Nada como tú (Serie Nada 1) La cita oficial #2
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La cita oficial #2

—Voy a besarte. Te aviso por si quieres levantarte. De todas formas, lo haré —murmura con una decisión aplastante en su voz, acelerando mis latidos.

Trago con dificultad. Me pongo en pie, despacio. Paseo mis dedos por sus brazos hasta llegar a sus hombros. Ella descansa sus manos sobre el centro de mi camisa blanca y se acerca con decisión. Tienta sus labios sobre los míos, que se entreabren al instante. Nuestros labios encajan a la perfección.

Unforgettable de Nat King Cole suena de fondo y armoniza de manera excelente este momento.

Su boca es seda cálida y mis manos saltan hasta la curvatura de su cuello.

Acaricio con mis pulgares la perfecta línea de su mandíbula.

Los instalo en sus mejillas y rozo su piel en círculos lentos.

Saboreo sus dulces labios con paciencia.

Es ella, de nuevo, quien profundiza más.

Su lengua juega con la mía con una determinación que me hace suspirar.

Joder, besa tan bien que se me ha puesto dura.

Es tan preciosa y sexy . Me arrepiento de haberme puesto en pie, exponiendo mi deseo de una manera cruel y vergonzosa.

Y, cuando su boca se separa de la mía, nos miramos y sonreímos con complicidad.

—¿Podemos pasar de la cena y besarnos toda la noche? —murmuro contra sus apetecibles labios.

Ríe, y sus hoyuelos hacen acto de presencia. Me gusta ser el responsable de su risa.

—Llevaba mucho tiempo deseando esto. No podía aguantar hasta el final de la cita —reconoce, lamiéndose los labios.

—¿Eso es un sí?

Vuelve a reír. Otra vez sus hoyuelos. Se me va a salir el corazón del pecho. Soy adicto a sus labios. Adicto a ella.

—Te has currado mucho la cena —dice y sube la mano hasta mi nuca para hundir sus dedos en mi pelo con parsimonia. No quiero que pare. Ha sido un beso alucinante. Su forma de tocarme, de acariciarme, me hace fantasear con llevármela a mi habitación—. Pasar de ella sería una autentica crueldad.

Si ha percibido mi erección, no lo comenta, lo cual agradezco. A los dos nos cuesta volver a nuestros asientos para terminar los entrantes.

—¿Qué más has cocinado? —pregunta tras dar un trago a su copa de vino—. Será difícil que supere a las croquetas.

—Mi especialidad: tortilla de patata. —Relleno nuestras copas. Intento ocultar la ilusión que me hace su piropo culinario. Quiero que lo repita al final, para asegurarme de que toda la cena le ha gustado—. Si Sergio se presenta aquí para que lo consueles, no se quedará a cenar —bromeo.

Me ha salido sin pensar y me arrepiento al instante, pero ella emite una risilla contenida.

—No seas malo —increpa con dulzura.

—¿En qué bando estás: con o sin cebolla? —cuestiono.

—Con cebolla, siempre.

Perfecto.

—Si me llegas a decir sin cebolla, tendría que tirarla.

Voy a la cocina a por la tortilla y compruebo que la tarta de Pikota está enfriando bien antes de volver.

Ella ya tiene el tenedor en la mano, preparada para probar la tortilla.

Un atisbo de inseguridad nace en mi mente a causa de sus expectativas.

Entonces recuerdo que es mi especialidad y me tranquilizo.

Su cara de disfrute al probarla también ayuda.

—Está muy esponjosa y… está perfecta. —Se encoge de hombros, como si no pudiera decir nada malo—. Me queda claro que eres muy buen cocinero.

—No te apresures, aún queda el postre.

—¿Lo has hecho todo tú?

—El vino lo he comprado, pero para la próxima sacaré tiempo para vendimiar —replico en una suave risa de orgullo por sus palabras.

Naiara vuelve a reír. Hacerla reír es de las mejores cosas que he experimentado en mi vida. Me habla de la oposición que está estudiando su hermano y que Gia se ha ofrecido a ayudarle. Es obvio que le ilusiona el acercamiento de esos dos, pero yo debo mantenerme imparcial.

—Tengo que confesarte algo sobre Fidel —dice después de estar un momento pensativa y sin hablar.

—¿Sobre Fidel?

La curiosidad me puede. Lo que menos espero de esta cita es que el nombre de uno de mis mejores amigos salga de su boca.

