Nada como tú (Serie Nada 1) Nochevieja. Primera parte #2
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Nochevieja. Primera parte #2

—Cenamos en casa de Nai. —Siento la mirada de mi madre clavada en mí. Su silencio dice mucho y no me hace falta verla para intuir que sonríe con mi cambio de planes—. También estará la profe Gia y el hermano de Nai. ¿Te apetece?

—¿De verdad? ¡Qué guay!

Valentina empieza a dar saltitos de alegría. Juntar a su profesora preferida y a Nai le resulta casi tan emocionante como si la llevase a Disneyland. No ha parado de repetir que quiere ver a Naiara desde que le dio el postre especial en el evento de Navidad.

Levanto la mirada para enfrentarme a la de mi madre. Sabía que sonreía.

—¿Me ayudas a llevarla hasta el coche? Tengo que cargar unas cuantas cosas.

—Lo que sea —dice con un tono divertido e ilusionado.

—No hagas eso. Bastante nervioso estoy ya —le ruego.

Mi madre tiende a emocionarse en exceso y, en este caso, no me va a ayudar.

—No lo estropees. Me gusta mucho para ti.

Estropear algo con Naiara no está en mi diccionario, ni en mis planes.

Bajamos los tres hasta el garaje. Mi madre abre el coche y mete a la niña en la parte de atrás.

Descarto guardar todo en el maletero, por si acaba desparramado.

Lo coloco en el asiento del copiloto. Así lo tendré controlado los diez minutos que hay hasta la calle de Naiara.

Son casi las nueve menos cuarto cuando llegamos. Gia está esperando con un pie puesto en la puerta abierta. Al verme, me regala una mirada asesina. Si no está soltando pestes contra mi tardanza, es por la presencia de Valentina.

—¡Profe Gia! ¡Qué guapa! —la saluda mi hija.

Su mirada incrédula va de mi hija a mí, varias veces. No sé si por su presencia o por su peculiar vestimenta.

—No tanto como tú, Valen. Estás superguapa y elegante. —Se inclina para recibir un beso de mi hija—. ¿Puedes llamar al ascensor?

Mi hija le hace caso sin refunfuñar ni esperarme. Está claro que se le da bien ganarse a los niños.

—En cuanto a estilo, no eres el tipo de Nai ni por asomo. —Aprovecha que la niña no escucha para soltarme un… ¿piropo o crítica? No estoy muy seguro.

—¿Eso es malo? —pregunto y sostengo la puerta para que pase, compensando su espera.

—A ella le gustas así —dice, encogiendo los hombros.

—Eso suena bien —murmuro.

En el ascensor, ellas son las únicas que hablan.

No puedo prestarles atención, los nervios van en aumento.

¿Y si es mala idea? ¿Y si alguno se siente presionado de alguna manera con la cena sorpresa?

Hay tantas cosas que pueden salir mal. Estoy tenso, nervioso y con el corazón bombeando a un ritmo frenético.

Es Gia quien pide a Valentina que toque el timbre.

Joder, estoy atacado. Al segundo timbrazo, la puerta se abre. Es Isaac, con el ceño fruncido.

—Servicio de catering —digo, haciendo un gesto a todo lo que llevamos.

Nos observa confuso. Repasa en silencio todo lo que llevamos hasta que se queda mirando un punto fijo: el escote de Gia. Ella sonríe de manera fugaz, con triunfo.

—Bombón, mi cara está más arriba —saluda ella.

—¿Qué hacéis aquí? —habla por fin, mirándome a mí. No sé si porque quiere evitar el contacto visual con Gia o no le parece buena idea la sorpresa—. No es…

—Hemos venido a cenar con vosotros —lo interrumpe la rubia, sin darle opción a una negativa—. Nos dejas pasar o ayudas. Esto empieza a pesar mucho.

Mas que una petición, parece una orden. Isaac coge la caja de sidras como si fuera su regalo de Navidad y se aparta. Una de dos: es la sidra favorita de Isaac o la de ambos. Gia oculta una sonrisa y sé que es la primera opción.

Ella entra directa a la cocina, como un huracán.

Deja todas las bolsas sobre la mesa y suelta un suspiro de alivio.

Abre la nevera para mí, sabe que no tengo su misma confianza en ese piso.

Dejo el postre y los cachopos preparados para freír.

Isaac la esquiva para meter las botellas de sidra en la nevera.

