Nada como tú (Serie Nada 1) La cita oficial
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La cita oficial

ADRIÁN

No espero los dos días reglamentarios para ver a mis amigos, algo que hacemos por respetar la resaca post-Nochevieja de Fidel. Necesito quedar con ellos con urgencia. Así se lo hice saber en un escueto mensaje a las ocho de la mañana, al terminar mi turno.

—¿Te parece urgente vernos un dos de enero a las once de la mañana para contarnos que tienes una cita con Naiara esta noche? —protesta Fidel sin ocultar su indignación.

Tengo una razón de peso. Naiara me escribió ayer para preguntar si seguía en pie nuestra cita oficial. Tenía que ponerlos al día y que me inundaran de coraje. Sí, por raro que sea que ella avise con tan poca antelación, la cita es esta noche. ¡Por fin!

—De corazón, espero que a tus pacientes no los trates así —bromea Luis.

—A mí me parece muy tierno que esté tan nervioso. Le importa mucho la chica y quiere que salga bien. —Paula me echa un cable.

Ella pasó la noche en casa de Luis y este no iba a dejarla fuera de nuestra quedada espontánea. La mira con admiración y sonríe. Me gusta la relación que tienen. Al verlos tan bien, es inevitable fantasear con lo que podríamos tener Naiara y yo.

—No te quepa duda, churri —dice Luis. No juzgaré los apodos cariñosos de esos dos; el amor es lo que tiene—. Es la primera vez que tiene una cita en siete años.

—Desde que la víbora se fue por primera vez —rememora Fidel.

Paula no dice nada. Por su silencio intuyo que Luis le ha hablado sobre la madre de Valentina.

—No la invoques, no es el momento —pide Luis.

Elisabeth y sus cuarenta personalidades distintas no es un tema que me interese.

Les pongo al corriente de lo que pasó la noche de fin de año.

Explico que voy a prepararle una cena romántica en mi casa y la lista de clásicos de jazz que elaboré para ella.

Soporto varios comentarios inapropiados de Fidel y la genuina alegría de Luis.

—Es demasiado trabajo para el primer polvo.

Ignoro el comentario de Fidel. Está demasiado acostumbrado a relaciones esporádicas. Por no hablar de que no se quita las gafas de sol por la resaca, y está nublado.

—No creo que vaya a acostarme con ella esta noche —pienso en alto.

Ni siquiera lo pensé. No voy a negarme si surge, pero solo pienso en besarla. Lo único que quiero es que sea perfecto y que ella esté feliz. Tengo planeada la cita punto por punto. Se me ha pegado un poco su lado organizado.

—¿Cuánto tiempo llevas enamorado de ella? —pregunta Paula.

—¿Qué? No sé si enamorado es la palabra.

No sé por qué he dicho eso. Supongo que no tengo la confianza suficiente con la novia de mi colega como para dejarle ver mi vulnerabilidad.

—Lo es —afirma Luis—. ¿Has deseado a alguien más o te has acostado con otras desde que la conoces?

Niego en silencio. Desde la «no-cita» dejé de quedar con Carmen y Nerea. Sigo quedando con Gia, pero como amigos.

—No le digas que estás enamorado, la vas a asustar —aconseja Fidel.

—Eso es una tontería. Si lo estás, díselo sin rodeos —discrepa Paula.

—¿En serio? —duda Luis, mirando a su pareja.

—Es la única manera de saber si ella está en su misma página.

—No lo hagas —recalca Fidel, frotándose las sienes.

Miro a Luis en busca de ayuda, es el más sensato y objetivo.

—Haz lo que sientas en cada instante —dice tras unos segundos de reflexión—. Da igual el momento. Si sientes que debes decirle que estás enamorado, hazlo.

Llego a casa cansado, mental y físicamente. Antes de dormir hago tres cosas: una videollamada a mi madre para saber cómo está Valentina; llamo a la floristería más cercana de mi piso y encargo un pequeño ramo de tulipanes (sus flores favoritas); y dejo en una percha lo que me pondré esta noche.

Me despierto renovado cerca de las cinco de la tarde.

Para los que somos médicos y padres, dormir casi seis horas es un lujo.

Lo primero que hago es mirar el móvil y debatir con Naiara.

Se empeña en que no la vaya a buscar, que vendrá en taxi a las nueve.

Insisto, pero su cabezonería no acepta una negativa de mi parte. Me gana la primera batalla.

Después, me pongo a cocinar. El postre siempre primero; tarta de Pikota.

Sigo con las croquetas de cebolla caramelizada y queso de cabra.

Y, por último, tortilla de patatas con cebolla.

No le falta el punto dulce a nada del menú.

Sé lo mucho que le gusta. Mis últimos minutos de cocinero los acompaño con otra videollamada a Valentina.

Le prometo que, al día siguiente, haremos todo lo que ella quiera.

No tengo pruebas ni tampoco dudas, acabaré con la cara llena de maquillaje, cual princesa guerrera.

Salgo de casa a toda prisa antes de que la floristería cierre. No tardo más de cinco minutos en llegar. La dependienta está con otro cliente. Al menos, no soy el único que aparece a última hora.

—Buenas tardes. He llamado antes para encargar un ramo de tulipanes.

—Ah, sí. El hombre de la primera cita —dice risueña.

