Nada como tú (Serie Nada 1) Nochevieja. Segunda parte
56%

Nochevieja. Segunda parte

NAIARA

Es la segunda vez que Sergio se presenta en mi casa sin avisar. Por la cara larga que trae, no es el mejor momento para increparlo. El ambiente está raro. Todos, incluida Valentina, están demasiado callados.

—¿Podemos hablar en privado? —me pregunta en voz baja, con la mirada clavada en la niña y Adrián.

Todos están ocupados en la cocina y siento que debería estar ayudando. No sé qué hacer. La única mirada que no me esquiva, en busca de apoyo, es la de Adrián.

—No te preocupes, prepararemos la mesa —dice demasiado serio.

—Al risotto le faltan quince minutos. Podemos ir comiendo los ibéricos —añade Gia sin apartar la mirada de su tarea.

Le echo una última mirada a Adrián, ahora sí que la esquiva sin disimulo. Miro a Sergio y asiento, liderando el camino hasta la otra punta del piso. Lo que sea que quiera decirme en privado será en el pasillo. De todos modos, no nos oirán desde la cocina.

—¿Qué ha pasado?

—Laura me ha puesto los cuernos —dice en un excesivo resumen que me deja helada.

—¿Qué? ¿Cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho?

Me sorprende la noticia. Necesito más información y contexto. Aprieto los labios, arrepentida por ser tan cotilla, pero a Sergio no parece importarle.

—Lleva rara una temporada. Hoy ha puesto una excusa barata para no quedar conmigo. Que es Nochevieja, joder —explica como si me estuviera contando que la ha pillado de lleno.

—Eso no prueba que te esté siendo infiel.

No pinta nada bien, pero tampoco hay que precipitarse sin tener la certeza. No sé qué decirle, apenas conozco a su novia. ¿Sería capaz de engañarlo? ¿Quién sabe?

—Tal vez… —dice, soltando un suspiro. No me explica nada más. Solo es una sensación, no llega a ser un hecho confirmado. Luego, me mira avergonzado—. Perdona, no sabía que tendrías invitados.

—Hasta hace media hora, yo tampoco lo sabía —admito, encogiéndome de hombros—. ¿Qué vas a hacer ahora?

—Irme a casa, supongo.

Mierda. Sus padres pasan las navidades en Vigo. Y, tal como está, dudo que recurra a sus colegas. Obviamente, Laura no es una opción. Suena tan solitario y derrotado... No puedo dejar que se vaya así.

—¿Quieres quedarte a cenar con nosotros? —propongo.

—No sé, Nai. No quiero molestar —responde, caminando en dirección a la puerta.

Seguro que a Isaac no le hace gracia. Soy incapaz de dejarlo tirado.

—Vamos —insisto. Lo llevo a la cocina, me murmura un «gracias» casi inaudible y pasa a la estancia, que cada vez huele más a comida—. Tenemos un invitado más —anuncio.

Valentina acaricia a Salem, al lado de su padre. Se separa de ellos y se acerca a mí, observa a Sergio con los ojos muy abiertos. Es tan tierna.

—¿Cómo te llamas? —le pregunta con timidez.

—Sergio —responde, incómodo.

—Dile quién eres —la animo.

—Soy una princesa guerrera —dice, presume de arco y flechas de juguete.

A Sergio nunca se le han dado bien los niños. Para mí, los niños lo hacen todo más fácil. No tienen prejuicios, hacen amigos muy fácil y son sinceros en exceso.

—La princesa guerrera es Valentina y, su padre, Adrián.

—No es la mejor presentación del mundo, pero presentarlo como el chico que me gusta no es apropiado.

No hemos tenido una cita, como para ponernos a contestar las preguntas incómodas que haría la niña.

Cuando lo diga, será un momento solo de los dos—. Al resto, ya los conoces.

Gia lo saluda desde los fogones. Mi hermano lo ignora, como siempre. Adrián se acerca con decisión y le ofrece su mano.

—Encantado de conocerte, Sergio.

Me quedo mirando embobada. La amabilidad y seguridad que desprende Adrián lo hacen tan atractivo… Sergio tarda unos segundos en estrechar su mano, convirtiendo la presentación en un momento incómodo.

La mesa ya está puesta, con la tabla de ibéricos en medio. Sergio parece un poco perdido hasta que ve una botella de sidra sin abrir. Se dirige a ella como si fuera su tarea no asignada. Isaac apura el paso y la coge antes que él.

—La abro yo. Es mi sidra favorita —se excusa por ser un maleducado con Sergio.

Me percato de que Adrián y Gia se están mirando y comparten una sonrisa disimulada. Valentina sigue jugando con Salem, ajena a todo.

—¿Qué falta por hacer? —pregunto para unirme a Sergio en alguna tarea, así no se sentirá excluido.

—Sentarse y comer —responde Adrián.

Le digo a Sergio que tome asiento. Hago un sutil gesto a Adrián y voy hasta la nevera.

—Valentina no toma sidra, ¿no? —bromeo.

—Hasta que cumpla los cuarenta, no —responde con una amplia sonrisa.

—Coge lo que quieras para ella. —Señalo las opciones: cola, agua mineral, refresco de naranja y de limón. Adrián coge el refresco de naranja y veo un par de cosas que no estaban en la nevera la última vez que la abrí—. ¿Qué es esto?

—El postre —dice Adrián. Coge mi mano para evitar que cotilleé. Ahora estoy más intrigada—. No se toca. Es sorpresa —añade con cara de pillo.

