padre.