Nada como tú (Serie Nada 1) Te echo de menos
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Te echo de menos

ADRIÁN

No puedo más. He intentado con todas mis fuerzas respetar su decisión de no vernos en un tiempo.

Su hermano es tan importante para ella como lo es para mí Tatiana.

Tampoco ayuda que Valentina me pregunte por ella.

No soy el único que la echa de menos. Mi hermana tampoco está bien, pero no me parece justo que yo tenga que dejar de verla por ellos.

La posibilidad de que no vuelva me ha rondado demasiadas veces por la cabeza.

Además, lleva como tres horas sin contestar.

Por eso y muchas más razones, he dejado a Valentina con mi madre y estoy plantado delante de su portal.

No sé cuál es su piso, pero la puerta está abierta.

Reviso los buzones como un psicópata hasta que doy con su nombre.

Es el tercero B. No sé si es por el chiste fácil o porque estoy a tres pisos ella; una risilla se escapa desde el fondo de mi garganta.

El corazón me va a mil cuando las puertas del ascensor se abren. Llevo menos de dos días sin verla y parecen semanas. Isaac me abre la puerta y me mira sorprendido.

—Hola, ¿está Naiara? —pregunto nervioso, como un adolescente que se presenta en la casa de la chica que le gusta.

—Está en su cuarto. No me ha dicho que venías —comenta y, acto seguido, hace un gesto para invitarme a entrar.

—Porque no lo sabe. De hecho, no quiere verme.

—¿Qué me he perdido?

Creo que he metido la pata, pero es demasiado tarde para echarse atrás ahora.

—Después de lo del yate, dijo que quería estar contigo y sería mejor no vernos hasta que tú… remontases. Ya sabes. Creí que te lo había dicho.

Si tuviera más confianza con él y mi hermana no fuera la razón de su sufrimiento, no sería tan incómodo. Por su expresiva cara, no le ha gustado enterarse de esta manera. Es una locura presentarme así, pero necesito verla casi tanto como el aire que respiro.

—Pues no me lo ha dicho, pero ahora mismo la busco. Acompáñame —me pide.

Voy un par de pasos detrás de él, observando el piso.

Hay partes que están excesivamente ordenadas, otras no tanto.

Veo su orden en la disposición de los libros que hay en las estanterías del salón.

Lo único que me llama la atención es que no hay ni un solo adorno de Navidad.

Sus gatos se pasean alrededor de nosotros, intrigados por mi presencia.

Reconozco a Salem y Luna por las fotos que me mandó anoche.

Isaac se detiene en una puerta. Mis nervios aumentan al saber que solo un trozo de madera me separa de ella.

Llama varias veces, pero no recibe respuesta.

Agudizo el oído, no hay ruido ni pasos que indiquen que está a punto de salir.

Isaac abre la puerta y mi mirada la capta tumbada en la cama, con una sutil y hermosa sonrisa.

Solo lleva una camiseta y unas braguitas blancas de algodón; sus piernas parecen más largas y suaves.

Aparto la vista antes de que su hermano se dé cuenta y me rompa la cara.

Tiene auriculares puestos y escucho el murmullo de una canción que está demasiado alta; es jazz .

Está medio desnuda, pero mis ojos se han quedado clavados en la curvatura de sus labios. Está tan tranquila…

Isaac coge un cojín y se lo tira a la cabeza.

Me divierte su forma de captar su atención.

A mí se me han ocurrido opciones más suaves, dulces y sexis de hacerlo.

Se quita los auriculares y se incorpora.

No me ve, la espalda de su hermano me tapa; mejor así.

El sonido de sus auriculares es más claro y distingo la canción; In The Mood de Glenn Miller.

No quiero incomodarla y me aparto de la puerta unos centímetros hasta que sea el momento adecuado.

—No me debes nada, Nai —le dice su hermano.

—¿Qué? ¿De qué hablas exactamente?

Su voz entra en mi cerebro. Joder, cómo la he echado de menos.

—Estás pasando de Adrián por mí.

¿Debería irme a otro lugar? Siento que no debo escuchar su conversación. Él sabe que estoy a unos centímetros y no me ha pedido que espere en otro lugar de la casa.

—Estoy donde debo y quiero estar. Tú no te alejaste cuando estaba amargada con todo el mundo, ¿recuerdas?

—Sí, pero no es culpa de él. Jamás te pediría algo así. De hecho, si tengo que elegir, prefiero que veas a Adrián que a Sergio.

Sé que Sergio es su mejor amigo, pero mi curiosidad se despierta con las palabras de Isaac. ¿Qué habrá hecho el tal Sergio para que no le guste a su hermano?

