Nada como tú (Serie Nada 1) Una comida, un perdón y un final desastroso
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Una comida, un perdón y un final desastroso

NAIARA

No hay nadie que haya tenido una primera cita oficial como la mía.

Sé que suena arrogante, pero fue perfecta.

Quedarse a dormir en una primera cita sin tener sexo; que te regalen tus flores favoritas; te cocinen una cena casera con todo lo que te gusta; un primer beso perfecto; preparar una lista de canciones y que te haga reír.

Sobre la falta de sexo… Los dos teníamos muchas ganas.

Era imposible pasar por alto las múltiples veces que noté su erección.

Sin embargo, comprendo la razón: quiere ir despacio y hacer las cosas bien. Y eso también es sexy .

A Ariadna le ha hecho ilusión saber que conectamos tan bien. Incluso Gia está impresionada y más tranquila por no importarme que se acostaran en el pasado. Las dos se han alegrado por mí. Quien no parece muy entusiasmado es Sergio.

—¿No vais un poco rápido?

—¿Rápido? —replico incrédula.

—Tiene una hija y siete años más que tú. Deberías ir con cuidado —sugiere mi mejor amigo.

—He esperado a tener una cita con Adrián tres meses. ¿Te parece ir demasiado rápido?

Sus advertencias me hacen reír. Está exagerando demasiado. Cuando él me habló de Laura por primera vez, me alegré y lo felicité por su relación. No me parece justo que él se ponga en lo peor; me hace sentir insegura.

—Solo digo que te protejas. Como tu mejor amigo, no quiero que termine haciéndote daño.

—Tendré cuidado, pero me gustaría que lo respetases —me sincero—. No es que estuvieras muy fino en Nochevieja.

—Ya te he pedido perdón —se queja.

—No soy yo con quien debes disculparte. —No hay voluntad por su parte de intentar arreglarlo, pero no tengo tiempo para discutirlo con él. Busco mi cartera y dejo el dinero suficiente para pagar los dos cafés que nos hemos tomado—. Tengo que irme. He quedado con Verónica.

Al contrario que las chicas, Sergio no parece muy convencido de si me conviene Adrián. Lo que sí tengo claro es que no voy a volver a tener esta conversación con él. Si no le gusta, no es mi problema.

Es casi irónico que Verónica me haya citado en el Que no te lo cuenten.

No me atrevo a decirle a Sergio lo que sé desde Nochevieja.

Es un tema delicado. No está en su mejor momento y darle una mala noticia no ayudaría.

Y, sí, tengo miedo a su reacción. También me siento culpable. Soy una pésima amiga por no decírselo.

Al entrar al restaurante, no localizo a Verónica hasta que levanta a mano. Sin ropa chillona y con el cabello de color caoba, parece otra. Está más elegante y menos estridente, tanto en su look como en su forma de llamar mi atención. Año nuevo, vida nueva.

—Estás impresionante. Te sienta muy bien este cambio.

—Si me lo dices porque ahora sabes que soy la madre de Adrián…

—No —la interrumpo—. Te conocí como Verónica. Aún se me hace raro pensar en ti como la madre de Adrián.

—¿Qué quieres tomar? —pregunta, ensanchando su sonrisa.

—Una copa de riesling semiseco, por favor.

El camarero se acerca y ella le pide dos copas de lo que he elegido. Observo que lleva un maletín que le da un aire de empresaria de éxito. Parece que está avanzando.

—Quería hablar contigo…

—Tengo algo importante que…

Hablamos al unísono y reímos por la coincidencia. Con esa risa compartida siento que conectamos un poco más. No sé si por Adrián o por no haber jerarquías laborales entre nosotras.

—Continúa, querida —me invita a seguir.

El camarero nos pone las copas de vino en la barra y doy un pequeño sorbo antes de empezar, alejando mi inquietud. Reúno el valor necesario para comenzar con mi disculpa.

—No fui ni justa ni buena contigo —digo en un inicio.

Su cara de sorpresa se hace evidente. No se lo esperaba.