No veo a Naiara y no me atrevo a preguntar.

Valentina tira de la camiseta de Isaac para llamar su atención.

—¿Eres el hermano de Nai? —pregunta, curiosa.

Él sonríe por primera vez.

—Sí. ¿A que no nos parecemos? —le dice más amable.

Ella niega, rotunda y con una risita tímida.

—Y el novio de mi tía Tati —recuerda Valentina.

Mierda. No esperaba que se acordara. El rostro de Isaac se ensombrece.

—No —responde tajante, con amargura.

Cojo la mano de mi hija para que deje de hacer preguntas incómodas. Gia me mira y hace una mueca.

—Voy a avisarla —dice.

—Quieta —exige Isaac, que la agarra por el codo—. Iré yo. No es el mejor momento.

Gia no lo contradice y, mientras esperamos en la cocina, revuelve algunos cajones para sacar lo necesario para su risotto .

—Es un gruñón —lo acusa mi hija con cara de desagrado.

La rubia se detiene para acercarse a la niña. Se agacha para estar a su altura y le sonríe.

—Isaac es superguay. Siempre está sonriendo y es muy divertido.

—¿Es porque le caigo mal?

—No, es porque está triste —explica.

Menos mal que Gia ha venido al rescate. No sabría cómo resolver esa situación.

Tampoco puedo decir nada, mi hermana ha huido al sur y Gia está encargándose de capear el temporal.

Me siento mal por las tres partes. Y, sobre todo, por empatizar más con la italoespañola.

Habla de él con tanto amor… No puedo tomar parte de ningún bando.

Después de todo, ella no está haciendo nada malo.

—¿Por qué?

—Porque le ha salido una cosa mal —responde con paciencia—. A veces, la tristeza impide que veamos lo mucho que mola una persona. Te prometo que te va a caer muy bien. Y él te va a adorar.

Un carraspeo llama nuestra atención y los tres nos giramos.

Isaac parece tenso. Tiene la mirada clavada en Gia como si estuviera enfadado con ella.

Naiara aparece al lado de su hermano. Tiene el pelo enmarañado, un pijama de flores desgastado y los ojos enrojecidos.

Nos observa atónita. Ha estado llorando.

Me dejo llevar por lo que cada molécula de mi cuerpo me pide.

Suelto la mano de mi hija y camino hacia ella, decidido.

No me detiene. No le pregunto. Ninguno emitimos ningún sonido hasta que la envuelvo entre mis brazos.

Sus manos se posan en mi espalda y su cara se hunde en mi pecho.

En ese momento, noto cómo se rompe en un llanto silencioso y me duele el corazón.

Le beso la frente y no la suelto. No pienso soltarla hasta que ella se recomponga.

La voz de Gia hablando con Valentina me llega como a kilómetros de distancia.

Estoy total y completamente centrado en Naiara.

Sé que van a la cocina porque veo tres pares de pies dirigiéndose a la puerta, en absoluto silencio.

Las palmas de sus manos se aprietan más, pegándome a su cuerpo.

Le acaricio el pelo. Hago círculos suaves y lentos sobre su espalda.

Me descubro emocionado, como si fuera una esponja que absorbe su dolor para aliviarla.

Se separa escasos centímetros. Quiero ser su lugar seguro, donde puede volcar su dolor y mejorar, aunque sea un poco.

—Los echo mucho de menos. —Su voz es débil, triste.

Ahora sé qué le pasa. Todo tiene sentido. No celebra nada de la Navidad porque extraña a sus padres.

—Y los echarás de menos todos los días —murmuro. No quiero alterar ni una pizca de su vulnerabilidad, ni de la confianza que me regala al abrirse.

—Tú has perdido a tu padre de la misma forma. ¿Cómo haces para que no te afecte? —Al formular su pregunta, sus ojos buscan los míos por primera vez. Se sorprende al ver mi emoción.

—Claro que me afecta. Lo echo de menos todos los días, pero intento que no se note —confieso con una sonrisa. Sus finos y suaves dedos acarician mis mejillas, limpiando un par de lágrimas escurridizas—. Soy médico. Supongo que lidiar con la muerte está en el ADN.

—Eres pediatra —puntualiza soltando una risilla, aún emocionada.

—Sí y también atiendo urgencias básicas —me quejo, divertido.

Los dos nos quedamos en silencio, sin soltarnos y sin intención de separarnos. En cualquier otro momento, intentaría besarla. No quiero hacerlo cuando está sensible. Nunca me aprovecharía de su vulnerabilidad. Quiero que sea algo de los dos, íntimo.