—No eres objetivo con Sergio.

—Soy lo suficiente objetivo para saber que quiere volver a meterse entre tus piernas.

«¿Qué?». Ahora no puedo dejar de escuchar.

—Joder, eres un pesado. No es tan difícil de entender. Es mucho mejor amigo que novio.

¿Es su exnovio? No es que me importe, pero que ella no me haya dicho que su mejor amigo es su ex hace que todas mis alarmas se activen.

—También estás pasando del resto —continúa su hermano. No puedo juzgarlo, yo haría lo mismo con mi hermana—. Vístete, te está esperando.

—¿Quién?

Noto en su voz un ligero rastro de tensión y no sé si es algo bueno o malo.

—Adrián —responde su hermano como si fuera algo obvio.

Se da la vuelta y asoma la cabeza. Me agarra del brazo y tira de mí para que entre a la habitación. La saludo con la mano en un gesto tímido y ella se paraliza. Reacciona usando el cojín como una barrera para cubrir su regazo.

—Esperaré fuera —digo sin querer invadir su intimidad.

Su hermano suelta una risita y se va. Cierro la puerta de su habitación y espero apoyado en la pared, al lado de la puerta. La nueva información sobre Sergio me ha pillado por sorpresa, pero decido que no le voy a dar importancia. Quiero ser sincero con ella y necesito que acepte mi propuesta.

Sale de la habitación con unos vaqueros y un jersey de color vino. En cualquiera de sus versiones, siempre es preciosa.

—¿Qué haces aquí? Te dije que… —fantaseo con callarla con un beso— no es buen momento.

—Llevas horas sin contestarme a los mensajes. Te echo mucho de menos —confieso sin más vueltas. Rebusco en el bolsillo de mi carpa y saco una bolsita de Pikotas de cereza para ofrecérsela—. Por si te quedas sin suministros.

Ella endulza el rostro y coge mi regalito. No se resiste a los dulces ni cuando está molesta por no respetar su decisión.

—Gracias, pero no puedes sobornarme con una docena de mis chuches favoritas para ponerte en modo psicópata.

Su forma de hablarme es distinta, más amable y juguetona. Usa su tono más dulce para hacerme saber que no solo no está enfadada, sino que mi visita sorpresa le ilusiona un poco. No tanto como a mí. Me conformo con que no me eche a patadas de su piso.

—Te compraré un palé entero si hace falta —aseguro.

—Me quedé sin batería por culpa tuya —acusa de la manera más bonita del mundo—. Deja de mandarme tantos memes y chorradas de Bukowski. No me vas a convencer de que lea a ese borracho y maltratador.

—Si estudiaras medicina, no te importaría separar al autor de su obra. Igual que los médicos salvamos a todos por igual, sea un Bukowski o un Barak Obama.

—Pues te pega más empatizar con Obama —sentencia.

Me atrevo a sacarle el cabello que esconde bajo el cuello de su jersey.

Lo hago lento, suave. Espero que no lo interprete como una invasión a su espacio personal.

Su risa inunda mis oídos y mis labios se curvan, contentos.

Sus hoyuelos aparecen y mi corazón se desboca.

Coge la manga de mi chaqueta para llevarme dentro de su habitación.

Su cuarto grita su nombre en cada centímetro cuadrado; está demasiado limpio y organizado.

Es su propio microclima. Hay un escritorio con su portátil, un par de agendas, pósit y algunos bolígrafos.

Una foto antigua con Isaac y los que (supongo) eran sus padres.

No parece tener más de veinte años. Mi mirada capta un Funko de Deadpool y otro de Némesis de Resident Evil .

Antes de sonreír, vuelvo a mirarla. Tengo que decir algo antes de que vuelva a llamarme psicópata.

Es el momento de ser sincero.

—Sé que no te gustan las visitas improvisadas, pero necesitaba saber si esto es temporal o es una excusa para no volver a verme. Porque si es lo último…

—Temporal —me corta, decidida.

Contengo como puedo un suspiro de alivio. Admito que me acojonaba que fuera la segunda opción. ¿Cómo viviría un ser humano que la haya conocido sin ella? Debería estar prohibido.

—Quiero proponerte un plan para cuando tu hermano esté mejor.

Joder, estoy nervioso a un nivel que me sorprende a mí mismo. Me sudan las manos y me cuesta pronunciar las palabras.

—Te escucho —dice ella con la intriga clavada en su cara y voz.

—¿Cenarías conmigo?

—Claro —responde con una amplia sonrisa.

Tengo que reformular la pregunta y salir con toda seguridad de la zona de amigos. Debo hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Necesito que entienda lo que siento y quiero con ella.

