Nada como tú (Serie Nada 1) El follamigo de Gia. Primera parte
46%

El follamigo de Gia. Primera parte

NAIARA

Me dejo caer sobre la cama y disfruto de la música.

Aferro mis manos al teléfono, luchando con las ganas de llamar a Adrián y decirle que estoy deseando tener esa cita.

La vela con aroma a flores que encendí hace una hora me ayuda a relajarme.

Controlo el impulso de marcar su número y, también, de no meter prisa a mi hermano; lleva casi una hora preparándose en el cuarto de baño.

—¡Vas a flipar! —chilla antes de entrar a mi habitación.

Al ver su disfraz para la fiesta, me incorporo como un resorte y contengo una sonrisa.

Sí, lo flipo y no voy a ser la única. Va de Beetlejuice.

Me muero por ver la cara que se le quedará a Gia y a él cuando vean que han tenido la misma idea.

Está exactamente igual que el personaje, excepto por los dientes.

No ha conseguido encontrar algo para perfeccionar su disfraz en tan poco tiempo.

—¿Vas a decirme qué te parece o vas a seguir mirándome con el mismo desdén que la Viuda Negra?

Sí, voy de Viuda Negra.

—Me encanta. Seguro que no hay nadie igual.

Decido ocultar información por las risas que Ariadna y yo nos vamos a echar. Además, no quiero que tenga la posibilidad de usarlo como excusa para quedarse en casa y pasar de la fiesta.

—Lo sé. Es demasiado obvio ir de superheroína de Marvel para marcar culo.

—No lo he elegido por eso —replico molesta.

Al meterse con mi disfraz, se acaba de cargar la única posibilidad de ser empática con él y contarle que mi amiga va igual. No me curro los disfraces como mi hermano ni Gia, es menos caro.

—Un día te enseñaré a disfrazarte como es debido —comenta con aires de superioridad, muy contento con el resultado de su disfraz.

—Llevo espray de pimienta. Si quieres puedo recrearte esa escena de Marvel.

—Vamos, señorita Romanoff. No querrás llegar tarde, ¿no?

Me ofrece su brazo y yo me aferro a él. Lo veo mejor. Ya no llora por las esquinas y la juerga lo está animando.

A pesar de que la fiesta no está muy lejos, decidimos ir en taxi para no preocuparnos del alcohol que tomemos.

Nada más llegar, Ariadna nos está esperando en la puerta del local; está más lleno de lo que esperaba.

Va muy ochentera en su versión de Once en la tercera temporada.

Cuando nos ve llegar, clava su mirada en mí y sé qué está pensando. Las dos contenemos la risa.

—¡Qué original! —se dirige a mi hermano. Yo finjo mirar hacia atrás para contener la risa—. No puedo decir que estés muy guapo, pero está muy currado.

Eso es verdad, está muy currado.

—¿La camiseta es la misma que lleva en la serie? —le pregunto justo antes de saludarla con un abrazo y un beso en la mejilla.

—Parecida. La misma me habría costado un pastón —puntualiza con diversión.

—Gia se ha traído a un amiguito.

—Con amiguito te refieres a uno de su larga lista de follamigos, ¿verdad? —pregunto, aunque me imagino la respuesta muy bien. Ariadna asiente y hace una mueca de resignación—. Se suponía que era noche de chicas.

—Te recuerdo que soy un tío —dice Isaac, fingiendo que se ha ofendido.

—Cuentas como tía si ninguna de mis amigas quiere liarse contigo —replico. Mi amiga me mira, abre la boca para decir algo y luego la cierra. Sé qué quiere puntualizar una tontería y me adelanto—. Eso tampoco cuenta. Pero vamos dentro, estoy deseando verla.

Las dos nos reímos bajo la confusa mirada de mi hermano.

Ariadna y yo vamos delante; no nos queremos perder las caras que pondrán cuando se vean.

Serpenteamos entre la multitud hasta llegar casi al centro de la discoteca.

Vemos a Bettlejuice, versión mujer, bailando.

Su disfraz no está tan trabajado como el de Isaac, pero le gana con un maquillaje muy acorde.

Solo ella puede vestirse de Beetlejuice y estar espectacular.

Gia tiene una copa en la mano y está hablando con una chica que no conocemos.

—¿Qué cojones…?

Mi hermano acaba de verla. Ariadna y yo nos partimos de risa, sin filtro. Gia mira dos veces más hacia nosotros. Sonríe cuando se da cuenta de la presencia de mi hermano y se acerca a toda prisa.

—¿Necesitas más pruebas para darte cuenta de lo mucho que pegamos, bombón?

A veces puede llegar a dar miedo lo parecidos que son.

—¿Por qué no me avisaste? —me recrimina, ignorando la entrada de Gia.

—No preguntaste. Además, no quisiste decir nada hasta que te cambiaste —me defiendo.

