Salida del limbo por la puerta de atrás
ADRIÁN
Tatiana aparece en la cafetería del hospital justo cuando estoy a mitad de mi hora de comida, con varios compañeros. Tiene los ojos hinchados y rojos. Me sorprende verla así.
—¿Podemos hablar? —musita.
Asiento y, con un gesto, me despido de mis colegas. Cojo mi bandeja y me la llevo a la mesa más apartada. Descarto que sea de vida o muerte por su paciencia. Deduzco que tiene que ver con Isaac.
—Me he liado con Lucía —confiesa y los labios empiezan a temblarle.
¿Qué? Ahora sí que estoy perdido.
—¿Quién es Lucía?
—La nueva recepcionista del salón de tatuajes —responde con frustración, como si ese dato no importase—. Nos estábamos besando en el cierre de mediodía y él ha aparecido.
—Y has estado llorado porque te ha pillado, ¿no? —suelto sin pensar. Antes de ver cómo aparta la mirada, me arrepiento de sonar tan duro con ella. Por mucho que la fastidie, sigue siendo mi hermana pequeña—. Espero que no hayas venido hasta aquí para saber mi opinión.
—Sé que la he cagado. Y me jode darme cuenta ahora que podría perdonarle que se haya acostado con mamá. Tengo que ir a hablar con él. Me siento fatal.
—¿Crees que es buena idea ir tras él ahora?
—Tienes razón. Mejor dejar que pasen un par de días y...
—Olvídate de él —la corto.
—¿Qué? ¿Por qué? —dice con la voz rota.
—No sabes lo que quieres y no es cuando tú quieras.
—Aunque es duro, intento sonar lo más amable y dulce posible.
No pretendo ser su atacante, pero tiene que entender que ha hecho muchas cosas mal—.
Isaac te esperó, respetó tu decisión. Tú te negaste a hablarle, huiste una semana de él.
Y, cuando va a buscarte para arreglar las cosas, cansado de estar en el limbo en el que le dejaste, te ve liarte con otra.
—No quería hacerle daño —me recrimina.
—Pero se lo has hecho. Te quiero y voy a estar siempre para ti. Ponte en su lugar y entiende que no es justo para él. Te conozco. Tarde o temprano, volverás a dejarlo por acostarse con mamá.
Resopla, agobiada. Acerco mi silla a la suya y la abrazo. Mi deber como hermano es protegerla y ser justo. Mi teléfono suena mientras consuelo a Tatiana, pero ella es mi prioridad. Me mata verla así.
—Soy gilipollas —solloza en mi hombro.
—Solo un poco. La próxima vez que te equivoques, comunícate y sé clara. Así no lastimarás a nadie.
Ella asiente, compungida. El teléfono vuelve a sonar. Mi hermana rebusca en mi bolsillo y me muestra la pantalla de mi móvil.
—Es mamá —dice, limpiándose las lágrimas—. Como no se lo cojas, te va a fundir la batería del móvil.
Me disculpo con Tatiana y, sin soltarla, respondo la llamada.
Habla demasiado rápido como para entender qué le pasa.
Le estoy acariciando la espalda a mi hermana.
Nos miramos con diversión, ella también capta la voz en cámara rápida de nuestra madre.
Vuelve a hablar más tranquila. Me quedo paralizado cuando me cuenta lo que ha pasado con Naiara.
Me dice que ha intentado llamarla y lo tiene apagado.
—Joder, mamá. ¿Cómo le dices algo así tan… directa?
Los nervios se instalan en mi garganta. Logro despedirme y prometer avisar a Isaac.
La bomba que le ha soltado mi madre es fuerte.
De haberlo sabido la habría parado o recomendado ser mucho más sutil.
Por lo que me contó, no ha tenido mucho tacto con ella.
Joder, espero que no cambie conmigo por eso.
—Dame el móvil de Isaac —le pido a mi hermana.
—¿Qué? —dice confusa. Le explico lo que pasa, y alucina—. Mamá tiene el tacto en el culo —añade sorprendida y me dicta el número.
Lo llamo y le cuento lo sucedido, con más delicadeza que mi madre. Él tampoco sabe nada y dice que Naiara no está en casa. Le pido a Isaac que me escriba cuando sepa algo y que llame a las chicas, por si está con ellas.
