Nada como tú (Serie Nada 1) El follamigo de Gia. Segunda parte
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El follamigo de Gia. Segunda parte

ADRIÁN

—Naiara, por favor… —insisto.

No hay respuesta.

—¿La quieres? —me pregunta Gia sin ningún tipo de rodeo.

—Un poco —admito.

Es la primera vez que lo confieso a alguien. A Luis y Fidel no les dije nada, pueden intuirlo de sobra. Me gustaría que la primera en saberlo fuese Naiara, pero ha dejado claro que no quiere hablarme. Gia suspira y asiente. Rebusca en el bolsillo de su pantalón de Beetlejuice y saca una llave.

—¿Os dais copias de las llaves de casa? —pregunto sin poder ocultar un rastro de ilusión.

—No —responde riendo—. Se las he pedido a Isaac —confiesa.

Sé que no está bien y debería recordar a Gia que debemos respetar su decisión. Sin embargo, quiero verla y explicarle las cosas. No quiero ser la razón por la que dude. Solo quiero que me escuche. Si después quiere mantenerse en su decisión, me apartaré y saldré de su vida, si es lo que quiere.

—No, espera. —Ya estamos dentro de su casa, es demasiado invadir su cuarto. Aparto su mano antes de que toque el pomo de la puerta del cuarto de Naiara—. Ya hemos invadido demasiado. Si entramos, solo lo empeorará. Deja que ella decida.

—Tienes cinco segundos para salir de tu cuarto o entraré sin permiso —le dice en una especie de amenaza.

Gia es la reina de la paciencia y la empatía, nótese la ironía. Pero, de algún modo, consigue lo que quiere. Naiara abre la puerta con cara tensa y aprieta la mandíbula con enfado.

—¿Se puede saber cómo habéis entrado?

Sus palabras son acusaciones que se clavan en nosotros como cuchillos afilados. Hasta de mal humor me vuelve loco. ¿Cómo lo consigue? Es absurdo y maravilloso.

—Tu hermano me ha dejado sus llaves —explica Gia.

—Eso no importa ahora —interrumpo. Intento que se centren en lo principal. No quiero dejar pasar un minuto más sin contarle la verdad—. Tienes que escucharnos.

—No tengo que hacer nada que no quiera —replica sin mirarme.

—No es justo no querer escuchar nuestra versión.

Esquiva mis miradas. A Gia sí que la mira. La mira como si le hubiera traicionado.

—¿Qué queréis? No entiendo qué hacéis los dos aquí. Deberíais estar de fiesta.

—Joder, sí que te gusta —dice Gia con una media sonrisa y alzando las cejas como si no esperase aquella respuesta—. Si no te conociera de toda la vida, me creería tus mentiras.

—Gia y yo solo somos amigos —suelto sin querer entrar en ese bucle; no nos llevará a ningún lado.

—No me importa.

Intenta fingir de nuevo que no pasa nada.

—No quiero besarte así, pero si vas a seguir fingiendo que no pasa nada, me va a importar una mierda que no sea el momento perfecto.

Su frialdad se va al traste en cuanto me mira con esos enormes ojos. No quiero que aparte la mirada.

—¿Cuál es tu problema? ¿Te lo quieres montar con ella y conmigo? ¿Ariadna no ha querido hacer el trío y te ha parecido buena idea preguntarme a mí?

Me muero por besarla y decirle que no hay nadie como ella, por mucha película distorsionada que tenga en su cabeza. No me importa. Para eso estoy aquí, para darle todas las explicaciones y que no dude de mí.

—¡Por Dios! Era mi follamigo hasta que dijo que había conocido a alguien que le gustaba —responde Gia exasperada, abriendo los brazos de forma un tanto teatral.

—Se acabó al día siguiente de que te quedaras dormida en casa de Luis —aclaro.

Noto su forma de tragar. Está tensa, nerviosa y parece rebuscar en su mente algo que pueda contrarrestar lo que acabo de decirle.

Diga lo que diga, no pienso irme hasta que entienda la situación y lo que siento por ella.

