Nochevieja. Segunda parte #2
La sonrisa de felicidad que pone es suficiente para llenarme de buen humor y hacer que me olvide de todo. No hace ademán de levantarse, está muy cómoda en mi regazo y no pienso ser la que le robe esa tranquilidad. Da igual hacia dónde me mueva, ella se encarga de darle la espalda a Sergio.
Ni Sergio ni Isaac abren la boca. Mi amigo finge mirar su móvil. Mi hermano no se molesta en disimular. Adrián se asoma desde la cocina, trayendo consigo el olor del segundo plato.
—Tenemos un pequeño problema —anuncia—. El segundo plato va por raciones y no contaba con más invitados. Solo hay cinco. ¿Te importa si te doy la mitad del mío?
—¿Qué es? —pregunta Sergio.
El olor que viene de la cocina es maravilloso.
—Cachopo —me atrevo a adivinar.
—Listilla —dice con tono cantarín y me dirige una mirada entrecerrada que me hace sonreír.
Gia sale a hacer de camarera. Pone una fuente de ensalada en el centro, nos sirve más sidra de una nueva botella y vuelve a la cocina.
Mi hermano no mueve un dedo por estar de guardián.
Quiero ayudarla, pero Valentina está muy cariñosa.
La niña me acaricia los pendientes y juguetea con sus pulseras.
Cuando se acurruca contra mi pecho, me hace morir de amor.
Gia sale con los platos y, mientras sirve, increpa a mi hermano con una mirada.
La educación y saber estar habitual de Sergio se han fugado. No espera a los cocineros y corta un trozo de cachopo. Mi hermano y yo nos miramos en silencio. Sé que quiere matarlo.
Adrián aparece con el jersey y la camisa remangados hasta los codos, corriendo hacia la mesa.
—¡No! Ese es para Naiara. Se ha confundido Gia con los platos —explica, pero Sergio ya está masticando el primer trozo.
—¡Qué asco! ¿Qué es está cochinada? —La cara de Sergio se encoge. Busca una servilleta y escupe el cachopo—. ¿Quién le mete dulce a un cachopo?
Isaac y Valentina también ponen cara de asco, pero a él.
—¿Sorpresa? Supongo —suspira Adrián, desilusionado.
Ignoro el drama culinario de Sergio, aparto sus cubiertos y le cojo el plato para ponerlo enfrente de mí.
Con la niña aún en mi regazo, corto un pequeño trozo del cachopo y lo llevo a la boca.
No está igual de bueno que el que comimos en el restaurante, pero sigue estando exquisito ese contraste.
Adrián me observa, casi sin pestañear, esperando un veredicto.
—Está delicioso. ¿Has hecho solo este por mí? —quiero saber. Él, que sonríe desde mi veredicto, asiente al instante—. Muchas gracias.
—¿Puedo probar el plato de Nai, papá? —pregunta la niña.
Cojo los cubiertos, pero lo miro para saber si le da permiso. Su sonrisa lo dice todo, así que corto un trozo más pequeño para ella. Los dos la miramos expectantes.
—Está riquísimo. Yo quiero.
—Solo hay ese y es para Nai.
Puede que sea su padre y no sea asunto mío, pero si yo puedo hacerla feliz con algo tan simple, no pienso ser egoísta.
—Compartiremos el plato, pero esperaremos a tu padre y Gia para cenar, ¿vale?
—pregunto. Valentina asiente, satisfecha con mi respuesta.
Luego, lo miro a él—. Así no tenéis que compartir.
Sergio se puede comer el de la princesa guerrera —propongo.
Miro a Sergio de reojo y añado—: ¿O tienes algún impedimento?
No disimulo mi tono increpante hacia Sergio. Espero que le ayude a darse cuenta de que se está comportando como un capullo.
—Ningún problema —responde, agachando la cabeza.
Cuando están todos los cachopos servidos y el ambiente vuelve a ser normal, me centro en Sergio. No lo está pasando bien y no ayuda que mi hermano sea tan frío. No se merece ese trato.