—Vete a casa a descansar. Deja de liarte con gente y pasa una temporada soltera. Quizás eso te aclare esa cabeza loca que tienes —aconsejo a Tatiana con todo el amor y cariño que le profeso.
—¿Puedo pasarme a cenar contigo y Valentina esta noche?
—Por supuesto.
¿Cómo negarme? No voy a darle la espalda cuando lo está pasando mal. Ella tampoco lo hizo cuando la madre de mi hija desapareció por primera vez.
Nos despedimos con un abrazo largo y emotivo.
Las tres horas de trabajo me parecen eternas. Trabajo como un robot. No puedo dejar de pensar en dónde y cómo estará Naiara. Llevo más de una docena de miradas a mi teléfono e Isaac no me escribe. En cuanto termine mi turno pienso patear cada metro de la ciudad en su búsqueda.
A escasos diez minutos de terminar, me llega un mensaje de Gia. Lo abro al momento.
¿A qué hora sales? Isaac, Ariadna y yo te esperamos fuera.
Me falta un paciente. Antes de hacerlo pasar, la llamo.
—¿Dónde está Naiara? ¿Le ha pasado algo?
Las risillas de las chicas de fondo me dejan claro que no ha pasado nada malo.
—No, Adrián. No ha vuelto, pero sé dónde puede estar.
La voz de Isaac pone algo de seriedad al asunto. Teniendo en cuenta lo que ha pasado con mi hermana, no me sorprende que recurra a estar con las chicas y a esperar en el hospital. Necesita más gente para poder hacerse cargo de lidiar con Naiara.
—Está en el cementerio.
—Gia, tía. Está de los nervios y le dices eso… así —increpa Ariadna.
—¿Te falta mucho? —pregunta Isaac, impaciente.
Gia y Ariadna no deben de tener ni idea de lo que le ha pasado. De lo contrario, Gia no estaría tan graciosilla. La falta de ánimo y las bromas inexistentes de Isaac indican con claridad que no está bien.
—Me queda un paciente. Id vosotros a buscarla. Cuando acabe recogeré a Valentina y me pasaré por vuestro piso —me dirijo a él, que es el que más en serio se toma la desconexión de su hermana.
Al terminar mi turno, salgo del hospital a toda prisa. Llego con la hora justa al colegio. En realidad, llego cinco minutos tarde.
—¿Qué te apetece merendar? Vamos a ir a ver a Naiara —le informo mientras le pongo el cinturón.
—¡Chuches! —No sé para qué pregunto, si fuera por ella, se alimentaría con chucherías todos los días—. ¿Podré jugar con ella?
—No creo que tenga ganas de jugar.
—¿Está triste?
—Puede ser.
—Yo cuando estoy triste, juego y se me pasa.
Su respuesta me deja preocupado.
—La próxima vez que estés triste, me lo dices y jugamos. Sea la hora que sea, ¿vale?
—No puedo. Muchas veces me pongo triste porque estás trabajando.
Si pudiera no trabajar para darle todo el tiempo del mundo, lo haría. Pero eso me impediría darle la mejor infancia y vida que merece.
—No importa. Le pides a la persona con quien estés que me llame. Nos inventaremos un juego para poder jugar por teléfono. ¿Prometido?
Me parte el alma que pueda sentirse abandonada por mí.
—Te lo prometo, papi —dice con una sonrisa llena de ilusión.
De camino a casa de Naiara, paramos en el supermercado y la convenzo para elegir algo más saludable que chucherías.
El cambio no es demasiado grande: un par de bizcochitos de chocolate con naranja y un zumo de melocotón y uva, de los procesados.
Un día es un día. Después, aparco cerca de la calle donde vive Naiara.
Le doy la merienda en el coche y vamos andando unos diez minutos hasta su portal.
En su piso no hay luz y la puerta está cerrada, así que esperamos delante del edificio.
Son casi las siete de la tarde y llevamos quince minutos esperando.
Minutos en los que Valentina me cuenta su día en el colegio.
Me gusta escucharla. Intento no perderme nada, aunque cambie de tema veinte veces.
Es feliz y eso me hace feliz a mí. Cuando empieza a explicarme el menú del comedor con todo lujo de detalles, estoy a punto de sacar el teléfono para llamar a Isaac o Gia.