Le cuento lo que dije sobre ella a su propio hijo, antes de saber su parentesco.

Para mí es importante ser sincera y mis disculpas también tienen que serlo—.

Te he juzgado a la ligera y nadie se merece eso.

—No te martirices —responde, restándole importancia.

Sé que su silencio al escucharme agradece mi disculpa—.

Desde que murió mi marido todo el mundo critica, en mayor o menor medida.

Al principio, juzgaron mi tristeza. Pero yo no estaba preparada para seguir adelante sin él.

Sigo sin estarlo. Así que, como nadie quería mi versión triste, me convertí en todo lo contrario.

La nueva Verónica no les agrada, sin embargo, prefiero que me critiquen por peculiar a que me consideren un incordio o me tengan compasión.

»Nadie ha tenido la sinceridad que tú acabas de tener conmigo y eso lo admiro. De hecho, te acabas de convertir en la primera persona con la que me sincero.

—Me gustaría conocerte. No solo por ser la madre de Adrián —aclaro. Es inevitable sacar a su hijo en la conversación, me pone nerviosa—. Me refiero a todas tus partes, tanto buenas, malas o tristes.

—Señora Soriano; su mesa y la de su acompañante está lista.

Ella asiente y me hace un gesto para que sigamos al camarero. No queda rastro de su actitud excéntrica. Está mostrando a la verdadera Verónica, con sus luces y sombras.

—Tenemos mucho de lo que hablar —dice una vez que estamos en la mesa, solas—. No creas que no te voy a preguntar sobre Adrián. Quiero saberlo to-do.

—¿A qué te refieres exactamente? —pregunto con vergüenza.

—A la cita que habéis tenido. Necesito tu versión.

Sabe lo de la cita. Me sorprende gratamente que Adrián se lo haya contado, aunque es algo incómodo que quiera mi versión.

—¿Te lo ha contado?

No puedo evitar sonar ilusionada.

—Le ha costado un poco, pero una vez que le tiro de la lengua… No se dejó ni un detalle.

Su última frase me hace revolverme en el asiento y doy un trago de vino.

Espero que no le haya contado lo más íntimo.

El camarero vuelve para tomarnos nota, regalándome más tiempo para enfrentar la conversación sobre la cita.

Pedimos croquetas de jamón ibérico y otro par de copas del mismo vino.

Después, Verónica pide tartar de pescado; yo opto por las fajitas de pollo.

—No hace falta que me des los detalles si no te apetece. Lo que sí me gustaría saber es si estáis en la misma página —me tranquiliza, pero me termino la copa de vino mientras me habla—. Le gustas mucho. Adrián lleva mucho tiempo solo y la… última no fue nada bien.

Supongo que habla de la madre de Valentina.

—¿Te lo puedo contar sin que le digas nada? Me gustaría que lo supiera por mí.

—No saldrá de aquí —promete—. Solo quiero asegurarme de que no va a sufrir.

—Es pronto para decirlo, pero quiero algo bonito y duradero con él. No entra en mis planes hacerle daño.

—¿Lo quieres?

—Creo que sí —confieso, pero me sabe a poco.

Siento que debo sincerarme más. Si mi madre estuviera viva, me habría gustado que él no le ocultara lo que piensa de mí—.

Tiene un gran corazón. Es tierno, divertido, determinado, buen padre, inteligente, generoso, paciente y sabe poner límites. Es un gran hombre.

—Sí que lo es. —Su mirada se ilumina por la emoción. Después de todo, es su madre y no voy a dejarla intranquila cuando lo que siento por Adrián no es nada pasajero. El camarero trae las croquetas y le sonrío agradecida. No quiero interrumpir a Verónica ahora—. Se parece mucho a su padre.

Devoramos las croquetas mientras me cuenta lo mucho que le recuerda a su padre, Carlos.

La escucho mientras no puedo evitar apreciar el parecido que tiene con ella.

El mismo color de ojos, su forma de sonreír, su honestidad e incluso algunos gestos al expresarse.