—Te ayudaré a saber si tus sospechas son ciertas o no, pero vamos a tener el resto de la cena en paz, por favor —le pido en voz baja y me inclino hacia él.
—Lo siento mucho, Nai. No debí quedarme. Hoy no soy buena compañía para nadie —admite, arrepentido.
—Todos tenemos días malos.
El resto de la cena, Gia y Adrián intentan un acercamiento más amigable con Sergio. Isaac finge que no existe. Jamás voy a entender su odio irracional.
Isaac y Adrián se encargan del postre. Colocan en la mesa un plato llano cada uno, con pequeños trozos de turrón dispuestos con elegancia. Parece turrón casero.
—Pruébalo, a ver si te gusta.
Adrián me ofrece el primer trozo y, en vez de cogerlo, abro la boca para que me lo sirva directamente.
Noto un ligero brillo en su mirada. ¿Le habré sorprendido?
Mete el dulce en mi boca con delicadeza.
No sé cómo lo hace, pero es jodidamente erótico.
Disimulo como puedo el deseo que me provoca.
Evito su mirada y saboreo el turrón. La cereza y el chocolate se deshacen en mi boca en una explosión de sabor.
—No es comprado. ¿Lo has hecho tú?
—Sí. Es la primera vez que lo hago —responde con una pizca de timidez.
—Está bestial —admiro, cogiendo otro trozo casi al mismo tiempo que los demás.
«¿Lo hará todo tan bien?», pienso.
La mirada pícara de Gia me asusta. Es como si me leyera la mente.
Acabada la cena, Sergio decide irse. Siento que todos agradecen su retirada, incluida yo. No es un buen día para él.
—En un par de días tengo una reunión, pero en cuanto pueda, te llamo y hablamos —le prometo en la puerta.
—No tengas en cuenta lo de esta noche. Perdóname, por favor —dice con una mueca de tristeza.
No puedo enfadarme con él. Le doy un último abrazo cariñoso, transmitiéndole fuerza. Nada más girarme, todos sonríen con alivio. Unos más que otros.
—Ya era hora —respira mi hermano haciendo un gesto de triunfo.
—No lo está pasando bien. Sospecha…
—¿Que Laura le pone los cuernos? —Gia acaba mi frase.
—Pues cuando confirme que sí que lo engaña, que no se pase por aquí. No lo aguanto —añade Isaac.
—¿Por qué decís eso? —cuestiono molesta. Se están ensañando con el pobre Sergio.
—Me lo ha dicho Gia —replica mi hermano y alza las manos como si se declarase inocente.
Mi mirada pasa de mi hermano a mi amiga, buscando explicaciones. Sin embargo, es otro el que habla y eso me resulta totalmente inesperado.
—Es verdad. Al menos eso me ha dicho Gia cuando quedamos para organizar la cena sorpresa —explica Adrián.
Gia me explica lo que ha visto. No puedo creer que Laura le esté engañando.
Sergio la adora. Se le va a romper el corazón.
Joder, me siento fatal. El deseo de regañar a mi hermano aumenta, pero me contengo por Valentina.
¿Cómo es capaz de tratarlo tan mal cuando sabe que lo están engañando?
Es demasiado cruel. Sobre todo, hipócrita.
Él también lo está pasando mal con Tatiana. Debería tener más empatía.
Resoplo y no digo nada. Ahora que tengo esa información, no sé qué debo hacer.
—Nai, ¿jugamos?
La dulce voz de Valentina me devuelve a la realidad. Tiene el arco y las flechas preparadas.
—En un rato. Isaac y yo tenemos que recoger y lavar los platos.
—No te preocupes, puedo hacerlo yo —dice Adrián.
—No. Vosotros dos habéis cocinado, servido y organizado la cena sorpresa.
—No la malcríes —bromea Gia con Adrián. Después, se gira hacia mi hermano con su cara de vacilona—. Apúrate a recoger, bombón. El laxante que te puse en la sidra no tardará en hacer efecto.
