Nochevieja. Primera parte
ADRIÁN
Mi hermana había decido irse una semana al sur, quería «perderse para encontrarse». O lo que es lo mismo: huir. La quiero, pero está siendo muy egoísta al no dar señales de vida a Isaac desde Navidad.
—¿No pensáis decir nada? —pregunto impaciente a los chicos.
Acabo de confesar a Fidel y Luis que me estoy enamorando de Naiara. Ninguno parece haberme oído. Me ofende que no estén aplaudiendo, tampoco proponen una celebración.
—¿Quieres que finjamos estar sorprendidos por la noticia? —dice Fidel, haciendo más caso a su café que a mi reciente confesión—. A nosotros también nos gusta para ti. Y, sí, era obvio que te enamorarías de ella.
Luis asiente, confirmando las palabras de Fidel. No necesito su aprobación, pero que crean que me conviene es buena señal. Luis pone la mano sobre mi hombro, como para consolarme por la falta de emoción que recibo de ellos.
—Has tardado demasiado tiempo en admitirlo —añade.
—¿Sabes lo que sí me sorprende? Que no le eches la bronca a tu hermana —comenta Fidel, cambiando de tema.
—Es mayorcita para ocuparse de sus propias cagadas. Si Isaac la manda a la mierda, estaré para ella, pero está siendo una cabrona con él —admito.
A nadie le gusta que le dejen esperando sin saber si volverán o no. Por increíble que parezca, los hombres también tenemos sentimientos. Excepto Fidel, que prefiere ser el cabrón para que no lo sean con él.
—Yo no digo nada porque es tu hermana, pero dejar a un tío esperando sin fecha límite no es de ser buena persona…
—Para no decir nada, te has quedado a gusto —le recrimino. Luis le da un codazo sin disimular y me mira como si él tuviera la obligación de disculparse por la bocaza de Fidel—. Tatiana no es mala. No sabe lo que quiere.
—Se ha replanteado su sexualidad y su primera pareja masculina se ha follado a su madre. No creo que sea fácil de llevar —recuerda Luis.
—El psicólogo soy yo —dice en un divertido recordatorio Fidel.
Luis tiene razón. Tatiana tiene muchos nudos mentales que desenredar y eso lleva tiempo. Me siento fatal por criticarla. Solo ha elegido el camino más largo y sano para tomar una decisión.
El sonido de un mensaje me hace coger el teléfono a toda prisa. Es Gia. Intento disimular mi pequeña decepción, pero los chicos sueltan una risilla que lo dice todo.
He tenido una idea alucinante que tiene que ver con Naiara e Isaac. Te espero en el Coalla de la Calle San Antonio. Tienes quince minutos, máximo.
Tiene un tono de mando muy marcado. Se nota que es profesora.
—Me tengo que ir —informo tras acabar mi café de un apresurado sorbo.
—Yo también me voy. He quedado con Paula.
—¿Tienes planes? —pregunto a Fidel mientras Luis paga la cuenta.
—Dos. Una rubia y otra pelirrosa. Las dos vienen a la misma hora a mi casa.
Solo Fidel puede conseguir un trío la noche de fin de año. Nos despedimos entre abrazos y deseándonos feliz año. No nos veremos hasta dentro de tres o cuatro días.
Echo un vistazo a mi reloj. Tengo siete minutos para llegar a Coalla y saciar mi curiosidad con la supuesta idea de Gia.
Llego un par de minutos tarde. Veo a Gia; tiene la mirada clavada al gastrobar de enfrente. Me quedo a unos centímetros de ella.
—¿A quién estás siguiendo?
Ella pega un bote y suelta un grito ahogado.
—No vuelvas a aparecer así, capullo. Qué susto, joder —dice, dándome un par de manotazos en el brazo—. Llegas tarde. Si no fuera porque acabo de ver a Laura con otro, me hubiera ido.
—Estaba con mis amigos. Las despedidas llevan su tiempo —me excuso—. ¿Se supone que tengo que saber quién es Laura?
—La novia de Sergio —dice como si fuera algo de conocimiento nacional.
Sergio. No lo conozco y me atormenta desde que sé que es el ex de Naiara. Sé que no es justo y no está bien, pero si alguien ha creado el refrán «donde hubo fuego, cenizas quedan», debo andarme con cuidado.
—Ah. El ex —murmuro. No pretendo sonar amargado, pero solo de pensar en ellos juntos… No puedo evitar preguntar—. ¿Están muy unidos?
—Eres un chismoso —se burla Gia, riendo—. Ella dice que es su mejor amigo.
—¿Y no lo son?
La curiosidad siempre me puede cuando el tema está relacionado con Naiara.
—Nai se empeña demasiado en demostrar que pueden ser colegas. Ningún ex puede llegar a ser tu mejor amigo. Es una verdad universal —explica con la incredulidad brotando por su boca, palabras y hasta por sus poros.
—Yo soy su amigo y soy un hombre —le recuerdo.
—No, tú eres el chico que le gusta —puntualiza.
La etiqueta que Gia me pone no me disgusta para nada, aunque prefiero escuchar lo mismo de la propia Naiara. Lo mejor es no hacerme ilusiones.
—Eso no significa que dentro de una pareja no exista una parte de amistad sólida.
—Frena, Hamilton. Ni siquiera os habéis besado y ya quieres que sea tu novia.
Quiero besarla, tocarla y muchas cosas más, y son importantes en una relación. Sin embargo, con ella no he necesitado hacerlo para confirmar lo que quiero con ella.
Gia me mira como si fuera un psicópata.