—Lo que pasó en la acampada, en parte, fue mi culpa. Él me leyó muy bien. Fingió querer besarme para que admitiera que me gustas, y no lo hice —confiesa.

Fidel es gilipollas. Cada palabra que sale de su boca me hace fijar la vista en la suya. Su sinceridad me hace sentir más cerca de ella. Me inclino y cojo sus manos con suavidad antes de hablar.

—Te agradezco que me lo cuentes, pero nadie tiene derecho a presionarte. Ahora me siento menos culpable del puñetazo. Se lo merecía.

—Lo sé, pero me siento culpable. Si lo hubiera admitido, no os hubieses peleado —añade con una mueca casi vergonzosa.

—No te preocupes. Incluso a los mejores amigos hay que ponerles límites. Si te quedas más tranquila, nuestra relación sigue siendo la misma —aclaro. Me sonríe y quiero volver a besarla, pero antes necesito saber su opinión sobre del postre—. Ahora vuelvo, reina. No te vayas.

—¿Quién en su sano juicio huye antes del postre?

Me gusta. Me encanta. Y puede que ya la quiera, pero no es el momento para verbalizarlo.

No esta noche. Hay muchas formas de demostrarlo y creo que, en el fondo, ella ya sabe lo que siento.

Quiero que ella esté preparada y quiero hablar con mi hija.

Si voy a decirle lo que siento, muchas veces seremos tres y no dos.

—¿Tarta de Pikota? Te pondré una buena reseña en TheFork. No hay mejor restaurante en este mundo —dice, dando silenciosas palmaditas de emoción.

Sus ojos brillan de alegría al ver el postre y me queda claro que este caramelo la conecta con su niña interior. Esta vez, traigo un solo plato con un trozo grande de tarta para compartir.

—Adelante. Necesito una nota final de una experta en tartas de Pikotas. —Le ofrezco el cubierto de forma teatral. Como si fuera un chef a punto de conseguir su primera estrella Michelin.

—Es una gran responsabilidad. Intentaré no ser demasiado cruel con el resultado.

Nos sonreímos y junto mis manos bajo mi barbilla, observando cómo prueba el primer trozo. Se esfuerza por poner cara de póker para no ofenderme, o para ponerme nervioso creando expectación.

—Arranca la tirita de un tirón —la animo.

—Está un poco más dulce de lo normal y demasiado fría como para apreciar el olor, pero por lo demás está muy rica.

Me gusta su sinceridad. Podría haber dicho que está bien y pasar a otra cosa. No opta por la mentira piadosa.

—La mejoraré —prometo con una sonrisa.

—Está lo bastante exquisita como para tener una segunda cita —añade.

Le robo la cuchara de postre y tomo un trozo para probarla.

Luego, acerco la silla hasta que su hombro choca con el mío.

Cojo una Pikota original, que está de decoración, para ofrecérsela a ella.

Naiara abre la boca y, antes de servírsela, delineo por sus labios dejando un pequeño rastro de azúcar en ellos.

Sus ojos me observan muy abiertos cuando la mastica.

Noto el cambio en su respiración y me enciende.

Pruebo el azúcar de sus labios. Entreabre la boca en una invitación a continuar lo que empecé.

La punta de mi lengua recorre su labio superior con lentitud.

Mi mano va directa a su rodilla, trazando pequeños y lentos círculos sobre su piel.

Joder. Apenas la toco y vuelvo a notar su efecto en mis pantalones.

Ella suspira y sus dedos acarician mi cuello. Me seduce sin pretenderlo.

—Esto merece cinco estrellas Michelin —susurro, rozando adrede mis labios contra los suyos.

Bajo la lengua a su labio inferior y las yemas de mis dedos avanzan hasta su muslo. El contacto con su suave piel me quema. Sus dedos en mi nuca ponen a prueba mi autocontrol. Nuestras respiraciones se oyen más que la música de fondo.

—Bésame —pide en un murmuro agitado. Llevo la mano a la parte de atrás de su muslo y, la otra, a su espalda para elevarla y sentarla sobre mi regazo—. Adrián —insiste con la voz llena de deseo.

Mi nombre en su boca me vuelve loco y su abrazo acortando distancia me hace desearla más.

Llevo mi mano a su cuello con determinación y suavidad y, con la otra, presiono su espalda para acabar uniendo mis labios a los suyos, que me esperan impacientes.

Nos probamos unos segundos, pero no tardamos en buscar nuestras lenguas.

Empieza a sonar la canción que llevo esperando toda la noche.