No tardan en traernos el plato principal.

El tiempo se me pasa volando al oírla hablar de su difunto marido.

Se nota que lo sigue queriendo y lo echa de menos.

Cada vez estoy más convencida de que hay amores que nunca mueren.

—Adrián me lo contó. Si no me equivoco, el señor Escribano falleció varios meses después que mis padres.

—Hablando de tus padres, creo que deberías saber algo. —Se pone misteriosa y parece preocupada sin motivo aparente. Hay algo raro en sus palabras que me mantiene alerta, tensa—. No hay manera buena de decir algo así. Mi difunto marido fue quien atendió a tus padres.

—¿Qué? —logro decir en un hilo de voz. Es como si de pronto entrara en una burbuja, casi como un sueño.

Mis padres eran muy extrovertidos, ni Isaac ni yo llegamos a conocer a la mitad de sus amigos, por eso nunca me he preguntado de qué se conocían ellos y Verónica.

No me gusta el cambio de conversación. Su mirada se desvía al maletín y veo su mano aferrarse con fuerza a este—. ¿Por qué querías verme?

—Yo también te debo una disculpa. No fui sincera del todo.

Ya tenía una organizadora para el evento, pero te encontré por casualidad y lo vi como una oportunidad para acercarme a ti.

—Sus palabras son apresuradas, o no las estoy procesando bien.

Paro de comer y le doy un trago al vino.

Tengo un nudo en la garganta, soy incapaz de seguir comiendo.

El ambiente amistoso del principio se ha vuelto raro y asfixiante—.

Antes de morir, tus padres le entregaron algo a mi marido.

Cuando Carlos supo que no… sobreviviría al COVID, me pidió que me encargara de buscarte y dártelo.

Un frío metálico se extiende desde el centro de mi corazón, recorre cada centímetro de mi pecho. No puedo creer lo que está diciendo.

—Es una broma de mal gusto, ¿no? No tiene gracia. ¿Adrián lo sabe? ¿Sabe la encerrona que me has preparado?

Verónica niega y agarra su maletín para entregármelo.

Cada latido de mi corazón me palpita en los oídos y noto un incipiente dolor en la cabeza. No puedo moverme. Estoy en un estado en el que no sé lo que es real y lo que no.

—Esto te pertenece —continúa Verónica—. Son todos los documentos sobre tus padres biológicos. Tus padres adoptivos creían que, algún día, querrías conocer por qué tu madre te dio en adopción.

Habla despacio, amable, y a mí me arde la sangre. No hay adoptivos o biológicos. Para mí, mis padres siempre han sido los mismos. No me interesa quiénes sean los biológicos.

Exploto sin ni siquiera verlo venir.

—Tú no sabes nada de lo que querían o no mis padres —le recrimino, acusándola con mi dedo índice.

—Naiara, por favor. Solo estoy cumpliendo con lo que ellos…

—He tenido suficiente —la corto—. No voy a seguir escuchando esto. Me importan una mierda mis padres biológicos. Yo solo he tenido unos padres y están muertos —espeto con rabia contenida.

Saco la cartera y dejo un billete de cincuenta euros en la mesa. Al coger la chaqueta y el bolso para marcharme de ahí, me doy cuenta de que estoy temblando.

—Espera. Al menos llévate los documentos, por si…

La ignoro y salgo del restaurante con los músculos engarrotados.

No quiero escuchar una sola palabra más.

Me cuesta caminar. Estoy tan enfadada que camino sin saber a dónde debo o quiero ir.

Contengo las ganas de llorar delante de las personas que se pasean por la calle, ajenas a la tormenta que Verónica ha desatado en mi interior.

Decido meterme en el primer taxi libre que veo.

El taxista me pregunta a dónde me lleva y, entonces, lo sé.

—Al cementerio municipal de Tremañes.

Apago el móvil en cuanto el taxi comienza a moverse y me escondo en la parte de atrás. Me oculto para que no me vea por el retrovisor y lloro en silencio.

Solo los necesito a ellos.