Reflexiono sobre el rechazo de Gia en creer que un hombre y una mujer no pueden ser amigos. Caigo en la cuenta de que tengo un buen ejemplo delante de mis narices.
—Bueno, tú y yo somos amigos… ¿O no?
Gia abre la boca, dispuesta a seguir debatiendo, pero la cierra y hace una mueca. Me mira con desconfianza y se encoge de hombros.
—No lo sé… —admite.
—Gia, no te ofendas, pero… ¿Me has hecho venir para debatir sobre las relaciones humanas y darme celos con…?
—¿Te pone celoso que te hable de Sergio? —me corta.
—Gia —la increpo con cariño—. ¿Desde cuándo das tantas vueltas?
—¡Vale, vale! Ha sido culpa de Laura y tuya, me habéis distraído —me acusa con los ojos entrecerrados—. Al lío, si no tienes planes para esta noche… ¿Qué te parece si nos presentamos en casa de Nai?
—¿No me habías dicho que no lo celebran desde lo de sus padres? ¿Y si nos echan porque para ellos es una pésima idea?
La idea me gusta, pero debo preguntar porque no sé si se lo tomarían mal o no. Es un tema delicado.
—Es hora de que vuelvan a amar la época navideña como antes. Quizás para el día de Reyes los recuperemos. ¿Me ayudas?
Las palabras de Gia rebotan en mi cabeza. Si esos dos adoraban la Navidad, no les hará ningún bien ser el Grinch por la falta de sus padres.
No dudo más y me dejo llevar por la idea de mi… ¿amiga?
—¿Qué tienes en mente?
—¿Tú que crees? —dice, extendiendo sus dos manos hacia el cartel de la tienda gourmet —. Cogeremos una bandeja de ibéricos. Demasiado pronto para llevar mariscos, uvas y esas cosas.
Varias ideas me vienen a la mente cuando echo el primer vistazo al interior de la tienda.
—Voy a mejorar tu idea —le digo mientras ella escoge la tabla de ibéricos—. Pensamos un menú y se lo cocinamos en su casa. ¿Sabes cocinar? Si no, puedes ser mi pinche —propongo ilusionado.
—Tengo descendencia italiana, claro que sé cocinar, stronzo .
— Non insultarmi, ciarlatano 1 . Sé italiano, inglés, catalán y un poco de francés. Si quieres insultarme, busca otro idioma en el que no me entere.
Gia alza las cejas y chasquea la lengua. Su molestia me hace sonreír. No debatimos. Tenemos claro que los minutos pasan y las sorpresas no se preparan solas.
Tras unos cuarenta minutos en la tienda, lo tenemos todo organizado; ingredientes e ideas.
Gia hará una receta familiar: risotto a la milanesa.
Dice que le sale buenísimo y, por mi salud física y mental, no pienso contradecirla.
Yo me encargo de los cachopos caseros. Mi idea es preparar el típico y uno especial para Naiara.
Lo haré lo más parecido posible al que comimos el día del acuario.
Y, por supuesto, sidra. Gia se lanza a la marca Viuda de Angelón. Supongo que es su favorita.
Intento pagar yo, la idea fue de ella. Pero se empeña en ir a medias y debatir con Gia es imposible.
—¿Y el postre? —pregunta nerviosa.
—Yo me encargo.
Tengo una idea perfecta que espero que a Naiara le encante: turrón de chocolate con cerezas.
Agradezco que ahora Valentina esté con mi madre, así podré prepararlo todo en tiempo récord, sin distracciones de mi hija queriendo probar todo y mezclando los ingredientes sin sentido, como cuando le preparo su lasaña favorita.
Antes de despedirnos, Gia y yo quedamos en encontrarnos en el portal de Naiara e Isaac, a las ocho y media.
Con las prisas, he olvidado decirle a Gia que llevaría a Valentina. No creo que importe y, conociendo lo poco amiga que es Naiara de las improvisaciones, puede que mi hija sirva de ayuda para que no nos eche a patadas.
Paso por el súper a comprar lo necesario para el postre.
Nada más cruzar la puerta de mi piso, pongo el modo cocinillas.
No tengo tiempo para comer, voy picoteando mientras cocino.
Empiezo por el turrón, para que se enfríe bien.
Hoy no hay tiempo para experimentar, pero si le gusta, perfeccionaré cada receta.
Al terminar en la cocina, tengo el tiempo justo para ducharme y cambiarme de ropa antes de que mi madre traiga a Valentina. Escojo una camisa blanca, jersey color vino, pantalones chinos grises y un abrigo gris oscuro. Arreglado pero informal, para que ni Nai ni su hermano se sientan presionados.
El timbre suena cuando me aplico unas gotas de Massimo Dutti.
Al abrir la puerta, veo a mi hija vestida como una princesa.
Una a la que le encanta el rosa palo como sombra de ojos.
Por lo visto, combinar su dulce atuendo con el arco y las flechas de juguete de Mérida es el outfit perfecto para ella. Mi madre solo piensa en consentirla.
—Soy una princesa guerrera —dice, enseñando con orgullo el arco.
—Ya lo veo. ¿Y qué le parece a la princesa guerrera cenar en otro sitio?
Mi madre me mira con curiosidad y mi hija casi no parpadea, ambas expectantes.
—¿Vamos a ir al McDonald’s? —pregunta con una sonrisa que podría salirse de su preciosa cara.
Su abuela y yo soltamos una carcajada. Solo a Valentina le parece un plan perfecto ir a cenar comida basura en Nochevieja. Es imposible no adorarla.