Antes, echo otro vistazo a la calle y la veo; arropada por su hermano y sus amigas.
Me agacho a la altura de Valentina y la aviso de que Naiara se está acercando.
—Sé muy buena con Nai, ¿vale?
Ella sabe que tiene que portarse mejor porque Naiara está triste. A medida que se van acercando, me tenso. No sé cómo va a reaccionar. Tengo miedo de que me aleje por culpa de mi madre.
Isaac me saluda con la cabeza y una mueca; no está para ser simpático con nadie, lo entiendo.
Ariadna lo acompaña a abrir el portal. Gia abre los brazos para que mi hija vaya a abrazarla.
Sin embargo, el primer abrazo se lo da a Naiara, quien se lo devuelve y se deja querer por la niña.
Ninguno esperamos eso. Miro a un punto fijo del suelo para no emocionarme.
Cuando se sueltan y se acerca a Gia, esta le susurra algo y entran juntas al portal.
Los cuatro van camino al piso, dejándome a solas con ella.
Se detiene a mi lado y mira al portal hasta que ellos desaparecen de su vista.
—Naiara, lo siento. Yo no… —Siento la necesidad de pedirle perdón, aunque yo no tenga la culpa. No quiero perderla. Me abraza en silencio. La rodeo con mis brazos y suspiro. La presión y tensión de mi cuerpo desaparecen cuando se aferra a este—. Gracias —murmuro aliviado.
Ella no me suelta, busca mi mirada y frunce el ceño. Tiene los ojos revueltos.
—¿Por qué? —pregunta con tono confuso.
—Por no apartarme u odiarme por lo que te ha soltado mi madre.
—No es tu culpa. Tampoco la odio a ella, pero no soporto su compasión ni la de nadie —explica. Le acaricio el pelo mientras habla. Lo único que me importa es que esté bien—. No quiero saber nada más de ese tema —me pide en un ruego.
—¿De qué tema? —respondo con un guiño de ojo y una mueca que intenta ser una sonrisa.
—Bésame antes de que subamos al piso —demanda.
Limpio con los pulgares el rastro de lágrimas que tiene bajo sus preciosos ojos y dejo las palmas de mis manos sobre sus mejillas.
Me inclino y nuestros labios vuelven a acoplarse de manera exquisita.
Me pierdo en su boca. En el pequeño suspiro que emite antes de que su lengua ahonde en mi boca.
Y siento un atisbo de sonrisa cuando mi lengua se enrolla juguetona en la suya.
Después, se aparta y hace que mi boca pida un último y rápido beso como despedida.
—No sé sí es buen momento, pero me apetece mucho tener la segunda cita. ¿Tienes algo que hacer este sábado?
Si no le gustase tanto la organización, se la hubiera pedido mañana.
Me coge de la mano y me lleva dentro del portal.
—Me toca a mí organizar la cita. ¿Alguna petición?
—Sí, que la organice yo —digo divertido—. No voy a dejar que organices ninguna cita entre nosotros. Eso te lo dejo para tu trabajo y para tus cosas personales.
—Con más razón deberías dejar que la organice yo.
—¿Tienes alguna queja de la primera cita? —pregunto, fingiendo estar ofendido, sin dejar de sonreírle.
—No, pero es trampa usar todo lo que sabes que me gusta para que sea perfecta.
—Esto —digo, señalándonos para referirme a lo que estamos construyendo— no es un trabajo o algo que organizar. La realeza no se encarga de eso, reina .
Pone los ojos en blanco y se rinde, o se deja ganar porque sabe que no me daré por vencido.
—¿Puedo saber al menos qué vamos a hacer? —cuestiona con curiosidad.
No tengo un plan específico, pero sí mil ideas de qué podríamos hacer y de todo lo que me gustaría hacer a su lado.
—Lo sabrás en su debido momento. Paciencia —replico y aprovecho para dejar un suave beso en la punta de su nariz.
Cuando cierra los ojos y sonríe a mi beso, me hace feliz.
—Gracias por venir —agradece cuando las puertas del ascensor se abren en su piso.
—Los súbditos debemos ser fieles a nuestra reina —me arriesgo a usar un posesivo antes de llamarla reina. De una forma sana, siento que lo es.