Desde ese día, a la única que vi un par de veces fue a Gia, como amigos.

¿Para qué seguir quedando con otras? Naiara es la única que me gusta.

—Eso no cambia nada. Te has acostado con ella. Hay reglas. Y os habéis besado hace menos de una hora.

Habla de forma atropellada. Nos acusa con cualquier pretexto para mantenerme alejado. Es una mezcla entre culpabilidad y desilusión. Y lo que más me jode es que lo último es por mí.

—No cuentan si los dos queréis algo más que follar —espeta Gia, que se muerde los labios sin apartar la mirada de su amiga—. Para ser justos, lo besé yo —admite.

Gia me mira con la disculpa en sus ojos claros. No le doy importancia, se ha disculpado conmigo por el camino; varias veces. No merece martirizarse. Sobre todo, porque creo que hay algo más detrás de su beso sorpresa.

—Si lo has hecho es porque te gusta. No voy a meterme en lo que sea que tengáis, o hayas tenido.

Naiara nos cierra la puerta en las narices, zanjando la conversación. No vamos a llegar a un punto medio. Al menos, no esa noche. A Gia se le humedecen los ojos. Antes de que pueda preguntar qué le pasa, se pega a la puerta cerrada.

—Lo besé por despecho, Nai —alza la voz y apoya su frente en la madera. Su rostro se encoge—. Quiero a Isaac. Me ha dolido verlo con Carla.

Silencio. Noto que, tras su puerta, Naiara y yo compartimos el mismo silencio sorpresivo. Gia está conteniendo las lágrimas. La puerta se abre y mira a Gia con la boca entreabierta.

—¿Desde cuándo?

Gia resopla, ocultando el ligero temblor de sus labios.

—Desde siempre —reconoce en un hilo de voz—. Sé que soy egoísta, pero cuando empezó a salir con la tatuadora, deseé que no duraran y…

—Gia, espera… —la interrumpe.

Naiara me mira incómoda y contengo una sonrisa. Es obvio que a Gia le falta información. No puedo posicionarme. Después de todo, Tatiana es la que hace sufrir a Isaac, por entendible que sean sus razones.

—No, déjame acabar —le ruega, rompiéndose—.

Me ilusioné cuando me contaste que le había pedido tiempo.

Creí que era el momento, que él me vería.

¡Joder, si hemos elegido el mismo puto disfraz!

Entonces lo he visto tontear con una desconocida y me he frustrado.

No sé qué esperaba. Nunca seré lo suficiente interesante para él.

Vale, un poco incómodo sí que es. Pero ni Tatiana ni Gia merecen estar sufriendo. Tampoco Isaac, quien al parecer también le falta información.

—Adrián es hermano de Tatiana.

Naiara me expone para que su amiga deje de confesarse delante de mí. Gia me mira con sorpresa y, acto seguido, parece querer matarme.

—Como te vayas de la lengua… —me amenaza Gia.

—Tranquila, soy una tumba —respondo, alzando las manos para intentar que no me vea como el enemigo—. Tenéis mucho de qué hablar, pero antes déjame decirte una cosa.

—Te escucho.

—Puede que no supiera que sois amigas ni que ibas a estar en la misma fiesta, pero aun así… mi disfraz no es casual.

—¿A qué te refieres?

—Al Funko que…

—¿Te has disfrazado de Deadpool porque tengo un Funko de él en mi habitación? —pregunta, interrumpiéndome. Asiento, clavando mis ojos en los suyos. Tengo que volver a contenerme para no probar sus labios—. Vete, quiero hablar con Gia.

—Te voy a esperar —le prometo.

Si ella quiere, lo nuestro funcionaría bastante bien. Lo sé. Naiara no sonríe, me mira como si quisiera decirme algo. No abre la boca. Se acerca y deja un suave y fugaz beso sobre mi mejilla derecha. Mantengo la esperanza de que no sea un adiós.

He vivido sin ella más de treinta años y, ahora, no me imagino una vida sin Naiara.