—Pensaba que nadie más iría igual que él —explica Ariadna a Gia para justificar los modales de mi hermano.

Una de las docenas de Harley Quinn que hay por la fiesta se acerca a nosotros. Más concretamente a Isaac, a quien le regala una sonrisa de anuncio.

—Perdoná que te moleste. Te he visto entrar. Me llamo Carla. ¿Cómo te llamás? ¿Te apetece que nos tomemos una copa?

Tiene acento argentino.

Miro a mi hermano, no articula palabra. La chica parece estar a punto de darse la vuelta, incómoda por el silencio de Isaac. Aunque no sea el mejor momento por lo de Tatiana, decido darle un pequeño empujoncito. Que conozca a alguien nuevo no quiere decir que se vaya a liar con esa persona.

—Él es mi hermano, Isaac. No es mudo ni sordo, no te preocupes —contesto por él, elevando mi amabilidad para que la chica no huya por el silencio del resto.

—Claro —responde mi hermano a destiempo—. Voy a la barra. ¿Qué os traigo?

Ariadna y yo pedimos un mojito de fresa. Gia dice que está esperando a que su amigo le traiga su copa. Su tono es más agrio, aunque teniendo en cuenta que no la ha saludado, no la culpo. Entre lo de Tatiana y su odiosa competitividad, las ha pagado con Gia.

—Te acompaño —dice Carla—. Necesitás cuatro manos para traer las copas.

Isaac asiente y se va con la chica hacia la barra. Ariadna me mira con sorpresa y espera a que estén más alejados.

—¿Va mejor? —pregunta preocupada.

—No parece muy afectado por la ruptura —comenta Gia con un desdén impropio de ella.

—Paso a paso —respondo antes de dirigirme a ella—. Y tú, relájate. Parece mentira que no sepas lo insoportable que se pone en modo competitivo.

—Estaba muy ilusionado con la originalidad de su disfraz —lo justifica Ariadna.

—¿Y tu follamigo? —pregunto para cambiar de tema y no darle importancia a las actitudes de mi hermano. Al fin y al cabo, su herida sigue abierta.

—No es… —Gia para de hablar en seco, parece distraída—. Estará al caer.

—Vamos a bailar —propone Ariadna.

—Id vosotras. En cuanto aparezca, os alcanzamos.

Ari y yo nos vamos a la parte menos atosigante de la pista y nos ponemos a bailar juntas.

Isaac y Carla se unen poco después, pasándonos los mojitos de fresa.

Entre el calor por la concentración de gente y el que mete mi disfraz, me lanzo a mi copa como si fuera la última gota de agua del desierto.

Seguimos bailando, cotilleando de qué podrían estar hablando mi hermano y la nueva chica; no paran de hablar.

Poco después, ella lo anima a bailar (o perrear) demasiado juntos.

Buena señal. Gia aparece con su follamigo, a quien no se le ve la cara porque va disfrazado de Deadpool.

El traje es casi igual al de la película y le hace un buen trasero. Me flipa.

—Chicas, este es… —Está a punto de presentarlo cuando su mirada se clava en otra parte.

La sigo y me doy cuenta de que está mirando a Carla e Isaac bailar.

Su sonrisa cambia para dar paso a su cara de póker.

Se gira a su acompañante, le quita la máscara y se lanza a su boca.

Logro ver la cara del hombre lo suficiente como para quedarme paralizada—.

Perdonad, él es Adrián —dice Gia cuando se aparta de él—.

Ellas son mis mejores amigas, Ariadna y…

—¿Naiara?

—¿La conoces? —dice Ariadna, buscando en mí una respuesta que debería estar dando él.

De repente, me siento estúpida y traicionada. Un pinchazo en el pecho me hace sacar mi sonrisa más amable. Tengo dos opciones: salir corriendo o quedarme toda la noche viendo cómo Gia se besa con el chico que me gusta. Opto por salir corriendo a mi manera, sin que nadie sospeche nada.

Me preparo para la mejor actuación de mi vida.

—Me atendió el día que me desmayé —explico.

La cara de sorpresa de Adrián hace que luche por mantener mi frialdad intacta. No pienso darle el gusto de verme afectada.

—Es un placer conocerte, Ariadna —dice, dándole dos besos a mi amiga.

¿Por qué coño me siento traicionada? Debería haber imaginado que, pese a proponerme una cita oficial, no soy tan especial para él como creía. No tanto como él lo era para mí. En pasado. No entra en mis planes tener ninguna cita con el rollo de mi mejor amiga. Necesito salir de aquí cuanto antes.

—Disculpad, voy al baño.

Sin opción a réplica, pongo la peor excusa del mundo y le pido a Ariadna que me sujete el mojito.

Me doy la vuelta para emprender mi camino, me cruzo con mi hermano y Carla.

Por la forma en la que me mira, Isaac ha visto el beso de Gia y Adrián.