Asiento. Una ligera vergüenza se apodera de mí cuando la chica me distingue de esa forma. Va a la parte de atrás y, en menos de un minuto, sale con un ramo de tulipanes morados.

—No tenía ni idea que existían de este color —comento, impresionado por lo bonitos que son.

—Los morados son para demostrar admiración y respeto. Están asociados a la realeza —me explica.

Justo lo que quiero. Naiara es una reina.

—He acertado de lleno escogiendo esta floristería —digo, cogiendo una tarjeta del mostrador y guardándomela en el bolsillo interior del abrigo.

Le doy una buena propina antes de irme. Es lo mínimo por no ponerme mala cara al aparecer tan tarde. Además, ha preparado el ramo de forma exquisita. Cuando a alguien le encanta su trabajo, se nota.

Una vez vuelvo a casa, dejo las flores sobre el recibidor y voy directo a la ducha.

Son las ocho y cuarto cuando salgo del cuarto de baño. En el tiempo que me queda, me visto, pongo la mesa como la del mejor restaurante de la ciudad, meto las croquetas en la air fryer y añado un par de velas aromáticas en el centro de la mesa.

A dos minutos de las nueve, el timbre de casa suena. Me apresuro a arreglarme el pelo con los dedos y, acto seguido, cojo el ramo. Abro la puerta antes de que pueda llamar por segunda vez.

—Ya era… —Mi broma se queda en el aire en cuanto la veo—. Joder. Estás impresionante.

Lleva un vestido rojo que le llega hasta la rodilla.

Y la abertura que tiene muestra su terso y suave muslo.

Va vestida para volverme loco. Su sonrisa de hoyuelos es genuina.

No puedo dejar de mirarla. Memorizo cada detalle para no olvidarlo jamás.

Su cabello ondulado cae a un lado, dejando al descubierto la piel de su hombro desnudo.

Es una auténtica diosa; me pasaría la noche adorándola.

—¿Los tulipanes son para mí o esperabas a alguien más? —pregunta, devolviéndome al mundo de los mortales.

—Por supuesto que son para ti —titubeo, más nervioso de lo que querría estar, ofreciéndole el ramo.

—Me encantan, son preciosos. —Se inclina para olerlos y vuelvo a mirarla como un bobo—. Me encanta su olor.

—La dependienta me ha dicho que están asociados a la realeza. ¿Debería empezar a llamarte «reina»? —comento. La invito a pasar con una leve reverencia.

—Lo decidiremos después de la cena —responde con un tono expectante y juguetón que me encanta. La acompaño al salón y sujeto la silla para que se siente. Esta noche huele a flores y a algo cítrico—. Es impresionante —admira, con los ojos clavados en las velas.

El brillo que hace la llama de las velas en sus pupilas. Eso sí es impresionante.

Abro la botella de vino y la dejo sobre la mesa.

—Voy a por el primer plato antes de que se me queme —anuncio.

Uff. Un minuto más y me habría cargado el inicio de la cena.

Saco un platillo rectangular y coloco las croquetas casi milimétricamente.

La presentación es tan importante como el sabor del plato.

Quiero impresionarla, demostrarle que no soy tan caótico cuando pongo el empeño suficiente.

Conecto mi Spotify a los altavoces del salón y reproduzco la lista de jazz .

Naiara está sonriendo cuando entro con las croquetas y con una pequeña tabla de quesos para mí.

—¿ Jazz y croquetas? Eso es juego sucio.

Ha escuchado las primeras notas de una de las canciones clásicas de jazz cuando dejo las bandejas. Sirvo el vino y me siento a su lado, acercando un poco más la silla.

—Al contrario, estoy jugando limpio para poder ganar.

—¿Qué quieres ganar? ¿Soy tu premio? —pregunta, probando la primera croqueta.

—No. Eres una mujer libre que toma sus propias decisiones. Lo que quiero es que tú me elijas —confieso.

—¿Puedo ser sincera?

—Adelante —respondo expectante.

—Las croquetas están de muerte —me adula, cogiendo la segunda. Antes de que abra la boca para preguntar si es eso lo que me quería decir, ella misma me resuelve la duda y añade—: Creía que no te gustaba.

Su confesión me sorprende, sobre todo porque yo creo ser transparente al extremo con ella.

—¿Qué te llevaba a pensar tal cosa?

—En la no-cita saliste corriendo. Te tiraste al agua cuando quise besarte —dice con un ligero tono de reproche que me hace sonreír.

—Eso tiene explicación —me defiendo, un poco nervioso por tener que admitirlo—. Cuando dijiste lo del beso me acojoné. Tú parecías tenerlo todo controlado y, sumado a los pésimos consejos de Fidel, mis neuronas cortocircuitaron y me tiré para aclarar mis ideas.

—¿Y ahora no?

—Ahora mucho más, pero no tengo miedo —aclaro, sincero—. Esa noche fui un idiota, pero mis intenciones eran buenas. Contigo quería ir despacio y…

Naiara me interrumpe, coloca su dedo índice sobre mis labios con delicadeza.

Se levanta y da un par de pasos que eliminan la distancia entre los dos.

Me paraliza la majestuosidad de sus movimientos y su mirada.

Mis manos tocan las suyas. Inseguro, me contengo para no acariciar la piel expuesta de su muslo.

La abertura de su vestido me pone a prueba.