Hago uso de toda mi fuerza de voluntad y me separo de su boca con un suave y fugaz beso.

—Baila conmigo —le pido, con la excitación clavada en mi aliento.

—¿Ahora?

Su rostro y su voz me transmiten confusión y excitación. Sé que es raro que pare en ese momento. Sobre todo, por lo adictiva que es Naiara, pero llevo un rato esperando a Sinatra.

—Sí, está sonando Fly me to the moon .

—Está bien —dice cortada y levantándose de mi regazo.

Empezamos a bailar. Veo que sigue confusa y no quiero que dude de nada, mucho menos de mí.

—Quiero bailarla contigo porque es la canción que escuchabas la primera vez que quedamos —le murmuro al oído.

Su rostro pasa de la confusión y la duda a la ilusión y la alegría. Se estremece y sonríe con timidez.

—Eres un romántico, Doctor Sabiondo —dice aferrándose a mí con más confianza—. Y me gusta mucho que lo seas —añade después de pegar su mejilla a la mía.

Bailamos en silencio. Tan pegados el uno al otro que puedo sentir su sonrisa sin ni siquiera mirarla. Nuestras manos se entrelazan. Sé que la cita está llegando a su fin cuando la canción está a punto de terminar. La idea de tener que despedirme de ella no me gusta.

Nos sirvo una copa más de vino antes de recoger. Ella insiste en ayudarme; me niego en rotundo. Es una reina y pienso tratarla como tal.

—Tengo una duda que necesito que me resuelvas. ¿Has hecho una lista de canciones románticas de jazz clásico para mí?

—Sí. ¿Tan raro es?

—Es poco común y eso lo hace más especial —dice con los ojos clavados en mí. Vale, que no me tome por un psicópata intenso me tranquiliza—. Ya que no me dejas ayudarte, ¿puedo ver la lista?

—Toda tuya.

Le desbloqueo mi móvil y se lo doy antes de ir a la cocina. Mañana vuelve Valentina, no puedo permitirme más desorden en casa, e intento darme prisa con la organización. Al volver, Nai me espera con la copa de vino vacía. Tomo asiento muy cerca de ella y me inclino a ver qué canción es.

—No quiero que te vayas —admito. Sostengo sus manos y me llevo sus dedos a mi boca para besarlos uno por uno. Quiero ganar tiempo para encontrar el valor de hacerle una propuesta—. ¿Es mucho pedir que te quedes a dormir esta noche?

—¿A dormir, dormir o…?

—A dormir, dormir —respondo con una sonrisa divertida.

—No me he traído el pijama —bromea—. Si me prestas una camisa, podría quedarme.

Soy el hombre con más suerte de este mundo. No me importa que vea la alegría que me produce su respuesta.

—Te regalo el armario entero con tal de que duermas conmigo.

Y, ahí está, su risa de nuevo. No es la primera vez que dormimos juntos, pero esta vez es diferente. Los dos sabemos que nos gustamos.

Le enseño el resto de la casa y ella comenta que esperaba más desorden.

Lo omito, ya tendrá oportunidad de ver cómo es la casa cuando está Valentina.

La llevo a mi habitación, abro el armario y le hago una reverencia para que escoja lo que quiera.

Se decide por una camisa blanca y, cuando voy a salir para dejarle intimidad, me detiene.

—No hace falta.

«No hace falta».

Me pone nervioso con solo tres palabras. No soy capaz de hablar ni de moverme. Se quita el vestido delante de mí, sin apartar la mirada. Lleva un sujetador azul oscuro y unas braguitas del mismo color.

Joder.

Intento disimular mi erección. Naiara es una verdadera diosa.

La camisa le queda ancha, cubre lo justo para que su precioso culo quede fuera de mi vista.

Dobla y coloca con pulcritud su vestido en el banco de pie de cama.

Y, cuando vuelve a mirarme, me quito la ropa delante de ella hasta quedar solo con el bóxer.

—La reina primero —le digo para que sea ella quien entre en la cama.

Ahora sé qué es la felicidad.

La felicidad es estar bailando con ella y querer que sea interminable.

Es sentir su risa y que amenace con besarme.

Y es quererla con un vestido rojo, con una de mis camisas como pijama, o con un pijama gastado, el pelo enmarañado y llorando.

La felicidad es estar con ella en todas sus versiones.

Y, en este preciso momento, la felicidad es estar en la cama con ella, acurrucada en mi pecho y abrazado a su cuerpo.