—Es mi nevera, puedo mirar lo que quiera —replico, sin soltar su mano. Me mira con una ceja levantada. Su mezcla de actitud amenazadora y sensual me atrae—. No lo haré, pero podría —murmuro.

—Entendido, encanto —dice en el mismo tono, creando una tensión dulce y, sí, excitante—. Pero nada de cotillear el menú.

—¿Te sirvo sidra, Nai? —pregunta Sergio, rompiendo nuestro acercamiento.

—Claro.

Suelto la mano de Adrián con lentitud. Lo esquivo y vuelvo con Sergio, que está escanciando.

Después de beber el primer culín de sidra, y por el bien de la noche, me pongo a escanciar para todos.

Primero a Gia, la que más está trabajando.

Luego a Isaac, para echarle una mirada de advertencia.

Otro para Sergio. El último es para Adrián, que roza mis dedos al coger el vaso.

En silencio, disfruto de su leve contacto.

La bandeja de ibéricos ya está empezada.

Supongo que picotearon en nuestra ausencia.

Lo que queda desaparece en menos de cinco minutos.

Adrián me ofrece la última loncha de jamón ibérico y pienso en algo que a él no le gusta.

—Menos mal que no hay croquetas —bromeo en un susurro cómplice.

—¡¿No te gustan las croquetas?! Qué tontopolla —se burla Sergio, como si conociera a Adrián de años.

¿Qué coño…?

—¡Sergio! —exclamo, avergonzada.

—¿Qué es «tontopolla», papá?

—Perdón —dice, y noto el rubor subir por sus mejillas.

Gia e Isaac miran a Sergio con desprecio. La manera de Sergio de entablar una conversación con Adrián no es la mejor ni-de-cerca. Sé que está nervioso, pero no me parece correcto que suelte algo así a alguien con el que no tiene confianza. Además, está la niña. Hasta Gia está más contenida.

—A ti no te gusta la tortilla de patatas —suelta Gia en defensa de Adrián.

—¿Se lo has dicho? —se ofende Sergio.

—Es mi mejor amiga. No creí que fuera un secreto inconfesable.

Las cosas se lían un poco más. A mi lado, Adrián le explica a su hija que «tontopolla» es una palabrota muy fea que no se le dice a nadie.

—Lo siento —susurro para que solo me escuche él.

—No es culpa tuya, encanto —contesta con una de sus irresistibles sonrisas y evita el contacto visual y verbal con Sergio.

Valentina mira a Sergio con mala cara y le hace el corte de manga.

Adrián la pilla y le baja la mano. Le explica que eso está igual de mal y hace que se disculpe con mi mejor amigo.

La pequeña obedece sin ganas y su padre se excusa por ella también.

El único que no se retracta es el principal causante de todo aquel ambiente incómodo.

—¿A ti qué te pasa? —le recrimino en voz baja.

A regañadientes, y más rojo que un pimiento, se disculpa con Adrián. Estar en medio de los dos me pone más tensa e incómoda. Sergio no es así. Quiero creer que es por su estado de ánimo por sus dudas de Laura.

—El risotto alla milanese se va a enfriar. —Gia se levanta, rompiendo el mal ambiente. No tarda en ir a por su risotto y ponerlo en el centro de la mesa—. ¿Quién tiene más hambre?

—A mí primero. Huele muy bien y estoy salivando. Pero no me eches veneno ni laxantes, que te conozco —le advierte mi hermano.

Es la primera vez que mi hermano le hace un cumplido a Gia, aunque sea a su manera.

—Tranquilo, ya te lo he echado en la sidra —replica.

El humor de esos dos alivia el ambiente considerablemente. Al servirle a Adrián, este me da su plato y coge el mío, vacío, para él. ¿Puede ser más adorable? La respuesta es sí. Se centra en Valentina hasta que comprueba que no tiene problema en comerse el plato. Su lado paternal es muy sexy .

Adrián es el primero en terminarse el risotto y felicitar a Gia por lo rico que está. Sergio lo imita. E Isaac, en su línea, le dice que «no está para tirarlo».

—Ya soy mejor que tú en dos cosas: cocinar risotto y en la originalidad de mis disfraces —le pica.

A Adrián se le escapa una risilla recordando la noche temática.

—¿Quieres que vuelva a estar insoportable? —le pregunto a ella en broma.

—Solo fue suerte —dice mi hermano con un gesto chulesco.

Le explico a Sergio la anécdota de aquella noche. Adrián y Gia se levantan, informando de que van a preparar el segundo plato. Valentina ocupa el sitio de su padre y exige mi atención.

—¿Y tú cómo estás tan superguapa?

—Me ha pintado mi yaya —dice con una sonrisa feliz, cerrando los ojos para que contemple el maquillaje. Se baja de la silla para estar más cerca, con la vista clavada en mi vaso de sidra. Quiere subir y la siento en mi regazo—. ¿Me das de tu refresco?

—No es refresco. ¿Quieres que tu padre me regañe por darte sidra? —le digo con una cara teatral de miedo que le hace sonreír.

—Huele bien —insiste la niña, arrancándome una risa.

—Tengo una idea mejor. —Me mira curiosa, interesada—. ¿Qué te parece si después de cenar me enseñas a usar ese arco? Podemos lanzar algunas flechas por aquí —le propongo.

—¿Me lo prometes? —dice cerrando una mano y alzando su meñique.

—Te lo prometo —afirmo, enroscando mi meñique en el suyo.