Mi hermano niega con chulería. Cuando ella no mira, su cara se transforma en preocupación y sé que le ha hecho dudar de que eso pueda ser cierto. Son como niños pequeños, todo el rato molestándose el uno al otro.
—Profe Gia…
Con todo el lío de la cena, no caigo en la familiaridad entre mi mejor amiga y Valentina hasta ahora. No lo considero surrealista que sean alumna y maestra, más bien… peculiar.
—Si no estamos en el cole, llámame Gia.
Eso es lo último que escucho de su conversación antes de entrar cargada de platos.
Isaac y yo formamos equipo y en menos de veinte minutos dejamos todo limpio y organizado para volver al comedor.
Sobre todo porque no cruzamos palabra. Él está molesto por cenar con Sergio, y yo lo estoy por su crueldad con él.
Valentina enseña su arco y flechas a Gia, y Adrián ríe por la impaciencia de su hija. No tiene sentido y confío en ellos, pero no puedo evitar sentir una punzada de celos al verlos a los tres juntos. Al regresar, la niña me mira impaciente.
—Voy un momento al cuarto de baño y, cuando vuelva, jugamos —le prometo.
Necesito un momento para sacar esos pensamientos. Cuando cierro la puerta y estoy sola en el baño, suelto un suspiro.
«No te montes películas, no hay nada entre ellos».
Estoy más sensible de lo normal. Abro el grifo y meto mis manos bajo el agua fría para refrescar mi frente y nuca.
El frío alivia mis pensamientos. Poco a poco, me siento mejor.
El ya olvidado pinchazo de celos no es la única razón de mi huida.
No quiero una excesiva celebración de año nuevo.
No sin mis padres. No quiero uvas ni campanadas.
Miro el reloj; pasan tres minutos de medianoche.
Estoy fuera de peligro y decido volver con ellos.
Al abrir la puerta, Adrián está justo en frente.
Apoyado en la pared del pasillo y con las manos en los bolsillos de su pantalón.
Una sonrisa se dibuja en su cara en cuanto me ve.
—¿Todo bien? —pregunta. Asiento, sorprendida por su presencia. Se incorpora para acercarse a mí con lentitud y elegancia, y me da un suave beso en la mejilla—. Feliz año nuevo, encanto.
Sus manos chocan casi imperceptiblemente con las mías. El tono de su voz es íntimo, casi sensual.
—Feliz año nuevo, Adrián —logro decir, aturdida por el momento que se crea entre nosotros.
Estamos al final del pasillo, solos, y a pesar de que mi piso no es un palacio, tengo la dulce sensación de estar en una pequeña burbuja con él.
Nuestra burbuja. Sigo sintiendo el roce de sus dedos y me atrevo a bajar la mirada para verlos.
La yema de mis dedos busca más contacto con su mano y, cuando él opta por sostener mis manos, me encuentro con su mirada.
Mi respiración se acelera. Quizás es la suya la que escucho.
Puede que ambas. Sus pupilas se dilatan, dejando menos azul en sus ojos.
Su aliento choca contra el mío y mi mirada cae hacia sus labios.
Me resultan tan apetecibles. Lo voy a besar, está decidido.
Me acerco despacio. Él entrelaza sus dedos con los míos.
El corazón me palpita en la boca y en los oídos.
Un movimiento más y podré saborearla por primera vez.
Valentina chilla mi nombre antes de rozarnos siquiera.
Doy un paso atrás como si pudiera aparecer en cualquier momento y Adrián chasquea la lengua.
—Qué oportuna —murmura demasiado cerca.
—Tendremos más ocasiones —susurro más nerviosa de lo que creía.
Adrián me mira a los ojos y suelto un suspiro. Se muerde el labio inferior y tira de mi mano con suavidad para dejar nuestra burbuja atrás. Al menos, hasta que podamos volver a ella.