La confesión
NAIARA
Gia y Adrián han derrumbado mi lado racional a base de un bombardeo de explicaciones.
Intento mantener a raya mi frialdad, sin éxito.
Él me deja sin palabras por partida doble; amenaza con besarme y admite que su disfraz es por mí.
Paso de querer echarlo de mi piso a patadas a despedirme con un beso contenido en su mejilla.
La única razón por la que quiero que se vaya ahora es porque hay algo más importante: Gia y su confesión.
Una vez que Adrián se va, nos sentamos en mi cama. Ambas procesamos la noticia en sus distintas fases.
—¿Estás enamorada de Isaac? —recurro a preguntar a su modo; sin rodeos.
—Bastante —suelta en un suspiro, como si liberase un gran lastre de su cuerpo.
—¿Desde siempre? —insisto. Ella asiente, compungida—. ¿Por qué nunca me lo has dicho?
—No quiero que las cosas cambien entre nosotras. Y, admitámoslo, no eres muy buena mentirosa.
No puedo culparla; tiene razón. Sin embargo…
—No me subestimes. No os conté nada de Adrián en tres meses —me defiendo.
—Te hemos visto dos veces contadas por lo del curro de Navidad —replica con aire de suficiencia.
Las dos nos reímos para eliminar la tensión en el ambiente. Yo no soy una buena mentirosa y sus razones no son lo bastante buenas. Ha confesado lo que siente por mi hermano y seguimos siendo nosotras mismas.
—¿Quién más sabe lo de Isaac?
—Adrián, tú, yo y mis vibradores —responde con su humor habitual.
—Demasiada información, Gia —le hago saber entre risas—. ¿Cómo coño has podido guardarte algo así tanto tiempo?
—Lo siento, yo…
¿Lo siente? ¿El qué?
—No, lo siento yo —la corto—. Lo has tenido que pasar fatal.
No puedo más y me lanzo sobre ella para abrazarla. Gia me aprieta fuerte.
—¿Crees que volverá con Tatiana? —pregunta en un susurro.
La conozco lo bastante bien como para comprender que, a pesar de su confesión, no le resulta fácil preguntarme este tipo de cosas.
—¿Quieres saber lo que pienso? ¿Segura?
—Sí. Tú no me endulzas las cosas y conoces la situación de Isaac.
—Mi hermano estaba feliz con Tatiana y me gustaba verlo así. También la entiendo a ella, ahora un poco mejor…
—No estarás comparando eso con que me haya acostado con Adrián un par de veces, ¿no? —me detiene.
«Puede».
—Céntrate. Ahora estamos con otra cosa. No me interrumpas. —Interpreto su silencio como una invitación a continuar—. Entiendo el cacao mental de Tatiana. Lo que no es justo es que no le permita ni hablar las cosas. Espero y quiero que no vuelvan. No es justo para él.
—Lo ha dejado esperando en el limbo. Es una cabronada para cualquiera —dice haciendo una mueca.
Lleva tanto tiempo ocultando sus sentimientos que no me sorprende que pueda comentar los amoríos de mi hermano sin venirse abajo. No conozco a nadie con tanta fortaleza como la de Gia.
—Ahora que sé que estás enamorada de él, prefiero que, cuando esté listo, lo intente contigo —me sincero. La cara de ella lucha por no convertir mis palabras en ilusión. No quiero que sufra, así que desvío un poco el tema—. No me gusta que sea borde contigo, pero lo del disfraz ha sido un puntazo.
—Sí, se ha pillado un rebote… —dice con una sonrisa.
Se me ilumina una bombillita dentro del cerebro con lo que puede ser una buena idea.
—Podrías pasarte mañana por aquí con la excusa de arreglar las cosas, sacar el tema del disfraz y charlar —sugiero.
—¿Pretendes ir de celestina para liarme con tu hermano?
Su incredulidad y reticencia es mucho más que obvia. El miedo de quedarse a solas con él es tierno y no suele sacar esa cualidad a menudo.
—No, solo que te acerques a él sin estar yo de por medio. Creo que debería conocerte.
No quiero darle falsas esperanzas, pero creo que Isaac la vería con otros ojos si dejara de pensar en ella como mi mejor amiga.
—Lo haré si me prometes que hablarás con Adrián.
—¿Chantaje emocional? —la acuso, empujándola para que caiga sobre la cama.
—No me jodas, Nai. ¿Te haces una idea de la suerte que tienes de que estéis en el mismo punto? Os estáis empezando a querer y, por lo que he oído, ni siquiera os habéis besado.
—No exageres.
—Se lo he preguntado antes de usar la llave —me suelta esa información como si me estuviera dando la hora—. No me mires así. No iba a dejarlo entrar sin saber sus intenciones contigo.
Me quedo mirando a Gia con un montón de adjetivos rondando por mi mente. Todos buenos. Fuerte, maravillosa, divertida, empática, buena, preciosa, atractiva, inteligente…
—Espero que el idiota de mi hermano se dé cuenta de lo maravillosa que eres.
Gia se incorpora, apoyando sus codos sobre el colchón, y me mira a los ojos. Conozco esa mirada y no va a decir nada serio.
—¿Quieres saber cómo es Adrián en la cama? Igual te ayuda a decidirte.
Su seriedad se esfuma cuando eleva las cejas como una depravada.
—¡No! No me estás ayudando.
—No seas tremendista. Todos vivimos en Gijón. Es normal que pasen estas cosas.
No le falta razón, pero prefiero no tener detalles que me lleven a imaginarlos juntos.
Ignora mi petición. Gia usa sus dos dedos índices en silencio, calculando en su mente los centímetros de ayuda que me da. No sé si es sincera o intenta ponerme nerviosa, pero es un tamaño para inquietarse.
—No seas guarra, lo quiero saber por mí misma.
—Qué pronto te has decidido… —dice con voz cantarina y alegre.
—¡Cállate! Bettlejuice no le dura un asalto a Natasha —aseguro antes de atacarla con uno de los cojines de mi cama. Las dos nos enredamos en una pelea de almohadas, llenando la estancia de risas.
Solo nos ha costado una breve charla incomoda y una pelea de almohadas para volver a ser nosotras.
Ahora, la quiero un poco más que antes.