—Una cena los dos solos. En mi casa. Una cita oficial. No como amigos.

Mierda, parezco un telegrama.

Estoy a un paso de tartamudear de lo nervioso que estoy.

Al menos, lo ha captado. Se queda congelada, casi no pestañea y su cuerpo está tenso.

Ninguno apartamos nuestras miradas. Silencio.

Miles de escenarios, respuestas fatales y ficticias cruzan mi mente a la velocidad de la luz.

No nos movemos ni un milímetro. ¿Se lo está pensando o quiere que me vaya?

La opción más coherente es irme. No quiero incomodarla.

Sin embargo, no soy capaz de largarme sin una respuesta; sea la que sea.

—Acepto —dice tras un silencio interminable.

No sonríe, solo me mira como si intentase descubrir algo.

«Acepto».

Me ha dicho que sí. Sin condiciones ni aclaraciones.

Solo una palabra que me llena el corazón de ilusión y arranca una amplia sonrisa en mi rostro.

Voy a implosionar de felicidad. No estoy preparado para seguir el tema de la cita oficial y parece que ella tampoco.

Todavía no quiero irme de su lado, así que busco otro tema.

—¿Me vas a presentar a tus gatos?

—¿No eras más de perros? —dice con una mirada atenta.

—Eso no implica que odie a los gatos, listilla.

Un poco sí, pero por ella soy capaz de cualquier cosa. No puedo odiar a nada ni nadie que forme parte de su vida.

Con tan solo una mirada, Naiara me hace seguirla hasta el salón. La seguiría hasta la otra punta del mundo. Isaac nos ignora, centrado en unos apuntes a los que no doy importancia en ese momento.

—Este es Salem —me dice ella con el gato negro en sus brazos. Se gira para señalarme la ubicación del segundo animalillo—. La que está custodiando su ventana favorita es Luna.

Casi parece humana. Está tumbada bajo una ventana cerca del radiador, con sus ojos clavados en mí.

Es gris, de ojos azules y majestuosa, como salida del mismísimo Egipto.

Naiara podría pasar por su dueña barra diosa egipcia si se lo propusiera.

Las dos me intimidan. Sin duda, prefiero a Salem, es más amigable.

—Me lo intuía —bromeo.

Extiendo la mano con más miedo del que pretendía y acaricio a Salem. Hace años que no acaricio a un gato y ella lo nota en mi cara. Salem es suave y ronronea ante mi caricia. Veintiocho años de trauma superado en menos de cinco minutos.

—No hace falta que lo acaricies si los odias.

—Odiar no es la palabra, Naiara. Con cuatro años intenté acariciar a la gata de la vecina y me arañó por toda la cara —confieso con timidez.

Ella hace una mueca comprensiva, sin juzgarme y hace que mi vergüenza se esfume. Una razón más por la que quiero besarla. Tiene algo que me hace querer confesarle hasta lo más vergonzoso de mi niñez.

—Qué médico más valiente —se burla Isaac, dejando salir una risilla que confirma que está más pendiente de nosotros de lo que parece.

Naiara le lanza un cojín a su hermano con tal rapidez que hace volar sus apuntes y le arranca un bufido de molestia. Me mira y sonríe triunfante. Ni siquiera Salem se inmuta, tan tranquilo entre sus brazos.

—Ni caso. Él tenía miedo al símbolo de la televisión de Galicia. Pensaba que era una especie de demonio.

—Eso es demasiado personal —se queja, evitando mi mirada.

—No se lo diré a nadie —prometo—. ¿Quién me iba a creer?

Naiara suelta una carcajada de esas que se le ven sus hoyuelos y sus preciosos dientes blancos. Me contengo por respeto a Isaac y solo sonrío de medio lado. Él me observa con seriedad, como si quisiera leerme la mente para conocer mis intenciones con su hermana.

—Me caes bien —murmura cuando las carcajadas de su hermana disminuyen.

Ella no lo ha escuchado. Asiento en un sutil y rápido gesto de agradecimiento hacia él. No es mi intención fingir ser quien no soy con ninguno de los dos. Sienta bien que su opinión de mí sea favorable.

No suelta a Salem para acompañarme a la puerta: no sé si por cariño o como barrera para que no invada su espacio.

—Esperaré tu llamada —digo cuando abre la puerta.

Naiara se apoya en el umbral de la puerta. Ojalá su piso estuviera decorado. Un muérdago en la puerta bastaría para acortar la distancia entre los dos.

—Te llamaré —promete.

Es y suena sincera. Por la forma en la que me mira, sé que lo importante en nuestras palabras es que yo esperaré por ella el tiempo que sea necesario. Ella vendrá a mí cuando esté preparada.