Me da igual, nadie detendrá mi plan de largarme de este lugar.

Hay una cola infinita en los servicios. No puedo esperar más, el agobio se está apoderando de mí.

Me pican los ojos y me increpo mentalmente por ser tan tonta.

Me salto el paso de hacer una parada en el baño.

Voy directa a la salida más cercana y lejana del grupo.

Esquivar a toda la multitud hace que el camino sea eterno y asfixiante.

Alguien me coge del brazo cuando estoy a cuatro pasos de la salida.

Voy tan lanzada que el tirón hace que mi cuerpo se gire y mi cara impacte contra un traje rojo y negro.

Ojalá fuera otro Deadpool, pero no; es él.

—¿A dónde vas? —pregunta, intentando conectar con mi mirada. No se lo permito.

—A casa. No me encuentro bien. Creo que me ha sentado mal el mojito —miento.

¿Por qué demonios le estoy dando explicaciones? No le debo nada. La imagen de Gia besándolo está grabada en cada rincón de mi cerebro y no me gusta.

Necesito alejarme.

—¿De verdad? Acabas de llegar. No me parece que estés tan borracha.

—No he dicho que esté borracha. Además, lo que a ti te parezca no me importa —replico con toda la frialdad que consigo sacar.

Él frunce los labios. Me esfuerzo para que mi mirada no suba hasta la suya. Sé que, si lo miro, quedaré expuesta y es lo último que quiero.

—No sabía que Gia es… —dice con un tono más íntimo, acercándose a mi oído. Doy un par de pasos atrás, apartándome de él. No termina la frase. No quiero que lo haga—. No debió besarme.

No tiene sentido lo que dice, no es raro que los follamigos se besen. Pongo una barrera imaginaria entre nosotros. Su agarre me resulta agobiante.

—Suéltame, quiero irme a casa —exijo. Pasa de agarrarme el brazo a cogerme de la mano—. Vamos a dejarlo así. Es lo mejor.

—Está bien, pero esto no acaba aquí —responde antes de soltarme. Frunce el ceño, no sé si está enfadado o reflexivo. ¿Qué más da? No tiene que importarme—. No es lo que crees y te lo demostraré.

¿Para qué? Antes de poder preguntárselo, se da la vuelta y desaparece en dirección al grupo. Obligo a mis pies a moverse y salir del local.

Llego a casa más abatida de lo que esperaba cuando salí. Voy directa a mi habitación y rebusco en el último cajón del escritorio. Hace mucho tiempo que no abro el diario que guardo allí. Exactamente, desde que volqué el dolor por la pérdida de mis padres.

Querida conciencia,

Hace tiempo que no paso por aquí y nunca vengo por algo bueno. Ojalá mis padres siguieran vivos para poder hablar con ellos sobre lo que ha pasado. De lo que me lleva pasando un tiempo.

Me hice ilusiones, pero no me han quedado bonitas. Creí que había algo entre nosotros. Me siento tan tonta, tan engañada. No quiero que me guste tanto, así sería más fácil olvidarme de él.

No puedo seguir viéndolo. Es uno de los rollos de mi mejor amiga. Por ella, por mí, porque entre amigas hay reglas… Tengo que cortar de raíz; es la mejor forma de dejar de sentir. Ojos que no ven…

Voy a echarlo de menos. No tiene sentido que sienta tanto por alguien al que ni siquiera he besado. Es una ilusión tonta, solo eso. Una ilusión que se me ha ido de las manos, en la que creía que podría enamorarme de él.

No. Basta. Adrián y yo no tenemos futuro. No hay nada. Se acabó. Ni siquiera podemos ser amigos. Sería autoflagelarme sin necesidad.

Adiós, amigo.

Adiós, Doctor Sabiondo.

Adiós a los ojos azules más bonitos del mundo.

Adiós a su forma de mirarme.

Adiós, Adrián.

Dejo de escribir. El móvil no para de sonar desde que admito en papel que no tenemos futuro. Llamadas de Gia, Adrián e incluso de Ariadna. No quiero hablar, necesito estar sola. Necesito tiempo. No quiero perder a Gia y no sé cómo enfrentar esta situación con ella. Es demasiado pronto.

Las llamadas paran y el timbre de mi piso empieza a sonar. Adrián y Gia están detrás de la puerta. Lo sé antes de acercarme, antes de comprobarlo en la mirilla. Verlos a los dos así, de parejita hablando conmigo, hace que crezca un nuevo dolor en mi pecho.

—He visto las luces encendidas. Sé que estás ahí, Nai. Ábrenos —exige Gia, golpeando la puerta con la palma de la mano.

—Naiara, por favor —añade en voz baja Adrián.

No voy a responder. No voy a abrirles. Me aparto de la puerta con lentitud. No puedo seguir anclada en la mirilla; me hace daño. Vuelvo a mi habitación. No puedo mirarlo más… Nunca más.