—Hueles muy bien —comenta y baja la mirada hasta mi pecho—. Ay, Adrián… Lo siento mucho. Te he puesto el jersey perdido —dice avergonzada.

Se separa de mí, lenta. Sus lágrimas y mocos sobre mi jersey es lo que menos me importa.

—No pasa nada, encanto. —Coge papel de cocina y se suena, dándome la espalda.

Cada vez me gusta más. Arranca otro papel y vuelve a mí para limpiarme el jersey.

Le quito el papel de la mano para hacerlo yo y, de paso, conseguir que vuelva a mirarme—.

¿Qué te parece si tú y tu hermano os cambiáis de ropa mientras nosotros preparamos la cena?

—Será lo mejor. Estoy hecha un asco.

Antes de que pueda marcharse, la adelanto y me pongo en medio de la puerta.

—Una cosa más, encanto. En pijama, despeinada y con mocos, sigues estando preciosa —le recuerdo en un susurro. A un par de centímetros de su precioso rostro y clavando mis ojos en los suyos.

Naiara me esquiva en una mezcla de timidez y diversión. Gia y Valentina vuelven a la cocina segundos después de que ella se vaya.

Mi hija y yo somos los pinches de cocina de Gia. Y, cuando no nos necesita, saco la tabla de embutidos, corto el pan y compruebo si el postre tiene la consistencia perfecta.

Isaac es el primero en aparecer. Va sin chándal, arreglado pero con su rollo, medio informal, medio surfero. La rubia no lo ve cuando se queda un momento en la puerta; la mira como si no la reconociera.

—¿Vas a quemarme la cocina? Por ir ahorrando para una nueva.

—Sí, después de la cena y contigo dentro —replica.

Mi hija está entretenida colocando con precisión la bandeja de ibéricos.

Me permite darme cuenta de la conexión que tienen.

Me siento mal hermano al pensar que podrían hacer buena pareja.

Gia añade el primer cucharón de caldo al arroz.

Sin dejar de remover, se gira y le hace un gesto para que se acerque.

—¿Pretendes enseñarme a cocinar? —se burla, pero accede a su petición.

—Mejor, te voy a contar algo que vas-a-fli-par —dice en su versión más cotilla y misteriosa. Una versión que a Isaac parece gustarle; no sé si por ella, o por el cotilleo—. He visto a Laura besándose con otro tío antes de entrar los dos al Que no te lo cuenten.

Isaac sonríe como si fuera un psicópata, la mira, ella asiente y él se frota las manos.

—Voy a disfrutar contándoselo —comenta con malicia.

De su conversación deduzco que a ninguno de los dos les cae bien Sergio. Naiara aparece con un vestido corto de color verde oscuro. Tiene el pelo recogido en un moño bajo y unos zapatos que hacen que sus piernas parezcan todavía más kilométricas de lo que son.

—Estás mucho más guapa que antes —dice Valentina.

Su intervención me ayuda a no quedarme embobado con aquellas piernas y esa sonrisa que pone al escuchar a la niña.

—Está guapa siempre —la corrijo.

Valentina me mira y sonríe con timidez. El timbre suena. Los dos nos miran como si Gia y yo invitáramos a más gente.

—¿Ariadna? —pregunta Naiara.

—No. Me ha dicho que cenaba con su familia en Oviedo —responde Gia.

Isaac es quien va a la puerta principal. No tarda ni cinco segundos en volver. El timbre sigue sonando.

—¿Quién es? —interroga Naiara.

—Nadie. Se han equivocado —responde.

Valentina corre, dando saltitos en dirección a la puerta. Antes de poder detenerla, la abre como si estuviera en su casa. Naiara se adelanta a mí y se asoma por la puerta de la cocina.

—¿Sergio? ¿Qué haces aquí?

Isaac pone cara de pocos amigos y Gia suelta un bufido de hastío.

Supongo que algún día tenía que pasar, pero no es el mejor momento para conocerlo.

El famoso Sergio aparece en la cocina con la amargura en el rostro y pegado a Naiara.

Mis celos no son por su físico, sino por el lugar que ocupa.

Se ha convertido en la sombra de Naiara.

Gia, Isaac y yo nos quedamos en un silencio incómodo, sin saber qué decir. 1 Sin insultar, bocazas.